Espiritualidad

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AngelBudista

La palabra o el término «Espiritualidad» es para mí indefinible y cada vez que intento analizar este concepto, no soy capaz siquiera de acotarlo o de reducirlo a un espacio personal concreto. Es como si se me escapase de los esquemas e ideas de mi mente porque nunca puedo clasificarla o encerrarla en un apartado o en una categoría de conceptos. Pero lo más curioso, es que cuando intento hacer un análisis con objeto de describir o explicar de que se trata, más lejana e indefinible se me presenta esta palabra-idea. Sin embargo cuando no pienso, ni intento apresarla en las paredes de mis preconceptos y creencias; cuando menos me lo espero y en cualquier momento fortuito, se me aparece en todo su esplendor para mostrarse en mí como una especie de conexión total con todo lo existente. Paradójicamente, cuanto más la busco, menos la encuentro y cuanto menos, de repente se me presenta como una especie de luz que todo lo ilumina dotando de sentido y validez a la experiencia, al estado o a la acción concreta que en ese momento estoy realizando.

SabiosEspiritualesYa sé, que son muchísimos los sabios personajes de las más diversas culturas, filosofías, tradiciones, religiones de todos los tiempos que han conseguido tener una idea clara y precisa de lo que es la “espiritualidad“. Pero por mucho que se haya escrito y dicho de ella, para mí es algo indescriptible, indefinible e irreductible que no puede ser comunicado con palabras. Y es que la “espiritualidad” pertenece a la categoría de los fenómenos humanos inexplicables y por supuesto irreductibles, que únicamente cobran forma, sentido y materialidad en la experiencia íntima de cada ser humano y por tanto son también intransferibles, es decir, no pueden ser comunicados o enseñados de forma directa y aunque todas las experiencias humanas de espiritualidad presenten rasgos que parecen semejantes, en realidad son siempre singulares y únicos de la persona que las vive o experimenta.

Es conocido, que todas las nuevas investigaciones de la psiconeurología, han encontrado ya las zonas del cerebro que se activan con la experiencia espiritual, así como los procesos químicos que subyacen en la misma. Sin embargo, la experiencia de cada ser humano cuando la encuentra y la goza, además de ser irrepetible, es siempre particular y específica. Por eso entiendo que todo intento de catalogarla, patrimonizarla, teorizarla o convertirla en doctrina, en religión o en iglesia con profesionales que la administran, es inútil, además de estúpido, porque la experiencia espiritual nos sobrepasa, excede a cualquier otra y por eso me atrevo a calificarla de trascendente, en el sentido de que supera a cualquier otra, al mismo tiempo que impregna, colorea y estructura el sentido de todo lo que vivimos y experimentamos..

Es cierto que los fenómenos y experiencias espirituales históricamente se han asociado siempre a religiones e iglesias; a doctrinas, ceremonias, iconos e imágenes de culto, así como a los dogmas establecidos por ellas. También a lo sagrado, litúrgico y lo profesionalmente especializado como sacerdocio y todas sus variedades de predicadores, diáconos, curas, obispos, cardenales, popes, pastores, imanes, monjes, brahmanes, gurús y demás categorías de especialistas y administradores de la fe en un supuesto y específico “Dios”, pero a mi juicio, estas asociaciones no explican nada.

Es cierto también que estas experiencias corren de la mano de lo que el prestigioso psicólogo humanista Abraham Maslow denominó como “experiencias cumbre“, que son aquellas experiencias humanas totales e integradoras que nos producen estados de conciencia llenos de armonía, paz, gozo, conformidad, plenitud, aceptación y sobre todo autorrealización, pero tampoco Maslow nos puede enseñar nada, si no hemos sido capaces de experimentarla. En el fondo creo que a la espiritualidad se le puede aplicar aquello que decía Krishnamurti cuando afirmaba que “la verdad es un territorio sin caminos

