Espiritualidad light

Dice el prestigioso filósofo y sociólogo francés Gilles Lipovestky que el siglo XXI es el tiempo de la multiplicación y proliferación de nuevas formas de espiritualidad y religiosidad, así como de nuevas terapias psicoespirituales, algo por cierto, que puede comprobar cualquiera. Yo mismo he buscado el término “spiritual therapy” en Google y me he encontrado más de 169 millones de entradas en inglés y casi 35 millones en castellano. Pero además, bastaría con explorar los servicios de psicoterapias alternativas en cualquier ciudad española, para observar igualmente que existe una extraordinaria proliferación de pequeñas y medianas empresas, así como de profesionales autónomos y diversos personajes con cierto carisma de gurú, para darnos cuenta que estos tipos de negocio se han diseminado por toda la geografía española.

La oferta de servicios que todas estas pequeñas empresas anuncian, básicamente consiste en proporcionar a todos los clientes, un conjunto de técnicas psicocorporales y psicoespirituales que al decir de sus promotores, garantizan el bienestar psíquico, la armonía psicofísica, la paz interior y otros estados dirigidos a eliminar o suavizar el estrés, la ansiedad o la depresión.

Al mismo tiempo, la multiplicación y diseminación de todos estos servicios, ha corrido paralela a la explosión de nuevas religiones e iglesias en todo el mundo, aunque el crecimiento más espectacular desde el siglo XIX hasta hoy ha sido en América. Yo mismo he visto diversos templos y algunas ceremonias religiosas pentecostales en los lugares más aislados y también en calles céntricas de las grandes ciudades, tanto en Perú como en Brasil. Una experiencia por cierto, que me dejó impresionado cuando con mis propios ojos vi como numerosas personas de la más humilde condición, que llenaban el templo, contestaban enfervorizadamente a las preguntas y máximas de un histriónico orador que vociferaba como si estuviera poseído. Pero lo más curioso, es que estas mismas personas sencillas y humildes, no solo escuchaban con extraordinaria atención, sino que además absolutamente todas, en un momento de la ceremonia entregaban dinero en una mesa petitoria destinada a tal fin por los organizadores de la ceremonia. Esto explica, como todos esos nuevos sacerdotes, además de tener un gran número de adeptos, han conseguido acumular y apropiarse de millonarios patrimonios, hasta el punto de que esa nueva religión y sus líderes, no solamente se han hecho supermillonarios, sino que han creado todo un imperio económico diversificado en las más diversas empresas, pero especialmente en las de comunicación, creando así diversas cadenas de radio y televisión que durante las 24 horas del día están emitiendo mensajes, consignas y discursos, no solo para sus adeptos sino para todo el país entero.

Así pues, tanto en los países opulentos de occidente, como en los países empobrecidos, vivimos tiempos de entrega y sumisión total a nuevos dioses, además del florecimiento de empresas que prometen suavidad, equilibrio, búsqueda de armonía psicofísica, de bienestar y salud corporal, vendiendo así alegría, felicidad individual y una paz interior como si fuesen mercancías de una farmacia espiritual. Y todo ello acompañado de numerosos ritos, fórmulas y “nuevos sacramentos” que suavizan y aligeran la carga de estrés y sufrimiento, de vacío existencial y sinsentido que la posmodernidad y el nuevo desorden social flexible, dinámico y adaptado a la singularización y diferenciación del mercado, han originado. No ha de extrañar pues, que estas nuevas religiones y creencias, casi todas de un carácter infantil, mágico, simplista, dogmático y autoritario hayan hecho mella en la conciencia de millones de personas decepcionadas y fácilmente manipulables, favoreciendo así las alternativas políticas más conservadoras y tradicionalistas, como es el caso por ejemplo, del triunfo electoral del militar neofascista Jair Bolsonaro en Brasil.

Lo que resulta también sorprendente es que este tipo de espiritualidad light o de «microutopía espiritual» que Lipovetsky denuncia, o esta nueva ola posmoderna del new age que preconiza el “estar bien” mediante el aislamiento, la abstracción, la meditación y el consumo de todo tipo de psicoterapias y productos esotéricos, donde precisamente más abunda, es en las clases medias y altas. Son los grupos y capas sociales de un cierto poder adquisitivo, las que movidas por su vacío y frustración existencial buscan afanosamente islotes de paz y de buena conciencia, puesto que las grandes mayorías no disponen de la capacidad para pagar los variados gurús y exquisitos centros de relajación, spa, meditación que prometen la felicidad. Se trata pues de una huida, de una compleja racionalización que por la vía del psicologismo y la espiritualización intenta justificar la dimisión y la abstención de los problemas comunitarios, locales y nacionales, propiciando de una forma más o menos directa la despolitización y la ausencia de responsabilidad social e individual ante las graves injusticias que afectan a las grandes mayorías de nuestra sociedad y de nuestros contextos locales. Y también de una fragmentación, de una reducción que aunque paradójicamente se presenta como holística o, integral, desintegra, no sólo nuestra capacidad de conectar con lo espiritual que cada ser humano posee y que puede desarrollar sin necesidad de mediadores, dogmas o iglesias, sino lo que es muchísimo peor: minusvalora y margina nuestro compromiso social, ético y político al reducir la espiritualidad a una mero estado orgiástico de percepción, o a un sencillo mapa mental que en nada se corresponde con la vitalidad y la complejidad del ser humano y de la realidad. `

Por el contrario, las clases populares, las condenadas al desempleo, las de bajos salarios, las que viven en la precariedad, la inseguridad y la incertidumbre de no saber que van a comer o como van a vivir al día o en el mes siguiente, optan por otra vía para buscar el alivio de sus sufrimientos. O bien deciden volver a las viejas tradiciones religiosas milagreras y opiáceas que se rearman de nuevo con viejos dogmas y ropajes; o bien deciden abrazar incondicionalmente a cualquier flautista de Hamelín que les prometa la felicidad a corto plazo y bajo costo; o sencillamente se entregan fervorosamente al circo mediático de los grandes espectáculos de masas como el fútbol, consiguiendo así la cuota de identificación y de sentimiento de pertenencia y normalidad necesarios para ir soportando las contrariedades, dificultades y penurias de su vida cotidiana.

El extraordinario florecimiento de las tecnologías esotéricas, espiritualistas,  psicologistas y de autoayuda, asociadas al carácter hirperconsumista de nuestra época, ha contribuido en gran medida a llevarnos a un tipo especial de dimisión, abstención y desvinculación de la comunidad, del contexto social inmediato en que existimos y de nuestra responsabilidad social y política. Ha conseguido que olvidemos e incluso despreciemos, a aquel sujeto fuerte de antaño, de convicciones profundas, de lealtad insobornable a causas nobles, de firmeza y valentía ante el reto de afrontar dificultades y situaciones injustas, para sustituirlo por un sujeto débil, terriblemente asustado por sus conflictos internos y egocéntricos, aterrado por sus enfermedades y dolencias físicas, abrumado por su responsabilidad social y por las exigencias y compromisos de sus vinculaciones y relaciones con los demás. Un sujeto débil, refugiado en un mundo interior que le proporciona una singular sensación de serenidad y tranquilidad, que confunde con la auténtica paz que los grandes maestros como Gandhi, Luther King, Pedro Casaldáliga, Desmond Tutu, Teresa de Calcuta, Monseñor Romero o Ignacio Ellacuría, entre otros, nos han enseñado.

Este tipo de sabiduría light, esta espiritualidad de andar por casa que compra libros de autoayuda y meditación sin practicarlos; que acude a cursillos para vivir experiencias orgiásticas y alucinatorias; o que asiste sometida al encanto seductor de gurús y grandes sacerdotes laicos y religiosos, es la que a la postre, nos hace caer en una de las tal vez más peligrosas de las psicosociopatías. La psicosociopatía de creer que únicamente con el cambio mental de percepción de la realidad o con el desarrollo de nuestra conciencia individual es posible alcanzar el paraíso terrenal y la felicidad perenne. Una enfermedad social que por lo general se nutre de pensamiento mágico, de conciencia ingenua, de ausencia de pensamiento crítico y de un profundo e intenso miedo a ser uno mismo con todas las consecuencias. Liberarse pues del miedo en todas sus formas, tal vez sea el más fundamental y transcendente de los caminos para comenzar a despertar e iniciar nuevamente el proceso-proyecto permanente de nuestra propia liberación personal, comunitaria, social y planetaria.

2 comments

  1. Un artículo muy bien redactado y argumentado. Estamos viviendo una época de manipulación religiosa-política que pretende enterrar nuestro espíritu crítico y nuestra responsabilidad , llevándonos donde ellos quieren. Es imprescindible que la escuela y la universidad promuevan el sentido crítico para no caer en manos de esos pseudosalvadores de tipo religioso o político. El camino es inspirarse en esos personaje auténticos que tú señalas y en no “desvincularse de la responsabilidad social y política”. Saludos: José Melero

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    1. Muchas gracias José. Efectivamente vivimos tiempos oscuros y llenos de incertidumbre, si bien como dice Edgar Morin esto es completamente natural en el sentido de que navegamos en un archipiélago de incertidumbres con algunos islotes de certezas. O como dice Krishamurti: la verdad es un territorio sin caminos y como dijo Don Antonio Machado: “se hace camino al andar” por eso a mi la esperanza no me la quita “ni dios”. Un abrazo grande.

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