Contra el fascismo en Camas (14)

Autoritarismo (II)

Siguiendo con el tema del “autoritarismo” como rasgo psicológico y social de la ideología y las actitudes fascistas, existen numerosos estudios e importantes aportaciones que desde la Psicología Social y también desde el Psicoanálisis han conseguido identificar sus características.

Las primeras obras que intentan analizar y estudiar el autoritarismo como elemento que identifica al fascismo en particular y a las ideologías conservadoras y de derechas en general, se remontan respectivamente a 1941, año en el que se publica el famoso libro de Erich Fromm, “El miedo a la libertad” y a 1950, año en el que aparece la obra de Theodor Adorno, “La personalidad autoritaria“. Posteriormente, en la década de los sesenta y con objeto de responder a las críticas que se hicieron a la Teoría de Adorno y ante las evidencias de que el autoritarismo no solamente estaba presente en los regímenes fascistas, sino también en los regímenes comunistas de oriente y occidente, diversos investigadores continuaron la labor emprendida por Fromm y Adorno para determinar con mayor amplitud y precisión sus características. Así surgieron nuevas teorías y modelos para estudiar el autoritarismo, como por ejemplo, la teoría de la “Mentalidad dura” de Hans Jürgen Eysenck; la “Teoría de los valores” y la “Escala del Dogmatismo” de Milton Rokeach y más recientemente, en la década de los noventa hasta la actualidad, los estudios sobre el autoritarismo de Bob Altemeyer y del prejucio social y el autoritarismo de derechas y como elemento de identificación grupal de John Duckitt, además de otras muchas aportaciones que cualquiera puede ver si se pasea un poco por Internet.

Todos estos estudios sobre el autoritarismo desde la perspectiva de la Psicología Social, ponen de manifiesto que éste es un componente muy importante del fascismo como ideología, como actitud y como fuerza política, dado que el fascismo se configura y articula como ideología a partir de una concepción de las relaciones de poder basadas en la obediencia ciega a la autoridad y en el temor al castigo. No en vano Lawrence Britt en el artículo que ya he citado de las “14 características del fascismo” señala que el fascismo se caracteriza por su obsesión por el orden, el castigo y la represión generalizada, no solamente dirigida a los delincuentes y a los extranjeros, sino a cualquier grupo o persona individual que se opusiera o manifestara su rechazo al régimen, al dictador o al jefe. Esto explica a mi entender, las vinculaciones y conexiones del fascismo con todas aquellas instituciones fuertemente jerarquizadas y que funcionan bajo el dogma de obediencia y disciplina (Iglesias y Ejércitos), sino también con aquellas ideologías que presuponen que unos seres humanos son superiores o tienen el poder de someter a otros, como es el caso de la ideología del patriarcado, el machismo, del racismo y de la xenofobia. Unas vinculaciones que se consolidan y generalmente se expresan, no solamente como principios dogmáticos, todos ellos basados en prejuicios y estereotipos, sino también mediante diversos tipos y grados de violencia, ya sea esta física, psicológica o institucional.

Pero ¿Cuáles son los rasgos de la mentalidad y las actitudes autoritarias que se constituyen como elementos que configuran el fascismo como ideología o como forma de entender las relaciones de poder? Tratando de hacer un breve resumen en el que mezclo lecturas y experiencias, en mi opinión, las personas, grupos y organizaciones autoritarias se caracterizan por lo que a continuación intento describir, aunque para ello necesito aclarar antes algo que creo esencial.

En primer lugar, necesariamente tengo que partir del hecho evidente de que nuestra existencia biológica, cultural y social, desde los tiempos más remotos hasta nuestros días, siempre ha estado atravesada, marcada y configurada por relaciones de poder. Unas relaciones que se han expresado y se siguen expresando cultural, social, individual, económica y políticamente mediante la aceptación o prescripción de normas o procedimientos manifiestos u ocultos de mando-obediencia o de resistencia-cooperación, ya sea en forma de control y apropiación de recursos o también como apropiación e imposición de discursos. Mas, ¿Cómo definir el poder de una forma sencilla y visible?

