Contra el fascismo en Camas (7)

En el artículo anterior de esta serie, cuyo objetivo es el de desenmascarar y denunciar cualquier forma de fascismo, intenté explicar, que el sentimiento individual o colectivo de creerse diferente y superior a los demás denominado “identidismo“, es, entre otros, uno de los que proporciona argumentos y motivación para el nacimiento y el desarrollo de actitudes fascistas. A su vez, cuando este sentimiento identidista y de narcisismo individual y colectivo, se vincula a otros como el victimismo, el patriotismo, el dogmatismo, el militarismo o la adhesión incondicional a líderes carismáticos, el caldo de cultivo y el abono para el alimento y la configuración del pensamiento y el comportamiento fascista ya está servido y preparado, aunque le falten todavía para llegar a la adultez, algunos ingredientes fundamentales más, como el racismo, la xenofobia, la homofobia, el machismo, la violencia, el odio, el autoritarismo y la mentira permanente.

Siguiendo esta línea argumentativa, la reflexión que pretendo hacer hoy, partiendo de este concepto de “identidismo” acuñado y desarrollado por Pascal Bruckner consiste en analizar las vinculaciones de las actitudes fascistas con el pensamiento ultraconsevador, tradicionalista y ultrareligioso, para lo cual intentaré hacer un breve recorrido histórico en base a mis apreciaciones sobre las estructuras de poder de la Iglesia Católica Española. Y digo “estructuras de poder“, porque al menos para mí y creo que también para muchas personas, una cosa es el clero sacerdotal que en sus diferentes cargos orgánicos ejerce el poder, imparte doctrinas, defiende dogmas como verdades únicas y administra los bienes y otra cosa muy diferente es el conjunto de creyentes y simpatizantes del mensaje original de Jesús de Nazaret, “el hijo del carpintero“.

A estas alturas del siglo XXI, cualquier ciudadano mínimamente formado e informado, debería al menos conocer y ser consciente de que la estructura de poder de Iglesia Católica Española, siempre fue el refugio y el sostén del pensamiento más conservador, tradicionalista y dogmático cuya expresión política siempre fueron los partidos de derecha y de ultraderecha, aunque obviamente y por fortuna, no todo en la Iglesia es conservador y de derechas. Este pensamiento católico ultraconservador y esencialmente reaccionario y protofascista es muy antiguo y arranca con renovado fulgor a partir de la Encíclica de Pío IX “Quanta Cura” (1864) y en su famoso complemento Syllabus, que es todo un tratado de prohibiciones y de declaraciones contra el liberalismo, la democracia, el republicanismo, el socialismo, el comunismo, el anarquismo y cualquier tendencia ideológica de la Modernidad que pusiese en cuestión los dogmas de la Iglesia y la exigencia de ésta a proclamarse universalmente como la única verdadera y a constituirse como un poder por encima de los Estados y de todas las religiones del mundo.

A su vez, creo que todo ciudadano bien informado debería saber también, que ese pensamiento tradicionalista, autoritario, dogmático, antidemocrático y patriarcal de la Iglesia Católica que llega en España casi al paroxismo, al menos hasta la primera mitad del siglo XX, y del que se alimentan casi todos los fascismos, tuvo un refrendo y un apoyo enorme en el franquismo, dando lugar a ese aberrante híbrido fascista-católico que se conoce como nacionalcatolicismo y que fue el “soma” ideológico y doctrinario que nos inyectaron aquí a todos los de mi generación.

No obstante, cien años después de aquella Encíclica de Pío IX, la Iglesia intentó rectificar su rumbo, para lo cual puso en marcha en 1962, el conocido Concilio Vaticano II , desmarcándose en gran medida de ese tipo de pensamiento ultracatólico tradicional y abriendo las puertas a la renovación y a la consideración de los nuevos problemas de la humanidad. En este punto, no puedo olvidar el gran impacto social e institucional que la Constitución Conciliar “Gaudium et spes” produjo en los jóvenes de mi generación que por aquellos años estábamos en la Iglesia y cuyas primeras palabras transcribo aquí: “Los gozos y las esperanzas, las tristezas y las angustias de los hombres de nuestro tiempo, sobre todo de los pobres y de cuantos sufren, son a la vez gozos y esperanzas, tristezas y angustias de los discípulos de Cristo. Nada hay verdaderamente humano que no encuentre eco en su corazón“.

