Krisis

Despertar la compasión

Por Juan Antonio Mateos Pérez

JUAN ANTONIO MATEOS PÉREZ dice ser un creyente laico que intenta vivir bajo el carisma de Domingo de Guzmán. Ha vivido su fe desde niño en la Parroquia de la Purísima de Salamanca, donde fue catequista y monitor de Biblia. Además, es doctor en Filosofía y licenciado en Historia contemporánea, habiendo realizado también estudios de Antropología y Teología, estos últimos en la Escuela de Teología de San Esteban de Salamanca. Se ha especializado en el pensamiento español e historia de España del siglos XIX y principios del XX. Sus estudios lo han llevado a la búsqueda no solo de sentido, sino sobre todo a buscar la Verdad del misterio que nos habita, buscando fragmentos de esperanza desde los más necesitados de nuestro mundo.(FUENTE: entreParéntesis.org ).
        Personalmente no lo conozco, sin embargo, después de haber saboreado varios de sus artículos no he podido resistir la tentación de invitarlo a Krisis, dado que a mi juicio sincroniza con el pensar, el sentir y el objeto de este sitio. Su encuentro ha sido fruto de unas de esas sincronías que a veces me suceden al compartir sueños, visiones y misiones. Concretamente fue mi amigo Esteban Tabares, el que me envío uno de sus artículos que me encantó y emocionó muchísimo. Enseguida lo busqué en la Web y comprobé que escribe en un Blog titulado LA POSADA DEL SILENCIO perteneciente al diario SalamancartvALDIA.
         Desde el primer momento me quedé gratamente impresionado al comprobar las abundantes coincidencias entre el pensamiento de Juan Antonio y el mío propio, así que me puse en contacto con él y le pedí autorización para replicar algunos de sus artículos aquí, autorización que obtuve de inmediato y que agradezco de todo corazón.
         Este artículo y otros que posteriormente replicaré están tomados del Blog mencionado perteneciente al diario citado.
         Ni que decir tiene, que Juan Antonio Mateos Pérez, es un escritor brillante y vibrante, con una capacidad para expresar sentimientos profundos fuera de lo común y a mi juicio con una base muy sólida de referencias. Algo, que puede atestiguar cualquiera que los lea y esté interesado en los temas de espiritualidad, desarrollo personal y Derechos Humanos, así como en profundizar en el mensaje original de Jesús “el hijo del carpintero”.

Somos animales éticos porque somos finitos y contingentes, el sufrimiento, el propio y el de los demás, es una presencia inquietante. En último término, la ética no tiene sentido ni por su fundamento, ni por su normatividad, sino por la compasión, nos recuerda el pensador Joan-Carles Mèlich. La vida común surge cuando descubrimos la indigencia, la capacidad de asociarse con otro por la necesidad, llegando a vivir juntos en la misma morada para asociarse y auxiliarse, así lo entendía Platón.

Nunca habitamos del todo nuestra casa, somos como extraños en el mundo, ante al desarraigo existencial debemos resituarnos en cada momento, ante ese “Otro” que nos habita. Martin Buber, lo llama una relación “yo-tú”. Somos naturaleza, lo que nos han dado, lo que hemos heredado o encontrado, pero queremos ser de otro modo, ir más allá, transcenderinventar nuevos parámetros de nuestra existencia. Descubrimos un “sí” profundo y amante, que permanece inherente dentro de nosotros. San Agustín, lo identificó más próximo de mí que yo mismo, constituyendo el Verdadero Yo, pudiendo ser recibido por cualquier persona, desplegando nuestra libertad.

El vivir éticamente estaría muy debilitado, incluso sería casi imposible, sin desarrollar en nosotros la compasión, más en los tiempos que vivimos. La ética de la compasión no es una ética de la piedad, es una de las formas que adopta el poder (A. Camus). La piedad se ejerce desde arriba, desde el ámbito público. La piedad es una compasión pervertida. La ética de la compasión quiere responder a la interpelación ajena, a la presencia y a la ausencia del otro, a su apelación y a su demanda. La interpelación, solo puede existir desde la situación concreta y la experiencia. La ética de la compasión se fundamenta en el sufrimiento, en la misericordia y la solidaridad frente al dolor de los demás.

La sociedad postmoderna en la que estamos inmersos propone el placer como fin vital, sustituyendo la búsqueda de la verdad y su esencia por una serie de sensaciones placenteras por la eficacia psicológica del bienestar. En medio del hedonismo placentero, el sufrimiento, el dolor, incluso la muerte, se presentan como algo obsceno y fuera de lugar. La paradoja está que, al querer escapar del dolor, nos lo hemos encontrado allí donde no se esperaba, en medio de la cotidianidad del bienestar, en la contrariedad de la vida, en el COVID-19, en la precariedad laboral, en la muerte de tantas personas cercanas y queridas. Muchas personas se vienen abajo en presencia del sufrimiento, tratan de abordarlo en la huida, mediante el ego, o bien echando la culpa a los demás.

Uno de los mayores problemas que tenemos en nuestras sociedades es el sufrimiento. Se ha tratado de resolverlo y de explicarlo, pero desde que nacemos hasta que morimos estamos inmersos en él. El espejismo del individuo, es pensar que su sufrimiento es único y personal, el sufrimiento no es patrimonio de nadie, éste como la muerte, forma parte de la vida y es una experiencia compartida por todos. No podríamos ponernos en el lugar del otro sino sintiéramos esa punzada del dolor físico, psicológico o metafísico. La conciencia de cada hombre es la de la humanidad entera y, por consiguiente, también su dolor. El sufrimiento de cada uno es el de la humanidad y viceversa (Krishnamurti).

La compasión complementa el amor, nos llega cuando el amor se ha hecho pasión. La compasión brota cuando se abandona el proceso del pensamiento, pero, muy especialmente, cuando se desvincula del sufrimiento. La compasión no pertenece a la mente, la actividad del pensamiento conduce a la mecanización, al adiestramiento y búsqueda de seguridad; y así deja intacto el orden de la belleza, la energía ilimitada y el misterio. Siguiendo a Krishnamurti, sólo cuando el hombre se siente responsable, es libre, es compasivo. La libertad y la compasión son una sola cosa.

La compasión abre el corazón y nos hace más felices, ya que puede ser considerada como un protector contra las emociones negativas, como la ansiedad, el enfado o el miedo, fomentando la amistad y las relaciones con otros. En una sociedad muy preocupada por los resultados individuales, muchos quieran dar la espalda a la compasión, la consideran una debilidad, pero esto es lo que nos distingue de los animales. Recordemos la historia de “Benjamina” en Atapuerca, como el homo heidelbergensis cuidaba a sus discapacitados, tenía craneosinostosis, sobrevivió unos 10 años gracias a la solidaridad y ayuda del grupo.

La ética de la compasión, más allá de la buena conciencia, quiere hacerse cargo de la inhumanidad del otro (Reyes Mate). La compasión es un movimiento intersubjetivo que parte del caído y que fecunda al que se acerca a él, es en ese momento cuando se alcanza la dignidad de hombres. Pero por otro, hay otro movimiento, el que viene del otro al yo. Aunque la compasión es un sentimiento particular, el otro no es un mero objeto doliente, sino alguien digno de compasión y, desde aquí se abre a la universalidad. ¿Quién es mi prójimo? Como en el Buen Samaritano, no nos interesa descubrir su identidad, sólo nos basta saber que era un hombre. Es un buen momento para despertar esta virtud, esencial para la existencia y la convivencia.

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