Mundo interior

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ANICCA JONÁS Y LA LLAMARADA KARMA, FE y BENDICIÓN AGRADECIMIENTO

CabeceraANICCA

Una de las enseñanzas fundamentales de Siddharta Gautama, El Buda, es co­nocida como las Tres Características de la Existencia. Explica cómo es la natura­leza del mundo percibido y de todos los fenómenos del mismo. Éstos están sujetos a tres características: la impermanencia, la insustancialidad y la insatisfactoriedad. 

 La práctica budista considera que el factor último de liberación del individuo no consiste en un mero conocimiento lógico o teórico de estas tres realidades, sino en su comprensión y aceptación emocional interna auténtica y plena, consecuente con la actitud y el comporta­miento en la vida. 

 El término ANICCA viene del pali (lengua que procede de los Vedas y tiene una estrecha relación con el sánscrito clásico) y significa transitoriedad, cambio, impermanencia, fugacidad, provisionalidad, caducidad…  

 El budismo afirma que tanto nuestra realidad interior como la del mundo externo, están siempre en un estado de cambio permanente. La estabilidad, sea en los átomos, en las cordille­ras montañosas, o aún en nosotros mismos es una ilusión vana que no se corresponde con la realidad. Para el budismo, ninguno de nosotros es física, emocional ni mentalmente la misma persona que éramos hace años. Ni siquiera hace minutos o un sólo instante. Todas las situacio­nes, todas las entidades, todos nuestros pensamientos y todos nuestros estados de ánimo na­cen, ganan fuerza, se deterioran y desaparecen. Para el budismo, somos seres cambiantes en un mundo cambiante. Por eso no nos es posible encontrar seguridad permanente ni certidumbre absoluta, incluso en el más próximo futuro. 

 De acuerdo con ANICCA, la vida humana manifiesta continua y permanentemente este flujo de movi­miento-cambio-transformación, caducidad-muerte y renovación-nacimiento, que en términos budistas se le denomina samsara , que es el ciclo de nacimiento y renacimiento, envejecimiento y muerte, y que siempre aparece en toda experiencia de pérdida. Puesto que todas las cosas son transitorias, aferrarse a ellas es un empeño vano que conduce al sufrimiento. Así pues, todo es dukkha, como dice la 1ª Noble Gran Verdad del budismo. 

A estas alturas de mi vida, puedo decir sin temor a equivocarme o a ser considerado como chiflado, que la meditación sobre la impermanencia y la caducidad de todo lo que existe (ANICCA) tiene el poder de disminuir nuestro apego a esta vida, de hacernos conscientes de nuestro Ego y de ayudarnos a practicar la virtud y hacer el bien, algo que en mi opinión se fundamenta en las siguientes razones: 

  1. El Universo que aparentemente se nos presenta como sólido y firme, en reali­dad está en movimiento y en expansión, pero lo mismo, al término de un ciclo cósmico o como efecto multicausal de esta civilización capitalista, depredato­ria y generadora de muerte y destrucción, pues la vida humana y natural de nuestro pequeño planeta acabará por terminarse poco a poco. Algo que no está tan lejos, como así nos informan actualmente todos los informes sobre el “ca­lentamiento global” y demás efectos ecológicos del industrialismo capitalista.
  2. La impermanencia y la caducidad de todo lo existente, se manifiesta de una forma sencilla y natural en la evolución del tiempo, el cambio progresivo de las estaciones, el verano, invierno, otoño y primavera. El día, la noche. Todo va cambiando de minuto a minuto de segundo a segundo, de instante en instante.
  3. Está muy claro también y esto es una verdad incontestable, que todos los seres en algún momento moriremos. Los que pertenecen al pasado ya están muertos y si existen solamente pueden hacerlo en nuestros recuerdos y en nuestra me­moria individual y colectiva; los del presente, yo que escribo y tú que lees, no hay ninguna duda de que en algún momento moriremos (cuanto más tarde mejor, je, je, je…). Y los del futuro, aunque surjan inventos tecnológicos que prolon­guen la vida, pues indefectiblemente también morirán. Nuestra vida, lo quera­mos o no, es un camino hacia la vejez y la muerte y esto no debe suponer en nosotros ningún tipo de pesadumbre, sino todo lo contrario: una oportunidad para aprovechar bien nuestro tiempo presente. Nadie sabe cuánto tiempo vi­virá, algunos mueren en el vientre de la madre, otros al nacer, otros en la in­fancia, en la juventud y otros en la vejez, por tanto, tenemos que aprender a vivir el presente y tomar este regalo, lentamente, saboreándolo sorbo a sorbo como si fuera un buen vino.
  4. Todas las riquezas que poseemos, los amigos, familiares, propiedades, títulos y demás cosas que hemos acumulado en nuestro peregrinar y que conforman esa pesada mochila que nos impide muchas veces caminar, no nos salvarán de la muerte, sino que incluso nos la pueden curiosamente acelerar. Como dicen los budistas, cuando pasamos al bardo (el estado intermedio) no nos llevaremos absolutamente nada, sino nuestra conciencia y las acciones buenas o malas que hemos realizado, que desde luego permanecerán en el recuerdo de las personas que nos quieren o nos aman, pero que finalmente, con el tiempo y en las gene­raciones venideras, acabarán también por extinguirse.
  5. Por último, es una realidad también que nuestra vida humana es de una fugaci­dad absoluta e infinitesimal, sobre todo si la comparamos con los más de trece mil millones de años de existencia del Universo que conocemos. En consecuencia, debemos ser muy conscientes de que el tiempo perdido no se recupera jamás, por eso hay que aprovecharlo al máximo de forma que podamos practicar el bien y la virtud, o si se prefiere, alcanzar una felicidad, una paz y una alegría interior permanentes, lo que para los budistas significa liberarse del samsara y alcanzar el estado de Buda.

En definitiva y de una u otra manera, el término ANICCA, concuerda a mi juicio con uno de los libros bíblicos que siempre tengo de cabecera, el Eclesiastés, en el que se nos viene a decir más o menos, que por mucho que nos afanemos, nos ocupemos y preocupemos por nuestra existencia, al final nada permanece porque todos sin excepción moriremos.  

¿Y qué me dice a mí todo esto en este momento de reflexión? Pues me dice algunas cosas, o al menos en este rato que he echado pensando y escribiendo, me dice esto: 

Primero: Que todos mis estados de ansiedad, angustia, tristeza, desazón, preocupación, inquietud y temor por el futuro terminan por disolverse de un tiempo a otro, de un día para otro, de un momento para otro. Y esto es así, porque mis estados psíquicos y los de todos los humanos, son como oleadas de un mar cuyo movimiento está originado por el estado de mi mente. En consecuencia, si mi mente está serena, centrada, alineada y enfocada, esos estados desaparecen y me permiten un mayor bienestar y una mayor conciencia de lo que percibo, de lo que siento y de lo que hago. 

 Segundo: Lo importante para mí, es ser consciente de lo que me está sucediendo en el mismo instante en que me sucede. Así, por ejemplo, cuando me encuentro mal (ya sea inquieto, malhumorado, ansioso, enfadado, deprimido, triste, rabioso, lleno de ira, asustado, con mucho miedo, a punto de disparar palabras o acciones reactivas o de respuesta a una supuesta agresión…) intento darme cuenta y asumir de que me encuentro en un estado de turbación. En esos instantes de postración, aunque no siempre me doy cuenta de ellos, mi primera medida es buscar un remedio para calmarme. Intento buscar como una especie de pastillita que solamente me sirve para parar o frenar en seco ese estado. Y esa especie de pastillita, la encuentro siempre en mi mantra preferido, que es la oración de Santa Teresa de Jesús «Nada te turbe, nada te espante, todo se pasa, Dios no se muda, la paciencia todo lo alcanza, quien a Dios tiene nada de falta, sólo Dios basta». Es obvio pues, que cada uno tiene que buscar su propia pastillita, si es que su deseo es salir del estado de turbación en que se encuentra. Y en esto de las pastillitas que ponen freno a los estados de turbación y postración hay muchas, pero hay que tener mucho cuidado, porque el mercado capitalista ha desarrollado numerosos procedimientos, que aunque pueden calmar los síntomas, la enfermedad sigue su curso, expresándose en mil formas de vacío existencial.

