La Democracia es una cuestión de igualdades

La Democracia, más que un asunto formal de libertades, procedimientos y normas para tomar decisiones y ser representados por los gobernantes, es a mi juicio y antes que nada “una cuestión de igualdades”.

La razón en la que me apoyo para afirmar esto es bien sencilla. Si  nuestra capacidad de elegir y de tomar decisiones siempre está asociada y condicionada por nuestras condiciones materiales de existencia, que son las que hacen en primera y en última instancia que unos sean más iguales que otros, serán estas condiciones sociales de existencia material y supervivencia humana, el criterio fundamental para evaluar si la Democracia es realmente una forma de vida social igualitaria, justa, libre y solidaria. Aquí evidentemente, se cumple el dicho de “tanto tienes, tanto vales“, si tienes más dinero, más propiedades, más formación y cultura, más posibilidades de influir en la población, más prestigio social, más presencia en los medios de comunicación cuya propiedad solamente está al alcance de unos pocos, o si perteneces a grupos económicamente poderosos, no hay ninguna duda de que tus posibilidades de “mandar” o de decidir lo que los demás “deben” hacer pues serán muchísimo mayores que si eres una persona normal que vive de su trabajo diario.

No obstante, a pesar de que la mayoría de las veces esto de la democracia es una herramienta muy seductora que utilizan las clases y grupos dominantes para legitimar y ampliar su poder, tiene una gran virtualidad. La democracia nos iguala y nos proporciona una herramienta para poder revertir las desigualdades: el principio de la soberanía popular o el de que cualquier voto, desde la persona más pobre y sencilla, hasta la más rica y bien situada vale lo mismo, por eso es una excelente herramienta para garantizar los Derechos Humanos Universales.

La Democracia no es por tanto solo un medio, un instrumento o unas normas, sino un fin en sí misma y en esta medida, no puede reducirse exclusivamente a lo político o a lo jurídico, porque el concepto de Democracia al estar asociado al de la igualdad de las personas y al valor absoluto de la vida, es un concepto abierto, asimilable más a un proceso permanente de conquista de dignidad humana, que al de un resultado formal expresado en fórmulas otorgadas que muchísimas veces originan, legitiman y enmascaran la desigualdad. El nivel o grado de desarrollo democrático de un pueblo no puede medirse exclusivamente por la formalidad de sus procedimientos en la toma de decisiones, sino por los resultados obtenidos y por el protagonismo que las personas y los agentes sociales tienen en los procesos de consecución de mayores cuotas de igualdad y dignidad.

Sin embargo y como dice el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) «…aun contando con las limitaciones y mixtificaciones que los procedimientos democráticos tienen, la experiencia y la historia nos dicen que el hecho de gozar de libertades políticas y poder participar en las decisiones colectivas que afectan a la vida cotidiana de las personas, no solamente son derechos humanos fundamentales, sino también excelentes formas para acrecentar y promover el desarrollo humano, atender las urgencias y desastres colectivos y asegurar el control público de las decisiones mediante el libre ejercicio de la participación ciudadana…». Por eso, sin libertades políticas básicas (expresión, asociación, reunión, manifestación, huelga…) es imposible conquistar mayores cotas de justicia y equidad social. Por eso también, en los años sesenta y setenta del pasado siglo en nuestro país, todas las movilizaciones y reivindicaciones obreras, estudiantiles y ciudadanas exigían siempre las libertades democráticas, siendo precisamente estas grandes movilizaciones las que en realidad nos trajeron la Democracia Constitucional que tenemos hoy. En consecuencia podemos afirmar entonces sin temor a equivocarnos que, sin la movilización y el protagonismo activo de la clase obrera, de las mujeres, de las capas sociales más débiles y vulnerables y en general de toda la ciudadanía, será imposible alcanzar mayores y mejores cotas de igualdad, justicia y solidaridad.

Efectivamente, el funcionamiento democrático de grupos, organizaciones e instituciones necesita obligatoriamente estar articulado en reglas, normas y procedimientos que garanticen la participación de todos sus miembros y/o de toda la ciudadanía de forma que las decisiones sean adoptadas conforme a la “regla de las mayorías“. Es indudable entonces, que la Democracia es también una cuestión de formalidades y procedimientos. Sin embargo, las formalidades legales y reglamentarias como la propia regla de las mayorías no significan que las decisiones que se adopten sean las más acertadas y las más eficientes para aumentar la libertad, la justicia y la solidaridad. Por eso cuando se argumenta, como lo ha hecho Felipe VI que “la Democracia ha de fundarse en el Derecho“, esto es una verdad a medias que necesariamente tiene que ser completada con su contraria “el Derecho ha de fundarse en la Democracia”, no la que hace posible que haya unas leyes u otras, que evidentemente pueden ser más o menos justas, sino la que se funda en los Derechos Humanos Universales, lo cual apunta a la necesidad de una Justicia Universal. Y es que una cosa es la Ética Juridicista que únicamente se apoya en leyes y normas resultantes de coyunturas políticas basadas en la “regla de las mayorías” y otra bien diferente la Ética Universal que se apoya en los Derecho Humanos Universales, políticos, sociales y de vida en el Planeta.

