Krisis

Vivir es peregrinar (II)

Para empezar, debo decir que las etapas de “El Camino de Santiago“, aunque están ya estandarizadas y programadas por las numerosas guías que ofrece el mercado editorial y turístico, en la práctica es cada peregrino el que decide libremente cuando, donde y de que modo desea caminar cada día. A su vez y aunque todo el mundo asume y acepta que la meta es llegar a Santiago de Compostela, son tantas las circunstancias y acontecimientos que se viven, que nunca puede darse por cierto y seguro que vayas a terminar en Santiago. De hecho, mi experiencia de varios caminos me ha confirmado, que cuando más seguro, fuerte y protegido te sientes, es cuando se te presentan las mayores dificultades e incluso aquellas insalvables que necesariamente te obligan a abandonar. Por el contrario, cuanto más inseguro y más dispuesto te encuentras para volver a casa en cualquier momento, más probabilidades tienes de acabarlo. Y es que “El Camino” no solo es un camino de “ida“, sino también y sobre todo de “vuelta“, porque si bien, los avatares de las caminatas se producen sin parar, solamente es a la vuelta, cuando eres capaz de procesarlos y encontrarles un sentido mayor que está más allá de los acontecimientos de la ida. Por eso entiendo que “El Camino de Santiago” es exactamente una alegoría o una sintética metáfora temporal, de lo que es la vida total o el paso por este mundo de cualquier ser humano.

MochileroAl principio, cuando somos jóvenes, el viaje de ida de nuestra vida nos parece extraordinariamente largo. por ello nuestra misión básica consiste en pertrecharnos de todo lo que consideramos necesario o deseable para el largo viaje vital. Si bien en este asunto, son nuestros padres, las normas sociales y la cultura dominante los que influyen en el tipo de equipaje y el contenido del mismo. A partir de esos condicionamientos y de nuestros propios intereses y decisiones, nos hacemos de una gran mochila en la que vamos introduciendo todo tipo de viandas, herramientas y objetos para iniciar de la forma más segura, placentera y satisfactoria el camino de nuestra vida. Con esa mochila a las espaldas de nuestro ser interno, que va aumentando de volumen conforme transcurre el tiempo, vamos asumiendo determinados roles y a la vez, consiguiendo o acumulando, con mayor o menor fortuna, todo tipo de propiedades, distinciones, títulos, vínculos, seguridades, responsabilidades, poderes, etc. Materialmente, en esto consiste la vida de un ser humano, en satisfacer sus necesidades de alimentación, vivienda y vestido además de las de afecto, seguridad, vinculación, autoestima, identidad, etc, sin olvidar nuestros deseos ocultos o manifiestos de poder, ambición, prestigio, éxito, riqueza, etc. Lo cierto es que si contamos con unas mínimas condiciones sociales que nos garanticen trabajo, salud, educación, vivienda, etc, todo parece relativamente sencillo y fluye en el sentido de que nos hacemos adultos, conseguimos trabajar, cosa difícil en el presente, formamos una familia, tenemos hijos, amigos y adquirimos una imagen pública que define con mayor o menor exactitud nuestra identidad.

        Visto desde otra perspectiva, esta primera etapa de nuestro viaje de ida, aunque transcurre en los años de mayor fortaleza física en los que el final se ve muy lejano, paradójicamente tiene un gran componente de miedo. El miedo a no ser reconocido. El miedo a no satisfacer las expectativas que los demás han depositado en nosotros. El miedo a ser invisible o a no ser considerado como alguien digno de valor. El miedo a las amenazas de fracaso, al castigo, la condena, la crítica o a la reprobación que nuestros padres, educadores o la sociedad en general puedan hacer de nosotros. El miedo en definitiva a ser plenamente libres y auténticos, sin necesidad de depender de la aprobación de los demás o de recurrir a racionalizaciones, autojustificaciones y  mecanismos de defensa que constituyen la máscara que configura nuestra personalidad visible.

        Un miedo, como dice Krishnamurti, del que se encarga la educación institucionalizada que promueve la competición, la ambición y la agotadora tarea de consecución de metas y logros. Una educación que en realidad es una interminable carrera de obstáculos constituida básicamente por obediencia, sumisión, cumplimiento de normas, además de por continuos exámenes y pruebas de todo tipo para obtener credenciales y títulos. Se trata en suma. de una carrera interminable que se disfraza de “profesional”, “académica”, “laboral”, “personal”, “política”, “artística”, etc, Disfraces que se completan y adornan con todo un variado abanico de apelativos, etiquetas y calificativos que fijan en nuestra mente la idea de que esa y solamente esa es la única vía, o la única forma posible para llegar a ser “alguien en la vida”. Algo por cierto, que con la mejor de las intenciones nos repetían nuestros padres en la esperanza de que pudiéramos gozar de una posición social más importante y de mayor bienestar que la que ellos tuvieron.

JOSÉ MARÍA MALDONADO
Línea separadora decorativa de KRISIS

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