Krisis

El compromiso social de los cristianos (I)

Por Esteban Tabares

«Yo quiero vivir en un mundo sin excomulgados.Quiero vivir en un mundo donde los seres humanos sean solamente humanos, sin más títulos que éste;sin darse en la cabeza con un palo, con una palabra, con una etiqueta.Quiero que la gran mayoría, todos, puedan hablar, leer, escuchar, florecer.»
PABLO NERUDA

Iª Parte:
REVALORIZAR EL COMPROMISO SOCIO-POLÍTICO

          Hace tiempo que el compromiso socio-político vivido desde la fe cristiana es muy cuestionadodesde tres posiciones:

  1. Por la llamada conciencia moderna y el fenómeno de la secularización. Se considera que la sociedad ha de regirse exclusivamente por las exigencias de la razón autónoma, sin ninguna tutela exterior. Por eso, la fe religiosa debe ser privada y privatizada, debe callar ante lo público, no tiene nada que decir ni nada que hacer. Ha de impedirse toda intromisión o interferencia de la fe por formar lo público, lo social, lo político, pues ese no es su sitio ni su función, si es que aún tiene alguna hoy día y no es más bien un lastre anacrónico de épocas ya superadas.
  1. Por el pensamiento posmoderno que descalifica las grandes causas y sostiene que ya finalizó la era de los “grandes relatos” (socialismo, comunismo, cristianismo…). Hemos llegado al “final de la historia” y, por lo tanto, no tiene sentido ni posibilidad el compromiso socio-político por querer cambiar la realidad. Para los posmodernos, el compromiso es algo inútil porque es ineficaz e incluso porque es inhumano. El compromiso vampiriza la existencia puesto que impide el disfrute de la vida y del tiempo presente, y porque proyecta a la persona a un futuro de liberación que es imposible. Por eso, quienes nos hablan de que hay que comprometerse para cambiar la sociedad, hacen un mal servicio pues nos vampirizan impidiendo que disfrutemos el presente para luchar por un mundo irreal y además imposible.
  1. Por las corrientes involucionistas y neoconservadoras dentro de la Iglesia, que pretenden una re-sacralización de lo público y hacer predominante la influencia eclesiástica en la sociedad desde posiciones de poder o de neo-cristiandad. El compromiso cristiano debe dedicarse únicamente a fortalecer las instituciones religiosas para que éstas, a su vez, puedan influir en la sociedad según la moral católica. Se trata de recuperar la relevancia pública de la Iglesia y una presencia más fuerte de signo confesional.

          Frente a estos tres enfoques sobre la función de la fe cristiana en la sociedad y el compromiso que de ella se deriva, deseo reflexionar y dialogar aquí sobre la dimensión pública de la fe. Un eje irrenunciable, porque sostenemos que la fe en el Dios-Abba de Jesús va unida al esfuerzo por la justicia, a la práctica de la projimidad y de la fraternidad, a la superación de las diferencias y desigualdades sociales que nos impiden que seamos prójimos. Nos fijaremos en tres aspectos principales:

1.- Dimensión pública-política de la fe.

          El hecho fundante de la fe bíblica se encuentra en el Éxodo, en la experiencia religiosa de Moisés. ¿Cuál fue esa experiencia que le llevó a crear un pueblo vinculado a la presencia de Dios en la historia? Fue su convencimiento de que Yaweh era incompatible con la esclavitud del pueblo y que él no podía relacionarse con Dios si no aceptaba la misión de liberarlo del poder egipcio. Más tarde, los profetas de Israel insistirán constantemente en ese mismo aspecto: el culto a Yaweh no puede desligarse de la práctica de la justicia.
          Toda la vida y la enseñanza de Jesús van en la misma dirección: la relación con Dios no es posible sin hacerse prójimo-próximo de los demás, sin construir la justicia y la fraternidad en este mundo: “Nadie puede servir a dos señores… No podéis servir a Dios y a la riqueza” (Mateo 6,24). También la parábola del buen samaritano es muy elocuente. Aunque hoy día no es suficiente compadecerse del herido, recogerlo y curarlo, sino que al mismo tiempo hay que preguntarse por qué está herido y tratar de encontrar a los bandidos para que no puedan seguir haciendo daño. “Si doy pan a un hambriento, me llaman santo; pero si pregunto por qué no tiene pan, me llaman subversivo” (obispo brasileño Herder Cámara).

          El amor, la projimidad, es hoy un problema político. Hay quienes reducen el amor cristiano al ámbito de la relación interpersonal, al pequeño círculo, sin tener que abrirse a lo público, lo social, lo estructural. Pero eso es un espiritualismo engañoso. La fe cristiana nos indica que no es posible atender al caído si no nos preguntamos al mismo tiempo por las causas de su sufrimiento y si no las afrontamos en la medida de nuestras posibilidades. Hay que atender a las víctimas y hay que conocer e impedir a los victimarios.

          En Jesús de Nazaret no hay dualismo ni separación de planos: para “aproximarse a Dios” hay que “aproximarse al prójimo, pues son y están en la misma realidad. La acertada espiritualidad cristiana consiste en el seguimiento de Jesús, el cual nos exige honradez con lo real. Es la dialéctica permanente entre el Tabor y Getsemaní. Saber conjugar lo místico con lo político, con lo público. Ellacuría y Jon Sobrino insisten una y otra vez en ese aspecto inexcusable de la fe cristiana: ser fieles a lo real. Hacerse cargo de la realidad, cargar con la realidad, encargarse de la realidad, repetía Ignacio Ellacuría, asesinado en El Salvador por su compromiso con el pueblo oprimido.

