Krisis

Vivir es peregrinar (y V)

En el viaje de vuelta de nuestra peregrinación existencial nuestra mochila de objetos, deseos y aspiraciones físicas y mentales se va haciendo cada vez más ligera, cada vez más suave y llevadera. Aquellas molestias e incluso dolores intensos en los hombros, producidas por el peso y el mal ajuste de la mochila a nuestro cuerpo comienzan a desaparecer en cuanto que nos damos cuenta de que ya no hay que llegar el primero, ni incluso llegar siquiera. Es a partir de ese momento cuando sentimos que respiramos mejor y entonces descubrimos que el remedio infalible para evitar molestias y dolores es quitarse la mochila y descansar todo el tiempo que se nos antoje. O también descargarla de todo aquello que al principio nos parecía indispensable, pero que ahora comprobamos que es inútil, inservible e incluso perjudicial para nuestra caminada.

        Comprendemos entonces que no hay metas, que no hay necesidad de machacarse o martirizarse física o psíquicamente por llegar. Que ya no tiene ningún sentido competir, ni con las circunstancias, ni con los demás ni con uno mismo para dar satisfacción a nuestro Ego. Y así abandonamos ese culpabilismo, cargado muchas veces de automasoquismo, cuyo fundamento está en creer que somos los responsables de todo lo que nos sucede porque pensamos que lo podemos controlar y cambiar todo conforme a nuestros deseos e impulsos.

        Así pues, ya no hay necesidad de correr o avanzar con ansiedad para encontrar una plaza en el próximo albergue. Nos damos cuenta entonces de que tampoco hay necesidad de huir, esconderse, lamentarse, decepcionarse o deprimirse, porque toda esa carga existencial de ambiciones, proyectos y deseos irrefrenables que echamos en nuestra mochila al principio de nuestra caminata, la hemos ido tirando por el camino. Y así, mágica y misteriosamente, no solo seguimos caminando, sino que además ahora lo hacemos con una energía diferente que incluso nos permite sentir que una cuesta arriba puede tranquilamente convertirse en una cuesta abajo. Y esto es realmente así, porque la más auténtica manera de aprender algo de forma significativa, permanente e indeleble es mediante nuestros errores, obstáculos, dificultades, fracasos, dolores y sufrimientos. No quiere decir esto, claro está, que haya necesariamente que pasarlo mal para aprender como creían aquellos salvajes domadores de niños que Goya pintaba en su famoso cuadro “La letra con sangre entra“. Lo que quiero decir es que por mucho que se insista en que para incrementar nuestra autoestima es necesario obtener éxitos, alabanzas, aplausos, premios, a lo sumo lo que se aprende es a engordar nuestro Ego, sobre todo si no somos capaces de construir dicha autoestima desde nuestro interior y sin necesidad de estímulos externos. Es como si la felicidad de un ser humano dependiese de lo que los demás nos hagan, digan o piensen de nosotros, cuando ni lo que hacen, piensan, ni lo que sienten, ni lo que dicen los demás depende de nuestra voluntad. No sé ahora mismo de donde tomé la cita, pero una vez leí una frase que me impactó y que decía más o menos así: “Al Palacio de la Razón, la Desobediencia y la Libertad se accede por el pasillo de la Obediencia y la Tradición“. Ahora que recuerdo, creo que esta frase o algo parecido es del filósofo de la Educación Richard Stanley Peters.

        En este punto, no me resisto a contar aquí una experiencia real que tuve en el último de mis Caminos a Santiago que no terminé y en el que tuve que abandonar, debido a una extraordinaria ampolla sangrante que no había manera de curar y de cortar la hemorragia.

        Siempre, en todas mis caminatas, en las cuestas arriba, a mi me adelantaba toda la gente. Recuerdo que en mi primer “Camino“, tuve varias tentaciones para acelerar el paso, pero cuando comprobé que físicamente no podía, desistí de seguir el ritmo de los demás o de competir conmigo mismo para demostrarme que estaba fuerte. Desde entonces me inventé un truco para subir las cuestas a mi ritmo y sin ningún tipo de prisa o aceleración competitiva. Y desde entonces también perdí toda ambición por llegar de los primeros, de destacar o de decirle a los demás lo que yo creo que esperan oír de mí para obtener su aplauso o su reconocimiento.

