Krisis

Vivir es peregrinar (III)

Desde que somos niños y especialmente en la adolescencia, casi todos los mensajes que recibimos de los adultos significativos con los que convivimos, nos insisten en que debemos estudiar o hacer esto o aquello “para el día de mañana“. Muchas veces, es tanta la insistencia en “el día de mañana” o en esa constante preocupación de nuestros padres por asegurarnos una vida mejor que la que tuvieron ellos, que terminamos por comportarnos de forma automática y siempre obedientes por miedo al castigo o a la reprobación.

        Es obvio que si siempre estamos obedeciendo y siguiendo los consejos de los adultos, ganaremos en seguridad pero también en dependencia o en incapacidad para ir desarrollando nuestra creatividad y autonomía. De esta forma, en la adolescencia y juventud, construimos nuestra identidad a base de satisfacer los deseos de los demás, siendo los demás los que finalmente tienen la autoridad moral para decir si vamos o no por el “buen camino“. Claro que esto no es un proceso simple, sino extraordinariamente complejo, conflictivo y muchas veces cargado de sufrimiento psíquico. Y esto es así porque los deseos internos de cualquier joven, siempre se mueven entre “el hambre de objeto y de afecto“, como diría Erik Erickson, o entre el deseo de sentirse reconocido, querido y aceptado y la imperiosa necesidad de ser y sentirse libre y hacer todo aquello que le dicten sus impulsos emocionales.

        Por un lado deseamos ser gratificados con la aprobación de los adultos significativos, algo que desde luego nos ayuda a desarrollar nuestra autoestima y la idea que tenemos de nosotros mismos. Y por otro deseamos ser autónomos, libres y tomar nuestras propias decisiones, decisiones por cierto, al menor costo posible, ya que no deseamos asumir el riesgo de la desaprobación. Nos enfrentamos pues al dilema de la obediencia/desobediencia, sin darnos cuenta, que el concepto que vamos elaborando de nosotros mismos, es dependiente y está apegado a lo que los otros dirán de nosotros. De una u otra manera nos enfrentamos al dilema entre obediencia/dependencia y la desobediencia/independencia. Un enfrentamiento que tiene sus efectos en la construcción de la identidad y el desarrollo de nuestra personalidad.

        Si optamos permanentemente por conductas de obediencia y sumisión, es obvio que seremos gratificados por la aprobación de los adultos. Sin embargo, comenzará a crecer en nosotros una de las distorsiones del desarrollo de la autoestima: hacerla depender única y exclusivamente de la aprobación, el aplauso y las felicitaciones de los demás. Y si optamos por la desobediencia, correremos el riesgo de que nuestra autoestima disminuya o de que las consecuencias o efectos imprevistos de nuestros actos nos hagan sufrir o incluso nos conviertan en personas incapaces de mediatizar los deseos y por consiguiente actuaremos casi siempre a base impulsos caprichosos. De todas maneras estos procesos son extraordinariamente singulares y de una complejidad enorme, por lo que no podemos establecer de ellos una ley general, ya que todo lo que nos sucede dentro está permanentemente conectado y mediado por todo que nos sucede fuera.

        Lo que nos sucede fuera ya sea en relación a nuestros vínculos sociales y de afecto o a las condiciones materiales de existencia en las que vive cada joven, va a influir de forma poderosa en lo que nos sucede dentro. En este sentido, lo que internamente experimenta un joven de una familia acomodada con todo tipo de recursos, no es nunca lo mismo que lo que siente aquel que vive en una familia humilde o sin recursos. Dicho en otras palabras: el origen de clase determina nuestra personalidad, determinación que está obviamente mediada por el carácter social, la cultura dominante y el momento histórico en que se vive.

        La cuestión es que el tiempo va pasando y a medida que nos vamos haciendo adultos, aquellos conflictos juveniles generalmente terminan por superarse, aunque desde luego hay personas que los arrastran a lo largo de toda su vida. No obstante, siempre aparecen otros nuevos, que como en la juventud, están marcados también por la preocupación del “mañana“.

        Nuevas e inquietantes preguntas van apareciendo en el horizonte interno de cada ser humano: ¿Conseguiré lo que me propongo? ¿Terminaré mis estudios? ¿Encontraré pareja? ¿Será esta o este él o la más adecuada para mí? ¿Encontraré trabajo? ¿Trabajaré en aquello en lo que realmente quiero trabajar? ¿Formaré una familia? ¿Tendré hijos? ¿Tendré dinero suficiente? ¿Me lo pasaré bien? y en definitiva ¿Seré feliz?. Unas preguntas que se multiplican y que aunque no seamos conscientes de ellas, ni nos las planteemos siquiera, se enmarcan en las clásicas cuestiones existenciales de “¿Quién soy yo? ¿Qué hago aquí? ¿De dónde vengo? ¿A dónde voy? ¿Qué sentido tiene todo esto?…” que son en definitiva las que nos van situando en la construcción de nuestra identidad y del sentido de nuestras vidas.

