Krisis

Todo cambia (I)

Cambia lo superficial.
Cambia también lo profundo.
Cambia el modo de pensar.
Cambia todo en este mundo.
Cambia el clima con los años.
Cambia el pastor su rebaño.
Y así como todo cambia.
Que yo cambie no es extraño.
Cambia el mas fino brillante,
de mano en mano su brillo.
Cambia el nido el pajarillo.
Cambia el sentir un amante.
Cambia el rumbo el caminante,
aunque esto le cause daño.
Y así como todo cambia
Que yo cambie no es extraño.
Cambia, todo cambia.
Cambia, todo cambia.
Cambia, todo cambia.
Cambia, todo cambia.

Cambia el sol en su carrera,
cuando la noche subxiste.
Cambia la planta y se viste
ce verde en la primavera.Cambia el pelaje la fiera
Cambia el cabello el anciano
Y así como todo cambia
Que yo cambie no es extraño.Pero no cambia mi amor
Por más lejos que me encuentre
Ni el recuerdo ni el dolor,
de mi pueblo y de mi gente.Lo que cambió ayer
Tendrá que cambiar mañana
Así como cambio yo
En esta tierra lejana.
Cambia, todo cambia
Cambia, todo cambia.
Cambia, todo cambia.
Cambia, todo cambia.

Línea separadora decorativa de KRISIS
Quien te enfada te domina

Una de las enseñanzas fundamentales de Siddhārtha Gautama, El Buda, es conocida como las Tres Características de la Existencia. Explica cómo es la naturaleza del mundo percibido y de todos los fenómenos del mismo. Éstos están sujetos a tres características: la impermanencia, la insustancialidad y la insatisfactoriedad.

           La práctica budista considera que el factor último de liberación del individuo no consiste en un mero conocimiento lógico o teórico de estas tres realidades, sino en su comprensión y aceptación emocional interna auténtica y plena, consecuente con la actitud y el comporta­miento en la vida diaria.

           Al principio de impermanencia se le conoce terminológicamente en el budismo como ANICCA. Es un término que viene del pali (lengua que procede de los Vedas y tiene una estrecha relación con el sánscrito clásico) y significa transitoriedad, cambio, impermanencia, fugacidad, provisionalidad, caducidad… 

           El budismo afirma que tanto nuestra realidad interior como la del mundo externo, están siempre en un estado de cambio permanente. La estabilidad, sea en los átomos, en las cordilleras montañosas, o aún en nosotros mismos es una ilusión vana que no se corresponde con la realidad. Para el budismo, ninguno de nosotros es física, emocional ni mentalmente la misma persona que éramos hace años. Ni siquiera hace minutos o un sólo instante. Todas las situaciones, todas las entidades, todos nuestros pensamientos y todos nuestros estados de ánimo nacen, ganan fuerza, se deterioran y desaparecen. Para el budismo, somos seres cambiantes en un mundo cambiante. Por eso no nos es posible encontrar seguridad permanente ni certidumbre absoluta, incluso en el más próximo futuro.

           De acuerdo con ANICCA, la vida humana manifiesta continua y permanentemente este flujo de movi­miento-cambio-transformación, caducidad-muerte y renovación-nacimiento, que en términos budistas se le denomina SAMSARA, que es el ciclo de nacimiento y renacimiento, envejecimiento y muerte, y que siempre aparece en toda experiencia de pérdida. Puesto que todas las cosas son transitorias, aferrarse a ellas es un empeño vano que conduce al sufrimiento. Así pues, todo es DUKKHA o sufrimiento como dice la 1ª Noble Gran Verdad del budismo.

           Estoy convencido de que la meditación sobre la impermanencia y la caducidad de todo lo que existe (ANICCA) tiene el poder de disminuir nuestro apego a esta vida, de hacernos conscientes de nuestro Ego y de ayudarnos a practicar la virtud y hacer el bien de forma absolutamente incondicional sin necesidad de esperar premios ya sean reales o imaginarios, terrenales o celestiales. Y este desapegarse de nuestro Ego que nos hace dar sin esperar nada a cambio y que procede, no de una norma ética, sino del simple reconocimiento de la caducidad e impermanencia de todo lo que existe, es algo que en mi opinión se fundamenta en las siguientes razones:

  1. El Universo que aparentemente se nos presenta como sólido y firme, en reali­dad está en movimiento y en expansión, pero lo mismo, al término de un ciclo cósmico o como efecto multicausal de esta civilización capitalista, depredato­ria y generadora de muerte y destrucción, pues la vida humana y natural de nuestro pequeño planeta acabará por terminarse poco a poco. Algo que no está tan lejos, como así nos señalan actualmente todos los informes sobre el “ca­lentamiento global” y demás efectos ecológicos del industrialismo.