2.- Recuperar la dimensión pública de la fe.

          Sin volver a posiciones de neocristiandad y sin anular la legítima autonomía de lo secular; sin saltarse las reglas de juego legítimas de una democracia plural y laica. Sin caer en la trampa de la privatización de la fe, donde quieren encerrarla quienes alardean de modernos, progresistas y laicistas. Se trata de recuperar la dimensión pública de la fe, pero sin volver a situaciones superadas de cristiandad, donde lo religioso no respeta la autonomía real de la sociedad. Frente a la autonomía absoluta de lo secular (dualismo) y frente a la intromisión ilegítima de lo religioso (cristiandad), hay que practicar una autonomía relacional: respetar la autonomía de ambas esferas, pero sin caer en la privatización de la fe. Defender la dimensión pública de la fe, pero sin pretender sacar de esa fe una práctica política determinada vinculada a la confesión creyente (lo que algunos denominan “Democracia Cristiana”). Sin querer dirigir la vida política desde el mundo de la religión. Sin deducir de la fe religiosa el mejor análisis de la realidad, ni decir que los no-creyentes no pueden hacer uno tan bueno como el nuestro porque no creen en Dios. Sin pretender resolver desde la fe religiosa las cuestiones concretas de la vida pública, como si el Evangelio fuese un recetario de verdades que nos garantiza poder solucionar los problemas mejor que nadie.

          Recuperar la dimensión pública de la fe cristiana, claro, pero sabiendo muy bien lo que la fe no proporciona y lo que sí. Una conveniente recuperación pública de la fe -sin caer en posiciones de neocristiandad- ha de llevarnos a una presencia de los/as creyentes en la sociedad de una manera confesante, pero no confesional. Esto quiere decir que no ocultamos ante los demás nuestra fe ni nuestra condición de cristianos/as, pero tampoco imponemos nuestra ética particular ni decimos tener las mejores respuestas para todo. Simplemente, ofrecemos nuestra experiencia de fe -y si es comunitaria y en grupo, mejor- por si la quieren considerar y aceptar como una aportación importante para la construcción social en común y pluralista. Lamentablemente, muchas veces vemos a grupos cristianos y a dirigentes eclesiásticos que parecen saber de todo y que hablan de todo con una seguridad rotunda. Y uno se pregunta de dónde les vendrá esa sabiduría, pues seguro que no es “la sabiduría de la fe”.

3.- La validez-utilidad del compromiso.

          Hoy se proclama que hay que dejar el compromiso porque es ineficaz, porque es imposible cambiar el mundo en las actuales circunstancias. Empeñarse en ello es absurdo y por eso el compromiso es perjudicial e inconveniente, nos vampiriza, nos desvía del disfrute de la vida. Dicen que el compromiso es algo obsceno, es decir: hay que quitarlo de la escena. La única salida que queda es dedicarnos a cultivar nuestro jardín privado. Veamos:

a) Hay que reconocer que estamos en una etapa histórica muy difícil, donde no se ven por ahora alternativas globales, eficaces y realizables frente al triunfo del Mercado neoliberal y globalizador. Nos envuelve la confusión y la perplejidad, pues no estamos sólo en una época de cambios, sino en un cambio de época.

b) Sin embargo, ahora se ven mejor que antes las graves contradicciones del sistema dominante, sobretodo en el tercer mundo y cuarto mundo y en el desastre ecológico del planeta. Esto va creando cada vez más grupos inconformistas y con ganas de cambiar las cosas.

c) Ante la dureza de la realidad no podemos caer en la evasión espiritualista. No podemos negar ni escaparnos de la dimensión histórica del “reinado” de Dios, pues eso es esencial en la buena noticia de Jesús: Los ciegos ven y los cojos andan, los leprosos quedan limpios y los sordos oyen, los muertos resucitan y se anuncia a los pobres la Buena Nueva (Mt.11,5).

d) ¿Pero ganaremos?… El compromiso auténtico no está vinculado al éxito necesariamente, aunque lo busquemos. Y mucho menos al éxito a corto plazo. El compromiso se justifica por sí mismo, al margen de sus resultados. El compromiso nace de la propia coherencia interna y no de que las circunstancias sean o no favorables.

e) En tiempos revueltos y difíciles es urgente buscar, estar abiertos a las búsquedas colectivas, sin cerrarse en actitudes dogmáticas, recogiendo siempre las demandas de los últimos, de los olvidados de la Tierra, de los más perjudicados. Buscar con los que buscan; reflexionar con los que reflexionan; organizarse con los que se organizan.

f) Hay mucho por hacer. No es necesario esperar a que tengamos perfectamente clara una alternativa completa contra el sistema dominante. Hay muchos lugares y espacios para el compromiso. Hay mucho que ya es posible hacer, que conviene hacer y que hay que hacer. Salgamos de nuestro espacio de confort.

g) Vivir nuestra fe desde una profunda espiritualidad encarnada, con una mística que nos ayude a resistir en medio de muchos malos tragos y noches oscuras. Estamos orgullosos también de las dificultades, sabiendo que la dificultad produce entereza; la entereza, calidad; la calidad, esperanza; y esa esperanza no defrauda, porque el amor que Dios nos tiene inunda nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos ha dado (Romanos 5,3-5).

Linea decorativa KRISIS
A %d blogueros les gusta esto: