Lo que no se regenera, degenera

Hace casi 20 años, el antropólogo, sociólogo y filósofo francés Edgar Morin declaraba en su magistral obra “Los siete saberes necesarios de la Educación para el futurolo siguiente: «…Los ciudadanos son rechazados de los asuntos políticos cada vez más acaparados por los “expertos” y la dominación de la “nueva clase” impide, en realidad, la democratización del conocimiento. De esta manera, la reducción de lo político a lo técnico y a lo económico, la reducción de lo económico al crecimiento, la pérdida de los referentes y de los horizontes, todo ello produce debilitamiento del civismo, escape y refugio en la vida privada, alteración entre apatía y revoluciones violentas; así, a pesar de que se mantengan las instituciones democráticas, la vida democrática se debilita. En estas condiciones, se plantea a las sociedades conocidas como democráticas la necesidad de regenerar la democracia, mientras que, en una gran parte del mundo, se plantea el problema de generar democracia y que las necesidades planetarias nos piden engendrar a su nivel una nueva posibilidad democrática. La regeneración democrática supone la regeneración del civismo, la regeneración del civismo supone la regeneración de la solidaridad y de la responsabilidad, es decir el desarrollo de la antropo-ética…»

Si tomamos a un ser vivo cualquiera como referencia, o nosotros mismos como cuerpo viviente, podemos verificar que la vida es un continuo proceso de destrucción y de construcción. Dicho en palabras más solemnes y utilizando la terminología de los biólogos chilenos Humberto Maturana y Francisco Varela, los seres vivos son seres «autopoiéticos», lo que quiere decir que cualquier ser vivo produce los productos que lo produce, fabrican los elementos que componen y sostienen las estructuras que los hacen ser vivos. Y esto es así porque ser vivo o estar vivo, es estar continuamente muriendo y resucitando.

Según las investigaciones realizadas con Carbono 14 sobre la edad de los 30.000 millones de células que tiene nuestro cuerpo, las hay de todas las edades. Unas que mueren y resucitan en cortos espacios de tiempo, como las de la piel o los glóbulos rojos y otras que tardan varios años e incluso toda la vida, como las células óseas y las neuronas. Y esto aplicado a los grupos, organizaciones e instituciones sociales, es lo que ha llevado a Edgar Morin a decir, después de realizar profundos estudios antropológicos, sociológicos e históricos a lo largo de toda su vida, que «Para mantener lo consolidado, hace falta regenerarlo constantemente… Todo aquello que no se regenera se degenera», una frase que describe con radical y absoluta claridad lo que está sucediendo en todos los países del mundo con las organizaciones, instituciones y en general con todas las Democracias Representativas.

Siguiendo pues estos esclarecedores mensajes y después de todo este tiempo habiendo visto lo que he visto, tanto en mi querida ciudad de Camas, como en Andalucía, España y algunos países de Latinoamérica, lamento decir que soy cada vez más pesimista.

No hace falta observar mucho para darse cuenta de que «La Política», esa «Política» que forma parte de nuestra condición humana como decía Aristóteles, ha sido y sigue siendo secuestrada por poderes reales, fácticos e ilegítimos que objetivamente impiden y obstaculizan el desarrollo humano y democrático de los pueblos.

Hemos sido invadidos, secuestrados y doblegados por lo que dictan los mercados financieros y las grandes organizaciones económicas internacionales. Hemos perdido soberanía nacional en todos los ámbitos, no solamente en el económico, sino también en otros muchos como en el de la Educación. Hemos sido seducidos por líderes sin escrúpulos, que no solamente no cumplen sus promesas, sino que son incapaces de dar la cara y justificar con argumentos y en base a su propia responsabilidad las razones de su cambio de opinión o de posición. Hemos sido atrapados en una enredada madeja de leyes, decretos, normas, subordinaciones, obediencias debidas y jerarquías administrativas que han instaurado y consolidado un megalománico reino al que todos tenemos que obedecer y rendirle pleitesía: el reino de la Burocracia y de sus monarcas, los Especialistas. Hemos sido gobernados y dirigidos por personajes corruptos que han contaminado de corrupción, no solo las estructuras e instituciones políticas, sino también las propias organizaciones partidarias y nuestro propio pensamiento (“da igual que robe con tal de que haga obras” decían en Perú refiriéndose a Fujimori). Hemos sido estafados y engañados por auténticos sinvergüenzas y ladrones de guante blanco y cínicos fariseos que al amparo de sus influencias y de su poder se han enriquecido y lucrado hasta límites inauditos, atreviéndose a aconsejarnos acerca de la austeridad o la necesidad de no subir el salario mínimo. Hemos sido también sutilmente convencidos por jóvenes advenedizos que bajo su ropaje de preparación académica y técnica esconden sus egocéntricos deseos de hacer carrera y encaramarse de por vida en las estructuras de poder y a los cargos públicos. Hemos sido conducidos a creer que la escarnecedora y cruel situación de desigualdad, pobreza, injusticias y discriminaciones que sufre el mundo y nuestras ciudades son algo natural que no tiene solución posible. Hemos sido obligados a abandonar el pensamiento crítico, utópico y resistente de aquellos viejos sueños de un mundo, un país y una ciudad mejor de nuestra juventud, para refugiarnos en el individualismo, la vida privada y el consumismo, etc, etc, etc.

Pero lo peor de todo esto es que al mismo tiempo, nuestro Planeta, la nave en la que todos navegamos ha dado ya sobradas muestras de alarma y de peligro real y objetivo para la vida. Y ya como colofón de este escenario de insatisfacción, desigualdad y en de descrédito de las instituciones de la Democracia Representativa, estamos siendo directa o indirectamente convencidos de que la solución de todos los males únicamente pueden llevarla a cabo líderes salvadores o carismáticos que sean capaces incluso de salirse de los marcos democráticos para imponer a diestro y a siniestro su voluntad.

En definitiva, nuestro Sistema Democrático ha dado ya sobradas muestras de alarma y degeneración y si no somos capaces de regenerarlo necesariamente morirá. Pero para cualquier acción, tarea, proyecto o programa de regeneración democrática tenemos que hacernos cargo de nuestra responsabilidad individual y personal, que no es solamente la de votar tal o cual, sino sobre todo la de vigilar, demandar y exigir diariamente de nuestros representantes que cumplan su contrato con los electores; que cambien de rumbo y atiendan las necesidades y demandas populares, de nuestra ciudad, de nuestro país y de nuestro cada vez más fatigado y enfermo Planeta.

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