Aprendiendo de la adversidad (6)

Por Juan Miguel Batalloso Navas

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Empezando a aprender

La principal lección: EL AMOR INCONDICIONAL

Elisabeth Kübler-Ross (1926-2004)
Escritora y Psiquiatra especializada en el estudio de la muerte y tratamientos paliativos.

«...El mayor regalo que hizo Dios al hombre es el libre albedrío. Pero esta libertad exige responsabilidad, la responsabilidad de elegir lo correcto, lo mejor, lo más considerado y respetuoso, de tomar decisiones que beneficien al mundo, que mejoren la humanidad. En esta fase se les preguntaba a las personas: "¿Qué servicio has prestado?" Ésa era la pregunta más difícil de contestar; les exigía repasar las elecciones y decisiones que habían tomado en la vida para ver si habían sido las mejores. Ahí descubrían si habían aprendido o no las lecciones que debían aprender, de las cuales la principal y definitiva es el amor incondicional...»

        ¿De dónde salieron entonces las fuerzas para recuperarme de aquel percance? ¿De dónde obtuve la energía para alimentar ese cambio de vida que la enfermedad había provocado? ¿Cómo hacía para conseguir poco a poco mayores y mejores estados de paz y tranquilidad? ¿Por qué se me ocurrió embarcarme en proyectos que nunca antes se me hubiesen ocurrido? ¿De qué forma desaparecieron de mí casi todos los miedos? ¿Qué recursos psicológicos movilicé para recuperarme? ¿Cómo afronté el hecho de mi incapacidad laboral? ¿Qué aprendí realmente en estos procesos y a partir de aquel accidente? ¿Ha sido necesario pasar por esas dificultades para llegar hasta aquí? ¿Qué implicaciones tiene esta experiencia personal en mi forma actual de ver el mundo? ¿Qué elementos formativos y educativos pueden desprenderse de todo ello? Veamos si soy capaz de responder poco a poco a estas cuestiones.

        Hay algo de entrada que siempre tengo presente y es el hecho de que todos los aprendizajes emocionales y cognitivos que creo he ido desarrollando a lo largo de mi vida, han estado y siguen estando profundamente interconectados. Dolor, miedo, tristeza, inquietud, ansiedad, soledad y otras muchas sensaciones o sentimientos negativos se han ido presentando seguidos, e incluso simultáneamente muchas veces, de aquellos otros positivos, como alegría, placer, serenidad, calma, compañía, acogimiento, etc. Y esta sensación de interconexión me ha llevado a tomar plena conciencia de que todo es absolutamente transitorio, huidizo, cambiable, provisional y que en definitiva, lo que nos sucede, aunque se nos presente como la mayor de las calamidades o como el mayor de los placeres o de los éxitos, de una u otra forma pasará y cambiará. Por tanto, perseguir metas como si nos fuera en ello la vida, sacrificándolo absolutamente todo a las mismas, carece de sentido porque lo verdaderamente importante, no es tanto el lugar o el objetivo al que nos dirigimos sino el camino que hacemos para conseguirlo y los recursos que tenemos que desplegar para recorrerlo. E incluso digo más, si tu camino no tiene baches, ni piedras, ni barro con los que puedas tropezar, caerte, estancarte, herirte o pensar “ya no puedo más” no habrás aprendido nada. Sin duda, Don Antonio Machado tenía y sigue teniendo razón

CAMINANTE, NO HAY CAMINO, SE HACE CAMINO AL ANDAR

Antonio Machado (1875-1939)
Poeta español y universal

PROVERBIOS y CANTARES --- XXIX --- Caminante, son tus huellas el camino, y nada más; caminante, no hay camino, se hace camino al andar. Al andar se hace camino, y al volver la vista atrás se ve la senda que nunca se ha de volver a pisar. Caminante, no hay camino, sino estelas en la mar. --- XLIV --- Todo pasa y todo queda, pero lo nuestro es pasar, pasar haciendo caminos, caminos sobre la mar

        En este sentido y desde una perspectiva educativa, los aprendizajes verdaderamente significativos son aquellos que partiendo de una dificultad, un obstáculo o una necesidad que se nos presenta como reto, se producen en el transcurso de las acciones o de los procesos que establecemos para llegar a conseguir objetivos y metas. En consecuencia, la bondad o pertinencia de cualquier objetivo educativo no reside exclusivamente en el valor o utilidad de la conducta que define, sino sobre todo en las posibilidades que ofrece para ser conseguido por diferentes caminos y en las oportunidades que pueden derivarse de su consecución en el camino a recorrer para conseguirlo. Dicho de otra forma, esto significa asumir que todo proceso educativo, y no me estoy refiriendo a los estudios o a los títulos y certificados, sino a la Educación que te da la Vida, es en realidad una peregrinación, un acto de valor, un acto de esfuerzo al que inicialmente puede que no se le vea el sentido. Una peregrinación en la que siempre tienes una meta de llegada, que incluso cuestionas como necesaria, pero es el camino el que te va proporcionando los aprendizajes fundamentales para la vida y para la propia llegada a la meta e incluso para sustituirla y cambiarla por otras metas. Todo está pues complejamente mezclado y todo está sometido a la ley del cambio, a la transformación y a todo tipo de acciones, retroacciones y recursiones. Todo está sometido, como nos enseña el budismo, al principio de impermanencia.