        Todo este proceso interno, del que generalmente no somos plenamente conscientes, va acompañado del proceso real de ir llenando nuestra mochila existencial de los más variados objetos, sin darnos cuenta de que algunos son inservibles y otros demasiado pesados. En mi opinión, tanto el proceso interno de hacernos preguntas, como las decisiones externas de llenar nuestra mochila vital de objetos, se caracteriza por dos principios o esquemas de pensamiento que se aceptan como lógicos y verdaderos. De un lado el pensamiento y la acción constante dirigida a conseguir objetivos “para el día de mañana“. Y de otro la muchas veces neurótica necesidad de quedar bien, ser aplaudido, ser reconocido y admirado, no ser reprobado ni reprendido, pero tomando al mismo tiempo decisiones en base a una supuesta libertad sin condicionamientos. Obviamente estos dos esquemas de pensamiento y aunque me ha costado muchos años darme cuenta, no tan lógicos y verdaderos como parecen.

        Sobre el primero, está perfectamente claro que ni el cielo, ni la tierra prometida, ni el paraíso terrenal, ni la arcadia feliz existen. Y es que “el mañana” tampoco existe, lo único que existe es el ahora y desde luego para que uno se de cuenta de esto es necesario, darse cuenta también de que somos seres de existencia y de conciencia y de que por tanto, estamos vivos. Con esto quiero decir, que la preocupación y la dedicación exclusiva al “mañana“, nos impide vivir plenamente el “presente” experimentando todas sus posibilidades y asumiendo todas las responsabilidades que se derivan de nuestros actos. Esta es la razón por la que creo que tenemos que “aprender a existir“, un aprendizaje que únicamente se termina cuando dejamos de existir como mortales que somos. Y esta es la razón también por la que todo es “Camino” y la Educación no es otra cosa que un proceso permanente e inacabado de desarrollo personal que ayuda a que nuestra peregrinación sea lo más rica, diversa, creativa y feliz posible.

«...Aprender a existir no es lo mismo que aprender a vivir. La exhortación “aprende a vivir” significa en nuestro lenguaje dos cosas distintas: puede querer decir aprender las reglas de la vida civilizada, de la cortesía, de las buenas maneras ... Y por tanto, es una invitación a adecuarse a los modelos socialmente reconocidos, o bien quiere decir “sé listo, aprende a salir de los apuros y a no dejarte avasallar por los demás”. También en este segundo caso se pone el acento en el aprendizaje de las reglas sociales, aunque no sean las definidas formalmente,sino más bien de las que se han consolidado en la experiencia práctica de un mundo caracterizado por la competitividad y la capacidad de arreglárselas, aún en prejuicio de los demás Aprender a existir no es algo que se refiere a reglas, ni manifiestas ni latentes. Quiere decir en primer lugar, adoptar una actitud de atención hacia la situación en que nos encontramos, para profundizar el conocimiento de las condiciones que la caracteriza. En segundo lugar, aprender a existir quiere decir disponerse a aprender, a través de la experiencia concreta, a no eludir esas mismas condiciones, sino aceptarlas con el fin de vivir lo más posible la existencia según la cara que le es propia. Como la existencia no puede abarcarse con una definición sino sólo vivirse tal y como se da en su contingencia y en sus contradicciones, nadie puede enseñar a otro a existir, sino únicamente ayudarle a disponerse de tal modo que no eluda los riesgos que la existencia conlleva, ocultando sus aspectos más inquietantes; ayudar por tanto, al otro a aprender por su cuenta a existir, enfrentándose con valor a la singularidad de una experiencia que sólo puede ser personal. En cierto sentido, se aprende a existir como se aprende a nadar: una vez que nos hemos tirado al agua es preciso hacer algo para mantenernos a flote. Cada uno de nosotros tiene alguna capacidad innata para bandearse en el mar de la existencia. Pero, en otro sentido, también es cierto que la existencia exige un aprendizaje que nunca puede ser considerado concluido...»

Franco Crespi

APRENDER A EXISTIR. Alianza. Barcelona: 1996. Pág. 33

        Sobre el segundo, simplemente decir, que aunque nos hayan inculcado desde pequeñitos que para estar seguros y protegidos, reconocidos o queridos, aceptados o admirados, es indispensable obedecer, esto en realidad no funciona así por dos razones. La primera porque, si bien es obvio que somos seres de vínculos y afectos, ningún ser humano, que yo sepa, ha nacido para satisfacer las expectativas y deseos de los demás. Y la segunda, porque no hay forma posible de construir nuestra original identidad, nuestra autoestima y nuestra autonomía, obedeciendo continuamente o sin dejar amplios espacios para la desobediencia. Esta es la razón por la cual no se puede educar humana y auténticamente sin libertad, ya que la educación es una práctica de libertad, como decía Paulo Freire. Con otras palabras: no puedo desear y ser o sentirme libre, o hacer lo que realmente quiero hacer, si al mismo tiempo tengo que obedecer o satisfacer todo lo que los demás esperan de mí. Cruces por donde cruces, el tren te pilla: si decides hacer apuestas de libertad tendrás que soportar o aguantar las reprobaciones de aquellos a los que desobedeces o no les agrada lo que haces; y si decides agradar y caer bien a todo el mundo tendrás que enfrentarte al hecho de que alguien o tú mismo te digas que eres un esclavo o una marioneta.

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