Son numerosas las definiciones que se han dado a lo largo de la historia del término poder y está claro que tener poder es lo mismo que tener capacidad para hacer, decir o realizar algo, como así expresan todos los diccionarios de las diferentes lenguas. Sin embargo, lo que caracteriza la existencia y presencia del poder en las relaciones humanas es el hecho de la desigualdad. Así, siempre que constatemos la existencia de una circunstancia, acontecimiento, situación, o una relación en la que esté presente la desigualdad de posibilidades, ya sean estas económicas, culturales, sexuales, de etnia o políticas, podremos establecer con garantías que el poder está presente y el autoritarismo también. Como dice el prestigioso periodista y economista español Joaquín Estefanía «…Poder es potestad, poderío, prepotencia, preponderancia, dominio, mando, privilegio, pero sobre todo superioridad; todo poder es una conspiración permanente contra el débil. Y cualquier ciudadano es débil respecto a otro o a alguna situación (…) Cada sociedad, cada institución social es una encrucijada de poderes que pugnan por imponerse unos a otros. Son vectores tirando en distinta dirección para ver cuál es el más fuerte (…) Todo ejercicio de poder genera un ejercicio generalmente similar y opuesto (…) En la actualidad los poderes sociales son sancionados por el siguiente orden: hombre, blanco, heterosexual, acomodado, moderno y preferentemente norteamericano. El rasgo dominante de la sociedad a principios del siglo XXI es lo patriarcal, homofóbico, eurocentrista y capitalista. El resto de los grupos (mujeres, gays, negros y demás gente de color, excluidos, etc.) es reprimido…» (ESTEFANÍA, J.; 2000: 21-24)

Si el poder está presente y se manifiesta siempre en las situaciones de desigualdad como afirma Joaquín Estefanía, identificar donde se encuentra el poder, cuáles son los espacios sociales en los que se genera y reproduce, desenmascarar sus modalidades de ejercicio y las causas que están debajo de ese ejercicio ya sean provocando o favoreciendo dicha desigualdad, se convierte en una tarea fundamental de primer orden para la determinación, tanto del significado y la expresión concreta del autoritarismo, como de aquellos lugares en los que se produce y manifesta, ya que serán esos lugares los que funcionarán como tierra abonada para la emergencia del fascismo. Así pues, luchar o combatir cualquier forma de fascismo, significa entre otras cosas, asumir la responsabilidad moral de desvelar los espacios de poder y sus modalidades de ejercicio en todos los ámbitos, ya sean estos mundiales, nacionales, locales, institucionales o también económicos, políticos e ideológicos, dado que el poder y la desigualdad está presente en todos ellos.

En consecuencia con lo anterior, podemos establecer entonces que el autoritarismo entendido desde las relaciones de poder y del apetito de individuos y grupos por administrarlo, controlarlo o poseerlo, no es solamente un rasgo psicológico o de personalidad, sino un elemento estructural de la civilización capitalista y patriarcal a la que pertenecemos. Una civilización, que como todo el mundo sabe, ha naturalizado, primado y elevado a categoría universal y absoluta las relaciones sociales de mando-obediencia sobre las relaciones de cooperación-solidaridad. Las propias relaciones de producción del capitalismo, orientadas como es sabido por el principio de maximización de ganancias y minimización de costes, están orientadas también por el principio de mando-obediencia que mediante laberínticas jerarquias de mando que se articulan en burocracias, aseguran que el conjunto de la organización o de la empresa funcione. Así pues, para entender el autoritarismo y el fascismo, es necesario comprender como y por qué se ha producido la desigualdad social y qué procedimientos e instrumentos han utilizado y utilizan los grupos poderosos y las clases sociales dominantes para hacernos creer que la desigualdad social y las prácticas autoritarias son algo completamente natural. En esta medida, soy de los que creen que combatir el fascismo en todas sus formas, es al mismo tiempo luchar, trabajar y comprometerse en la extensión, profundización y consolidación de la más amplia de las democracias.