  2. La impermanencia y la caducidad de todo lo existente, se manifiesta de una forma sencilla y natural en la evolución del tiempo, el cambio progresivo de las estaciones, el verano, invierno, otoño y primavera. El día, la noche. Todo va cambiando de minuto a minuto de segundo a segundo, de instante en instante.

  3. Está muy claro también y esto es una verdad incontestable, que todos los seres en algún momento moriremos. Los que pertenecen al pasado ya están muertos y si existen solamente pueden hacerlo en nuestros recuerdos y en nuestra me­moria individual y colectiva; los del presente, yo que escribo y tú que lees, no hay ninguna duda de que en algún momento moriremos (cuanto más tarde mejor, je, je, je…). Y los del futuro, aunque surjan inventos tecnológicos que prolon­guen la vida, pues indefectiblemente también morirán. Nuestra vida, lo quera­mos o no, es un camino hacia la vejez y la muerte y esto no debe suponer en nosotros ningún tipo de pesadumbre, sino todo lo contrario: una oportunidad para aprovechar bien nuestro tiempo presente. Nadie sabe cuánto tiempo vi­virá, algunos mueren en el vientre de la madre, otros al nacer, otros en la in­fancia, en la juventud y otros en la vejez, por tanto, tenemos que aprender a vivir el presente y tomar este regalo, lentamente, saboreándolo sorbo a sorbo como si fuera un buen vino.

  4. Todas las riquezas que poseemos, los amigos, familiares, propiedades, títulos, honores y demás cosas que hemos acumulado en nuestro peregrinar y que conforman esa pesada mochila que nos impide muchas veces caminar dado el engrosamiento de nuestro Ego, no nos salvarán de la muerte, sino que incluso nos la pueden curiosamente acelerar. Como dicen los budistas, cuando pasamos al bardo (el estado intermedio) no nos llevaremos absolutamente nada, sino nuestra conciencia y las acciones buenas o malas que hemos realizado, que desde luego permanecerán en el recuerdo de las personas que nos quieren o nos aman, pero que finalmente, con el tiempo y en las gene­raciones venideras, acabarán también por extinguirse.

  5. Por último, es una realidad también que nuestra vida humana es de una fugaci­dad absoluta e infinitesimal, sobre todo si la comparamos con los más de trece mil millones de años de existencia del Universo que conocemos. En consecuencia, debemos ser muy conscientes de que el tiempo perdido no se recupera jamás, por eso hay que aprovecharlo al máximo de forma que podamos practicar el bien y la virtud, o si se prefiere, alcanzar una felicidad, una paz y una alegría interior permanentes, lo que para los budistas significa liberarse del samsara y alcanzar el estado de Buda.

           Por último señalar, que el principio de “Todo cambia“, aunque me haya referido al budismo, es un principio que es conocido desde los más antiguos tiempos. Así por ejemplo, casi por la misma época que Buda, en Grecia, HERÁCLITO de Efeso, formuló su famosa teoría del cambio y que se expresa en el famoso aserto de que “nadie puede bañarse dos veces en el mismo río” porque efectivamente si se intenta, ni el bañista es el mismo, ni el río tampoco. Igualmente, entre los siglos III y IV a.C. apareció el libro bíblico ECLESIASTÉS, un libro que aunque es canónico, nunca ha sido del gusto de los católicos, ya que se le ha criticado bastante como escéptico, promotor de los placeres de la vida y ausente de trascendencia o negador de la vida ultraterrena. En él se nos viene a decir más o menos, que por mucho que nos afanemos, nos ocupemos y preocupemos por nuestra existencia, al final nada permanece porque todos sin excepción moriremos y por tanto “todo es vanidad”, incluida esta reflexión o este escrito, lo cual lógicamente no significa que todo esté permitido y tenga el mismo valor, como al parecer es lo dominante en estas sociedades líquidas.  No obstante y como también dice el Eclesiastés, todo, todo, todo tiene su tiempo.

A %d blogueros les gusta esto: