Aprendiendo de la adversidad (2)

Por Juan Miguel Batalloso Navas

Viene del post anterior…

Una experiencia cercana a la muerte (2)

LA ADVERSIDAD

Elisabeth Kübler-Ross
Psiquiatra experta en la muerte y en cuidados paliativos. Escritora.

«…La adversidad sólo nos hace más fuertes. Siempre me preguntan cómo es la muerte. Contesto que es maravillosa. Es lo más fácil que vamos a hacer jamás. La vida es ardua. La vida es una lucha. La vida es como ir a la escuela; recibimos muchas lecciones. Cuanto más aprendemos, más difíciles se ponen las lecciones. Cuando se aprende la lección, el dolor desaparece…»

No había ya dolor, ni miedo, ni esperanza, ni sufrimiento. No me preocupaba absolutamente nada, mi mente no podía pensar y recuerdo con nitidez una sensación de plenitud de vida presente, de consciencia absoluta del instante, de una infinita paz acogedora que cuando la recuerdo, me quedo enganchado a ella en el silencio que proporciona la aceptación, de que todo lo que nos sucede tiene un final y un fin.

Era como si en aquel momento el tiempo se hubiese detenido y no hubiera forma humana de ir hacia atrás en los recuerdos, ni  hacia delante pensando en lo que iba a hacer después de que pasara todo aquello. Se me acabaron las programaciones, los proyectos y ese pernicioso hábito mental de estar haciendo algo mientras que piensas lo que vas a hacer a continuación o al día siguiente. Todo aquel miedo y temblores ante la posible fatalidad de la muerte se habían esfumado y la sorprendente e inexplicable paz me hacía flotar y moverme cada vez a mayor velocidad en un túnel-tobogán que nunca antes había visto en mi vida. Ahora cuando intento recordarlo y aunque mi memoria haya almacenado nuevos datos, puedo decir que fueron instantes de una paz infinita en los que nada deseaba, en los que nada me preocupaba ni me ocupaba, en los que nada me motivaba, en los que nada perseguía y quería. Se acabaron las carreras, los teneres y los haceres. Sólo existía el instante, el movimiento de velocidad creciente, la sensación de flotación y las paredes grises del túnel en las que comenzaron a aparecer unas pequeñas luces, que a medida que me acercaba a ellas, pude ir percibiendo con total claridad.

Aquellas luces de las paredes que percibía en la lejanía, se hicieron de pronto perfectamente reconocibles e iluminaban mi viaje por el túnel. De inmediato y con gran sorpresa, me di cuenta de que no eran luces, sino cuadros luminosos que colgaban en las paredes y  todos decorados elegantemente con unos marcos plateados y muy brillantes. En ellos y de una forma inexplicable y sin sentido para mí, aparecían fotografías muy nítidas de personas y escenas que me resultaban completamente familiares. Allí pude ver a toda velocidad incontables escenas de mi vida pasada, de cuando era niño; de mi inolvidable paseo en el tiovivo con mi padre; de mi madre preparando la comida en la cocina de carbón; de aquella película que vi por vez primera siendo muy niño y en la que tanto lloré; de las sombras de los viandantes que se filtraban por la ventana en la penumbra de mi habitación cuando permanecí varias semanas en cama; de cuando iba bañarme en la alberca de las huertas cercanas a mi casa; de cuando repartía cartas con mi padre, él por una acera de la calle y yo por la otra; de mis escasos amigos de adolescencia con los que disfrutaba haciendo travesuras; de las contestaciones que le daba a aquellos profesores y de las “rabonas” que hacíamos por las tardes; de los paseos con Chari con la Ducati que Antonio Durán me prestaba siempre; del día que declaré mi amor a Chari y le dije que me casaría con ella cuando volviera de la mili; del nacimiento de mis hijas; de cuando ganó el PCE las elecciones en Camas y yo iba conduciendo mi 127 amarillo con el altavoz a todo volumen con la canción “El pueblo unido, jamás será vencido“; de cuando mis alumnos hicieron su propio libro de todo el año y de otros momentos de trabajo feliz en las escuelas por las que pasé… Todo un sinfín de escenas que pasaban ante mi vista a toda velocidad y en las que reconocía con exactitud a todas las personas. No pensaba nada ni sentía nada porque el estado mental que recuerdo era de total paz y bienestar y aquellas escenas no suponían absolutamente nada triste o que significase despedida. Era como un paseo feliz, contemplativo y sereno por momentos de mi vida reflejados en personas muy familiares y queridas para mí, pero que en aquel instante no me producían más que una serena y agradable sorpresa sin ningún tipo de estridencia emocional.