Sin embargo, la «Espiritualidad», aunque esté evidentemente relacionada y en mayor o menor conexión con todo eso, en realidad no es nada de eso, dado que ella pertenece al reino de lo abstracto, sutil, inmanente y al mismo tiempo al mundo interior de emociones, sentimientos y creencias íntimas y profundas  que cada ser humano, de una u otra manera, o con mayor o menor intensidad, alberga o puede albergar en su interior. Pero además porque esta palabra y su significado ha sido, regulado, dogmatizado, dirigido y manipulado por las estructuras de poder de las diferentes iglesias que en el devenir histórico han orquestado un sinfín de tradiciones, mitos, ritos y costumbres cuya misión, entre otras, ha estado siempre orientada a visibilizar y mostrar quien tiene realmente el poder y que es lo que debe hacerse o no para seguir manteniendo la superioridad de los supuestamente “elegidos” para interpretar y decidir que es lo que debe o no creerse. No en vano, todas las iglesias de las más diversas religiones tienen en mayor o menor intensidad, varias características comunes que dicen mucho, tanto del interés por adoctrinar, catequizar y en definitiva doblegar las conciencias de las personas como de ejercer un poder tanto en sus fieles como en el conjunto de la sociedad. Y entre estas características se encuentran por ejemplo: el patriarcado o el ejercicio del poder de los hombres sobre la otra mitad de la humanidad que son las mujeres; los nombramientos de sus cargos por designación sustrayendo a sus fieles el poder de decidir y elegirlos democráticamente; la promoción cubierta y encubierta del miedo, la culpabilidad y la represión, especialmente en lo relativo a asuntos sexuales o sencillamente la adhesión incondicional a todo el conjunto de ritos y liturgias que en muchos casos se consideran preceptivas y de obligado cumplimiento o incluso también las alianzas estratégicas y tácticas con los poderes económicos, políticos y culturales de las sociedades que en última instancia siempre han servido históricamente para consagrar, legitimar y naturalizar la dominación de unas clases sociales sobre otras.

Por todo esto considero que la palabra «espiritualidad» y el significado que lleva implícito, es de esas palabras que no pueden realmente definirse porque es cada ser humano en particular el único que puede encontrar el sentido, el significado y el valor de la misma. No se puede definir, porque sus significados no pueden acotarse con términos precisos y exactos, como tampoco encerrarse en un cuerpo determinado de doctrinas eternas o universalmente válidas y verdaderas.

La espiritualidad es entonces un término, al decir del prestigioso psicólogo, ensayista, conferenciante y maestro espiritual franco-brasileño Pierre Weil (1924-2008), al que tuve la gran fortuna de conocer y escuchar personalmente en Brasilia meses antes de su fallecimiento, que hay que «infinir». Y esto en otras palabras quiere decir, que  hay que entenderla como todo aquello que no tiene ni principio ni fin, remitiendo a lo que siempre está abierto y por su propia naturaleza es sintético, integrando las diversas perspectivas y dimensiones de cualquier hecho humano, que siempre está en movimiento, en proceso de cambio, siendo susceptible de ser recreado, reconstruido, reaprendido. Por el contrario al «definir» estamos haciendo referencia al análisis, descripción, enumeración de elementos constitutivos, delimitación, acotación y/o cuantificación. En consecuencia la espiritualidad no es definible, sino infinible, algo que sucede por ejemplo también con la palabra «Amor».

Y esta breve introducción acerca de la confusión entre religión y espiritualidad, o entre la apertura, la flexibilidad y la integración de la espiritualidad en todas las dimensiones y facetas de la vida individual y social de cualquier ser humano que siempre está integrada y se sostiene en la Madre Naturaleza, me lleva a traer aquí una de las a mi juicio más bellas y esclarecedoras descripciones del significado de la espiritualidad tomada del Hua-Hu-Ching, que es atribuido a Lao Tsé

«El pensamiento dualista es una enfermedad. La religión es una distorsión. El materialismo es cruel. La espiritualidad ciega es irreal. Cantar no es más sagrado que escuchar el murmullo de un arroyo, pasar las cuentas de un rosario no es más sagrado que simplemente respirar, los hábitos religiosos no son más espirituales que la ropa de trabajo. Si deseas alcanzar la unidad con el Tao, no te dejes atrapar en superficialidades espirituales. Por el contrario, vive una vida tranquila y simple, libre de ideas y conceptos. Encuentra la satisfacción en la práctica de la virtud sin hacer distinciones, que es el único verdadero poder. Dando a los demás de manera generosa y anónima, irradiando luz por el mundo e iluminando tu propia oscuridad, tu virtud se convierte en un santuario para ti mismo y para todos los seres. Esto es lo que quiero decir cuando hablo de encarnar el Tao. »

¿Cuál es el objetivo entonces de este apartado de “Krisis“? Sencillo: ofrecer todas aquellas herramientas o instrumentos que he utilizado en determinados momentos de mi vida y que me han servido personalmente para acercarme a la espiritualidad como el encuentro y la experimentación de momentos vitales de felicidad, armonía, paz, serenidad, plenitud, sosiego, aceptación o en definitiva de conexión con todo lo existente y encuentro con lo inefable, es decir, con aquello que no podemos explicar con palabras. Por eso me gusta tanto Walt Whitman cuando canta y me llama diciéndome “No te desanimes, persevera. Hay cosas divinas encubiertas. Te juro que hay cosas divinas encubiertas que las palabras no pueden explicar”

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