Krisis

El compromiso social de los cristianos (II)

Por Esteban Tabares

«Recuperar la utopía frente al desencanto. Promover el espíritu de comunidad frente al individualismo. Recuperar la celebración frente a la pura diversión. Fomentar la apertura al otro frente al etnocentrismo. Cultivar la creatividad frente al mimetismo. Impulsar el compromiso frente a la mera tolerancia. Trabajar por la justicia frente a la simple beneficencia. Alimentar la memoria histórica frente al olvido. Apostar por la esperanza frente al pragmatismo. Apostar por la esperanza frente al pragmatismo.»

JON SOBRINO

   

Ciudadanía y cuidadanía

Comúnmente se entiende por “ciudadanía” la condición que tenemos las personas de ser sujetos portadores de derechos. Es decir, que los derechos (humanos, civiles, políticos, laborales o cualesquiera que sean) se tienen y se ejercen por el hecho de ser personas. Eso significa que son intrínsecos o inherentes a nosotros mismos por ser lo que somos, seres humanos, y que no nos vienen de fuera como un algo añadido a nuestro ser. Por esta razón, los derechos no se “conceden”, sino que se “reconocen” por los poderes públicos; no se “otorgan”, sino que se “adquieren” al nacer, e incluso antes de nacer. Ser “ciudadano” es ser titular de derechos, de todos los derechos.

Una sociedad accede, avanza o profundiza en la medida en que reconoce y hace posible el ejercicio o disfrute de todos los derechos a todas las personas que viven en dicha sociedad. Ésta es integradora y tiene cohesión social cuando todos sus miembros disfrutan en igualdad de todos los derechos reconocidos hasta el momento según el consenso general. Será excluyente, marginadora o tendrá una democracia imperfecta cuando determinadas personas, grupos, colectivos o pueblos estén en la práctica excluidos de sus derechos inalienables, aunque oficialmente se niegue esta parcialidad injusta e incluso se proclame que: “Todos los seres humanos nacen libres e iguales en dignidad y derechos” (Declaración Universal de Derechos Humanos, Artículo I). Incongruencia que se muestra mucho más evidente y estridente si nos situamos en la dimensión mundo, pues entonces la parcialidad y el incumplimiento son tan palmarios y crueles que hablar de derechos es un sarcasmo y un escándalo: “Es, de hecho, más importante ser ciudadano de un país poderoso y rico que ser humano; aquello da más derechos reales y más posibilidades efectivas que esto” (Ignacio Ellacuría).

El actual proceso de mundialización económica genera ingentes distorsiones de todo tipo porque no va acompañado de un correlativo proceso de mundialización de los derechos, de la extensión de la condición de ciudadanos a todas las personas sin excepción alguna. Hoy es necesario hablar ya de una ciudadanía mundial, así como ir dotándonos de los instrumentos necesarios para hacerla efectiva y no retórica. Pero como esto no sucede aún, entonces lamentablemente puede decirse que:

“Uno de los rasgos definitorios de nuestro tiempo es el incremento de la fractura social y política debido al aumento imparable de la desigualdad que afecta sobre todo a quienes sufren una privación de la ciudadanía (que les convierte en infra-sujetos de derechos, si no en no-sujetos) por motivos básicamente económicos y que se proyecta en la titularidad y el ejercicio de los derechos, en particular los sociales” (Javier De Lucas). 

Sin embargo, el concepto de ciudadanía sufre actualmente una grave y perversa erosión en nuestras democracias formales. La oligocracia partidista y la banalidad de una sociedad de consumo impulsivo, compulsivo y con ausencia cada vez mayor de referentes éticos colectivos, abaratan los derechos y van conformando un tipo de ciudadanos/as que los exigen y consumen con voracidad, bajo la justificación tan usual y norteamericana de: “Para eso pago mis impuestos”. Emerge así cada vez más una ciudadanía exigente pero pasiva, que espera sólo que quienes han sido elegidos abran más y más la mano de los derechos. Por temor a perder apoyos electorales, la oligocracia representativa busca su legitimación en un barato clientelismo mercantilista de los derechos, de modo que

“Los individuos se han convertido en consumidores del sistema económico y clientes de la burocracia de la administración pública. A cambio, reciben más productos y una vida tranquila, despreocupada, como ciudadanos, donde las “instancias correspondientes” ya solucionarán los problemas. La dependencia y la despolitización crecen a la sombra de los sistemas de la ilustración capitalista” (Mardones).    

Cuidadanía: Un sencillo cambio de posición de la letra “i” nos ofrece este nuevo y muy sugerente vocablo, que puede servirnos de complemento al de ciudadanía y también de necesario y urgente correctivo a su deriva actual, la cual fomenta un tipo de ciudadanos poco capaces para ser protagonistas y miopes o ciegos para ver la gravedad de cuanto nos sucede en el mundo.