Tercero: Obviamente, y dado que el término “Dios” es un invento humano, o nada más que un nombre cuya realidad no puedo conocer racionalmente, por mucho que se empeñen los teólogos en caracterizarlo y atraparlo, pues aquí, en esta maravillosa contribución de la mística, Teresa de Ávila, particularmente yo, lo sustituyo por el Universo, la Energía Originaria, el Gran Océano, la Inmensidad Inconmensurable, lo o la Innombrable o aquello que no vemos ni podemos probar o definir, pero que sin embargo todo lo atraviesa, nos contiene y en Él navegamos. Claro, que para un creyente-ateo como yo (otro día lo explico), el término “Dios” puede ser también nombrado y sustituido por el Amor de los Amores y/o el Verbo hecho Carne en la vida de Jesús el Hijo del Carpintero, mi amigo y camarada Antonio Suárez, Martin Luther King y otros muchos y muchas que nos liberan de la mediocridad y de las contradicciones y errores de la condición humana, que aun aceptándolas y sufriéndolas en sus carnes, se rebelan y desobedecen hasta el final de sus vidas contra toda forma de opresión e injusticia venga de donde venga, ya sea del exterior o de su propio interior. 

 Cuarto: En este sentido, de no dejarme atrapar en emociones y sentimientos negativos o autodestructivos, también procuro distanciarme, ver en perspectiva, o hacer un esfuerzo por salirme de ese estado mirando más allá o transcendiendo, es decir, adoptando como le gusta decir a muchas personas que conozco, una mirada transdisciplinar, o sea, comprendiendo que existen realmente diferentes niveles de realidad, que todo está complejamente interconectado y que la lógica del tercero incluido funciona en el sentido de que lo que aparentemente se presenta como incompatible o contradictorio puede estar integrado en una nueva dimensión o realidad que lo trasciende (Basarab Nicolescu). Obviamente, esto no es nada fácil y es muy duro para mí, porque cuando estoy en un estado de turbación es como si estuviese ciego, sordo o paralítico porque no soy capaz de encontrar salidas y ponerme en movimiento positivo. Por eso, al menos, procuro pensar en que todo pasará, que todo cambia, que horas más tarde estaré mejor, que mañana será otro día, o que “Nadie se muere en vísperas” como decía mi amigo Pepe García Calvo q.e.p.d. Y efectivamente así sucede, porque todo es impermanente como decía Buda. Por eso también, creo cada vez con mayor convencimiento, que todos los humanos deberíamos tener una conciencia profunda de que nada nos debe turbar porque todos al fin y al cabo formamos parte de esta existencia que se nos manifiesta como cambiante y paradójicamente permanente, porque es al mismo tiempo pre-existente y post-existente. Sin embargo, misteriosa y milagrosamente, los humanos tenemos la capacidad o el  don de trans-formarla trans-formándonos y este es en mi opinión, el principio para alcanzar la serenidad y la paz, un principio que también puede aplicarse a toda educación, ya que la educación no es más que un proceso permanente de trans-formación del ser, del hacer, del conocer, del convivir y del responder con compromisos personales a los obstáculos que impiden la vida. 

Quinto: ANICCA también me dice que debo aprovechar muy bien el tiempo del que dispongo, que debo vivir intensamente cada momento, porque cada momento en realidad es el primero y el último al mismo tiempo (lógica del tercero incluido) y porque la vida es esto que estoy escribiendo en este instante, este gozo íntimo que siento al reconocerme y reconocer a todos los humanos como seres misteriosos y divinos. Esto es muy difícil también para mí, porque a lo largo de toda mi vida he adquirido unos hábitos que me han impedido disfrutar de lo que en cada momento hacía, algo por cierto que me produce pesar, porque me doy cuenta de que cuando creo sentir chispas de entendimiento de esto que llamamos vida humana personal, es cuando menos tiempo me queda físicamente de estar aquí.   

 Sexto: Cuando emprendo cualquier acción y no la realizo con plena concentración, sino que al mismo tiempo intento hacer varias cosas a la vez y pienso en lo que voy a hacer después cuando la termine o en lo que tengo pensado hacer mañana, entonces pues de una u otra manera me agobio y me gana la ansiedad. Sin embargo, también me he dado cuenta de que cuando me concentro plenamente en la tarea que estoy realizando y me olvido de todo lo demás empeñándome en hacerla como si eso fuese lo único importante y transcendental para mí, alcanzo por momentos, una tranquilidad muy grande; el tiempo lo percibo como mucho más lento; tengo la sensación de hacer la tarea sin esfuerzo y además obtengo placer y gozo en la misma. Y esto me ha sucedido, tanto en aquellas tareas que especialmente me gustan y atraen, como por ejemplo escribir esto, como en las que inicialmente me disgustan. 

 Cuando tengo que abordar una tarea que no deseo hacer pero que debo hacer, procuro hacer dos cosas: primero pensar que todo pasará, que debo tener paciencia porque dentro de un tiempo todo quedará solucionado, pero esto es de alguna manera una racionalización del disgusto inicial y no me funciona bien. No obstante, he de decir que cuando afronto la tarea intentando desarrollarla con lentitud, observando, percibiendo y sintiendo todos los movimientos y detalles, haciendo que todo funcione a menor velocidad, al mismo tiempo que recito un mantra o una oración, realmente siento que la tarea que realizo me proporciona un estado de sosiego y tranquilidad muy grande. Concentrarme por tanto en la acción, desmenuzarla y reflexionar dentro de la acción misma, no antes, ni después, sino dentro y en la acción, no solamente me proporciona tranquilidad sino también gozo. aunque inicialmente la tarea que hago no fuese mi deseo hacerla. Este asunto ha sido desarrollado muy bien por el psicólogo Mihaly Csikszentmihalyi, en su libro “Fluir”.

Todo es pues impermanencia, todo es movimiento, todo es fugacidad, por eso intento en la medida de mis fuerzas no agarrarme a nada, o al menos no agarrarme nada más que a aquello de lo que no puedo prescindir y aun así cometo fallos todos los días. Yo sé que soy un ser que tengo una historia y que lo que soy es el resultado de mi historia, pero mi historia quiero hacerla yo en cada instante y no ese personaje que he construido haciendo mi historia y ahora a estas alturas de mi vida me estoy dando cuenta de que yo no soy ese personaje que he construido, que afanosamente busca reconocimiento, sino que soy algo más que está más allá de mis papeles, trabajos, máscaras y responsabilidades. No tengo palabras para describirlo, ni para nombrarlo, pero siento y sé que hay algo aquí dentro y dentro de cada ser humano, que no es ese yo repleto de biografía e identidades caducas llenas de miedos, ambiciones y deseos. Lo mismo es que estoy ya chocheando y me pierdo en especulaciones y rollos macabeos. 