         El truco que me inventé para subir las cuestas y que siempre, hasta ahora, me ha dado resultado no solo en las cuestas arriba físicas, sino también en las químicas y las psíquicas, era y sigue siendo algo muy simple, pero puedo asegurar que a mí me sirve. Se trata sencillamente de combinar paradas periódicas de descanso físico y mental para respirar profundamente y tomar aire, para después volver a caminar con el ritmo mental que me proporciona la recitación de un mantra, que generalmente para mí, es la famosa oración de Santa Teresa de Jesús “Nada te turbe” .

        Pues bien, siguiendo este truco personal, en dos ocasiones tuve una sensación extrañísima y sorprendente al subir tres cuestas seguidas. Iba, como siempre solo y en aquellos momentos no me encontré a nadie ni por delante, ni por detrás. Y cual no sería mi sorpresa cuando completamente concentrado en mi paso lento y en el sonido de mis bastones, al mismo tiempo que miraba al suelo recitando la oración-mantra de Santa Teresa, experimento, compruebo y siento realmente exactamente la misma sensación física de levedad, suavidad y comodidad que sentía al bajar las cuestas. Obviamente no me lo podía creer y me paré a mitad de la cuesta para serenarme de la emocionante sorpresa sensitiva que había experimentado. Me dije a mi mismo que seguramente sería una alucinación producida por el cansancio o debida a esos movimientos electromagnéticos de la corteza terrestre en determinados lugares. Sin embargo, al emprender de nuevo la subida, hasta en tres ocasiones volví a tener incluso una sensación de bajada aun todavía más intensa que la anterior, cuando precisamente la cuesta era aun más pronunciada. Finalmente todo esto lo asimilé a ese tipo de experiencias cumbre, de flujo o de autorrealización de la que nos hablan Abraham Maslow y Mihály Csíkszentmihályi y que en mi caso tuvo también un componente físico, psíquico y espiritual.

         Siguiendo con el camino de vuelta de nuestra peregrinación existencial y alimentados por todas nuestras experiencias de caminatas con mochilas supercargadas que vamos descargando con el tiempo, poco a poco empezamos a perder el miedo a todo. Claro que el miedo siempre está ahí y nunca se va completamente, pero si nos llega, porque siempre llega, nos cogerá trabajando, haciendo o disfrutando de aquello que más y mejor nos realiza como seres humanos en permanente proceso de transformación. Perdemos así el hábito de “reaccionar” ante todo aquello que creemos agrede o afecta de manera negativa a nuestra seguridad, nuestro bienestar o a nuestro Ego. Y esto es algo que personalmente vengo hace tiempo experimentando cuando tengo la necesidad de cuestionar, criticar, argumentar o decirle al interlocutor que debate o discute conmigo que está en un error. Y así interiormente muchas veces me digo “¿Y qué más da? ¿Qué necesidad tengo yo de llevar razón o de quedar encima? ¿Qué necesidad hay de convencer a nadie a estas alturas? Si no está de acuerdo o no estoy de acuerdo, pues que no esté de acuerdo y no estoy de acuerdo y punto. Pero ¿podría encontrarse un punto de acuerdo?” En fin, lo cierto es que en el viaje de vuelta, nos volvemos o al menos yo me he vuelto así, un poco “pasotas“, pero no en el sentido relativista de perder cualquier tipo de referencia ética o moral, sino como una especie de serena conformidad íntima, pero no como reacción de desprecio o indiferencia hacia los demás, sino como acción que surge del propio interior, del propio ser. Así comienzan a desarrollarse en nosotros nuevas necesidades y capacidades que en el viaje de ida centrado en el tener, el hacer, el consumir y en el llevar razón siempre, no pasaban siquiera por nuestra imaginación.

