Krisis

Todo cambia (III)

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Algo que me parece de trascendental importancia, si es que queremos aprender a vigilar y controlar nuestros estados mentales y conseguir mayores y mejores niveles de calma, sosiego, serenidad y en definitiva de paz interior, es prestar atención a lo que sucede en nuestra mente, en el mismo instante en que nos ocurre. Se trata simplemente de “darse cuenta” de lo que está pasando en esa caja de cambios que es nuestra mente, no antes de que estemos inmersos en el estado emocional, ni tampoco después que ha pasado, sino en el mismo momento en que nuestra cabeza va a comenzar la ebullición y nuestro corazón está empezando a latir más deprisa..

        Reconocer o ser consciente de lo que se hizo o de lo que nos sucedió en el pasado, puede estar muy bien, pero independientemente de que sea bueno o malo para nuestro bienestar psíquico, lo cierto es que el pasado ya pasó y no tiene solución posible. Recordar y ser consciente del pasado, es relativamente sencillo para cualquiera. Sin embargo, hacerse consciente de lo que nos sucede de instante en instante en nuestro presente, es mucho más complicado y difícil, dado que por lo general o bien estamos atrapados por la dinámica de la acción que nos impide pensar, o por la dinámica de la emoción que nubla nuestra razón. Pero además suele suceder también, que dada la frenética y veloz cantidad de pensamientos y acciones en las que estamos involucrados, cuando actuamos o hacemos algo, lo hacemos pensando en lo que tenemos que hacer después, o mañana, con lo cual no podemos darnos cuenta, ni mucho menos disfrutar del presente de nuestra acción. Es como aquel cuento oriental en el que un joven aprendiz de Sabio, al haber fallecido su Maestro, se fue a buscar otro y al encontrarlo le dijo:

Mi anterior Maestro, ha muerto. Él era un hombre santo capaz de hacer muchos milagros. ¿Qué milagros eres tú capaz de realizar?
— Yo cuando como, como y cuando duermo, duermo.
—contestó el maestro—
Pero eso no es ningún milagro. Yo también como y duermo.
— No. Cuando tú comes piensas en mil cosas; cuando duermes, fantaseas y sueñas. Yo solo como y duermo. Ese es el milagro

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        Y no digamos si hablamos de la identificación de los sentimientos y emociones que se presentan en cada momento de la acción, que por lo general, o bien no sabemos identificarlos, o bien nos quedamos simplemente atrapados en y con ellos. Esta es la razón a mi juicio, por la que muy a menudo olvidamos eso que conocemos como “propósito de enmienda”, es decir, somos capaces de reconocer los hechos del pasado, pero somos muchísimo más limitados a la hora de aplicar las lecciones supuestamente aprendidas al presente. No en vano y como dice el refrán, “El hombre es es único animal que tropieza dos veces en la misma piedra“.

         En el fondo de los fondos, todo se reduce a un asunto de atención y vigilancia mental, así como de sensibilidad y concentración, habilidades que por desgracia, ni enseñan las escuelas, ni tampoco propician y favorecen los medios de comunicación y la llamada “industria de la conciencia”. Lo que verdaderamente interesa a los poderes dominantes de la sociedad es que estemos permanentemente distraídos o entretenidos y por supuesto, sometidos a un bombardeo continuo de información que satura nuestras mentes y anula nuestra capacidad de discernimiento, de pensamiento crítico, sereno y analítico y por consiguiente nuestra capacidad de respuesta y compromiso ante situaciones objetivamente tóxicas, dañinas o inhumanas.

           Un primer recurso para hacer frente a los estados de ansiedad, ira, tristeza, miedo, descontrol emocional o pensamientos negativos, es desde luego asumir permanentemente y de antemano, que ocurra lo que ocurra, esos estados pasarán y se disolverán más tarde o más temprano. Y esto es sin duda un gran avance para nuestro bienestar psíquico, lo cual nos proporciona una especie de esperanza, de que si bien ahora estoy o me siento mal, después, mañana o el año que viene ya ni me acordaré. Claro está, que muchas veces, por no decir casi siempre, estamos tan atrapados y bloqueados en la emoción, que somos incapaces de pensar que nuestra emoción desaparecerá más tarde o más temprano.

       Sin embargo, en los instantes de turbación y postración ante la emoción, es necesario hacer algo más para frenar en seco ese estado mental destructivo o generador de malestar psíquico. Si permitimos que nuestra energía mental negativa siga creciendo, terminaremos por extenderla a otros ámbitos, temas o contenidos de nuestra mente y por supuesto la contagiaremos a los que en ese momento estén con nosotros, convirtiéndonos así en agentes tóxicos. En este punto, saber apartarse, desapegarse, desconectar o desprenderse de aquellas personas que generalmente se comportan como agentes tóxicos creadores y contaminadores de ambientes sociales y de comunicación emocionalmente negativos o incluso destructivos, es una medida indispensable de higiene mental. Si no podemos o no somos capaces capaces de compensar o higienizar el ambiente psicosocial creado por el agente emocionalmente tóxico, o si estamos comprobando que nos está contaminando y no podemos evitarlo con nuestra fuerza interior, lo mejor desde luego es apartarse y desconectar.

