Krisis

Todo cambia (IV)

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Para controlar y eliminar los estados mentales negativos o erróneos no basta con esperar sentados a que pase la tormenta. Es necesario en mi opinión intervenir de inmediato y en el mismo momento en que nos demos cuenta de que la tormenta nos está afectando ensordeciéndonos con sus truenos o empapándonos con su lluvia, ya que de lo contraria corremos el riesgo de contraer una neumonía psíquica crónica y esto ya es más difícil de curar.

        Para salir de nuestras tormentas mentales, lo más recomendable es buscar un remedio casero o una sencilla herramienta que nos permita hacer algo para enfocar nuestra atención mental en otra cosa. Hay que tomar, digámoslo así, una medicina mental que nos sirva para parar o frenar en seco los estados psíquicos de turbación o postración. Y esa medicina mental, hay muchas personas que la encuentran básicamente respirando y contando las respiraciones; otras repitiendo un mantra, una oración e incluso cantando mentalmente una canción significativa; también mediante el ejercicio continuado y sostenido de diversas técnicas de relajación, meditación y oración y desde luego muchas otras personas no utilizan nada y esperan a que se les pase conforme la intensidad de la emoción vaya de forma natural disminuyendo.

        En este punto, no tengo ningún inconveniente, ni me da ningún rubor el confesar lo que personalmente he venido y sigo utilizando cuando me enfrento o me doy cuenta de que estoy en un estado de turbación, inquietud, miedo, tristeza o ansiedad. Llevo décadas practicando la recitación repetitiva de mantras, que como sabéis son sílabas, palabras o frases de apoyo a la meditación o incluso de invocación a lo espiritual, lo sagrado o lo divino. Lo que conocemos en la tradición judeocristiana como oraciones, son en realidad mantras aunque vayan acompañadas de peticiones o de formulación de deseos. En este sentido, a mí me han servido particularmente, dos mantras que considero de mucha potencia. Uno es, el famoso “Om Mani Padme Hum” que realmente a mí me tranquiliza mucho no solo porque me hace parar y frenar la turbación que voy incubando, sino también porque en mayor o en menor medida y según las ocasiones, me relaja, pacifica y me hace ver la situación con mayor objetividad y perspectiva. Para mí este mantra purifica mi cuerpo, disuelve mis pensamientos y me ayuda a transformar las emociones del instante permitiéndome desconectar y prepararme para emprender una acción no reactiva y completamente diferente a la que mis emociones me estaban impulsando.

        El otro es muy conocido en la tradición mística cristiana. Se trata del famoso poema de Teresa de Ávila: «Nada te turbe, nada te espante, todo se pasa, Dios no se muda, la paciencia todo lo alcanza, quien a Dios tiene nada le falta, sólo Dios basta», en el que lógicamente la palabra “Dios” yo particularmente no la asocio a ninguna imagen o personaje, sino simplemente a ese océano universal que lo inunda todo y que es preexistente y postexistente a nosotros. Obviamente, esta extraordinaria y relajante oración-mantra, cada uno la puede mantener o cambiar por cualquier otro concepto integrador que proporcione energía, confianza y plenitud.

        Así pues, si estamos interesados y deseamos frenar o controlar los estados mentales negativos o de turbación, cada uno tiene que buscar su propio remedio o medicina mental, dado que no hay una receta universal e igual para todos los humanos. No obstante, lo verdaderamente importante, es encontrar un recurso permanente y sostenible que nos permita prevenir esos estados, pero en esto no me voy a detener ahora.

           Evidentemente, todos los medicamentos, ya sean físicos, químicos, psíquicos o de cualquier otra índole, tienen siempre efectos no deseados y sus contraindicaciones. Abusar de ellos nos puede llevar a tener visiones distorsionadas de la realidad, ya sea creándonos adicción por pensamientos mágicos y perdiendo así nuestra racionalidad crítica, o ya sea haciéndonos incapaces de enfrentar dilemas y situaciones en las que tenemos que adoptar decisiones que exigen de grados relativos de valentía y apuesta. En cualquier caso, debemos convenir en el hecho, de que no existen razones sin emociones, ni sentimientos sin pensamientos y lo queramos o no, somos efectivamente seres creadores de símbolos a los que dotamos de una significación, una energía emocional y un poder capaz de alterar o transformar nuestros estados de conciencia.

