Krisis

Anicca

¿Qué es “ANICCA”?

Una de las enseñanzas fundamentales de Siddharta Gautama, El Buda, es co­nocida como las Tres Características de la Existencia. Explica cómo es la natura­leza del mundo percibido y de todos los fenómenos del mismo. Éstos están sujetos a tres características: la impermanencia, la insustancialidad y la insatisfactoriedad. 

La práctica budista considera que el factor último de liberación del individuo no consiste en un mero conocimiento lógico o teórico de estas tres realidades, sino en su comprensión y aceptación emocional interna auténtica y plena, consecuente con la actitud y el comporta­miento en la vida. 

 El término ANICCA viene del pali (lengua que procede de los Vedas y tiene una estrecha relación con el sánscrito clásico) y significa transitoriedad, cambio, impermanencia, fugacidad, provisionalidad, caducidad…  

 El budismo afirma que tanto nuestra realidad interior como la del mundo externo, están siempre en un estado de cambio permanente. La estabilidad, sea en los átomos, en las cordille­ras montañosas, o aún en nosotros mismos es una ilusión vana que no se corresponde con la realidad. Para el budismo, ninguno de nosotros es física, emocional ni mentalmente la misma persona que éramos hace años. Ni siquiera hace minutos o un sólo instante. Todas las situacio­nes, todas las entidades, todos nuestros pensamientos y todos nuestros estados de ánimo na­cen, ganan fuerza, se deterioran y desaparecen. Para el budismo, somos seres cambiantes en un mundo cambiante. Por eso no nos es posible encontrar seguridad permanente ni certidumbre absoluta, incluso en el más próximo futuro. 

 De acuerdo con ANICCA, la vida humana manifiesta continua y permanentemente este flujo de movi­miento-cambio-transformación, caducidad-muerte y renovación-nacimiento, que en términos budistas se le denominasamsara , que es el ciclo de nacimiento y renacimiento, envejecimiento y muerte, y que siempre aparece en toda experiencia de pérdida. Puesto que todas las cosas son transitorias, aferrarse a ellas es un empeño vano que conduce al sufrimiento. Así pues, todo es dukkha, como dice la 1ª Noble Gran Verdad del budismo. 

Meditar sobre la impermanencia

A estas alturas de mi vida, puedo decir sin temor a equivocarme o a ser considerado como chiflado, que la meditación sobre la impermanencia y la caducidad de todo lo que existe (ANICCA) tiene el poder de disminuir nuestro apego a esta vida, de hacernos conscientes de nuestro Ego y de ayudarnos a practicar la virtud y hacer el bien, algo que en mi opinión se fundamenta en las siguientes razones: 

  1. El Universo que aparentemente se nos presenta como sólido y firme, en reali­dad está en movimiento y en expansión, pero lo mismo, al término de un ciclo cósmico o como efecto multicausal de esta civilización capitalista, depredato­ria y generadora de muerte y destrucción, pues la vida humana y natural de nuestro pequeño planeta acabará por terminarse poco a poco. Algo que no está tan lejos, como así nos informan actualmente todos los informes sobre el “ca­lentamiento global” y demás efectos ecológicos del industrialismo capitalista.
  2. La impermanencia y la caducidad de todo lo existente, se manifiesta de una forma sencilla y natural en la evolución del tiempo, el cambio progresivo de las estaciones, el verano, invierno, otoño y primavera. El día, la noche. Todo va cambiando de minuto a minuto de segundo a segundo, de instante en instante. 
  3. Está muy claro también y esto es una verdad incontestable, que todos los seres en algún momento moriremos. Los que pertenecen al pasado ya están muertos y si existen solamente pueden hacerlo en nuestros recuerdos y en nuestra me­moria individual y colectiva; los del presente, yo que escribo y tú que lees, no hay ninguna duda de que en algún momento moriremos (cuanto más tarde mejor, je, je, je…). Y los del futuro, aunque surjan inventos tecnológicos que prolon­guen la vida, pues indefectiblemente también morirán. Nuestra vida, lo quera­mos o no, es un camino hacia la vejez y la muerte y esto no debe suponer en nosotros ningún tipo de pesadumbre, sino todo lo contrario: una oportunidad para aprovechar bien nuestro tiempo presente. Nadie sabe cuánto tiempo vi­virá, algunos mueren en el vientre de la madre, otros al nacer, otros en la in­fancia, en la juventud y otros en la vejez, por tanto, tenemos que aprender a vivir el presente y tomar este regalo, lentamente, saboreándolo sorbo a sorbo como si fuera un buen vino. 
  4. Todas las riquezas que poseemos, los amigos, familiares, propiedades, títulos y demás cosas que hemos acumulado en nuestro peregrinar y que conforman esa pesada mochila que nos impide muchas veces caminar, no nos salvarán de la muerte, sino que incluso nos la pueden curiosamente acelerar. Como dicen los budistas, cuando pasamos al bardo (el estado intermedio) no nos llevaremos absolutamente nada, sino nuestra conciencia y las acciones buenas o malas que hemos realizado, que desde luego permanecerán en el recuerdo de las personas que nos quieren o nos aman, pero que finalmente, con el tiempo y en las gene­raciones venideras, acabarán también por extinguirse. 
  5. Por último, es una realidad también que nuestra vida humana es de una fugaci­dad absoluta e infinitesimal, sobre todo si la comparamos con los más de trece mil millones de años de existencia del Universo que conocemos. En consecuencia, debemos ser muy conscientes de que el tiempo perdido no se recupera jamás, por eso hay que aprovecharlo al máximo de forma que podamos practicar el bien y la virtud, o si se prefiere, alcanzar una felicidad, una paz y una alegría interior permanentes, lo que para los budistas significa liberarse del samsara y alcanzar el estado de Buda. 

