Limitaciones de la Democracia Representativa

Las leyes, decretos, órdenes, reglamentos y en general ninguna norma o procedimiento es neutral desde un punto de vista ético y social, aunque gocen de legitimidad democrática formal para hacerlos legales. Todos ellos responden a la voluntad política, al equilibrio o a la alianza de los partidos que tienen la mayoría y por supuesto a las lógicas sociales dominantes que están por debajo y en la sombra, que son las que imponen los discursos y las estrategias de las clases y grupos sociales más poderosos.

Está claro que los partidos políticos más representativos o que han obtenido la mayoría, ya sea individualmente o mediante alianzas y pactos, tienen toda la legitimidad democrática formal para legislar e implementar programas y proyectos. No obstante y como señala el refranero popular, “una cosa es predicar y otra dar trigo” algo que se puede comprobar nítidamente en este tiempo electoral en el que las promesas oscilan entre lo más furibundo y estrambótico, hasta lo más políticamente correcto y ponderado. Promesas que por lo general cuando se hacen, ni incluyen criterios de evaluación de lo realizado en el pasado, como tampoco previsiones rigurosas del futuro, ya sean basadas en estudios empíricos de los recursos disponibles para realizarlas o en cálculos de probabilidades de ejecución en función las necesarias negociaciones que habrá que realizar entre la diferentes fuerzas políticas para llegar a pactos de gobierno que proporcionen estabilidad, credibilidad y confianza en el propio sistema democrático.

En este asunto de las promesas electorales sucede por desgracia con frecuencia lo que el popular fandango de El Cabrero dice “Muchos prometen la luna, para llegar al poder. Muchos prometen la luna y cuando arriba se ven no escuchan queja ninguna“. Y esto sucede así a mi juicio por tres razones.

La primera porque aunque los programas electorales sean redactados por sesudos profesionales de la ciencia política, por lo general ignoran los principios más elementales del funcionamiento extraordinariamente complejo de las sociedades y de las democracias. Ignorar pues la complejidad o ser incapaz de razonar a partir de los principios del pensamiento complejo y todo ese enmarañado escenario social de interacciones, retroacciones, recursiones o sin tener en cuenta la indispensable necesidad de contextualizar y comprender que una medida con buena intención puede convertirse en su contraria en determinadas circunstancias, acaba por desdibujar, pasar página o simplemente olvidar las promesas que se hicieron.

La segunda, porque las promesas políticas en la práctica real de las campañas electorales funcionan en gran medida como el escaparate de un mercado de ofertas y de saldos destinado a encandilar, seducir e incluso engañar a ciudadanos poco informados o escasamente capacitados para reflexionar crítica y serenamente sobre lo que pueden o no pueden hacer sus representantes cuando accedan al gobierno. Y si a esto se le suma el extraordinario ruido mediático en el que se mezclan ocurrencias, salidas de tono, insultos y descalificaciones, encuestas, opiniones de tertulianos, mentiras y mentirijillas, amenazas solapadas, anuncios, propaganda y demás mensajes de las más diferentes opciones que se combinan a su vez con el egocentrismo y el sectarismo grupal y el egocentrismo individual de aquellos líderes que se reclaman a sí mismos como indispensables o supuestamente dotados para permanecer décadas y décadas en sus posiciones de liderazgo, el escenario decisional acaba siempre saturado de emocionalismo, impulsividad, inmediatez y ausencia en mayor o en menor medida de reflexión racional, crítica y serena.

Y la tercera, porque prometer y proclamar a los cuatro vientos ocurrencias motivadas por la necesidad de obtener aplausos o adhesiones es muy fácil y está al alcance de cualquiera, sobre todo cuando se es consciente de que se tienen pocas posibilidades de gobernar o de que cuando se tienen, se da por asumido y aceptado de que no importa que las promesas se incumplan o que los resultados de la gestión gubernamental no se correspondan con lo prometido ya que de esto nunca se darán explicaciones a la ciudadanía dado que lo verdaderamente importante es permanecer en el poder a cualquier precio. Esto hace que la legítima representatividad democrática se sacralice y se divinice de tal modo que acabe por convertirse en una especie de despotismo ilustrado porque el único contrapeso o contrapoder que tiene la ciudadanía para profundizar y extender los derechos democráticos es solamente el de depositar un voto cada cierto tiempo para que los representantes tengan las manos libres para hacer lo que puedan o lo que quieran. Y de este modo, lo que en principio se considera y acepta como democracia representativa acabe por convertirse en una democracia autoritaria.

Así pues, muchas veces estas mayorías parlamentarias, aunque tengan la legitimidad democrática formal, no se corresponden con la Ética o con la defensa y garantía de los Derechos Humanos Universales, es decir, no tienen la indispensable legitimidad ética. Y de esto existen pruebas fehacientes y recientes en nuestro país. Así por ejemplo la pasada decisión del Tribunal Supremo de liberar a los bancos de sus responsabilidades ciudadanas y sociales, si bien está fundada formalmente en el principio de legalidad e independencia del poder judicial, no se corresponde con el principio ético elemental de que todos los ciudadanos son iguales ante la ley o iguales en dignidad y derechos como señala el artículo 1 de la Declaración Universal del los Derechos Humanos, con lo que se constata pues que los bancos y las entidades financieras tienen muchísimo más poder que cualquier ciudadano y además sin presentarse a las elecciones. Y otro ejemplo es a mi juicio lo que sucedió con el pasado posicionamiento que el Gobierno de Pedro Sánchez adoptó en relación con la venta de armas a Arabia Saudí, planteándonos el falso dilema entre el empleo o defender los Derechos Humanos, cuando además la posición de no vender armas a Arabia Saudí ha sido una recomendación del Parlamento Europeo.