Cuidadanía está en relación con “cuidar, cuidado”. Ser y sentirse cuidadano/a es ejercer como parte activa de la sociedad y cuidar de que ésta logre sus mejores objetivos para todos sus miembros sin excepción. Si ciudadanía mira más a la exigencia de los derechos ante los poderes públicos, cuidadanía, en cambio, mira más a la propia exigencia consigo mismo/a como responsable activo/a de lo que pertenece a todos. Si ciudadanía hace referencia a derechos y libertades, cuidadanía se refiere más bien a deberes éticos y a responsabilidad consciente y asumida. Ambas dimensiones se reclaman y necesitan recíprocamente.

Cuidadanía contiene una dimensión ecológica evidente. Los seres humanos no somos  señores o dueños del mundo, sino simplemente sus cuidadores o jardineros. No hemos nacido como humanos para situarnos por encima de la Naturaleza como quien domina, sino para estar a su lado como quien convive con ella en armonía. La Naturaleza no es nuestra, sino que somos parte de ella: si la destruimos o esquilmamos nos destruimos a nosotros mismos como especie. Y eso es lo que ¿de modo irreversible? está sucediendo a un ritmo ¿imparable?…

Cuidadanía nos remite no sólo a practicar una democracia representativa en la que exigimos derechos, sino a vivir una democracia cósmica en la que reconocemos derechos a los demás y también a la Tierra, a Gaia, entendida y querida como un todo vivo y depósito de vida. Forman parte de esa nueva democracia no sólo los humanos, sino todos los seres, animados e inanimados, de modo que podría hablarse de una biocracia y una cosmocracia. En tal democracia cósmica los seres humanos, por el puesto que ocupamos en la escala evolutiva, tenemos la responsabilidad de ser cuidadanos/as, cuidadores de la vida de los demás y de todo cuanto existe, confraternizando con todos los seres en una comunión universal como con-ciudadanos de un mismo planeta.

Nueva presencia política y cívica

“En tiempo de crisis la imaginación está por encima del conocimiento”, dijo Einstein. Es necesario disponer de proyectos utópicos, creer en algo no realizado todavía, pero que puede ser realizado, pues la utopía es “lo inédito viable” (García Nieto). O como dijo Unamuno: “Con la razón el hombre vive, pero sólo con los sueños sobrevive”.

Ante la crisis de las izquierdas se habla de la necesidad de nuevas alternativas transformadoras. Partidos políticos y sindicatos están aferrados a viejas inercias y sus ofertas no cuestionan ni rompen el sistema dominante. Por eso, han ido naciendo los nuevos movimientos sociales (NMS) para afrontar los nuevos retos que partidos y sindicatos clásicos no han sido capaces de cubrir. Hay que afrontar la gran tarea de estimular solidaridad y responsabilidad cívica a todos los niveles, con capacidad para provocar un cambio en nuestro estilo de vida o modelo social.

Compromiso con los Derechos Humanos

Fortalecer la sociedad civil y la cultura democrática exige un compromiso por la defensa o la implantación de los Derechos Humanos, especialmente en áreas como los derechos de la mujer, las minorías étnicas o culturales, los marginados y los empobrecidos, la paz y el desarme militar, la defensa de la Naturaleza… Hay que saber conjugar lo asistencial con lo reivindicativo y exigir cambios que hagan menos necesaria la ayuda asistencial o de beneficencia.

“La solidaridad tiene que conjuntar la compasión con la conciencia política, la tarea asistencial y cercana al pobre con la visión lúcida de las determinaciones estructurales […] La defensa y el avance hacia un Estado social requieren conciencia y capacidad de actuación política” (Mardones).

Fortalecer la sociedad civil con valores nuevos

Para profundizar en una sociedad participativa es necesario elevar el nivel moral de la ciudadanía, que produzca un cambio de nuestro estilo de vida. Que existan cada vez más grupos organizados con capacidad para contagiar y concienciar a los demás hacia la solidaridad global y hacia un modo de vida más austero y menos consumista, que nos deje un espacio mayor para cultivar y apreciar otras dimensiones de la vida personal y colectiva. Especialmente la lucha por la justicia que garantice unos mínimos sociales para todos y en todo el mundo.

Se necesitan grupos y más grupos unidos en redes y capaces de vivir ya valores nuevos como alternativa a los dominantes: banalización, superficialidad, consumismo,  masificación, indiferencia ante el mal… Una sociedad es más democrática y participativa cuando tiene más grupos sociales intermedios. Estos grupos han de imaginar nuevas formas y estrategias, pues todo lo que puede ser imaginado o soñado, puede ser realizado. Como dice Benina en la novela “Misericordia” de Pérez Galdós: “Digo que no hay justicia, y para que la haiga, soñaremos todo lo que nos dé la gana, y soñando, un suponer, traeremos acá la justicia”.

Nuestra esperanzada mirada cristiana 

Una fuerte corriente cruza a la Humanidad bajo el lema y la aspiración de que “Otro mundo es    posible y necesario”. Se tiene el convencimiento de que es muy difícil cambiar el sentido de la globalización y detener el poder del imperialismo económico. ¡Pero no es imposible! No existe ninguna certeza de que sea posible lograrlo, pero tampoco nadie puede estar absolutamente seguro de que sea imposible. Como siempre, se trata de una opción de vida y de una apuesta histórica. Y así vemos como se van alentando infinidad de organizaciones, iniciativas y redes a nivel mundial para buscar coordinaciones eficaces frente al sistema dominante, mientras se consensua y se formula ideológicamente una esperanza aún difusa y dispersa.