En cualquier caso y aun sabiendo que me estoy haciendo viejo, no quisiera terminar sin insistir que lo mejor es practicar el agradecimiento. Por eso, en este mismo instante doy gracias a Dios, o a lo que sea, es decir, a la Inmensidad Cósmica, al Infinito, a mis padres que se les ocurrió engendrarme, al Gran Océano, a la Pacha Mama, a lo o la Innombrable y a ti que me lees, por el regalo de la vida y de mi vida, ya que tú lector o lectora, formas parte de ellas. Pero también doy gracias Dios o a lo que sea, por este sentimiento y la conciencia que en estos momentos experimento y que me conectan con lo sutil y lo infinito.

¿Con quién hablo? Se preguntarán algunos. Pues sencillamente con el misterio de ese Dios, o lo que sea, que “es” y “está” en todas partes y especialmente en el interior de cada ser humano y en el origen y desarrollo de la vida. Sí, Dios, sí. ¿Quién dijo que necesitamos sacerdotes, obispos, cardenales y demás mediadores de lo Innombrable o de estructuras de adoctrinamiento para hablar con Él de tú a tú? ¿No será que los profesionales de Dios toman su nombre en vano para que todo este desorden civilizatorio se perpetúe y sigamos siendo incapaces de encontrar la felicidad sin necesidad de gurús y mercaderes de la espiritualidad?

Sí, Dios, sí. Te doy las gracias por todas y cada una de las oportunidades que me ofreces para conocerte y para amarte, en todos los seres, así sin más. Darte las gracias por ese infinito amor, esa infinita bondad, esa infinita misericordia que me permite respirar, alimentarme, perdonarme y perdonar, ayudarme y ayudar. Darte las gracias por estar aquí, por disfrutar de este momento de intimidad, meditación, reflexión o de oración. Darte las gracias por todo el amor que me han regalado las personas con las que he construido mi propia historia, entre las cuales, tú que me lees estás entre ellas. Darte las gracias por poder hablar contigo de tú a tú. Darte las gracias por acompañarme desde el mismo momento en que nací. Darte las gracias por permitirme conocer el alma humana. Darte las gracias por la oportunidad de poder ayudar a los demás. Darte las gracias por permitirme reconocerte, verte, sentirte, palparte en todos y cada uno de los seres de la naturaleza. Darte las gracias, por ayudarme a ser más responsable, más honesto, más generoso y más cariñoso. Darte las gracias por darme la oportunidad de equivocarme, de cometer errores, de pecar, de meter la pata, de hacer las cosas rematadamente mal porque solamente así puedo aprender algo. Darte las gracias por permitirme la conciencia de que nada soy, de que nada sé, de que confío plenamente en Ti y porque tú eres mi Pastor y nada me asusta ni me preocupa cuando voy junto a Ti Señor. 

En Camas (Sevilla) a 11 de febrero de 2017

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CabeceraJONÁS

Hoy es de esos días en los que necesito especialmente escribir. Necesito verter mis sensaciones y sentimientos en este depósito virtual que me acompaña desde hace años. Necesito alimentarme para continuar peregrinando hacia el encuentro con lo inefable que reside en mí.

Mientras escucho el Canon de Pachebel y agradezco nuevamente a “LO INNOMBRABLE” el milagro de la vida y de poder escribir estas letras, recuerdo todas “las llamadas” que he recibido a lo largo de toda mi vida y, que en los momentos más inesperados, han provocado en mí diversos cambios de percepción y de comportamiento duraderos. Después de todo el tiempo transcurrido creo que se trata de experiencias extraordinarias o especiales que todos los humanos tienen una o varias veces en su vida, experiencias que para mí son realmente “llamadas” de reconocimiento y consuelo, así como de acogida, esperanza y paz total sin atributos.

Tengo claro que esas “llamadas”, son algo parecido a lo que diversos psicólogos han etiquetado como “experiencias cumbre” (Maslow) o “experiencias de flujo” (Csikszentmihalyi), pero creo también que se trata de experiencias espirituales, que aunque obviamente no dejan de ser psicofísicas, no por ello están menos dotadas de misterio, milagro y conciencia de lo inefable. Es obvio entonces que dichas experiencias proceden de mi propio interior, es decir, de mi cuerpo, de mi mente racional y sentimental, así como de un contexto situacional determinado. Es decir, que cualquier persona las puede tener o producir, sin embargo eso no quita nada a mis percepciones y emociones de sorpresa, misterio, significatividad y sobre todo de gozo, sosiego y una paz interior indescriptible.

No puedo negar que siempre, a lo largo de toda mi vida, he estado buscando y lo sigo haciendo, respuestas a las preguntas existenciales que todo humano se ha hecho alguna vez, es decir, ¿QuiéN soy? ¿Qué hago aquí? ¿De dónde vengo? ¿A dónde voy? ¿Qué puedo saber? ¿Qué puedo esperar? ¿Tiene la existencia humana y mi propia existencia algún sentido? ¿Por qué existe el dolor y el sufrimiento? ¿Qué puedo hacer frente a la enfermedad, la vejez y la muerte?, etc. He buscado por diversos caminos y ahora me doy cuenta de la vanidad que he acumulado, vanidad que incluye la creencia de que soy alguien especial cuando en realidad no lo soy, pero no puedo evitar escribir, aunque esto tenga un punto de apego a esta sensación de autoconsuelo e incluso de egocentrismo, pero necesito expresarme, primero para hablar conmigo y si después “cae la breva” de que alguien lo lea, pues magnífico. Aunque a decir verdad, todo esto puede ser el fruto de un trastorno mental transitorio de una mente que no acaba nunca de parlotear salvo en aquellas ocasiones en las que consciente y voluntariamente me decido a meditar o simplemente a parar y borrar todo.

Pero lo cierto es, que estas experiencias o “llamadas” son al mismo tiempo “llamaradas” dado el impacto mental y emocional que me producen.

Reconozco, siento y experimento que desde niño me están llamando, me están hablando y de que hay un fuego interno inextinguible que fluye permanentemente en mí en todas las circunstancias. Es una sensación extraña, es como si alguien guiara mis pasos, pero dejándome completamente libre y de vez en cuando me dijera “ven por aquí”, “mira lo que hay”, “observa, concéntrate”, “estudia, investiga y después actúa” “tú puedes hacerlo” “atrévete” “¡hazlo!” “¡lucha!” “¡pelea!”  Y así efectivamente desarrollé los diferentes papeles que el personaje demandaba en cada circunstancia desde el “buen hijo” (aunque desobediente, caprichoso y necesitado) hasta el “político honesto” (torpe, ingenuo e impulsivo) pasando por los diversos “buen padre” “buen esposo” “buen profesor”, “buen enfermo”, “ejemplar ciudadano”, etc,  cada uno con sus paréntesis de errores y excepciones.

Pero esta vez estoy frente a mí mismo y ya tengo una edad en la que esos personajes o máscaras ya no me dicen absolutamente nada de mí mismo, sencillamente porque me estoy dando cuenta de que se me están agotando todos los papeles y el final de la función está cerca. Una conciencia que estoy adquiriendo porque veo como varios amigos y amigas han emprendido ya el último viaje de “vuelta a casa” y desde luego tengo el propósito de irme preparando para este acontecimiento, preparación que consiste básicamente en abandonar todas las mochilas y papeles en la obra de teatro que es la vida. Ya participé y jugué todos los campeonatos y libré todas las batallas y ahora solamente me queda la que todavía no acabo de librar en serio “la batalla de mí mismo”, en la que ya no me sirven las máscaras, los papeles, los teatros, las carreras y las vanidades.

