Recuerdos de Perú: ¡FELIZ AÑO NUEVO, QUERIDAS VOCES! (1)

Realmente estoy cansado y cada vez entiendo menos este impulso contradictorio que me lleva a recorrer tres caminos al mismo tiempo. Uno es el camino de los deseos y un montón de pequeñas adicciones que generalmente me proporcionan momentos de fugaz y evasivo placer que a menudo confundo con bienestar y confort e incluso algunas veces, con esa felicidad estúpida de querer congelar o atrapar los instantes para intentar repetirlos después..

Otro es el camino de los sentimientos íntimos, con los que me singularizo y expando: el trino de los gorriones en el limonero; el olor a tierra mojada en las primeras lluvias; la voz de Maca, el vendedor de pañuelos del semáforo que cariñosamente me saluda a lo lejos gritándome “Ballatoso“; el atardecer desde el Guadalquivir cuando el sol se esconde tras las tres colinas; el saludo de Marcelo el chatarrero de mi pueblo que me alegraba el día ofreciéndome romances improvisados o el impagable regalo de haber conocido, contemplado y admirado lugares y personas auténticamente maravillosas.

PerúHUANCHACOY el tercer camino, ese que no sé por qué estoy haciendo y que me llevará a ese Gran Vacío de lo Inexistente-Existente-Innombrable, pero que sin embargo me impulsa infatigablemente a caminar. Un impulso innato, pero también aprendido gracias al contagio del Amor de mi siempre recordado hermano y camarada Lorenzo Rastrero Bermejo y su “DEJADME LA ESPERANZA“. Un camino, que se confunde con el agua cristalina y transparente de las cascadas o se extiende en el áureo crepúsculo de Huanchaco, o que de pronto me sorprende en Santo Domingo de la Calzada con una Magdalena peregrina, o en el ingenuo Juego de la Oca, pero que sé que está ahí alimentándose y alimentándome con el latir cotidiano del milagro de la vida 

Un nuevo año llega. ¿Nuevo? Pero…¿Para quién? Y entonces las voces que hace tiempo estaban calladas, de pronto estallan en mil gritos exigiéndome y reclamándome su derecho a existir, su derecho a vivir, su derecho a comer y su derecho a soñar.

Las dejo que se tranquilicen asegurándome que no son más que recuerdos de una mente tal vez demasiado fantasiosa y centrada en mirarse solamente a sí misma, y por un tiempo permanecen en silencio.

Al año siguiente vuelven a aparecer en las habitaciones de mi corazón y sin darme cuenta entran en mi despensa y comienzan a devorarlo todo. Es como si me quedase completamente vacío, sin palabras ni argumentos y sin capacidad para afrontar el presente y poder ver que las personas que en este instante están conmigo me quieren y me necesitan.  Una vez más procuro investigar de donde vienen esas voces y como han llegado ahora aquí, porque por más que se oculten tras las cortinas de las rutinas cotidianas, vuelven de nuevo a recordarme que están aquí esperando a que las escuche y las atienda..

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