En este campo de juego de la historia humana actual es donde se desarrolla también la esperanza cristiana, si quiere ser creíble y no servir como ingenua adormidera espiritual que nos evade mirando hacia la vida eterna a la espera de una felicidad celestial. Nuestra esperanza como creyentes no es una proyección ilusoria de nuestras necesidades y carencias hacia un más allá extra-terrestre. Al contrario, busca una liberación colectiva para los seres humanos a realizar en nuestra historia concreta a través del reconocimiento de la dignidad humana en las relaciones sociales. La esperanza cristiana no es algo yuxtapuesto a las esperanzas humanas, sino que las necesita y debe traducirse a través de éstas. Sin embargo, no se agota en ellas ni es absorbida totalmente por ellas. Las esperanzas socio-políticas no delimitan ni acaparan totalmente a la esperanza cristiana, pero la reclaman y ha de estar con ellas, si quiere ser creíble, aportando lo que tiene de específico.

“La huida (cristiana) del mundo no es un huir del mundo, sino más bien una huida con el mundo hacia delante y un huir, sí, de aquel mundo que está anclado sólo en el presente y lo inmediatamente disponible. Ante una esperanza así no existe el mundo simplemente como listo y acabado, sino como un mundo que se hace en dirección al futuro de Dios; y la responsabilidad imperiosa de ese proceso la llevan los que esperan”. (J.B. Metz).

En la Biblia no se habla de un Dios del más allá, sino del Dios de un pueblo, de una historia a construir. Nuestra fe nos remite a nuestro mundo, a nuestra responsabilidad humana. Puesto que Dios ha asumido plenamente en Jesús su humanidad con y para los demás, nos incumbe a nosotros/as vivir plenamente la nuestra incluso en los contextos más difíciles y deshumanizados sin perder la esperanza jamás. Dios ha creído tanto en la humanidad que en Jesús se hizo uno de tantos. Jesús murió con el sentimiento de ser abandonado por su Padre: “Dios mío, ¿por qué me has abandonado?” (Mc.15,34) y ningún poder divino lo eximió de la cruz. Jesús asume su destino humano, pero no desespera ni pierde el sentido de su vida: “Padre, a tus manos encomiendo mi espíritu” (Lc.23,46). He aquí toda una invitación a que agarremos nuestra condición humana con todo su espesor, no para ganarnos el cielo, sino para ganar entre todos la esperanza sembrada en la conciencia humana, con o sin referencia religiosa, de lograr un mundo donde reinen la justicia, la paz y la dignidad de todos.  

Claro que esta esperanza es una apuesta, no una certeza evidente. La Buena Noticia de Jesús es una llamada a abrir los ojos y los oídos para ver, oír y comprender que el Reinado llega, más aún, que “El Reinado de Dios ya está en medio de vosotros” (Lc.17, 21). Pero los signos son ambiguos, puesto que conviven históricamente con múltiples y dolorosas muestras del anti-Reino, igual que crecen juntos el trigo y la cizaña (Mt.13, 14-30). De ahí la necesidad y la importancia de tener la paciencia y la esperanza del sembrador, puesto que: “Esperanza de lo que se ve ya no es esperanza; ¿quién espera lo que ya ve? En cambio, si esperamos algo que no vemos, necesitamos constancia para aguardar” (Rom. 8,24). No obstante, nosotros contamos con el auxilio de la fe que, a modo de prismáticos de largo alcance, nos pone cerca lo que aún está muy lejos: “La fe es anticipo de lo que se espera, prueba de realidades que no se ven” (Heb.11,1).

Sin embargo, nuestra incredulidad e impaciencia nos empujan a querer ver para no desesperar, a pedir signos claros y concretos de que el Reinado ya está aquí. Queremos milagros, signos en la historia, que ésta funcione como a cada cual le gustaría y según el objeto de su particular esperanza. Pero Jesús dice que no hay otra señal que la de Jonás, es decir, la conversión, el cambio de vida: “¡Una gente perversa e idólatra y exigiendo señales! Pues señal no se le dará excepto la señal del profeta Jonás” (Mt.12,41). Así pues, la esperanza cristiana es una “esperanza convertida”, que se basa en un cambio de valores y que nos invita a dialogar con quienes también desean lo mismo que nosotros/as desde otras perspectivas. 

“Dios está en las realidades sociales y allí donde se juega el destino de la gente. La manera de percibirlo y hacerlo realidad vivida para los creyentes consiste en adentrarse en el campo de la política y del trabajo social con dimensión estructural. Sin esta perspectiva, el cristianismo difícilmente superará el asistencialismo en sus tareas de solidaridad, carecerá de agudeza para la justicia social y permanecerá en una espiritualidad individualista” (Mardones).

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