Sabemos que los fascismos han nacido históricamente en paralelo a los daños ocasionados por las crisis económicas, en especial a las clases medias que al ver amenazada su situación de seguridad y bienestar, recurren a depositar su confianza en supuestos salvadores que prometen poner orden, asegurando así su situación de estabilidad. No obstante, los fascismos han sido siempre los aliados de las élites y las clases altas, ya que es una ideología que garantiza que éstas sigan ejerciendo el monopolio de su poder económico, político e ideológico, así como también de aquellos grupos sociales desesperados y lumpemproletarizados a los que les resulta indiferente ser dominados o gobernados por el fascismo dado que al percibirse a sí mismos como que lo han perdido todo, les da igual someterse a un nuevo amo. En cualquier, caso lo que deseo hacer patente en esta nueva reflexión, es que los problemas, dificultades y fragilidades de las democracias, no podrán jamás resolverse con menos democracia o con medidas más autoritarias, sino con mayores y mejores estrategias de profundización democrática, lo cual no quiere decir, claro está, que las democracias tengan que tolerar aquello que por su propia esencia es intolerable, como lo es el fascismo cuyo balance histórico sabemos sobradamente todos cual es.

Está claro pues, que existe una conexión entre la dinámica de las relaciones sociales de poder y la emergencia de actitudes autoritarias y fascistas, pero ¿Cuáles son los rasgos psicológicos y de personalidad de aquellas personas y grupos autoritarios y potencialmente fascistas? ¿Cómo estos rasgos perduran y permanecen en el tiempo haciéndose visibles en las personas y en los grupos cuando se desencadenan determinados conflictos sociales y culturales? ¿Es posible combatir el autoritarismo y el fascismo desde la Psicología y la Educación? ¿No será que estamos condenados a que el virus letal del autoritarismo y del fascismo y sus devastadores efectos sobre la felicidad humana y la igualdad va a estar siempre entre nosotros y que nada podemos hacer por evitarlo? Demasiadas preguntas para poder ser contestadas en una nota con la que pretendo no cansar ni aburrir a los lectores, por eso las dejaré para el próximo artículo, no sin antes pronunciarme de nuevo CONTRA CUALQUIER FORMA DE FASCISMO-Especialmente en Camas- Sigamos !!!

5 comentarios

    1. Muy buena e inteligente pregunta querido Jaime que estoy encantado de responderte, aunque no tengo evidentemente una respuesta definitiva ni verdadera ya que la verdad es para mí, siempre histórica, concreta y de clase o según te coloques en la posición de los poderosos o de los que no tienen o se les niega el poder. No, no todo “poder” es fascismo. Es sencillo, ya se trate de poder económico, político o ideológico. Allí donde haya un uso arbitrario, autoritario, dogmático del poder y en definitiva con tendencia a convertirse en absoluto mediante el uso de procedimientos antidemocráticos hay semillas, plantas, bosques o praderas de fascismo. Allí donde haya un uso democrático, racional y autocrítico del poder y con tendencia a convertirse en factor e instrumento para eliminar todas las desigualdades sociales, hay semillas, plantas, bosques o praderas de justicia, libertad y fraternidad. Y es que para mí, y esto es obviamente una convicción personal discutible, el poder es para servir a los que se les niega el poder y hacer posible y real el Artículo 1 de la Declaración Universal de los Derechos Humanos que dice “Todos los seres humanos nacen libres e iguales en dignidad y derechos y, dotados como están de razón y conciencia, deben comportarse fraternalmente los unos con los otros.” Todo lo demás sobre instrumentos, herramientas, caminos, organizaciones, actitudes y conductas personales, si no prefiguran en sus medios, métodos, estrategias, tácticas y acciones este Artículo 1 o principio de igualdad, “pueden” convertirse en semillas de fascismo. En cuanto a “Se tendrá que profundizar en el tema” no sé como tomármelo, porque como comprenderás no voy a dedicarme a estas alturas a escribir una tesis doctoral sobre el fascismo o sobre el poder, cuando hay cosas tan sencillas por hacer que cualquier persona con sensibilidad democrática como tú puede hacer, algo por cierto de lo que has dado testimonio encarnado a lo largo de toda tu vida.

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  1. El poder está impregnado en mayor o menor grado de fascismo en la medida en que cree que “unos seres humanos son superiores o tienen el poder de someter a otros, como es el caso de la ideología del patriarcado, el machismo, del racismo y de la xenofobia”.El fascismo resulta muy difícil de erradicar porque extiende sus tentáculos hacia varias ideologías que tienen como bandera la división de la sociedad humana castas donde unas dominan sobre las otras, creando un caldo de cultivo para el sometimiento y el desprecio promovido por las fobias sociales. El panorama es desolador, pero no por eso hay que bajar la guardia ni dejar de luchar para conseguir debilitar el fascismo en todas sus formas . Un gran abrazo, José.

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