La confianza (6)

La confianza como fenómeno humano que caracteriza a las relaciones interpersonales, grupales e institucionales y que está en la base de unas relaciones sociales sanas y sostenibles, así como en la construcción de una equilibrada y auténtica imagen de nosotros mismos, tiene también una dimensión transcendente y expansiva.

La confianza como dice Humberto Maturana no es sólo lo que constituye lo social, sino que es también el fundamento de la misma vida, porque es a través y por medio de la confianza como se abren nuevos espacios y dimensiones de relación y vinculación; es gracias a la confianza como podemos expresar, hacer visibles y compartir nuestras emociones, sentimientos y pensamientos; es por la confianza como conseguimos crear nuevas posibilidades de ayuda mutua e interdependencia; es gracias a la confianza en suma, como podemos vivir/convivir. La confianza en definitiva es el sostén, el nutriente básico, la energía que hace surgir y promueve la cooperación, la fraternidad, la solidaridad, la amistad y el amor.

La desconfianza, no es pues lo natural, sino lo culturalmente aprendido mediante la mentira, la codicia, la corrupción, la explotación y las variadas formas de dominación, degradación y perversión que unos seres humanos ejercen sobre otros y sobre la propia Naturaleza. En otras palabras: la desconfianza nace, se aprende, crece y se desarrolla en sistemas sociales, económicos y políticos basados en la explotación y la dominación de los seres humanos y de la Naturaleza, es decir, forma parte consustancial del patriarcado, el capitalismo, el neoliberalismo, las organizaciones burocratizadas y el fascismo.

Consecuentemente, crear y construir relaciones de confianza, es algo mucho más profundo y expansivo que el aprendizaje del trueque o el intercambio entre iguales, o eso que eufemísticamente llama ahora “cultura emprendedora” que es más bien la cultura de la ganancia y la rentabilidad. La confianza, al ser un constitutivo del vivir/convivir es la que permite actualizar, refrescar y alimentar el amor como fenómeno biológico y humano. La confianza se constituye entonces como una actitud imprescindible para vivir, convivir y sobrevivir. Y esto es así porque como dice mi gran amiga y mentora, la profesora brasileña Maria Cândida Moraes en su conocida obra “Educar na biología do amor e da solidariedade“: «…Vivir es necesariamente convivir consigo mismo, con los otros, con la Naturaleza y con lo Sagrado que existe en cada uno de nosotros. Vivir es aprender a relacionarse. Es comprender la dinámica del relacionamiento que sólo ocurre en la dinámica del compromiso, de nuestro compromiso con el otro, con nosotros mismos y con la propia vida; es aprender a cuidar del otro con el mismo cariño y la misma devoción con que cuidamos de nosotros mismos. Vivir es compartir experiencias, así como compartimos nuestras experiencias con la madre tierra y con un universo compasivo y generoso, lleno de vida y energía. Es desarrollarse en asociación espiritual con otros seres humanos, valorando la contribución de cada uno y reconociendo la importancia de esa contribución para su propio desarrollo. Vivir es crecer juntos. Es compartir cuidados, cariños, atenciones y afectos. Es crear y recrear uno al otro. Es facilitar el camino del otro. Es amar al otro como a sí mismo, a pesar de las divergencias de pensamientos, valores y comprensiones…»

En consecuencia, al ser la confianza la que mejor sostiene la convivencia y en última instancia la amistad y el amor, llevada a su máximo desarrollo se transforma en fe, una fe que es fuente permanente y transcendente de inspiración y de vida. Una fe, al decir del físico, matemático y psicólogo A.H. Almaas, en su conocida obra “Facetas de la Unidad“, que es la manifestación o la expresión de una confianza básica implícita, a priori, incondicional, que se funda en la convicción de que todo lo que sucede, es lo mejor que puede suceder, dado que todo está conectado, vinculado y religado complejamente en infinitas redes y flujos de materia, energía e información, que no podemos controlar. Una fe basada en la humilde convicción, como dice Edgar Morin, en que «…el conocimiento es navegar en un océano de incertidumbres a través de archipiélagos de certezas…», pero una fe caracterizada también por la ausencia de expectativas, el desapego a los resultados, en la conciencia de que todo es caminar y caminar. Una confianza en suma, que al hacerse fe y echar raíces en nuestro interior, nos transforma alimentándonos de una especie de conformidad existencial no conformista, ni indolente, sino enactiva y energética, creativa y transcendente que llega a comprender que «todo es para el bien» como nos decía Sor Juliana de Norwich y que por tanto nada hay que perder ni que ganar, sino solamente agradecer y agradecer la posibilidad de que con nuestro esfuerzo podemos cambiar el mundo y a nosotros mismos.

Por todo esto, aprender a confiar a partir del reconocimiento de nuestros semejantes como legítimos e iguales a nosotros, así como aprender a trabajar la confianza como principio activo que genera sinergias de cooperación y ayuda mutua, tal vez sea una de las tareas más importantes de la educación de nuestro tiempo.

La primera tarea que necesitamos realizar y ejercitar hasta convertirla en un procedimiento habitual en la perspectiva de que se convierta en una característica natural y espontánea de nuestro comportamiento cotidiano, es aprender a observar, identificar y analizar aquellas conductas propias y ajenas que contribuyen a generar, producir y hacer crecer la desconfianza. ¿Qué siento, pienso, digo y hago para generar desconfianza en el otro? ¿Qué siente, piensa, dice y hace el otro para generar desconfianza en mí? ¿De dónde proceden o cual es la causa de esos sentimientos, pensamientos, decires y haceres que tanto el otro como yo mostramos y generan desconfianza tanto en mí como en el otro? ¿Cuáles son los efectos de esa desconfianza que hemos generado? ¿Hasta dónde puede llegar la desconfianza si seguimos y seguimos empeñados en realizar los mismos comportamientos que la generan? Dicho de otra manera: para aprender a confiar, es imprescindible que tomemos plena conciencia de cuales son las emociones, sentimientos, palabras y acciones que la provocan y hacen que nazca, crezca y se desarrolle. Pero este asunto, dada la necesaria brevedad que deben tener estas reflexiones para que sean leídas lentamente y con el tiempo suficiente, lo abordaremos en el artículo siguiente. Así que, muchas gracias por haber llegado hasta aquí.

Un comentario

  1. La confianza es imprescindible para crear vínculos sociales de amistad, de trabajo, de pareja, de equipo…..porque permite sentirse valorado. Sin confianza , acompañada de la empatía ,no es posible crear unos vínculos sociales bien enlazados y se pierde la oportunidad de vivir y hacer vivir experiencias extraordinarias. La confianza, pues, como tú dices ” es el sostén, el nutriente básico, la energía que hace surgir y promueve la cooperación, la fraternidad, la solidaridad, la amistad y el amor”

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