        Como por arte de magia, van apareciendo en nosotros actitudes, emociones y sentimientos que en el viaje de ida, casi nunca aparecían. Sosiego, serenidad, calma, lentitud, saber esperar, paciencia, valoración del tiempo presente siendo conscientes de que es único e irrepetible, atención plena a la tarea que realizas, contemplación del misterio de la Naturaleza, pararse y valorar todos los pequeños detalles por insignificantes que puedan parecer a los demás. Y desde luego, todo ello mezclado y atravesado por un intenso, profundo y permanente agradecimiento a la Vida, el Universo, a Dios o a lo incognoscible, por el simple hecho de estar vivo aquí y ahora, sentimiento interior que se incrementa de sobremanera, cuando ves como tus familiares o amigos más queridos, se van marchando hacia lo inexistente.

        Comienza en suma una nueva etapa en la que se ven mejor los colores; se huelen más intensamente los olores; se disfruta más de los sabores; valoras muchísimo más los afectos, los encuentros y la amistad o sencillamente eres capaz de embelesarte con la forma de una nube pasajera o con una pequeña flor que te encuentras en el camino.

        Una etapa sin duda, de mayor claridad, no exenta de miedos, pero ahora con la diferencia de que somos conscientes de ellos. Ya no es necesario correr ni conseguir nada, porque comienzas a comprender desde el fondo, que el pasado no tiene solución y que el futuro no existe, quedándote así únicamente el presente y descubriendo que esa conciencia, es la que te permite mantenerte vivo, fresco y dispuesto a comenzar de nuevo sin idealizaciones del futuro y sin culpabilizaciones del pasado. Comenzamos en suma a aceptarnos a nosotros mismos rompiendo muchos de los condicionamientos y “debería” que habían fundado nuestra vida hasta que comenzamos el viaje de vuelta.

         A este viaje existencial de ida que comenzamos llenos de ambiciones, proyectos, deseos y planes de futuro (sociales, culturales, físicos, mentales, ideológicos, etc,) y que continua en el viaje de vuelta en el que terminamos abandonando por el camino todo tipo de equipajes y objetos inservibles y pesados, muchos autores lo llaman “proceso de maduración personal“. Un proceso que es también de limpieza y purificación interior, de disminución del Ego y de encuentro con el propio ser, pero que también está repleto de proyectos y experiencias, pero ya sin la ansiedad por la consecución de metas del viaje de ida. No obstante, a mí me gusta llamarlo como lo denomina Carl Rogers, “El Camino del Ser“, una obra que publicó a los 78 años, siete años antes de su fallecimiento en 1987.

         «…Reconozco que he sido inusualmente afortunado en cuanto a mi salud, mi matrimonio, mi familia, mis jóvenes y estimulantes amigos, y los inesperadamente adecuados ingresos procedentes de mis libros. Por consiguiente, no soy en sentido alguno un caso típico. Pero, para mí, estos últimos 10 años han sido fascinantes, repletos de intrépidos proyectos. He tenido la oportunidad de abrirme a nuevas ideas, nuevos sentimientos, nuevas experiencias y nuevos riesgos.
         Descubro cada vez más que estar vivo implica arriesgarse, actuar sin una certeza absoluta, comprometerse con la vida. Eso produce cambios y, para mí, el proceso de esos cambios es la vida. Me doy cuenta de que si fuera estable prudente y estático viviría en la muerte.
          Por consiguiente, acepto la confusión, la incertidumbre, el miedo y los altibajos emocionales, porque ese es el precio que estoy dispuesto a pagar por una vida fluida, perpleja y excitante.
          Por tanto, creo que soy sincero al afirmar, que en su conjunto, esta ha sido la década más satisfactoria de mi vida. He logrado ser cada vez más yo mismo y he hallado la felicidad en ello.
          De joven era bastante enfermizo y mis padres me han dicho que, según los doctores, no llegaría a viejo. Este pronóstico ha resultado ser completamente falso en un sentido, pero profundamente cierto en otro. Creo que es correcto que no viviré hasta ser viejo. Ahora estoy de acuerdo con el pronóstico. Estoy convencido de que moriré joven…»

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Carl Rogers (1902-1987)

EL CAMINO DEL SER. Paidós. Barcelona: 1987. Pág.: 49
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