Esto se está terminando y ya no puedo seguir así. Por eso ahora la llamada que siento, sobre todo a partir de esta mi segunda vida no es solamente una llamada, sino “una llamarada” repleta de colores de esperanza y alumbradora de sorprendentes visiones capaces de extinguir cualquier miedo, incluido el de la muerte. Es como una especie de pregunta que me dice “¿Todavía necesitas más pruebas para asumir el riesgo de ser tú mismo con plenitud?” “¿A qué esperas para aceptar la misión que tú sabes que debes y puedes hacer?” “¿Acaso no sabes que te he acompañado siempre?” “No sufras más y atrévete a seguir el Camino, la Verdad y la Vida” resuena la Voz en mi interior, siendo plenamente consciente de que ese Camino, esa Verdad y esa Vida es algo que no se consigue con religiones, iglesias y doctrinas, sino con la confianza radical en que cada ser humano puede y debe encontrarlas sin necesidad de intermediarios, ni de profesionales del sacerdocio religioso o laico- Y realmente esto es muy fuerte para mí porque me retrotrae a mis primeras experiencias místicas antes de que optase por formar una familia y construir mi propia historia.

Me siento pues como Jonás. Tengo miedo y prefiero huir a Tarsis en vez de seguir las orientaciones internas de marchar a Nínive, pero en esta huida me estoy dando cuenta, que al igual que Jonás, estoy provocando tempestades, dolencias, sufrimientos y males, porque realmente muchas veces no estoy bien y estoy de alguna manera contaminando todo lo que me rodea de ese “no estar bien”.

Pero ya no puedo seguir huyendo y ante mí se abre, incluso sin haberlo pretendido, un tiempo de paz y esperanza, SÍ, SÍ, así lo siento, un tiempo de paz y esperanza, de serenidad y sosiego, de aceptación y alegría sin arrepentimiento porque todo lo que dije e hice valió la pena en aquel momento. Sin embargo esto me provoca un sentimiento de profunda  soledad, silencio y aislamiento, que me aleja también muchas veces del ruido exterior y que me permite descubrir también el ruido interior que yo mismo provoco y contamino. Necesito pues prepararme, para asumir el riesgo de ser yo mismo plenamente haciendo frente así a esa “normosis” esclerótica, paralizante y negadora de la infinitas posibilidades de la vida, pero prepararme, aceptando completa y totalmente que nada puedo cambiar que no pase por el centro de mí mismo abrigado por la luz y el calor de esa “llamarada” que desde niño mantengo encendida.

 Mis enfermedades, aunque a los ojos de los demás pueda parecer otra cosa, son entre otras, la “normosis”, la “vanidad”, la “ira”, la “soberbia”,  y, aunque casi todas las tengo ya identificadas y sé de dónde proceden, tengo que seguir trabajando en su curación porque en cualquier momento vuelvo a tener ataques.

En cuanto a la “normosis”, también padezco de esa patología que me ha hecho aprender e interiorizar que lo más importante en la vida es hacer aquello que los demás esperan de nosotros porque solamente así recibiremos aplausos, admiración, cariño, reconocimiento y éxito. A veces creo que ya es tarde para mí y confieso que me siento en esas ocasiones cansado, muy cansado de hacer siempre lo que se espera de mí y de escuchar lo que siempre me han parecido idioteces. Y es que en realidad mi más íntimo deseo es volar, es profundizar en la investigación y en el disfrute de la paz interior, es decir, prepararme para el último viaje sabiendo que no puedo emprenderlo hasta que el Señor de la Vida y el Universo no decida y evalúe si he cumplido o no la sagrada misión por la que estoy aquí, porque realmente, profundamente creo que tengo una misión sagrada, que tiene exactamente el mismo valor que la de cualquier otro ser humano, aunque unos se den cuenta y otros no.

 Tengo pues que hacer frente a mis miedos y uno de esos miedos, como muy bien me recuerda Jean Yves Leloup es el miedo a amar plenamente y el miedo al ostracismo, el miedo a ser condenado como traidor y expulsado del círculo de las personas que me consideran con buena imagen social o con buena reputación. Una vez más los papeles del personaje me aprisionan en el escenario del teatro de la vida. Es el miedo a ser diferente y a ser rechazado en razón de esa diferencia.

Es el miedo al exilio, a ser definitivamente catalogado como loco, ególatra, traidor, individualista y asocial, porque en realidad tengo la sensación de que ya me perciben así hace tiempo y por tanto me muevo en ese desequilibrio porque necesito también de seguridad, compañía, protección y cariño. Pero Leloup me dice y le creo, que la única seguridad posible es aquella que se desarrolla en base al hecho de volverse uno consigo mismo, de volverse uno con los deseos más íntimos y si renunciamos a eso, surgirá dentro de nosotros una fuente de disturbios y dolencias, no solamente para nosotros sino también para todas las personas con las que convivimos. ¿No es acaso esto lo que me viene sucediendo desde que vi aquella luz al fondo del túnel?

Me habla Leloup y me dice que la liberación de lo conocido reclama mucha valentía y naturalidad, porque el miedo a no ser como los demás desencadena el miedo de conocerse a sí mismo y esto que le pasa a Jonás, es lo que creo que me sucede a mí: tengo miedo de ser diferente porque esa diferencia es realmente lo que soy. Tengo miedo en definitiva a ser plenamente auténtico a quitarme completamente todas las máscaras que he ido usando a lo largo de mi vida y quedarme finalmente desnudo, limpio, transparente abandonando así toda ansiedad, toda ambición, toda competencia y toda necesidad de hacer algo, dejando todo en manos de la Vida, del Universo o de la voluntad de Dios. Sería como perder esa imperiosa necesidad que a lo largo de toda mi vida me ha acompañado: la necesidad de tener razón, de demostrar que conozco o sé algo, la necesidad de sentirse distinguido y diferenciado respecto a los demás, la necesidad de quedar bien, de que me aprecien y valoren positivamente.

Necesito pues preguntarme, a pesar de mis años, a pesar de mis circunstancias, a pesar de mis limitaciones… necesito hacerme las preguntas de Leloup; «…¿Qué es lo que tengo que hacer que nadie puede hacer por mí? ¿Cuál es la forma exclusiva, única, a través de la cual el Logos, la Inteligencia Creativa se encarna en mí? ¿Cuál es mi propia forma de ser inteligente? ¿Cuál es mi forma particular de amar, encarnar y manifestar el amor en el mundo?… Jonás huye de lo que podrá conducirlo a sí mismo… No huir del propio desarrollo y no caer en el conformismo patológico o normosis es  el resultado de un proceso, de una elección cotidiana. El hecho de ir más allá de sí mismo, ir más allá de las propias posibilidades, no es para perderse sino para encontrarnos. Es entrar en contacto con el ser humano noble, con el ser humano sagrado, con la dimensión espiritual en cada uno de nosotros…»

Es necesario entonces que camine mucho más allá de la justicia, mucho más allá de la ley del karma y comprender que para acercarme a lo sagrado, para saborear lo divino que hay en mí, no basta con aceptar las consecuencias agradables o desagradables de mis actos, tengo que ir, debo llegar más adentro, más al fondo para considerar que descubrir y amar al Dios que hay en mí, que hay en ti y en todo ser humano es algo que vale realmente la pena sentir y experimentar. Y esto no consiste en convertirse en un santo, o en una santa, o en profesar una religión y participar en sus cultos,  sino sencillamente “tener paciencia infinita, ya sea por nosotros mismos o por las demás personas” . ¡Qué alegría leer y saborear esto! Porque esto es exactamente lo mismo que Buda hacía, aprovechar cada minuto de su existencia, incluyendo los más amargos y atribulados, para aprender y dar gracias por la posibilidad ofrecida. Un insulto o un daño que alguien te infringe, o un error, o una dificultad puede convertirse en una magnífica oportunidad para aprender paciencia, calma, serenidad, bondad y compasión.