Por otra parte, las incoherencias éticas de las leyes proceden también de sus formalidades, ritmos y criterios de aplicación finales que resultan de la enmarañada red de reglamentos y órdenes, así como del actor político y del funcionario o funcionaria que ejecuta las normas en el contexto material, social y concreto de la realidad. Muchas de nuestras leyes, son auténticamente preciosas y maravillosas, incluso desde el punto de vista literario. Todas ellas en sus justificaciones y preámbulos son auténticos cantos de bondad y racionalidad, que al menos a mí, en alguna que otra ocasión me han emocionado por la brillantez de sus diagnósticos y buenas intenciones. Sin embargo, después, en la práctica real, no es así y no digamos si los aparatos judiciales están subordinados o son dependientes de los poderes económicos, políticos e ideológicos, como hemos visto recientemente sobre el asunto de las hipotecas y los cambios de posicionamiento del Tribunal Supremo. Y es que, como dice aquel viejo dicho “quien hizo la ley, hizo la trampa“. O también porque en la aplicación de las leyes y normas, se acostumbra a ser muy escrupuloso con las formas y procedimientos y extraordinariamente permisivos con el fondo o el espíritu de estas. Y no digamos cuando los jueces y fiscales confunden la imparcialidad con la meticulosidad procedimental haciendo posible ser débiles y pusilánimes con los fuertes o poderosos que gozan de todos los recursos técnicos y materiales defensivos y contundentes y soberbios con los que carecen de posibilidades para defenderse. Ya conocéis el dicho aquel que afirmaba que “la letra de la ley mata el espíritu de esta“, algo que ya lo dijo Pablo de Tarso en su 2ª Carta a los Corintios, por eso en mi opinión y dicho así abrupta y exageradamente, a veces “las leyes hay que desobedecerlas” siempre y cuando atenten contras los valores que fundamentan la convivencia democrática, que como señalan casi todas las Constituciones del mundo y la nuestra también, son los Derechos Humanos Universales. Y estos Derechos no se hicieron para adornar y edulcorar las leyes, sino para que los Estados se comprometan en garantizarlos.

En este punto, no debemos olvidar que todos los y las grandes líderes sociales, políticos, culturales y educativos, han sido sobre todo personas extraordinariamente desobedientes y que la desobediencia a toda forma de opresión constituye el máximo nivel de desarrollo moral de un individuo o de un pueblo. Ahí tenéis a famosos desobedientes como Gandhi, Luther King, Mandela, Clara Campoamor, Victoria Kent, Dolores Ibárruri, Marcelino Camacho, Monseñor Romero o Paulo Freire entre otros muchos.

No es pues ninguna novedad afirmar que la Democracia Representativa, sea cual sea la forma que adopte tiene muchísimas limitaciones y puede ser fuente de numerosas desviaciones y contradicciones, sobre todo cuando la dinámica de la toma de decisiones está basada casi en exclusiva en el juego de ganar o perder y no en el de buscar síntesis integradoras sin ganadores ni perdedores. Pero también tiene muchas limitaciones porque los participantes en la toma de decisiones delegan totalmente su poder de decisión personal en sus representantes sin tener capacidad para exigir a los mismos las responsabilidades que se derivan de sus promesas y compromisos. Esta es la razón por la que los mecanismos y procedimientos de Democracia Representativa necesitan estar dotados permanentemente de controles, de mecanismos de evaluación que permitan garantizar el cumplimiento de las promesas y compromisos de los representantes políticos. Y esta es la razón también por la que los problemas de déficit democrático, ya sea de libertades o de derechos, no se podrán resolver nunca con menos democracia, recurriendo a medidas autoritarias o dándole el poder a líderes salvadores y a partidos ultraconservadores o de ultraderecha, sino con más y mejor democracia, sobre todo porque son esos partidos conservadores y de ultraderecha los causantes precisamente de los déficits e insuficiencias de las Democracias y del incumplimiento de los Derechos Humanos Universales.

One comment

  1. Un trabajo muy bien desarrollado sobre las limitaciones de la democracia representativa. Es cierto que la legitimidad democrática no siempre se corresponde con la Ética o con la defensa de los Derechos Humanos. Son muy claros los ejemplos que presentas. Ante esa disociación no cabe otra postura que la protesta, la crítica o la desobediencia. Un ejemplo de cómo deben prevalecer los Derechos Humanos sobre la economía la dio el País Vasco al negarse a construir el tranvía de Jerusalén por ser discriminatorio – los usuarios solo serían los colonos judíos – y por tener que ocupar parte del territorio palestino destinado por la ONU al Estado de Palestina. Un ejemplo que no secundó Pedro Sánchez al vender armas a Arabía Saudí para usarlas contra las poblaciones de Yemen, dando la espalda a los Derechos Humanos , que siempre deberían prevalecer ante cualquier decisión política, judicial o policial. Entonces sí que podríamos hablar de democracia ética, respetuosa con los Derechos Humanos. Esa es la única clase de democracia que reconozco. Un gran abrazo, José.

    Me gusta

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s