Querido Fernando


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Querido Fernando. Ya hace un año que nos dejaste para ser abrazado y acogido por esas “Buenas Manos” de las que me hablabas cuando te preguntaba sobre la muerte. Aquí nos has dejado un vacío enorme que solamente podemos llenar cuando te recordamos desde lo más profundo de nuestros corazones como hicimos ayer en tu Parroquia de La Pañoleta. Estabas allí presente y yo, tu pesado amigo que tuvo el atrevimiento de provocarte durante un año entero para que expresaras lo que llevabas dentro, realmente y una vez más, sentí ese Espíritu de Comunidad, Fraternidad y Amor que solamente tú conseguías transmitir y contagiar a todas las personas que se han acercado a ti.

Para mí, y por favor no me digas que soy un exagerado, eres la encarnación de lo que particularmente considero que es un auténtico cristiano. Por eso, con personas como tú, siempre es muy fácil contagiarse de esa Esperanza Imbatible que está siempre por encima de cualquier ley, norma, jerarquía, dogma, autoridad o burocracia. Me lo dijiste muchas veces en nuestros encuentros, insistiéndome en que Jesús no fue el fundador de ninguna Religión ni de ninguna Iglesia y que todo eso vino después cuando los humanos ambiciosos de poder quisieron imponer dogmas, rituales y obediencias, aclarándome que para ti el cristianismo es en realidad una forma suprema de humanismo que solamente la podemos entender si la vivimos en todos y cada uno de los instantes de nuestra vida. Me decías que para ti Jesús es “UNA FORMA DE VIDA”. Ayer lo recordó en preciosas palabras introductorias tu amigo y hermano Francisco Javier Romero Arance, cuando para empezar la Asamblea de la Comunidad leyó con solemnidad y sentimiento “El Cántico a las Criaturas” de San Francisco Asís, para terminar al final diciendo algo que yo he vivido y experimentado contigo siempre: que lo más importante de todo son las personas concretas y que todo lo demás, ya sean normas, costumbres, cargos o títulos, están y estarán siempre por debajo o por detrás de lo primero, que es siempre la persona real que tenemos delante.

Realmente para mí estuviste allí con todos nosotros porque además se hizo todo exactamente igual que como tú lo hacías siempre. Nadie se levantó de su asiento salvo para participar y expresar lo que su corazón le decía. No hubo lugares reservados o de privilegio para autoridades eclesiásticas o políticas, que además no vinieron, ya que como tú sabes las autoridades solamente van cuando hay pompa, parafernalia y fotos. La homilía, las peticiones y la acción de gracias la hicimos con la participación de todos los que quisimos decir algo en tu memoria. Y finalmente nos dimos La Paz en un largo, tierno y cariñoso abrazo de todos y todas en el que tu sustituto, el cura oficiante, hizo lo mismo que tú hacías, abrazar a todo el mundo, lo cual me indica que está aprendiendo muchísimo y que tú, desde ahí arriba lo estás guiando.

Personalmente, no tuve más remedio que decir algo. Y dije emocionado, que tú sigues siendo para mí una persona absolutamente coherente porque yo he visto con mis propios ojos que tus verdades siempre fueron concretas porque todo tú eras una mezcla inseparable de lo que sentías, pensabas, decías y hacías, pero sobre todo porque desde muy jovencito hiciste una apuesta radical por los más necesitados a la que has sido fiel y leal todos los días de tu vida. Pero además con una conducta y una actitud constante y permanente de humildad y sencillez con la que siempre huías de protagonismos o pontificaciones dejando a los demás que llevaran la iniciativa y se sintieran escuchados, comprendidos y atendidos en sus demandas o solicitudes. Y es que tú Fernando, algo que sabe todo el mundo que te haya conocido, siempre estabas disponible en todo momento para cualquier ser humano ya fuese de donde fuese, creyese en lo que creyese o votase por tal o cual partido político. Algo por cierto que demostraste muchas veces, en aquellos tiempos de dictadura cuando dejabas el templo-comedor-escuela a los sindicalistas y militantes políticos clandestinos para que se reunieran y hoy atendiendo a todos los inmigrantes y necesitados que acuden a diario a tu Parroquia. Y es que tú sabes muy bien, como decía Antonio Suárez de Jesús y de ti mismo, que tu lugar en la fila siempre fue el estar junto a los últimos de los últimos.