Y esto es lo mismo que el mensaje de Jesús cuando nos dice “Amad a vuestros enemigos y bendecid a los que os maldicen; haced bien a los que os odian y orad por los que os ultrajan y persiguen” (Mt. 5: 43-45) algo que no puede aceptarse bajo los criterios de la “normosis” y que si adoptas esa actitud pues obviamente serás considerado loco, lunático, excéntrico o imbécil.

¡Qué alegría leer a Leloup y sentir en mis carnes su expresión de que la espiritualidad consiste en “dar un paso más” que es el mismo mensaje del peregrino de Compostela! (76) porque “la vida espiritual no siempre consiste en tener grandes ideas y maravillosos proyectos sino en dar un paso más a partir del punto donde nos encontramos. No tenemos que compararnos con nadie (…) Tenemos que escoger entre una vida perdida y una vida escogida y donada, A través del don de nosotros mismos, descubrimos aquello que nunca va a morir en nosotros.” (76 y 77)

FUENTE: LELOUP, Jean Yves. Caminhos de realização. Vozes. Petrópolis. RJ.1996.

Camas (Sevilla) a 18 de marzo de 2017


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CabeceraKARMA_FE_BENDICION

En todas las culturas y tradiciones espirituales de Oriente y Occidente, existen numerosos conceptos inspiradores cuya función original consistía en dotar de explicación y comprensión, tanto a la realidad del mundo material y el devenir histórico, como a la experiencia de la vida humana sentida desde el interior de la propia conciencia. Es obvio que la mayor parte de estas concepciones tienen un carácter mítico y poético, dado que en el tiempo en que se crearon el desarrollo científico y tecnológico del que hoy disfrutamos era impensable. Sin embargo, cuando hoy en pleno siglo XXI estamos tomando conciencia de que la ciencia y la tecnología asociadas al productivismo, al industrialismo y al capitalismo están destruyendo la vida en el planeta del que formamos parte indisoluble. O cuando observamos y sentimos en nuestras propias carnes que el sufrimiento humano no es solamente el resultado de lo que llamamos “sistema”, sino también y sobre todo el producto de las carencias de nuestra propia condición humana y de nuestras fijaciones egoicas, aquellos viejos conceptos poéticos y metafóricos de las tradiciones espirituales, paradójicamente, adquieren todo su sentido.

Es evidente también, que ni la ciencia ni la tecnología, pueden explicarlo y solucionarlo todo, porque al final y en el fondo, es el conocimiento integrado de las experiencias de cada individuo y los saberes de vida que se obtienen de las mismas, los que alumbran misteriosamente las decisiones a partir de los motivos, intereses y emociones que cada ser humano es capaz expresar y realizar. En consecuencia, el misterioso milagro de la vida humana que cada individuo experimenta y disfruta, no puede ser apreciado y valorado exclusivamente desde lo prosaico y material, sino también desde lo poético y espiritual, sobre todo cuando sabemos que somos seres afectivos, amorosos, sentipensantes y constructores de realidad mediante el lenguaje y el pensamiento.

De entre los numerosos conceptos y creencias procedentes de las tradiciones espirituales que en la actualidad siguen conteniendo a mi juicio un importantísimo mensaje transformador y potenciador de vida, hay tres que personalmente considero de mucho valor: el karma, la fe y la bendición.

Karma  es una palabra que procede del sánscrito y que significa básicamente acción y actividad.

La primera vez que la escuché fue en una conferencia en la que el orador decía que el karma es en realidad una especie de energía universal mediante lo cual todos los actos están ligados a sus causas y a sus efectos, de forma que cualquier acción humana tiene siempre un efecto, o si se prefiere una reacción igual y de signo contrario.

Aquel brillante y sereno orador nos decía que la Ley del Karma atraviesa el universo entero y el tiempo entero, de tal manera que cuando realizamos o dejamos de realizar alguna acción, lo que estamos haciendo en realidad es generar nuestro propio karma, que o bien se manifestará en nosotros, en otras personas o en vidas posteriores. De esta manera si realizamos acciones positivas recibiremos más tarde o más temprano, en el presente o en el futuro, en esta vida o en otras, efectos, acciones y resultados también positivos. Pero si por el contrario  decimos y hacemos cosas negativas pues recibiremos efectos negativos. La Ley del Karma, nos decía aquel orador, es una especie de ley intrínseca de la Naturaleza que rige su funcionamiento y permite el equilibrio.

Sin embargo, esta concepción, que procede del hinduismo, es demasiado rígida, mecánica y lineal. Es como demasiado simple, aunque a decir verdad forma parte también del conocimiento popular en aquel famoso refrán que dice “El que escupe al cielo, en la cara le cae” o aquel otro evangélico de “Quien a hierro mata a hierro muere“.

Personalmente prefiero la idea budista de karma concebida como una inercia que nos condiciona, influye y anima a seguir realizando las mismas acciones y por tanto los efectos procedentes de los resultados y características de esas acciones. Es como una especie de hábito que al adquirirlo y apegarnos a él nos induce a repetir las mismas acciones, aunque éstas realmente sean perjudiciales para nuestro cuerpo, nuestra mente y nuestro espíritu.

No tengo ninguna duda acerca de la existencia y el funcionamiento de la Ley del Karma porque la he experimentado en muchas ocasiones a lo largo de mi vida, pero puestos a entenderla e interpretarla en clave íntima, yo prefiero llamarla “Ley de la siembra” en honor a una maravillosa canción de Rubén Blades denominada “Siembra“.

En esta canción se explica con toda sencillez la ley del karma diciendo

          «Siembra si pretendes cosechar

          siembra si pretendes recoger

          pero no olvides que de acuerdo a la semilla

          así serán los frutos que recogerás»

Es la naturaleza, intención, interpretación, valoración y entusiasmo (el alma) que ponemos en nuestros actos, en nuestra conducta, desde la más insignificante a hasta la que consideremos más transcendente, la que va a originar después efectos inesperados y generalmente congruentes con nuestras acciones. De esto podemos obtener numerosos ejemplos desde nuestros hábitos alimentarios hasta nuestros estilos de reacción emocional, o desde la manera y/o carga emocional que ponemos en nuestras acciones, hasta la ausencia o el bajo nivel de vibración sentimental.

Últimamente y dado que me dedico a menudo a contemplar, admirar y a dar gracias por el aire que se me regala para poder respirar o por el sol que me trae los días y las noches, siento que el karma positivo que experimento está muy ligado a mi fe, a esa fe transreligiosa, espiritual que me conecta con el Todo y me amplía el espectro de mi conciencia permitiéndome confiar plenamente en Dios-Él-La-Lo-La (INNOMBRABLE le llamaban los sufíes), de tal manera que todo lo percibo como un regalo, lo bueno y lo malo, lo cómodo y lo incómodo. Es una fe en que todo tiene sentido, en que todo puede ser comprendido en niveles más amplios, superiores, globales e interconectados, comprensión y sentido para los cuales ya no valen las explicaciones racionales, ni las hipótesis verificadas y/o validadas por el método científico, porque en realidad a mí ya la ciencia no me explica nada, aunque es a ella a quien debo poder escribir aquí.

Por eso Rubén Blades completa la canción diciendo

          «Pon fe, siembra, siembra

          y tu verás

          Pon fe, siembra, siembra

          y va a ver…»

Y es que sin fe no podemos hacer nada, sin fe no somos en realidad nada y no hablo solamente de la fe en que somos mucho más que cuerpo y mente, hablo de la fe como confianza sencilla en lo que el otro me dice, en lo que el otro me muestra, o en lo que el otro me ofrece. Y es que sin fe en la posibilidad del encuentro con el otro, en la necesidad de ese encuentro y en el reconocimiento mutuo, la vida no existiría.