A partir de aquel acontecimiento universal que comenzó gracias al empeño y resolución del Papa Juan XXIII, y de su continuador Pablo VI, el “arzobispo de los pobres” y gran defensor y promotor del ecumenismo, la Iglesia Española empezó a desarrollar nuevas estrategias de inmersión, compromiso y dinamización en el mundo obrero, social y político. Al principio de una forma renuente y poco visible, dada su alianza con el franquismo, pero a partir de mediados de la década de los sesenta y en la de los setenta, de forma mucho más nítida y coherente, de lo que son muestra las numerosas acciones y movimientos democráticos y sociales a los que la Iglesia dio aliento y cobijo en la época de Añoveros y Tarancón, una estrategia indudablemente renovadora y de apoyo a todo el movimiento democrático de oposición al franquismo.

Sin embargo y con la llegada del Papa polaco Juan Pablo II , los gozos y esperanzas de aquella juventud católica de los sesenta y los setenta que luchaba por la justicia, la libertad y la solidaridad descubriendo y aprendiendo también de las enseñanzas de la Teología de la Liberación, nacida en América Latina por aquellas fechas, así como de los “Curas Obreros“, fueron ignorados, descalificados, censurados y marginados, volviendo así la Iglesia Española y su Conferencia Episcopal, por el camino de siempre: el de ignorar, marginar y en muchos casos censurar y reprimir a todos aquellos creyentes y no creyentes que intentan ser coherentes con los valores democráticos trabajando y luchando por hacer posible que los Derechos Humanos Universales, sean plenamente humanos y universales. Marginación y censura que llevó a muchísimas personas, entre ellas yo, a apartarse definitivamente de la Iglesia e incluso a renegar de sus creencias y simpatías cristianas.

En relación a los Derechos Humanos Universales de 1948 y los sucesivos Pactos Internacionales y Protocolos Facultativos que se han venido proclamando desde aquella fecha y a los que se han ido adhiriendo numerosos Estados, entre ellos España, el eminente teólogo católico José María Castillo Sánchez en su obra “La Iglesia y los Derechos Humanos” nos señala que “La Iglesia no ha reconocido oficialmente los derechos humanos, por más que los papas, a partir de Juan XXIII, hayan hablado elogiosamente de ellos.” y que estos no se aplican en el funcionamiento interno y diario de la misma, por lo que se pregunta “¿Cómo se puede creer en un Dios que es utilizado por la religión para negar los derechos fundamentales de los seres humanos?“. Y efectivamente, a estas alturas del siglo XXI, cualquier ciudadano sea creyente o no, pero que tenga un mínimo de sensatez, no puede comprender que la Iglesia pida, aconseje y exhorte a sus fieles a defender y comprometerse con los Derechos Humanos y siga siendo renuente y contraria a aplicar esos mismos Derechos a sus estructuras de gobierno, funcionamiento, administración y en la vida diaria de su Institución. Por esto, me resulta incomprensible e indignante, por ejemplo, que se hagan grandes discursos y homilías sobre la igualdad de derechos de hombres y mujeres, o sobre la vida sexual, la familia y el matrimonio, o sobre la democracia, cuando la Iglesia sigue siendo una monarquía absoluta patriarcal que nombra sus cargos a dedo y en la que el papel de las mujeres y de sus fieles no pasa de ser el de la obediencia y la sumisión a los profesionales y funcionarios del clero y de la curia.

