Krisis

Vivir es peregrinar (IV)

Conforme va pasando el tiempo nuestra mochila psíquica y existencial va aumentando de tamaño poco a poco y haciéndose cada vez más pesada. Pero una vez conseguidas todas las pertenencias materiales que hemos sido capaces o hemos tenido la suerte de acumular y que nos proporcionan seguridad y protección, empezamos a darnos cuenta de que la vida humana no funciona exactamente así. Claro que esto es muy fácil de decir, porque como ya sabemos, ni el trabajo, ni la vivienda, ni la salud, ni la educación son en la práctica Derechos Humanos Universales, dado que nuestro modo de vida se asienta y fundamenta en el individualismo, la competitividad y el capitalismo que son los que configuran el carácter social de nuestra civilización. Por eso, debo aclarar que este tipo de reflexiones las podemos hacer cuando tenemos todas nuestras necesidades materiales más o menos satisfechas, ya que el que carece de un mínimo de recursos para sobrevivir, casi todo su tiempo lo invierte en buscar los medios para su subsistencia, si bien es obvio, que ningún ser humano es un estómago andante aunque “de todo hay en la viña del Señor“.

        En cualquier caso y a estas alturas de mi edad, cada vez tengo más clara y nítida la visión de que efectivamente ha sido y sigue siendo el capitalismo en todas sus formas, el que nos ha inyectado o inoculado la creencia de que el tener, el hacer y el consumir son las claves de nuestra felicidad personal. Algo por cierto que dice de manera extraordinariamente brillante y magistral Erich Fromm:

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Erich Fromm (1900-1980)

Sobre la desobediencia. Paidós. Barcelona: 1984. Pág.:33

«…El homo consumens es el hombre cuyo objetivo fundamental no es principalmente poseer cosas, sino consumir cada vez más, compensando así su vacuidad, pasividad, soledad y ansiedad interiores. En una sociedad caracterizada por empresas gigantescas, y por desmesuradas burocracias industriales, gubernamentales y sindicales, el individuo, que no tiene control sobre las circunstancias de su trabajo, se siente impotente, solo, aburrido y angustiado. Al mismo tiempo, la necesidad de lucro de las grandes industrias de consumo recurre a la publicidad y lo transforma en un hombre voraz, un lactante a perpetuidad que desea consumir más y más, y para el que todo se convierte en artículos de consumo: los cigarrillos, las bebidas, el sexo, el cine, la televisión, los viajes, e incluso la educación, los libros y las conferencias. Se crean nuevas necesidades artificiales y se manipulan los gustos del hombre. (El carácter del homo consumens en sus formas mas extremas constituye un conocidísimo fenómeno fisiopatológico. Se encuentra en muchos casos de personas deprimidas o angustiadas que se refugian en la sobrealimentacion, las compras exageradas o el alcoholismo para compensar la depresión y la angustia ocultas.) La avidez de consumir (una forma extrema de lo que Freud llamo el “caracter oral-receptivo”) se esta convirtiendo en la fuerza psíquica predominante de la sociedad industrial contemporánea. El homo consumens se sumerge en la ilusión de felicidad, en tanto que sufre inconscientemente los efectos de su hastío y su pasividad. Cuanto mayor es su poder sobre las maquinas, mayor es su impotencia como ser humano; cuanto mas consume mas se esclaviza a las crecientes necesidades que el sistema industrial crea y maneja. Confunde emoción y excitación con alegría y felicidad, y comodidad material con vitalidad; el apetito satisfecho se convierte en el sentido de la vida, la búsqueda de esa satisfacción, en una nueva religión. La libertad para consumir se transforma en la esencia de la libertad humana…»

       Lo cierto es, que en un determinado momento de nuestra vida comenzamos a cuestionarnos aquellos pensamientos, ideas y sentimientos  en relación al sentido de lo que hacemos, iniciando así un nuevo periodo de transformaciones. Algo que sucede de muy variadas formas y circunstancias, pero que en definitiva a todos los humanos les ocurre con mayor o menor intensidad, más tarde o más temprano. Puede ser como consecuencia de un acontecimiento en el que perdemos nuestras posesiones, nuestro trabajo o nuestra seguridad material. También puede ser como consecuencia de un accidente fortuito, de una enfermedad aguda o crónica, o también como efecto de esta crisis sanitaria y socioeconómica de la pandemia en la que estamos inmersos. Pero lo cierto es que en todos los acontecimientos de pérdida provocadas por las más diversas circunstancias y decisiones ajenas o propias, de pronto o por sorpresa descubrimos nuestra vulnerabilidad y nuestra inseguridad, apareciendo de forma sorprendente y persistente el miedo en toda su crudeza, que en algunas ocasiones puede venir acompañado de pánico, histeria o de eso que se conoce como “TOCs“.