Todo era muy rápido y las numerosas escenas de mi vida presentadas en aquellos cuadros de marcos plateados, luminosos y brillantes, pasaban a toda velocidad por mi espacio visual, apareciendo y desapareciendo como los árboles que pasan por la ventanilla cuando los vemos desde nuestro asiento del autobús o del tren. De pronto, mientras divisaba aquel sorprendente espectáculo y dado que iba hacia abajo en mi movimiento, comienzo a darme cuenta de que al final, en la lejanía del túnel-tobogán, había una gran puerta rectangular cerrada con dos hojas, de la que salían unos rayos de luz muy potentes y extraordinariamente blancos y brillantes. Unos rayos que se filtraban por las rendijas y huecos de la misma, pero que anunciaban que lo que había detrás era algo que emitía una luz extraordinariamente intensa y cegadora que no podía identificar.

Poco a poco y a medida que me iba acercando a la gran puerta, fui percibiendo que todo se iba haciendo más lento, más suave y que los cuadros luminosos que acababan de pasar por mi espacio visual habían desaparecido. Sentí como mi cuerpo continuaba en un estado de bienestar nunca antes experimentado y que conforme la puerta estaba más cerca, mejor era mi estado, un estado en el que no pensaba nada, ni sentía nada, porque además los cuadros de las escenas de mi vida en las paredes, habían desaparecido sin dejar ningún rastro en mi memoria. Llegué muy cerca de la puerta y en ese momento percibí y sentí como una nueva dimensión de la paz de la que ya gozaba. Era como una especie de serena conformidad alegre de que había llegado a la meta, mientras que la inmensa y cegadora luz que se repartía en finísimos rayos que salían por las rendijas de la puerta y que curiosamente se deslizaban en un vaivén, me hicieron sospechar que detrás de ella había algo o alguien que se movía. Fue precisamente en ese instante cuando toda mi visión desapareció instantáneamente y me vi nuevamente en la mesa del quirófano mirando aquellos hilos blancos que penetraban por mis coronarias en la pantalla del gran monitor.

Volvieron los calores, volvió el miedo, pero esta vez había en mí un sentimiento de aceptación y de bienestar que me proporcionaba un especial estado de serenidad que nunca antes había experimentado, estado que me fue permitiendo olvidarme de mí mismo y abandonarme completamente a todo lo que pudiera suceder. Me sentía completamente rendido, abandonado y sin hacer esfuerzo alguno por luchar o resistirme a nada. Fue entonces cuando la calma comenzó a instalarse en todo mi ser y todas las sensaciones de inquietud, temor y miedo desaparecieron. Me rendí completamente a la situación y mis sentimientos de rebelión y desobediencia que tantas veces había experimentado a lo largo de mi vida, quedaron sumergidos en un abandono total de quien confía en que nada de lo que sucede depende ya de su voluntad. Fue en aquel momento cuando comencé a tomar conciencia de que todo lo que nos ocurre y lo que existe, está inscrito o pertenece a un océano infinito en el que todo está conectado con todo. Y así, sin darme cuenta, me descubrí recitando continuamente aquellos versos de Santa Teresa de Jesús que tantas veces me habían servido para calmar mi inquietud y prestar atención a aquellas situaciones y problemas en los que no era capaz de encontrar una salida satisfactoria.

Así fue realmente como descubrí una nueva dimensión de mi existencia que nunca antes pude haber imaginado y que realmente transformó mi vida haciéndome comprender que cualquier situación de adversidad, cualquier suceso doloroso encierra la posibilidad de convertirse en un acontecimiento transformador, en su doble sentido de cambio exterior, de forma, lugar o circunstancias, como de cambio interior formativo y autoformativo.

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