La existencia de mayorías y minorías políticas significa simplemente que se ha resuelto un conflicto entre mayorías y minorías, aceptando éstas últimas los resultados y garantizando la convivencia en la diversidad, lo cual sin duda alguna ya es mucho. No obstante, aunque todos los grupos, organizaciones e instituciones funcionen bajo esta regla, los conflictos ya sean sociales, políticos y personales, siguen muchas veces ahí latentes y acallados. Es decir, siguen funcionando bajo complejos mecanismos de retroacción o también bajo humanos sentimientos y resentimientos de discriminación, humillación y marginación. Por ello, no hay democracia representativa que valga, si no se respeta y escucha a las minorías, tomando en consideración en su caso, algunas de sus propuestas e iniciativas. Lo mismo que tampoco hay democracia representativa que se precie, si no se acepta previamente la regla de las mayorías y su capacidad para adoptar decisiones de forma legalmente establecida.

En este punto, es de fundamental importancia tener en cuenta que la regla de las mayorías no es un criterio moral, es decir, no aporta nada a la legitimidad ética de las decisiones, ya que por mayoría se pueden dictar normas y adoptar decisiones radicalmente contrarias a los principios éticos más elementales. No olvidemos, por ejemplo, que por mayoría accedió Hitler al poder, o que por mayoría ha accedido Bolsonaro a la presidencia de Brasil y por mayoría se han adoptado en nuestro país leyes que claramente atentan contra los Derechos Humanos Universales. Ahí tenéis, por ejemplo, la Ley Orgánica 8/2013, de 9 de diciembre, para la mejora de la calidad educativa (LOMCE), la Ley Orgánica 4/2015, de 30 de marzo, de protección de la seguridad ciudadana, (LEY MORDAZA), el Real Decreto-ley 3/2012, de 10 de febrero, de medidas urgentes para la reforma del mercado laboral (REFORMA LABORAL), o la Reforma del artículo 135 de la Constitución o la continuación en el gobierno, hasta el triunfo de la moción de censura de Pedro Sánchez, de un presidente que representaba al partido más corrupto, conservador y fascista del abanico político español en aquellas fechas.

Esta es la razón por la cual, cuando una mayoría política legalmente constituida dicta y pone en marcha acciones contrarias a la legitimidad ética que se sustenta en los Derechos Humanos Universales, las minorías no solamente tienen el derecho y el deber de oponerse, sino que también toda ciudadanía lo tiene, ejerciendo el legítimo derecho moral a la desobediencia civil ante la injusticia, la discriminación, la desigualdad o ante el incumplimiento del Artículo 1 de la Declaración de los Derechos Humanos que dice: “Todos los seres humanos nacen libres e iguales en dignidad y derechos y, dotados como están de razón y conciencia, deben comportarse fraternalmente los unos con los otros.” Por eso en suma, el principio del derecho y el deber de desobediencia basado en la ética de la justicia (no confundir justicia jurídica con justicia ética) es inalienable, nadie nos lo puede quitar, algo por cierto que nos han mostrado grandes Maestros como Mahatma Ghandi, Martin Luther King o Nelson Mandela, por nombrar solo tres, ya que el mundo y nuestra historia está llena de mujeres y hombres desobedientes que nos han enseñado que la desobediencia es el grado máximo de desarrollo moral que un ser humano puede alcanzar. Dicho de otra forma: las manifestaciones, las huelgas y las movilizaciones como la que ayer 8 de marzo protagonizaron las mujeres no solo son extraordinariamente necesarias para avanzar y garantizar igualdades y derechos sociales sino que son y serán siempre imprescindibles.

3 comentarios

  1. No podías haber expresado mejor el concepto de Democracia. Escribiré en el blog y en facebook, citándote por supuesto, un artículo defendiendo tu excelente artículo , que es el mejor que he leído sobre la Democracia. Te felicito por tu altura de miras.”Las manifestaciones, las huelgas y las movilizaciones como la que ayer 8 de marzo protagonizaron las mujeres no solo son extraordinariamente necesarias para avanzar y garantizar igualdades y derechos sociales sino que son y serán siempre imprescindibles”. Así es, porque lo repetiré una y otra vez, no basta con ir a votar una vez cada cuatro años. Hay que estar emitiendo nuestro voto a favor de la igualdad y de la justicia por todos los medios a nuestro alcance. Un gran abrazo , demócrata con solidez.

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