Contra el fascismo en Camas (4)

Continuando con el asunto del “nacionalismo” como concepto macro de carácter ideológico y político en el que se han refugiado siempre todos los fascismos y se han justificado todas las guerras, golpes de Estado, conquistas. violencias y educaciones cuarteleras y doctrinarias, me voy a permitir en esta nueva nota un excurso personal de mis recuerdos de infancia y juventud. Recuerdos por cierto, que estos jóvenes cachorros de la derecha española de la “Triple Alianza” -PP, Cs y VOX- (puede que las siglas de este último signifiquen Violencia, Odio, Xenofobia), quieren a toda costa que todos los de mi generación olvidemos, para que así puedan mentir con toda tranquilidad y descaro, haciéndonos creer que aquella dictadura fue un asunto entre “azules” y “rojos” de un pasado que hay que olvidar porque ahora estamos en el siglo XXI y ellos son la juventud prometedora de un futuro mejor. Claro que lo que no dicen, ni van a decir de forma directa nunca es que son realmente los herederos ideológicos, políticos e incluso familiares en algunos casos, de aquel régimen dictatorial. Por eso precisamente no quieren investigar, documentar y apoyar iniciativas dirigidas a hacer cumplir las recomendaciones del Relator de las Naciones Unidas o quieren derogar la Ley de Memoria Histórica y Democrática de Andalucía. Voy pues a hacer un breve viaje por mis recuerdos personales.

Realmente, desde que era bien pequeño, ni los colores ni el ondear de las banderas españolas de mi época, como tampoco la música militar, los desfiles y todo esa parafernalia fascista me gustaron. Con el mismo e incluso superior disgusto y aburrimiento, aborrecía aquellos himnos que me obligaban a cantar en el patio del Instituto en que estudiaba antes de entrar en clase y en el que a toque de silbato y en formación militar participábamos todos los alumnos. Claro, que como yo no entendía nada y además me obligaban en el Instituto a aprenderme de memoria textos incomprensibles e infumables para un niño de 12 o 13 años de un libro escrito por un tal Manuel Fraga Iribarne que se titulaba “Formación del Espíritu Nacional” , todo acabó terminando mal para mí. Primero porque tuve un profesor falangista que había estado en la famosa “División Azul” y siempre estaba pendiente de mis ausencias de clase y de si fumaba o no en los recreos, cosa de la que se chivaba a mi padre, Y segundo porque tuve también un profesor de Religión Católica que aparte de unos mensajes absolutamente nacionalcatolicos y xenófobos, se dedicaba cuando le apetecía, a tocarnos las piernas a los niños que con pantalones cortos acudíamos a su mesa cuando nos llamaba para que sentados a su lado, leyéramos en voz alta a los demás. De esta manera, mi desatención, mis “novillos” y alguna que otra respuesta o travesura impertinente y desobediente, fueron premiadas al final del Bachillerato con dos “suspensos” que añadidos a un tercero de una profesora de anti-Literatura de triste recuerdo, hicieron que perdiera la beca y que mi padre me dijera que o aprobaba en septiembre o que me despidiera de los estudios.

Pero vamos al meollo de la cuestión. ¿Por qué cuento esto ahora?. Pues sencillamente para decir, que tanto yo como otras muchas personas de mi generación tenemos unos recuerdos de infancia que me/nos impiden o dificultan asociar la idea de España y su bandera a las ideas de paz, democracia y libertad, cuando además los colores de esa bandera se impusieron por el terror de un golpe de Estado genocida. En cualquier caso y a estas alturas, a mi me da ya igual la bandera y sus colores, porque no voy a hacer de eso una cuestión personal y de principios. Así pues, yo nunca me sentí nacionalista, pero eso no me impide afirmar sin ningún rubor que soy y me siento español, sencillamente porque aquí circunstancialmente, he nacido, me he formado, he trabajado, he pagado y sigo pagando mis impuestos, tengo un DNI y un pasaporte español y he construido mi proyecto de desarrollo personal y profesional. Y por eso también preferiré siempre una España unida, pacífica, democrática, solidaria y republicana, que una España rota o en continua lucha por supuestos derechos históricos y de autodeterminación. Y aunque es verdad que a nadie se le puede obligar a estar unido y asociado si no quiere, también lo es que cuanto más amplia sea la participación, el diálogo y la reflexión en una decisión tan trascendente que puede marcar, perjudicar y dañar el destino de los pueblos, pues es mejor pensárselo muy bien y no tomar decisiones en coyunturas insatisfactorias provocadas por gobiernos incompetentes e incapaces de dialogar. Ahí está el “Brexit” como ejemplo de lo que digo. Y que conste que dialogar no es ceder, es simplemente reconocer al otro como legítimo e igual a nosotros, tratándolo con respeto y con voluntad de cooperación, fraternidad y solidaridad.

Negar pues que me siento tan español como cualquiera y de una forma enteramente natural e incluso agradecida, sin exaltaciones, patrioterismos y banderolatrías, sería por mi parte absurdo, sencillamente porque la realidad nacional española, andaluza o catalana, no creo que deba depender del ropaje de banderas de los gobiernos de turno y muchísimo menos de la apropiación que los partidos de derecha y algún que otro de la izquierda hacen de esta realidad, como si ellos fueran los únicos y exclusivos intérpretes del significado, el sentido y la identidad de los pueblos.