Es la fe la que nos permite ver lo que es invisible a los ojos, porque la fe, es la que al menos a mí me ayuda a mantener siempre encendida la llama de la esperanza, que a su vez serían imposibles de alimentar sin el concurso nutritivo y relacional del amor.

Pero para todo esto, para comprender y aceptar el karma, para generar buen karma, para ser más plenos necesitamos practicar lo que Roberto Crema llama “Pedagogía de la bendición” que no es otra cosa que la “Pedagogía del Amor”  como encuentro, reconocimiento, reverencia y agradecimiento por todo lo creado, pero especialmente de aquellos seres humanos más débiles, más dolientes, más necesitados de ayuda, seres que como educadores son nuestros alumnos, a los que nos debemos por puro sentido de conexión y haber sido bendecidos por la vida.

Tenemos pues que practicar la PEDAGOGÍA DE LA BENDICIÓN diciendo, afirmando, haciendo y sintiendo desde lo profundo esta vibrante y hermosa oración a nuestros alumnos: “¡Yo te bendigo porque tú eres un ser humano! Tú has sido aceptado por la vida. ¿Quién soy yo para rechazarte?  ¿Quién soy yo para evaluarte? ¿Quién soy yo para juzgarte? ¡Yo te bendigo, porque tú eres un ser humano único dotado de un semblante! Tú eres un misterio indescifrable. Tú eres portador de una llama y puedes hacerla brillar. ¡No te olvides nunca! ¡Tú eres un ser humano!”

Que así sea por los siglos de los siglos amén.

Camas (Sevilla) a 13 de abril de 2017


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CabeceraAGRADECIMIENTO

Decía mi madre que la mejor cualidad que una persona puede tener es la de ser agradecidos, porque al fin y al cabo nuestra vida nunca nos pertenece del todo. No nos piden permiso para entrar, ni tampoco nos consultan para salir, incluso cuando queremos hacerlo dignamente, pues hasta nos lo niegan los que andan por ahí dando sermones ignorando aquello que decía Lao-Tsé de que «el que da sermones no es sabio y el sabio no da sermones».

«Ser agradecidos es de bien nacidos» dice el refranero popular y me repetía siempre mi madre, y es que ella, a pesar de todos los calvarios que tuvo que pasar, jamás le vi una mueca de dolor, ni de reproche, más bien al contrario: se conformaba con lo que ella llamabas “destino” y a menudo se consolaba diciendo que “otros están peor“. Cierto que era creyente en un Dios antropomórfico, personal y omnipotente, que según ella, todo lo tenía perfectamente planeado y ante el que no había escapatoria posible. Sin embargo, ella hacía y deshacía como si no le sucediese nada, aunque a veces decía algo que me dejaba perplejo: cuando se enteraba de alguna desgracia ocurrida a personas honradas y sencillas, decía que en este mundo Dios castigaba a los buenos y premiaba a los malos, porque de lo contrario no podía ser que hubiese tanta maldad.

Ahora no tengo dudas de que, con aquellos contradictorios mensajes, mi madre expresaba implícitamente a través de sus dolores y sufrimientos, el hecho real de que el Dios católico apostólico y romano o de la Iglesia-Poder, no era el Dios de Jesús el justo, el compasivo y el misericordioso que siempre se colocó el último de los últimos para defenderlos y luchar contra toda forma de maldad y de injusticia viniese del exterior o del interior. Porque el otro, el dios de esa Iglesia-Poder que impone dogmas, reglas, preceptos condenando a todo aquel que aspira a la felicidad, a la libertad construyendo el Reino aquí y ahora, fue siempre el dios de los hombres ricos, blancos, europeos y nunca el de los pobres, las mujeres, los negros, ni tampoco el de los indios. Y es que mi madre se sorprendía siempre de cómo a una persona buena, generosa y honrada, le pueden caer tantas desgracias, sufrir tantos dolores, o tener que aguantar tantas injusticias. O como perdían siempre los mismos. En el fondo ella creía que la justicia humana no existía y la divina tampoco, pero aun así no paraba de aconsejarme y adoctrinarme una y mil veces.

Recuerdo que me pedía hasta la saciedad e incluso hasta el desconsuelo, que no abandonase la religión cristiana, que fuese a misa todos los domingos, que confesara y comulgara, ya que la religión me ayudaría a tener un poquito de control sobre mis impulsos y también una gran paciencia y resignación ante la enfermedad, el dolor y el infortunio. Lógicamente, como no podía ser de otra manera, dada mi naturaleza, tuve necesariamente que desobedecer sus consejos y sugerencias ya que “ni en dioses, reyes, ni tribunos está el supremo salvador, nosotros mismos realicemos el esfuerzo redentor” y es precisamente por los caminos de la desobediencia, de la rebeldía, de la lucha y después de mucho peregrinar, como he acabado finalmente entendiendo mucho mejor a mi madre, porque en el fondo de los fondos, lo que ella no quería de ningún modo era que me enfrentara y luchase abiertamente con mi padre.

Aquella mujer que fue y sigue siendo mi madre, porque cada vez está más viva y presente en mí, me enseñó algo que ha marcado profundamente toda mi vida. En realidad, sigo teniendo la extraña sensación de que vuelvo a nacer cada día que me levanto y de que la fecha de mi nacimiento es de hace solamente tres días, cuando de nuevo estuve entregado totalmente a la posibilidad de marcharme para siempre. Por eso digo “marcado” en el sentido de captar la extraordinaria profundidad y sentido de la conciencia de que “si lo comprendes, las cosas son como son y si no lo comprendes, las cosas son como son” y de que a veces, lo que aparentemente son contradicciones y dificultades, son en realidad la puerta para  descubrir nuevos aspectos del vivir humano que es necesario modificar para que podamos efectivamente VIVIR.

Soberbia, vanidad, altivez, prepotencia, orgullo, presunción, engreimiento, aires de grandeza y en general ignorancia fue durante muchos años mi equipaje privado y público. De tanto querer cambiar las cosas, luchar, hacer, decir, combatir, soñar, hablar y proyectar había ido perdiendo poco a poco el SER y solamente me quedé con esa máscara a la que llamamos “personalidad” y con la que mercadeamos en la feria de las vanidades de este mundo real. Ganar, vencer, ser el “number one“, llegar el primero, triunfar, tener éxito, obtener aplausos y reconocimientos, también fueron para mí una importante fuente de motivación. No obstante, siempre hubo algo que me salvó, y ese algo fue el agradecimiento que mi madre supo contagiarme, porque mi madre fue y creo que todavía lo sigue siendo, la mujer más prudente, perseverante, humilde, sencilla, conforme, respetuosa, tolerante y agradecida que he conocido jamás.

Sí, agradecimiento, agradecimiento por todo, hasta por lo más insignificante. Agradecimiento como acto de reconocimiento por el milagroso regalo de vivir, pensar o escribir esto, pero también agradecimiento incluso por el bien que te hacen cuando te insultan, te desprecian o te marginan como decía Buda, porque entonces aprendes a “accionar“, aprendes a actuar desde tus esencias, desde lo positivo evitando “reaccionar” con ira y agresividad y emociones negativas que están en el origen o acompañan a todos los conflictos humanos. Y es que de las personas que te quieren, te admiran o te alaban realmente no puedes aprender absolutamente nada, porque en todo caso lo que hacen es confirmar tus acciones y omisiones como aciertos cuando pueden ser tranquilamente errores incluso graves. De aquí la importancia de escuchar al adversario, al que te muestra su enemistad, al rebelde, al desobediente, insumiso. De aquí la importancia de asumir el error, la crítica e incluso el improperio o agresión supuesta o real recibida como el primer y fundamental elemento de aprendizaje. Pero claro, en una cultura de triunfo, culpa, venganza y envidia como la nuestra, esto es inadmisible y es cosa de locos o de tontos.

