De la cruz al martillo (y 4)

(Viene del post anterior) Básicamente, todos aquellos curas de Granada, la Sierra Sur de Sevilla, de la Cuenca Minera de Riotinto y de Camas, perseguían poner en marcha todo un proceso de pedagogía crítica, humanista y evangelizadora, así como un método de intervención y acción social caracterizado por las líneas generales de la teoría de la acción de la HOAC y de la JOC. Se trataba de:

  1. Descubrir y asumir la historia y realidad de los habitantes de cada uno de los contextos, sus valores, sus contradicciones, sus vicisitudes, sus condiciones de vida y trabajo, sus aspiraciones, sus luchas obreras. Dicho en otras palabras, se trataba de “encarnarse” en los hombres y mujeres de cada lugar, hacerse igual a ellos no para catequizarlos desde una posición superior o de poder, ni para adoctrinarlos desde el paternalismo, sino para hacer coherente una opción personal de fe, que no era otra, que la opción preferencial por los pobres a partir de la justicia, la libertad, la fraternidad y la solidaridad..
  2. Vivir la fe cristiana, no como una rutina de ceremonias alejada del compromiso vivo con los explotados y oprimidos, sino como un proceso de amistad, de encuentro humano, situando el valor de la persona por encima de cualquier otro, compartiendo circunstancias, inquietudes, cultivando la amistad, las relaciones personales y todos aquellos valores afectivos y sociales que hacen posible el compromiso, la responsabilidad y la solidaridad. Como nos vendrá a decir el cura de Nerva Antonio Rioja: «…A mi el contacto con el mundo obrero, en el trabajo y en todas esas cosas, a mi me ha liberado enormemente, porque yo allí en Nerva no soy un personaje, yo allí soy Antonio Rioja, al que la gente aprecia no por su cargo, lo aprecian porque es amigo de él. Yo iba a cenar una noche con un matrimonio de amigos y no me recibían como personaje, me reciben como persona, como amigo y a eso se llama exactamente estar encarnado…» (RIOJA BOLAÑOS, A.; 2000)
  3. La toma de conciencia de la realidad exterior y de la realidad interior, descubriendo los mecanismos de dominación, de alienación y enajenación, de opresión y explotación que obstaculizan el desarrollo pleno de la persona y que impiden su liberación en el más amplio sentido del término, tanto en su sentido de denuncia de situaciones injustas y de anuncio de alternativas superadoras, como de reflexión profunda sobre las contradicciones y errores propios y de compromiso para su corrección. Descubrir en suma que el origen último de las injusticias no sólo está en las condiciones socioeconómicas dadas y heredadas de antemano, sino también en el corazón mismo del ser humano que mediante su dependencia y su egoísmo  se esclaviza a esas condiciones. En este sentido nos dice Natalio García Domínguez, minero de Riotinto y alumno de la Escuela SAFA: «…No es ese el camino, estamos luchando para estar mejor, pero no es revolucionario solamente el que hace la revolución y es capaz de conseguir, mejor salario, mejores condiciones de trabajo, hay también una revolución interna de la persona y la revolución interna de la persona tiene que ir acompañada de la otra revolución. Y yo creo en esa revolución interna. No se puede hacer una revolución, o digamos transformar la sociedad si de verdad no está la revolución personal de uno. Uno no es revolucionario porque dice, yo soy revolucionario, no, tú tienes que demostrarlo día a día y no tienes que demostrarlo sólo en el trabajo, tienes que demostrarlo con tus amigos, tienes que demostrarlo con tu mujer, lo tienes que demostrar con tus hijos, pues lo tienes que demostrar en todos los aspectos. Un revolucionario no es el que dice, oye, que aquí yo soy capaz, soy más valiente y yo me pongo al frente de la policía, de la guardia, o si me meten en la cárcel y peleo, oye, pero si tú haces eso y después tú en tu casa, con tu mujer, eres autoritario, antidemocrático, pues tú no eres revolucionario, sino todo lo contrario, al menos esta es la idea que yo tengo…» (GARCÍA DOMÍNGUEZ, N.; 2000b).
  4. Hacer una pedagogía de la praxis, que combinase la teoría y la práctica en permanente proceso de creación: hacer visible lo pensado, apostar fuertemente por las convicciones, al mismo tiempo que se hacía mental lo practicado. Obtener conocimiento de la práctica y devolverlo a la realidad en prácticas superadoras y desveladoras de la opresión. Una pedagogía de la praxis que se hace liberadora y profundamente política en la medida en que interviene no sólo con uno mismo en la búsqueda de coherencia, y también con los demás compartiendo aspiraciones e inquietudes, sino sobre todo que interviene en la sociedad cercana buscando y denunciando aquellos mecanismos que reproducen la esclavización y la explotación, apuntando a las estructuras generales de dominación que hacen posible la reproducción ampliada de un modelo de civilización que niega la vida y la igual dignidad de la persona como ser humano. Una pedagogía en suma de la responsabilidad, de la coherencia y de la práctica del compromiso. Como nos señala Venancio Cermeño Irisarri: «…¿Qué cosas teníamos que hacer, sólo manifestaciones, sólo huelgas, sólo conquistas? Pero, por mucho que se conquiste… ¿Qué tienes que hacer para que la gente esté dispuesta a asumir su responsabilidad? El problema no es fácil. O como un compañero que había seguido cursillos de sindicalismo, decía, éste me ha hecho polvo, porque yo antes vivía muy tranquilo, y ahora vivo peor. El nacimiento a la responsabilidad no siempre es saludado por las personas a las que las has puesto ante la realidad de una manera positiva…» (CERMEÑO IRISARRI, V.; 2000)

Así pues el documental de Plano Katharsis “De la cruz al martillo” y específicamente la presentación a la que tuve el privilegio de asistir el pasado 18 de diciembre, fueron para mí, una vez más, la prueba de que estos valores de fondo que atraviesan toda la historia de la humanidad, siguen hoy más vigentes que nunca, aunque por desgracia aparezcan nubarrones en el horizonte. Y es que hoy, como dijeron dos mujeres que intervinieron en el coloquio, estas experiencias han transformado radicalmente nuestras vidas y siguen siendo una semilla viva de que las nuevas formas de lucha, organización y transformación social no pueden fundarse en métodos racionales y tecnocráticos, sino en prácticas concretas de convivencia humana que integren razón y corazón, atención y cuidado, así como esfuerzos efectivos por la conservación y el sostenimiento de nuestro planeta.

One comment

  1. De acuerdo con todo el texto. Valoro el testimonio de García Domínguez que defiende la revolución en la sociedad y en la familia.Se trata de ser coherente en todos los espacios sociales en los que un revolucionario progresista se mueve, se comporta, piensa y actúa. Saludos, José.

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