Recuerdos de Perú: ¡FELIZ AÑO NUEVO, QUERIDAS VOCES! (2)

(Viene del post anterior) Esta vez no estoy dispuesto a controlar esas voces profundas que siempre me interpelan y conmueven. Las voy a dejar que entren por todos los lugares aun a riesgo de que pongan en peligro mi estado de ánimo, mi visión de la realidad y el mundo protegido y seguro que me he ido haciendo.

Y en ese descontrol, sin poder evitarlo, las lágrimas vienen a mis ojos sin ser llamadas porque ya no solamente oigo voces, sino que además las veo, las abrazo, río y lloro con ellas, las aplaudo, las admiro y con un manto invisible de Esperanza, las acojo y les permito que hagan todo lo que deseen.

Veo a Juana, la anciana ciega que, sentada en el suelo, me pide una limosna para poder cenar y veo también a Rosario, la cambista de Tacna que me asegura que los billetes que me da son de curso legal, lo cual me certifica mostrándome su carnet.

PerúZAPALLALMe encuentro a Kevin, el niño que saludé en la gasolinera y me limpió el parabrisas por unas monedas que me agradeció como si fuesen de oro puro y al mismo tiempo abrazo a Ninfa, la niña que comía pasta en la Comunidad “Sagrada Familia” de niños abandonados de El Zapallal (Lima) y se despidió de mí con el beso más dulce que jamás un hombre como yo haya podido recibir en su vida.

Saludo a Hugo, el vendedor de helados que me aseguró que él no quería limosna y que su exclusivo deseo era platicar conmigo un rato y que lo escuchara. Después aparece Goyita, la vendedora de jugos que me ofreció sus vitamínicas frutas permitiéndome acceder a sus preocupaciones.

Cuando salgo de la “juguería” veo nuevamente a Ricardo, el niño que la noche anterior, en la puerta del hotel me vendió unos caramelitos con el fin de llevarle a su abuela el dinero que le había prometido. Por sorpresa y cuando me despedía de él, me coge de la mano y me dice algo que me dejó paralizado: que me lo llevara conmigo para siempre

También veo a Matilde, la anciana que me mira con recelo porque se da cuenta que la observo mientras come en el suelo un arroz amarillo que la mujer del kiosco cercano le ha regalado. Me intenta decir que me vaya de inmediato porque no quiere mirones. Con paso firme se acerca a mí Mario, un simpático joven que me asegura que quiere hacerse predicador e intenta convencerme del verdadero camino para la salvación de la humanidad.

Sin descansar, a mi espalda, una voz quebrada me anuncia su visita, es Manuela, la contadora de cuentos que debatiéndose entre lo que le dice su corazón, su razón y su religión, lo da todo a cambio de nada, derramando el poder de las hadas y el amor de las diosas a los niños y niñas más necesitados.

En mi breve paseo abrazo a Fernando, un economista de mirada limpia y hablar pausado que ha perdido su trabajo y huye despacio intentando empezar de nuevo ante la posibilidad de perder más cosas. Y también me topo con mi admirado Miguel, el constructor de sueños, que paciente y activamente se esfuerza en dar cama, comida, cariño y educación a más de quinientos niños de El Zapallal.

A lo lejos descubro a Juliana, la empresaria, que con un punto de soberbia no exento de prepotencia y engreimiento, me explica su buena posición económica e intenta convencerme de la torpeza y la apatía de la mayor parte de la población. Y es ella la que me presenta a Antonio, el dueño de una gran empresa editorial, que prefiere pagarte una comida antes que mirarte a los ojos o reconocer que el factor humano no entra en las hojas de cálculo de su computadora.

Conozco a Magdalena, una valiente y arriesgada mujer, dispuesta a todo por entregarse a los demás. Y Magdalena en pocas palabras llenas de paz y cordura, me invita a descubrir que la vida es muchísimo más que un programa establecido o que las seguridades cotidianas de nada nos sirven para alimentar la apuesta y el riesgo de vivir, ya que, tarde o temprano, esas seguridades me llenarán de aburrimiento, hastío y de “vacío existencial”. Me habla de sus dolores, de sus hijos, de sus amores y desamores, de sus sufrimientos, pero también me enseña su Esperanza, su fortaleza, su fe, su valentía y su bravura. Una bravura que adquirió de jovencita en Argentina, cuando junto al amor de su vida luchó y peleó contra la dictadura militar en todos los frentes pagando un precio altísimo e irreparable. Su amor y el padre de su primer hijo, secuestrado, torturado y echado desde un avión al mar en uno de esos terroríficos “vuelos de la muerte“. Y ella misma obligada a huir y exiliarse en Perú abandonando un prometedor futuro profesional y laboral como cirujana, futuro que consiguió rehacer de forma heroica, solidaria y tenaz, sirviendo como siempre hizo, a los demás, a las clases populares y a los más pobres y necesitados, ya fuese creando y administrando un pequeño negocio de arreglos de ropa y zapatos por el que pasaban siempre las personas más sencillas y pobres, o visitando de madrugada, junto a las hermanitas de “Teresa de Calcuta” el gran mercado de Lima para conseguir mercancías que repartía a los más necesitados.

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