Así entendido, el agradecimiento es mucho más que el simple reconocimiento del favor que nos hacen, del regalo que te ofrecen o de la oportunidad que te dan, porque agradecer es una forma de aprendizaje de la virtud más sencilla y alegre de todas: la humildad. Sí, sí, la humildad, algo que olvido y olvidamos con frecuencia cuando ando por ahí dando charlas creyendo que debo opinar de todo y decir siempre algo diferente de lo que han dicho otros con el fin de seducir al auditorio o de quedar por encima de mi interlocutor. Humildad y agradecimiento que expresado en palabras de Antonia, mi segunda madre que también se fue y abuela de mis hijas, significa un salto cualitativo superior y transcendente, porque la persona agradecida y humilde es aquella que es capaz de comportarse como es debido saltando más allá del hecho o acontecimiento dado. Es decir, la persona agradecida es aquella que se comporta “con educación” como decía Antonia muy convencida, sin olvidar que “hay que tener cultura”, conocimiento para saber cosas de la vida y del trabajo, pero también  y  en primer lugar “sencillez” porque “la sencillez es lo más bonito que tiene una persona“.

Y es que a estas alturas de mi vida tengo tanto que agradecer, es tanto lo que debo a todas las personas con las que he entrado en contacto, que realmente no siento nada mío. En realidad nada es mío y si algo me queda, tampoco me pertenece, ya que es gracias al milagro de la vida, pero sobre todo a las personas a las que he tenido la suerte de querer o de sentir afecto de algún modo, de las que he recibido realmente todo lo que soy, personas entre las cuales tú que lees esto, ocupas un lugar muy importante y por eso también te doy las gracias.

Pero sigamos reflexionando…

El agradecimiento creo que es uno de los sentimientos más nobles y humildes del ser humano. Agradecer es en realidad un acto de reconocimiento, de bondad, cariño y amor que está mucho más allá que el simple acto de compensar, devolver o intercambiar el bien recibido. Por eso es transcendente y de alguna manera pertenece a las esencias divinas que cada ser humano lleva dentro.

En una sociedad en la que todo se ha mercantilizado, en la que todo se compra y se vende sometiéndose al imperio del valor fijado por la oferta y la demanda, gratuidad y gratitud no son precisamente cualidades que estén muy extendidas. Desde niños, nos inculcan que todo tiene un precio y hemos interiorizado que todo debe pagarse, que todo es un juego de ganancias y pérdidas, que toda acción humana que nos beneficia lleva implícita una carga hipotecaria que más tarde o más temprano debemos saldar.

De esta forma todo se vuelve valor de cambio, todo lo que de alguna manera ofrecemos o damos nace implícitamente cargado de una especie de mecanismo de ida y vuelta por el que esperamos se nos restituya el supuesto bien que hemos regalado. El agradecimiento lo hemos convertido en el pago o la retribución a que sometemos nuestra mal entendida generosidad que se presenta siempre condicionada por expectativas de ser considerado bueno, virtuoso y reconocido por encima y a una altura superior del beneficiario. Es como una feria de humillaciones y vanidades, que por un lado rebaja la dignidad y denigra al que recibe, al mismo tiempo que ensalza y eleva la autoestima y la consideración de quien dona. Todo se reduce a negocio, ya sea de personalidades, sentimientos o autoestima, a negocio de cualidades y supuestas virtudes que se utilizan para la retribución de nuestro ego.

A su vez, todo lo que nos regalan se transforma en deuda, no en alegría y gozo por lo recibido, sino en incordio motivado por la necesidad de mostrar agradecimiento de la forma más espléndida y superior, de forma que la supuesta gratitud que se expresa se transforma en un acto de soberbia y vanidad. Cuando al recibir una alabanza, un regalo, un presente, una invitación o simplemente un gesto amable, e intentamos por todos los medios devolver ansiosamente lo regalado procurando mostrarnos superiores en la restitución de lo recibido, no es agradecimiento lo que expresamos, sino una burda soberbia que alimenta un ego insaciable incapaz de percibir la generosidad incondicional y mostrando siempre el deseo de dominar, sentirse superior al otro.

Si todo es compra-venta, si todo es mercancía, acabamos por perder el valor de lo gratuito, lo incondicional y lo amoroso, que es precisamente lo que no tiene precio y no puede ser medido con las categorías sociales y culturales al uso. Si extraemos del dar o la donación, el valor de la gratuidad y la incondicionalidad perdemos al mismo tiempo la felicidad intrínseca que procede del original, espontáneo y creador acto de donación, acto que abre siempre caminos insospechados y desconocidos de afecto, cariño y amor que por su propia naturaleza son caminos libres, abiertos, no retributivos además de que no pueden reducirse ni recorrerse, ni en una sola dirección ni en un único sentido. De hecho, la persona que dona y regala incondicionalmente sin esperar ningún tipo de retribución es generalmente la más agradecida porque sabe y ha experimentado el milagro de que la vida le devolverá sin pretenderlo y siempre por sorpresa, infinitamente más. De hecho, solamente las personas que no calculan costos ni beneficios, que dan sin más olvidándose completamente de lo que hicieron de altruista o bondadoso, son las únicas capaces de agradecer auténticamente, porque en el fondo y en la forma, todo lo que son, todo lo que tienen y todo lo que hacen es un regalo permanente y gratuito.

Si todo es mercado, todo termina entonces por presentársenos como un gran teatro de máscaras, vanidades, ganancias y pérdidas, en el que no solamente desconocemos quién es quién, sino que además vivimos y convivimos a base de cotizaciones de bolsa, es decir, continuamente desequilibrados y desorientados por fuerzas que escapan a nuestro control.

Si la acción de recibir siempre está mediada por el valor comercial, por el acto del intercambio, nada se recibe ya con sorpresa, con bendición y con alegría, con lo que nuestra capacidad de engullir y consumir termina por hacerse insaciable no existiendo ya nada que nos pueda sorprender, dado que supuestamente creemos que todo tiene un precio.

Pues no, no todo tiene un precio y precisamente las cosas y acciones que no tienen precio y no pueden reducirse a mercancía, son las infinitamente valiosas y de las que recibimos los mayores bienes para nuestra salud, nuestra felicidad y nuestra vida. No obstante, a pesar de que las relaciones mercantiles han penetrado y atravesado el corazón mismo de la convivencia social, siempre han existido y existirán infinitas posibilidades de re-conocimiento y re-creación de aquellos valores esenciales de la condición humana que no pueden ser sometidos a cotización. Amor, ternura, comprensión, cariño, compasión, reconocimiento, compañía, solidaridad, alegría, paz interior, perdón y un sinfín de cualidades que nacen y crecen en el corazón humano, no pueden comprarse ni venderse. Por eso, para adquirir esta conciencia necesariamente tenemos que recorrer el camino del agradecimiento, único camino para comprender el regalo de la vida, la Naturaleza, el Universo y el amor incondicional que hemos recibido en toda nuestra vida que siempre es alumbrado, iniciado y mantenido por nuestras madres.

