El fascismo está aquí

El fascismo se sirve de cualquier tipo de insatisfacción social, manipulándola, tergiversándola, engrandeciéndola y utilizándola para sus propios intereses de avance ideológico y político. Y es que el fascismo siempre predica promesas simplistas y unívocas, que no puede en ningún caso cumplir, porque la vida, esa vida como regalo misterioso y milagroso de la naturaleza, nunca es uniforme, homogénea, monolítica y unidimensional. La vida siempre es sorpresa, milagro, misterio, complejidad, diversidad, heterogeneidad, mestizaje y por supuesto incertidumbre, azar e imprevisibilidad. Pero, además, cuando el fascismo accede al poder, ya sea por la violencia o el golpe militar, o mediante el voto, los resultados de su gestión siempre benefician a las clases y grupos sociales más privilegiados y dominantes, haciendo que todos los más perjudicados y excluidos de la sociedad lo sean todavía muchísimo más.

El fascismo, uniformiza, estandariza, militariza y divide a la población en buenos y malos haciendo del maniqueísmo su carta de presentación, pero también haciéndonos creer que siempre es mucho mejor pertenecer al rebaño, a la manada o a la tribu, que convivir en una Tierra a la que todos pertenecemos por igual sin distinción de etnias, sexos, creencias o fronteras. Por eso el fascismo se disfraza también de nacionalismo, de una supuesta superioridad de grupo, o de una fabricada identidad que se expresa en numerosos símbolos que incitan al individualismo, al sálvese quien pueda, pero primero yo, o a la confianza en supuestas fuerzas sobrenaturales que guían nuestros pasos aquí en la Tierra. El fascismo se nutre en suma de lo mismo que se alimentó el nazismo: de la creencia dogmática en una raza superior y en un pueblo elegido que no puede soportar bajo ningún concepto que alguien u otros grupos puedan mostrar más capacidad y eficiencia para resolver los problemas. Por eso se instala a la perfección en aquellos ambientes necesitados de esperanza en los que propaga un victimismo paranoico. Recordemos que el pueblo alemán aupó a Hitler al poder porque en la conciencia colectiva cuajó el sentimiento de “raza superior humillada” como consecuencia de su derrota en la 1ª Guerra Mundial.

Por todo esto, no es nada extraño que el fascismo utilice sagazmente las religiones, los símbolos, las tradiciones y las liturgias de todas las iglesias y sus aparatos de poder para hacernos creer que hay verdades reveladas indiscutibles a las que no cabe otra postura que obedecer ciegamente ya sea por creencia o costumbre socialmente aceptada. Y esto traducido a las relaciones sociales significa asumir como natural que no hay ninguna necesidad de democracia ya que el verdadero poder está en el cielo y en los funcionarios sacerdotales que lo administran. Por esta razón, el fascismo y sus actitudes dogmáticas, intolerantes, cerradas y autoritarias nace, crece y se alimenta muy bien en aquellas sociedades de corte teocrático en las que las Iglesias y los Estados establecen alianzas orgánicas e inorgánicas y de las que España, a mi juicio, es un buen ejemplo.

Alianzas orgánicas porque las Iglesias y en nuestro caso la Iglesia Católica, consigue privilegios, prebendas y prerrogativas de los Gobiernos, ya sean estatales, autonómicos o municipales o sencillamente, porque utilizan su poder ideológico para doblegar a las autoridades usándolas para sus fines y haciéndoles creer que es mejor estar con las Iglesias y sus ceremonias que alejados de ellas, ya que sus éxitos electorales podrían peligrar. Esta es la razón por la que en nuestro país y en nuestras ciudades es tan difícil construir una sociedad y un Estado auténticamente laico y totalmente independiente de toda connotación religiosa. Y es que la Iglesia Católica Española como institución de poder, como estructura ideológica y política, sin necesidad de presentarse a las elecciones, sigue teniendo un poder enorme. Un poder, que, aunque esté legitimado o dulcificado por las buenas obras, la caridad, la generosidad y la bondad de sus más humildes y silenciosos fieles, es la expresión o el resultado de su alianza secular y estratégica con las clases dominantes y de los 40 años de franquismo y nacionalcatolicismo.

El fascismo pues, aunque muchas veces no se visibilice, permanece agazapado en el seno de las organizaciones sociales, ya sean religiosas o laicas, pero su periodo más o menos largo de letargo, su alianza inorgánica con los grupos, organizaciones e instituciones la realiza a partir de conductas y actitudes personales y sociales dirigidas a: 1) Tolerar y aceptar como natural situaciones objetivamente discriminatorias en nombre de un supuesto respeto a las opiniones ajenas aunque éstas estén objetivamente en contra de los más elementales Derechos Humanos. 2) Conformarse con el actual (des)orden mundial establecido fundado tanto en el capitalismo, la depredación, el despilfarro, la destrucción del medio ambiente, como en el patriarcado, el machismo, la xenofobia y el nacionalismo. 3) Promover la desesperanza, el catastrofismo, el sentimiento y la convicción de que nada podemos hacer para cambiar el mundo y a nosotros mismos desde el espacio concreto y cotidiano que habitamos. 4) Naturalizar las desigualdades sociales procedentes de la intolerable e injusta distribución de la riqueza, divinizando el supuesto e incuestionable derecho natural a la propiedad privada y haciendo imposible cualquier política que intente conseguir mayores cotas de equidad y justicia social. 5) Imponer lógicas de convivencia social basadas en el principio, al parecer incuestionable, de ganadores-perdedores, buenos-malos, amigo-enemigo, o de resolución de los conflictos mediante la violencia, la agresión, la humillación, el desprecio y en su caso, la destrucción total del adversario.

El fascismo en definitiva es siempre fuente de violencia, de agresión, de odio al diferente, de individualismo, de chauvinismo nacionalista e identitario y de antipolítica, porque el fascismo niega siempre la política como posibilidad de encuentro, de diálogo, de síntesis creadora y de negociación y por tanto es de naturaleza profundamente antidemocrática, aunque utilice los resortes de la democracia para acceder y mantenerse en el poder.

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