        El descubrimiento de la vulnerabilidad, caducidad, incertidumbre e inseguridad de nuestra existencia, también lo hacemos a medida que avanzamos en nuestro proceso de envejecimiento, o por sufrimientos acumulados de experiencias dolorosas, o porque la estructura social nos condena a vivir de una determinada manera. Así, caemos en la cuenta de que el peso de la mochila que hemos venido transportando a lo largo de nuestra vida es demasiado elevado para nuestras fuerzas y que la mayor parte del equipaje que necesitamos para el camino que nos queda por recorrer ya no nos resulta necesario, ni útil.

        Es en este momento, cuando comenzamos a tomar conciencia de que estamos iniciando el viaje de vuelta y que el final del trayecto no está tan lejos. Es en ese viaje de vuelta, cuando empieza a desarrollarse en nosotros una especie de desapego o de pérdida de interés y ambición por aquellas cosas que en el viaje de ida considerábamos como fundamentales, pero que ahora realmente ya no lo son. De esta forma iniciamos, unas veces de forma directa y visible, y otras de forma indirecta o implícita, el camino del ser, un camino en el que el tener, el hacer y el consumir ya no nos sirven, ni para quitarnos el miedo, ni para aumentar nuestra seguridad, ni para satisfacer nuestros deseos.

        De una u otra manera, ya sea con mayor o menor intensidad o de forma diferente para cada individuo, se produce en nuestro “Yo” una especie de pérdida de ambición, de desinflamiento, de vacío y aburrimiento. Estados emocionales que vienen por lo general acompañados de tristeza, melancolía, depresión, sufrimiento interno y desesperanza. Comprobamos en suma, que los sueños, ambiciones y deseos de nuestra juventud y adultez temprana no solo no han sido satisfechos, sino que además ya no tenemos ni suficiente tiempo, ni tampoco energías para seguir manteniéndolos. No obstante, y a pesar del mayor o menor dolor psíquico con que comienza nuestro viaje de vuelta, provocado por las pérdidas, el cansancio, la enfermedad, los achaques físicos de la vejez, el vacío existencial, la soledad interior o el sentimiento de ser incomprendidos, o incluso la sensación de que todo lo que hiciste no fue suficiente o no valió la pena, algo misteriosamente comienza a cambiar y nos ayuda no sólo a sobrevivir, sino incluso a vivir más plenamente nuestra existencia.

        Casi sin darnos cuenta, se va desarrollando en nosotros una nueva visión de lo que consideramos realmente importante en nuestra vida. Vamos agudizando poco a poco nuestra observación que al mismo tiempo se hace más en perspectiva y descentrada, dando lugar a la aparición de un significativo desinterés por todo aquello que antes daba sentido a nuestra vida y nos proporcionaba seguridad. Surgen así toda una serie de rasgos de los que carecíamos en el viaje de ida y que misteriosamente parecen dotarnos de una cierta conformidad, tolerancia y paciencia, así como de una relativa capacidad para estar a solas con nosotros mismos dándonos cuenta de que para ser “alguien en la vida” ya no necesitamos casi nada. Los miedos de antaño que tanta ansiedad, estrés e hiperactividad nos producían, no desaparecen del todo, sino que son sustituidos por otros nuevos más relacionados con el final de nuestra peregrinación, pero ahora tienen un nuevo carácter porque ya no nos provocan conductas de consecución, sino más bien actitudes de conformidad. Una conformidad que no es pasiva, sino centrada en la apuesta por vivir el presente del modo más pleno y auténtico posible y en la que el miedo comienza a aceptarse como un componente más de nuestra vida psíquica, con lo que paradójicamente pierde toda la fuerza provocadora de las reacciones de antaño.

Joann Sebastian Bach (1685-1750)
Air 'On The G String'
Joann Sebastian Bach (1685-1750)Air 'On The G String'
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