           No cabe duda que hoy, la Psicología ha desarrollado numerosos procedimientos terapéuticos para eso que se viene a llamar “Autoayuda”, “Desarrollo personal”, “Inteligencia emocional”, etc, que aunque favorecen temporalmente nuestro bienestar psíquico, puede que solamente sean remedios para calmar síntomas y no para descubrir las causas profundas y complejas de nuestros estados mentales destructivos. Uno de los grandes peligros en este sentido, es quedarse atrapado en una doctrina, una corriente psicológica, una creencia religiosa o espiritual, en un concepto, una metodología o subordinado a un maestro, líder o gurú. Por ello, lo que me parece más acertado, es que cada individuo en particular, busque y encuentre su propio “maestro interior”, ya que nadie enseña a nadie y nadie se enseña solo como decía Paulo Freire y por supuesto, “nadie escarmienta por cabeza ajena” porque nadie puede hacer por ti tu trabajo interior.

           En este punto, de no dejarse atrapar por doctrina alguna o de no apegarse a ningún tipo de religión, iglesia o dogma, evitando así los efectos secundarios y las contraindicaciones, una actitud mental que tiene dimensiones cognitivas, emocionales y espirituales integradas, consiste en distanciarse, ver en perspectiva, o hacer un esfuerzo por salirse de ese estado mirando más allá o transcendiendo, es decir, adoptando lo que se conoce como una “actitud transdisciplinar(Basarab Nicolescu). O sea, comprendiendo que existen realmente diferentes niveles de realidad, o si se prefiere, diferentes maneras de ver e interpretar lo que sucede (niveles de percepción), así como de expresión y manifestación de los acontecimientos. Darse cuenta también, de que todo lo que sucede y lo que existe está complejamente interconectado mediante diferentes formas de relación (dependientes, independientes e interdependientes, etc…). Observar y asumir que los problemas, los conflictos, los dilemas, no siempre se resuelven de forma simple optando por A o B y creyendo que son dos y solamente dos las vías de solución, lo cual no es más que una forma de simplismo o incluso de maniqueismo. Por el contrario y gracias a nuestra creatividad, nuestra imaginación, o por la propia naturaleza de la realidad o la situación, siempre puede abrirse paso una tercera vía capaz de aportar una nueva solución integradora que incluya al mismo tiempo las soluciones A y B. Y esto requiere lógicamente, rechazar toda forma de dogmatismo o prejuicio, dejando abierta nuestra mente a nuevas posibilidades, sin perder el rigor, nuestra capacidad de discernimiento y la racionalidad crítica y autocrítica.

           Obviamente, esto no es nada fácil, porque cuando estamos en un estado de turbación es como si estuviésemos ciegos, sordos o paralíticos, dado que no somos capaces de encontrar salidas y ponernos en movimiento positivo. Por eso es necesario pensar y sentir, que todo pasará, que todo cambia, que horas más tarde estaremos mejor, que mañana será otro día, o que “Nadie se muere en vísperas” como decía mi amigo Pepe García Calvo q.e.p.d. Y efectivamente así ocurre, porque todo es impermanente, caduco, transitorio y fugaz, como muy bien nos ha enseñado el budismo y el Eclesiastés. Y curiosamente puede suceder y de hecho sucede, que se nos presenten pensamientos, oportunidades y situaciones sorprendentes imprevistas e insospechadas, que sin ni siquiera perseguirlas o buscarlas, e incluso casi sin darnos cuenta nos ayudan no solamente a calmar síntomas, sino incluso a encontrar nuevos sentidos a nuestra conducta y a nuestra vida.

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