        Cuando trato de profundizar en las fuentes de energía interior que me han dado fuerza y valor para superar, o al menos para hacer frente con un cierto éxito a situaciones adversas, no tengo ya ningún rubor en declarar que esa energía procede de un sentimiento íntimo de confianza básica en mis posibilidades que ha ido poco a poco madurando a partir de mi infancia. Una infancia por cierto, que también tuvo sus dificultades y adversidades pero en la que mis padres me colocaron en las condiciones necesarias para que emergieran mis propias posibilidades de desarrollo. Fue en esa infancia, mezclada de protecciones e inseguridades, de enfermedades y pequeñas aventuras arriesgadas, de escasez y de deseos insatisfechos, de castigos y sanciones, así como de la posibilidad de hacer algo diferente y siempre novedoso ya entrada la pubertad, la que me permitió en gran medida aprender a confiar en mis propias fuerzas. Fueron pues mis padres, los que sin proponérselo como programa formativo, me proporcionaron las suficientes dificultades y las necesarias ayudas, así como los espacios de autonomía indispensables y necesarios para que desde muy niño pudiese gozar de la capacidad de cometer errores y tener que buscar así mi propio camino, o mi propia solución para resolverlo o subsanarlo.

        Además de esta confianza básica adquirida gracias a mis padres y a los ambientes educativos que ellos me proporcionaron,  debo añadir algo que siempre, desde que tengo conciencia de mí mismo me acompañó. Algo que creo está más allá de la autoestima o confianza básica en uno mismo. Se trata de una especie de fe o sentimiento espiritual y casi religioso, en que siempre existe una posibilidad de salida, arreglo o solución a todos los problemas; de que siempre hay alguien o algo que me protege o de que por muchas que sean las dificultades siempre hay en mí una especie de llama interior, casi siempre imperceptible, que se mantiene encendida alumbrándome en todas las situaciones de adversidad. Y tal vez sea ese sentimiento o esa percepción que fue casi siempre para mí ignorada e inconsciente, la que permitió desde mi adolescencia arriesgarme en travesuras, aventuras y sobre todo apostar muchas veces por desobedecer y rebelarme contra cualquier cosa que considerara injusta o perjudicial para mis deseos. Todavía recuerdo los castigos que me infringieron algunos de mis profesores y las broncas posteriores de mi padre y todo simplemente por desobedecer al profesor o no cumplir las normas establecidas.

        En décadas anteriores al accidente que cambió mi forma de ver el mundo y la realidad, nunca tuve especiales preocupaciones espirituales y mi vida transcurría en un agnosticismo en el que me era siempre imposible afirmar o negar la existencia o la presencia de algo que no fuera producto exclusivo de procesos bioquímicos y neurofisiológicos. Es más, llegué a estar absolutamente convencido durante largos años, que todo fenómeno de fe en supuestas entidades, verdades reveladas o realidades que actúan o influyen en nuestra conducta, no eran más que mecanismos psicológicos de defensa y de proyección para garantizar nuestra supervivencia o para hacernos olvidar de forma enajenada y vicaria, determinadas realidades sociales y vitales opresivas, injustas y dolorosas. Y ahora, cuando paso por una situación verdaderamente significativa y con riesgo, resulta que lo que cuestionaba con un cierto rigor científico, se me desmoronaba ante la experiencia vivida. Fue a partir de entonces cuando me dispuse a una búsqueda interminable de convergencias, coincidencias, relaciones, vinculaciones entre lo que consideramos como mundo científico y como mundo espiritual, búsqueda que me permite el hecho placentero de estar escribiendo esto ahora y de poder contarlo con toda la sinceridad de que soy capaz.

        Es en este punto cuando con entera tranquilidad puedo afirmar que me siento una persona creyente, creyente en que la vida es un misterio; creyente en que la vida es un regalo; creyente en que lo que hay detrás de una flor, una montaña, un pajarillo o una mariposa es exactamente lo mismo que hay detrás de unos ojos que te miran con atención, de unos brazos que te acogen en un caluroso abrazo, de un niño que juega y se cae, o de un anciano que repite sin cesar las bondades y peripecias de sus batallas libradas. El alimento pues de todo esto, lo obtuve de aquella experiencia que de forma directa y personal me enseñó que el ser humano se inscribe y sitúa en varias dimensiones que están tejidas en una red singular entre sí, dimensiones que de alguna manera se corresponden con diferentes niveles de realidad y percepción como señala Basarab Nicolescu.1 Ref.NICOLESCU, Basarab. (1996). Transdisciplinariedad. Manifiesto. Multiversidad Mundo Real Edgar Morin, A.C. Hermosillo. Sonora. México. -Puedes leerlo y/o descargarlo aquí Nada pues está aislado; nada pues está sólo y todo lo que nos sucede y procesamos como información y conocimiento está complejamente conectado. Todo, absolutamente todo está tejido en conjunto y cualquier acontecimiento por insignificante que sea, puede trastocar una vida entera y conducirla por caminos nunca antes explorados. Nada puede sustraerse en definitiva del “principio de ecología de la acción” formulado por Edgar Morín y en el que se afirma que cualquier acción que realicemos, al ser disparada en su realización, lo hace siempre en un contexto de tales dimensiones e interrelaciones que sus consecuencias y efectos son incontrolables para el sujeto agente, de forma que incluso, lo que intencionalmente se realizó con una determinada finalidad puede convertirse en su propia negación

3 comentarios sobre «Aprendiendo de la adversidad (6)»

  1. Gracias por ese desglose de peregrino eterno. Gracias por dejar las ropas y entrar en el mar. Gracias a Eso que nos conforma y entrelaza en el camino de esta absoluta impermanencia y me ha permitido conocer el tesoro de tu creación.
    Te parafaseo, a más avanza, te descubres
    MAGISTRAL

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