KRISIS

13.- El recluso

Línea LOTO de paz

Línea LOTO de paz

Un hombre había cometido un delito y por ello fue encarcelado. A través de un ventanuco enrejado que había en su celda, gustaba de mirar al exterior.

 Todos los días se asomaba al ventanuco y cada vez que veía pasar a alguien al otro lado de las rejas, estallaba en sonoras e irrefrenables carcajadas.

El guardián estaba realmente sorprendido. Un día ya no pudo menos que preguntar al preso:

 —Oye, hombre, ¿a qué vienen todas esas risotadas día tras día? Y el preso contestó:

—¿Cómo que de qué me río? ¡Pero estás ciego! Me río de todos esos que hay ahí. ¿No ves que están presos detrás de esas rejas? 1 Ref.CALLE, Ramiro (2019). Cien narraciones espirituales para la transformación interior. Luciérnaga. Barcelona.

El autoengaño es uno de los trucos o falacias mentales que a menudo utilizamos las personas para distorsionar la realidad, negarla o huir de los posibles daños o dificultades que un determinado acontecimiento o situación puede provocarnos. Consiste en inventar justificaciones, idealizaciones y suposiciones para negar o distorsionar la realidad o para suavizar, disculpar o no querer ver las partes sombrías, oscuras e incoherentes de nuestra conducta o de nuestras acciones.
Crecer y madurar como persona, exige darnos cuenta de cuáles son los procedimientos que utilizamos para autoengañarnos o autojustificarnos. Tomar conciencia de nuestros autoengaños es una condición indispensable para el autoconocimiento y para aproximarnos todo lo que podamos a la percepción objetiva de la realidad exterior y de nuestro mundo interior.

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Un comentario sobre «13.- El recluso»

  1. El autoengaño es una venda en los ojos que nos impide ver la realidad tal como es y no como la imaginamos, impidiendo así no reconocer nuestras conductas desviadas. Darse cuenta del autoengaño es dejar de ser ciego y ver la realidad tal como es. El autoconocimiento es la mejor herramienta para superar el autoengaño, conseguido en buena parte por la interacción con amigos de confianza y lecturas edificantes. Un gran abrazo, José.

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