De cualquier manera, tomar conciencia de que somos portadores, realizadores y gozadores del gran milagro de la vida tal vez sea el primer paso para comprender que, hasta la brisa más sutil de aire, el canto de un pajarillo, una hoja que cae o una florecilla casi imperceptible en el borde del camino, pueden convertirse en el más valioso de los regalos. De este modo, aprender a agradecer incondicionalmente todo lo que tenemos a nuestra disposición, incluyendo también el difícil trago de las frustraciones, del dolor, la enfermedad o del sufrimiento, se convierte en un camino transcendente para reconocernos como los seres más privilegiados y milagrosos del Universo.

Hoy, tanto la psiquiatría como la psicología han descubierto y especialmente la neuropsicología y la psicoinmunología que aquella cita de Juvenal de finales del Siglo I de nuestra era de «Mens sana in corpore sano» es más cierta que nunca. Y es que el equilibrio de la salud, que es más bien un proceso integral de armonía y no un producto, no es algo que funcione a partir de la dualidad mente-cuerpo, sino por el contrario a partir de las complejas relaciones ecosistémicas y de interdependencia de cada individuo consigo mismo y con su medio ambiente.

Pensamientos y sentimientos positivos; identificación, superación y/o transformación de emociones negativas; adecuado control de impulsos; conciencia de los propios sentimientos; diferenciación entre lo activo y lo reactivo, etc… son pues procesos psicológicos que ayudan y estimulan la salud integral, procesos entre los que se encuentra sin duda el acto, la acción y la actitud de agradecimiento por lo que somos, hacemos e incondicionalmente recibimos.

Hacer simplemente una parada para visualizar todas aquellas cosas de las que disponemos, todo aquello que hemos recibido totalmente gratis o mejor aún, pensar y sentir muy cerca de nosotros aquellas personas que nos han dado tanto o que nos han amado incondicionalmente, es sin duda un excelente ejercicio para sentirnos contentos, alegres, serenos y en camino de conquistar una estable y profunda armonía y paz interior.

De la misma forma que ningún ser humano puede vivir sin estar enamorado, ya sea de una persona o varias, de un trabajo, una vocación, una causa o de la Naturaleza entera, ningún ser humano puede tampoco llegar a ser plenamente humano si no es agradecido. Tenemos pues que dar gracias, aunque desde luego, sin llegar a ser esclavos hipotecando nuestra dignidad y autonomía, como nos recuerda Nietzsche. Tenemos que dar gracias a quien sea o a lo que sea, a nosotros mismos, a nuestros seres queridos, al dios o diosa en el que crea cada uno o al Universo entero, porque el camino de la gratitud es también el camino del reconocimiento del otro como legítimo de otro y por tanto el camino que nos conduce al amor incondicional.

Regalar una nota de agradecimiento; ofrecer una mirada de asentimiento; dibujar una sonrisa en nuestros labios; mirarse fijamente a los ojos, o dar un cálido abrazo o un sencillo beso son sin duda acciones que nos transforman porque estamos re-conociendo en el otro semillas divinas o valores que no pueden en ningún caso cotizar en el mercado de la personalidad o de las relaciones humanas. Agradecer no es pues un acto de esclavitud ni de dependencia, sino más bien un acto de donación incondicional y reconocimiento de que no somos nada sin el otro que nos mira, nos escucha o nos acoge.

Por todo esto, toda meditación o visualización que realicemos de forma consciente y deliberada para dar “Gracias a la Vida” será siempre un excelente bálsamo curativo, no sólo para nuestros dolores y sufrimientos, sino especialmente para el aprendizaje de la serenidad, la paz interior y el amor, cualidades y/o valores sin los que no nos es posible llegar a ser plenamente humanos.

Hagamos pues ahora un ejercicio de AGRADECIMIENTO

Visualización de agradecimiento

Ejercicio previo de relajación

A partir de una posición de sentado, con los pies bien apoyados en el suelo, la espalda recta y las manos sobre los muslos, comenzar a respirar pausadamente contando las respiraciones y numerándolas hasta siete en el último momento de la expiración y volviendo a empezar a contar de nuevo hasta siete.

Una vez conseguido cierto nivel de concentración respiratoria, comenzar mentalmente un repaso de cada una de las partes de nuestro cuerpo comenzando por los pies, de forma que hay que ir aflojando cada una de ellas hasta llegar a pensar que no está ahí o que se encuentran en un estado de placidez tal que nos hace que las ignoremos. Así hay que ir consiguiendo la relajación de pies, piernas, caderas, abdomen, espalda, brazos, cuello… hasta llegar a la cabeza dando el repaso a cara, boca, lengua, párpados, ojos, frente e incluso cuero cabelludo, e incluso si lo deseamos a nuestros órganos internos.

Una vez dado el repaso completo, permanecer en estado de relajación hasta completar al menos 15 minutos en total y a partir de ahí leer y sentir el texto que se ofrece a continuación.

Texto para la visualización

En este mismo instante estoy agradecido y un profundo sentimiento de serena alegría nace en mi corazón, simplemente porque estoy aquí presente, respirando y sintiéndome vivo y en paz.

Doy gracias a la vida que me ha dado tanto, doy gracias la vida por haber vivido tantas experiencias, por haber deseado tantas cosas, por haber conseguido algunas o por haber perdido otras, pero sobre todo doy gracias por poder sentir mi cuerpo, por estar aquí y habitarlo como si fuese un templo que acoge, alimenta y sostiene mi conciencia.

Doy gracias por haber encontrado sentidos a mi vivir cotidiano, por ser capaz de sentir calor o frío, hambre o sed, por haber comido ayer y haber desayunado esta mañana, por estar leyendo o escuchando esto ahora, por desear amar y ser amado. Doy gracias por mis errores, por mis defectos, por mis rarezas y por todas las oportunidades que las mismas me han brindado para aprender.

Doy gracias por haberme sentido y sentirme amado/a y querido/a ya sea por mi madre, por mi padre, mis amigos y amigas, mi pareja, mis hijos o mis hijas. E incluso doy gracias por haberme sentido criticado, insultado, rechazado, desplazado, despreciado, ignorado porque estos sentimientos me han ayudado a hacerme y a construirme a mí mismo con dignidad, respeto y autonomía.

Agradezco tener los años que tengo y en el cuerpo en el que habito. Agradezco ser mortal, limitado, imperfecto porque no hay más vida eterna ni más perfección que la que yo pueda sentir en este instante, ya sea en forma real o imaginaria, o en forma material o de sueños.

Agradezco la memoria, esa posibilidad de recordar en la que los sueños y realidades se mezclan para reconstruirse y recrearse. Agradezco lo que en este instante tengo delante de mis ojos, agradezco estar y ser en este lugar, agradezco…

Agradezco la luz y el calor del sol que hoy ha salido expresamente para mí, así como los días y las noches que nos ofrecen la posibilidad de vivir, trabajar, descansar y soñar a todos los seres del planeta Tierra. Agradezco las nubes, la lluvia y el agua que me limpia y sacia mi sed y que baña de azul salado del mar y los océanos en dónde están mis orígenes más remotos y mis profundidades más íntimas a las que estoy destinado a volver.

Agradezco la tierra y sus plantas, que me dan alimento y embellecen mis días con oxígeno para mis células y con belleza y sensaciones para mi corazón. Agradezco todos los seres vivos, mis compañeros de viaje sin los cuales no podría leer esto.

Agradezco pues el aire que respiro, el agua que bebo, los ojos que leen esto, el corazón que late en mí, el sentimiento que me embarga de privilegio por vivir este instante.

Agradezco en suma la posibilidad de dar, de ofrecer, de ayudar, de conmoverme, de compartir, de cooperar, de solidarizarme, de acompañar, de cuidar y en definitiva el profundo deseo de agradecer porque sólo agradeciendo podré encontrar el camino de la paz y del amor.

.Camas (Sevilla) a 18 de marzo de 2017


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