Estoy segurísimo Fernando que me dirías otra vez que soy un exagerado mirándome con esa expresión de deseo para que terminara ya de hablar de ti, pero permíteme recordar también las sentidas y sabias palabras de nuestro amigo y hermano Esteban Tabares, el cual te dedicó y nos dedicó a todos los asistentes un hermoso y magistral poema para que aprendamos a “soltar” nuestras hojas.

Esteban Tabares
En memoria de Fernando Camacho, 7 de enero de 2019
Las hojas no caen, se sueltan.
Siempre es bonito ver caer las hojas en otoño
con sus tonos ocres.
Aunque ninguna hoja “se cae”
sino que, llegado el escenario del otoño,
bailan la danza de soltarse.
Las hojas no caen, se sueltan,
se desprenden en un gesto
de generosidad y de sabiduría.

Cada hoja que se suelta es una invitación
a saber desprendernos.
La hoja que no se aferra a la rama
y se lanza al aire,
sabe del latido profundo de la vida
que está siempre movimiento de renovación.

La hoja que se suelta comprende y acepta que el
espacio vacío que deja es la matriz generosa
que albergará el brote de una nueva hoja.
El baile de las hojas soltándose y danzando en la
sinfonía del viento es un canto de libertad
y nos interpela a los árboles o humanos que somos.
Las hojas no caen, se sueltan.

Cada hoja al aire me está susurrando
al oído del alma:
¡Suéltate! ¡entrégate! ¡abandónate! y ¡confía!
Cada hoja que se desata de su rama
queda unida y invisiblemente
a la brisa de su propia entrega y libertad.

Con este gesto o la hoja anuncia la llegada de la
próxima primavera.
Confieso que soy un árbol al que le cuesta soltar
muchas de sus hojas. Tengo miedo
ante la incertidumbre del nuevo brote.
Me siento tan cómodo con mis viejas hojas,
con mis ideas añejas y mi conducta prefijada …
Quiero sumarme a esa sabiduría de las hojas
que se sueltan.
Quiero lanzarme al viento otoñal que me sumerge
en fe, confianza y entrega.
Sé que cuando soy yo quien se suelta, desde su
propia consciencia y libertad,
desprenderme de la rama es mucho menos
doloroso y más hermoso.
Sólo las hojas que se resisten serán arrancadas
por un viento mucho más impetuoso
y caerán al suelo por el peso de su propio dolor.
Las hojas no caen, se sueltan.

Así pues Fernando querido, la Asamblea de tu Comunidad de La Pañoleta volvió a resucitarte en un Acto y una Eucaristía llena de contenido humano y cristiano en el que recordamos también a tu hermano y compañero Gonzalo Flor con el que seguramente ahora estarás hablando y planeando como seguir y seguir haciendo Proyectos Sociales de Cooperación en aquellos lugares del planeta que más lo necesitan.

Déjanos entonces seguir di-soñando contigo la construcción de ese Reino terrenal de Justicia, Igualdad y Amor por el que siempre luchaste al mismo tiempo que cantamos juntos esas maravillosas canciones como “Qué te puedo dar” y el “Canto a libertad” que nos trasladan mágica y misteriosamente esos espacios de Utopía y Esperanza Infinita a los que no vamos a renunciar jamás. Gracias Fernando, muchísimas gracias porque con personas como tú el camino de esta vida nuestra llena de injusticias, inseguridad, incertidumbre, complejidad y contradicciones se nos hace siempre suave, ligero y feliz porque la Luz que nos has dejado con tu testimonio de vida, cuya Ética Esperanzada está muchísimo más allá de estructuras, credos, políticas y leyes nos hará siempre superar cualquier obstáculo que se nos pueda presentar.

Siempre estarás en nuestros corazones. Adelante siempre hermano, camarada !!!

6 comentarios

  1. Recuerdo en el acto, en el que tuve el placer de homenajearlo junto a la presentación de tu(su) libro, las palabras calidad que tuvo hacia mi…Sigamos Fernando, alla donde estes!

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