        También es necesario aclarar que nuestros estados mentales negativos, pueden ser básicamente de dos tipos. Por un lado están los estados emocionales fijados a una determinada forma de reaccionar y de sentir que se hace un hábito a través de la repetición a lo largo del tiempo. Hábitos que desde luego son aprendidos en nuestra infancia y adolescencia en nuestra familia, aunque también en la Escuela, en los grupos de edad y en los medios de comunicación. Curiosamente, hoy que han proliferado y progresado tanto los medios de comunicación, comunicarse con calma, serenidad, escucha y atención es algo cada día más difícil ya que estamos sometidos continuamente a intoxicación informativa y comunicativa.

        Con la intoxicación informativa, lo que se pretende básicamente es hacernos reaccionar emocionalmente en favor o en contra de una determinada información, información que muchas veces cuando se analiza y contrasta no es más que una opinión disfrazada. Esto lo saben muy bien, esos medios que forman parte en nuestro país, de lo que me gusta llamar “la máquina del fango“, que son todos esos medios que unidos a la defensa intransigente de los intereses económicos y políticos de los grupos sociales dominantes, hacen que la opinión publicada se convierta en opinión pública. Da igual si el periodista o tertuliano que opina, lo hace o no con argumentos, o en base a hechos verificados y contrastados, porque lo importante es crear estados sociales de opinión que favorezcan a quienes les pagan. Todo el mundo sabe, o debería saber, que el fascismo como ideología, movimiento político o partido, siempre tiene como estrategia provocar broncas, generar miedo y todo tipo de emociones que hagan saltar con impulsos a sus  simpatizantes o escuchantes.

        Por otro lado, en nuestra mente, además de hábitos emocionales, también están nuestros hábitos cognitivos, es decir, las formas particulares y singulares con las que cada individuo procesa la información, accede y construye conocimiento o simplemente razona, ya sea induciendo, deduciendo, generalizando o reduciendo por simplificación. Hábitos cognitivos, que también se aprenden en la infancia y la adolescencia, especialmente en las instituciones educativas, aunque por desgracia estas cada vez tienen menos capacidad para ello. Las formas de razonar, también son objeto de “las máquinas del fango” en particular, de los líderes de opinión y de los grandes medios de comunicación y las redes sociales virtuales que son los que tienen más capacidad para intoxicar informativamente a la población. En cualquier caso, los hábitos mentales cognitivos, también pueden ser enormemente tóxicos y patológicos especialmente porque pueden convertirse en “distorsiones cognitivas“. Obviamente, tanto nuestros hábitos emocionales como nuestros hábitos cognitivos se crean y manifiestan siempre unidos, se retroalimentan mutuamente dando lugar a eso que conocemos como “forma de ser” o “personalidad” que está integrada por el temperamento y el carácter.

        Y para ir terminando, diré que realmente existe en cada ser humano, aunque con diferentes grados de desarrollo un auténtico “Arte de amargarse la vida” como nos enseñó el teórico de la comunicación Paul Watzlawick. en un libro precioso, lleno de sensatez y sentido del humor que nos ayuda a identificar algunas de nuestros errores cognitivos y emocionales. De él rescato una breve cita que ilustra el tema de los estados mentales distorsionados y negativos:

Un hombre quiere colgar un cuadro. El clavo ya lo tiene, pero le falta un martillo. El vecino tiene uno. Así pues, nuestro hombre decide pedir al vecino que le preste el martillo. Pero le asalta una duda: ¿Qué? ¿Y si no quiere prestármelo? Ahora recuerdo que ayer me saludó algo distraído. Quizás tenía prisa. Pero quizás la prisa no era más que un pretexto, y el hombre abriga algo contra mí. ¿Qué puede ser? Yo no le he hecho nada; algo se habrá metido en la cabeza. Si alguien me pidiese prestada alguna herramienta, yo se la dejaría enseguida. ¿Por qué no ha de hacerlo él también? ¿Cómo puede uno negarse a hacer un favor tan sencillo a otro? Tipos como éste le amargan a uno la vida. Y luego todavía se imagina que dependo de él. Sólo porque tiene un martillo. Esto ya es el colmo. Así nuestro hombre sale precipitado a casa del vecino, toca el timbre, se abre la puerta y, antes de que el vecino tenga tiempo de decir «buenos días», nuestro hombre le grita furioso: ¡Quédese usted con su martillo, so penco!

WATZLAWICK, Paul. El arte de amargarse la vida.

        Así que todo cambia, lo queramos o no. Pero además somos los humanos, los únicos capaces de identificar cuales son los cambios en los que no podemos intervenir o modificar, y cuales son aquellos que efectivamente podemos controlar y transformar. Y desde luego nuestra mente es un gran espacio individual e interior que podemos modificar dentro, como es natural, de los límites biológicos que nos ha otorgado la Naturaleza y de los condicionamientos adquiridos difíciles de eliminar. Perdonad mi insistencia, pero cada día que pasa estoy más convencido de que sin cambio interior, no hay cambio de conducta posible y sin cambio de conducta individual es imposible el cambio social.

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