En este punto, creo que aquí en Andalucía, aunque nuestro destino histórico no me parece que lo veamos desligado ni separado de España, también sabemos lo que significa arroparse con banderas y excitar un andalucismo ramplón, superficial, emocionalista y embaucador promovido y patrimonializado casi siempre por los gobiernos, ya sean estos autonómicos o locales. Aquí en Andalucía, siempre desde mi opinión y mi particular punto de vista, lo blanco y lo verde, así como los ceremoniales del 28-F dan votos, así que si me tengo que vestir durante todos los días de la campaña electoral de blanco y de verde, para decir o inducir a creer que Andalucía soy yo y es mía, pues me visto y ya está. Claro, que otra cosa es profundizar en el mensaje de Blas Infante y ver como éste lo podemos traducir en medidas sociales concretas fieles a su republicanismo confederal y a sus principios y propuestas educativas. Eso ya mejor lo dejamos para otra ocasión, porque con un poco de color, fiestecita y folklore tenemos más que de sobra.

Aunque evidentemente, tanto mi sentimiento nacional español como andaluz, así como mis subjetivas opiniones, están y estarán siempre condicionadas por las azarosas circunstancias que me ha tocado vivir, nunca voy a dejar de reconocer que las fronteras, las naciones y todos los aparatos ideológicos que las legitiman son construcciones culturales históricas cuyo fundamento y objeto hay que buscarlo más en los intereses de las clases y grupos dominantes (económicos, políticos e ideológicos) de una determinada sociedad y de un momento histórico concreto, que en los nobles sentimientos y emociones de identidad y pertenencia que cualquier persona pueda tener en razón de su nacimiento y de su cultura. En suma, yo soy de los que creen que la palabra “Nación“, al igual que la palabra “Estado“, “Patria” o incluso la palabra “Dios“, son inventos creados por los humanos cuya función social, entre otras, ha sido y sigue siendo por desgracia, la legitimación de la dominación de unos grupos sociales sobre otros. Esta es la razón, por la que al mismo tiempo que me siento español, me siento igualmente andaluz y universal o planetario, sencillamente porque la especie humana es una y el planeta Tierra, uno también.

No obstante he decir también, que aunque me siento español o mejor, soy español, no por ello se me ocurre colocar la bandera española en mi azotea como ha hecho un vecino de mi calle el pasado día en que las tres derechas se manifestaron en Madrid en la Plaza Colón. Un vecino por cierto, que hace décadas colocaba la bandera roja, lo cual es un síntoma a mi juicio muy preocupante, síntoma que independientemente de que sea estudiado en profundidad por los especialistas en sociología política, debe en mi opinión ser respondido de forma concreta y visible, no mediante una guerra de banderas, sino mediante el diálogo, la reflexión y la acción continuada de la ciudadanía y de los representantes democráticos de los poderes públicos, si es que realmente les preocupa la emergencia y el crecimiento del fascismo en la sociedad y en nuestra ciudad. Por eso también, cuando los 3 cachorros de la derecha orquestaron toda una campaña españolista de catalonofobia proponiendo colocar banderas españolas en los balcones para afirmar y hacer visible la supremacía y la superioridad de una determinada idea de España, yo evidentemente tampoco me sumé ni me sumaré nunca. Y esto lo creo así, porque cuando se hace uso de los símbolos patrios de una forma exagerada, partidaria y supremacista, lo que en realidad se está haciendo es patrimonializar dichos símbolos y ligarlos a una limitada idea de país, de nación o de Estado, que al ser exclusiva y no inclusiva, necesariamente termina por dividir a la ciudadanía y fragmentar la convivencia mediante tensiones febriles de carácter puramente emocional e irracional y esto sirve tanto para los facho-españolistas como para los izquierdo-catalanistas.

Así pues, el fanatismo, el sectarismo, el autoritarismo, el dogmatismo y el apasionado e irrefrenable deseo de llevar e imponer lo que consideramos como razón o como verdad, no solo es patrimonio de la derecha, sino también de la izquierda y de cada uno de nosotros como personas individuales. Por eso la solución a esto, necesariamente tiene que ser estratégica, educativa y permanente. Esto se arregla con la fórmula de Pepe Mujica: EDUCACIÓN, EDUCACIÓN Y EDUCACIÓN, así que mucho ojo a aquellas fuerzas y grupos que impiden el desarrollo de la Educación como Derecho Humano Universal, porque es ahí, en esas fuerzas y grupos en donde se esconde el fascismo. Por tanto y una vez más me pronuncio “CONTRA CUALQUIER FORMA DE FASCISMO -especialmente en Camas-” y os invito a que cada uno de vosotros que leéis esto, hagáis todo lo democráticamente posible para impedir que estos tres partidos de la “Triple A” nos gobiernen en el Estado, en los municipios y en el resto de las Autonomías.


2 comentarios

  1. ¡Muy bien todo lo que expresas en este artículo! Sentirse español no es incompatible con sentirse andaluz o catalán. Todo los contrario. Ser español es sentirse orgulloso de la gran diversidad paisajística, cultural, lingüística, histórica… La diversidad debe estar acompañada siempre por el respeto y el reconocimiento de los otros. Cualquier idea o proyecto para mejorar la sociedad sea bienvenida,con la condición de que ” el fanatismo, el sectarismo, el autoritarismo o el dogmatismo no nos lleve por el apasionado e irrefrenable deseo de llevar e imponer lo que consideramos como razón o como verdad”. Un abrazo, J. Melero.

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  2. Muchísimas gracias José. A estas alturas del campeonato y a estas alturas del siglo XXI, andar perdiendo el tiempo intentando demostrar que somos mejores que los demás o que somos víctimas de un destino injusto, cuando el Planeta es uno y está en peligro real, me parece ridículo y estúpido. Muchas gracias. Tus comentarios me ayudan a seguir.

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