En este punto es necesario señalar también, que no en vano la Iglesia Católica ha sido y sigue siendo la que ha dado nacimiento y ha hecho crecer las organizaciones religiosas más reaccionarias y ultraconservadoras que son las que promueven las actitudes más de ultraderecha y por consiguiente los comportamientos más fascistas. Ahí están por ejemplo y entre otras, el Opus Dei ; los Legionarios de Cristo del pederasta Marcial Maciel; el Movimiento Neocatecumenal de los “Kikos” presente y actuante en Camas con abundante propaganda de pancartas y cartelería callejera, y todos esos lobbies ultracatólicos que están detrás y se oponen resueltamente a las conquistas del feminismo y del movimiento LGTBI , además de todos esos cardenales que se han organizado para declarar su desobediencia al Papa Francisco y acusarlo de “hereje” y que aquí en España tienen varios obispos que los siguen y aplauden, entre ellos, el de Sevilla.

En definitiva, lo que quiero decir con esta breve reflexión crítica sobre la Iglesia Católica como estructura de poder, es que ésta tiene una parte muy importante de responsabilidad en el surgimiento, la protección, el amparo y el desarrollo del pensamiento, las actitudes y las organizaciones fascistas, que como es sabido, aunque formal y democráticamente estén constituidas como legales, se refugian siempre en el paraguas católico, que es en definitiva el que da cobijo a las mismas aportándoles una supuesta legitimidad ética de la que obviamente carecen. En consecuencia, sigo y seguiré pronunciándome CONTRA CUALQUIER FORMA DE FASCISMO-especialmente en Camas- por lo que te invito a que te sumes a esta humilde iniciativa y difundas esta breve reflexión.

3 comments

  1. Un artículo muy bien redactado y argumentado que da mucho que pensar. Es cierto que “gracias al empeño y resolución del Papa Juan XXIII, y de su continuador Pablo VI, el “arzobispo de los pobres” y gran defensor y promotor del ecumenismo, la Iglesia Española empezó a desarrollar nuevas estrategias de inmersión, compromiso y dinamización en el mundo obrero, social y político. Sin embargo y con la llegada del Papa polaco Juan Pablo II , los gozos y esperanzas de aquella juventud católica de los sesenta y los setenta que luchaba por la justicia, la libertad y la solidaridad descubriendo y aprendiendo también de las enseñanzas de la Teología de la Liberación, nacida en América Latina por aquellas fechas, así como de los “Curas Obreros“, fueron ignorados, descalificados, censurados y marginados, volviendo así la Iglesia Española y su Conferencia Episcopal, por el camino de siempre: el de ignorar, marginar y en muchos casos censurar y reprimir a todos aquellos creyentes y no creyentes que intentan ser coherentes con los valores democráticos .. Marginación y censura que llevó a muchísimas personas, entre ellas yo, ( a mí me ocurrió lo mismo ) a apartarse definitivamente de la Iglesia “. ¿Por qué ? Lo explica muy bien el teólogo católico José María Castillo Sánchez en su obra “La Iglesia y los Derechos Humanos” nos señala que “La Iglesia no ha reconocido oficialmente los derechos humanos, por más que los papas, a partir de Juan XXIII, hayan hablado elogiosamente de ellos.” y que estos no se aplican en el funcionamiento interno y diario de la misma, por lo que se pregunta “¿Cómo se puede creer en un Dios que es utilizado por la religión para negar los derechos fundamentales de los seres humanos?“. Me remito a mi reflexión que coincide con la tuya : El conservadurismo de la Iglesia católica es un referente de legitimidad ética , como tú dices, del pensamiento de la derecha y de la ultraderecha. La Iglesia, con ese apoyo a los pensamientos y planteamientos de las derechas es un estorbo para conseguir una sociedad más democrática, más progresista, más humana, más tolerante y más en consonancia con los Derechos Humanos.
    Un gran abrazo, José.

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  2. De acuerdo. Es un obstáculo muy difícil de salvar por el enrocamiento conservador de la Iglesia, siendo poco a nada atractiva para los que caminamos en otra dirección . Es una institución que actúa como acicate para personas conservadoras a pesar de que su fundador no tuvo nada de conservador. Es un interrogante sin respuesta cómo la Iglesia con su enorme poder no actúa, excepto en contadas ocasiones, a favor de todos los Derechos Humanos y de los valores de la democracia, siendo también más critica con las injusticias. Te envío un artículo de mi blog sobre Fray Bartolomé de las Casas, considerado el predecesor de los Derechos Humanos. Un abrazo, José.

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