En definitiva y de una u otra manera, el término ANICCA, concuerda a mi juicio con uno de los libros bíblicos que siempre tengo de cabecera, el Eclesiastés, en el que se nos viene a decir más o menos, que por mucho que nos afanemos, nos ocupemos y preocupemos por nuestra existencia, al final nada permanece porque todos sin excepción moriremos.  

¿Y qué me dice a mí todo esto?

¿Y qué me dice a mí todo esto en este momento de reflexión? Pues me dice algunas cosas, o al menos en este rato que he echado pensando y escribiendo, me dice esto: 

Primero: Que todos mis estados de ansiedad, angustia, tristeza, desazón, preocupación, inquietud y temor por el futuro terminan por disolverse de un tiempo a otro, de un día para otro, de un momento para otro. Y esto es así, porque mis estados psíquicos y los de todos los humanos, son como oleadas de un mar cuyo movimiento está originado por el estado de mi mente. En consecuencia, si mi mente está serena, centrada, alineada y enfocada, esos estados desaparecen y me permiten un mayor bienestar y una mayor conciencia de lo que percibo, de lo que siento y de lo que hago. 

 Segundo: Lo importante para mí, es ser consciente de lo que me está sucediendo en el mismo instante en que me sucede. Así, por ejemplo, cuando me encuentro mal (ya sea inquieto, malhumorado, ansioso, enfadado, deprimido, triste, rabioso, lleno de ira, asustado, con mucho miedo, a punto de disparar palabras o acciones reactivas o de respuesta a una supuesta agresión…) intento darme cuenta y asumir de que me encuentro en un estado de turbación. En esos instantes de postración, aunque no siempre me doy cuenta de ellos, mi primera medida es buscar un remedio para calmarme. Intento buscar como una especie de pastillita que solamente me sirve para parar o frenar en seco ese estado. Y esa especie de pastillita, la encuentro siempre en mi mantra preferido, que es la oración de Santa Teresa de Jesús «Nada te turbe, nada te espante, todo se pasa, Dios no se muda, la paciencia todo lo alcanza, quien a Dios tiene nada de falta, sólo Dios basta». Es obvio pues, que cada uno tiene que buscar su propia pastillita, si es que su deseo es salir del estado de turbación en que se encuentra. Y en esto de las pastillitas que ponen freno a los estados de turbación y postración hay muchas, pero hay que tener mucho cuidado, porque el mercado capitalista ha desarrollado numerosos procedimientos, que aunque pueden calmar los síntomas, la enfermedad sigue su curso, expresándose en mil formas de vacío existencial.

Tercero: Obviamente, y dado que el término “Dios” es un invento humano, o nada más que un nombre cuya realidad no puedo conocer racionalmente, por mucho que se empeñen los teólogos en caracterizarlo y atraparlo, pues aquí, en esta maravillosa contribución de la mística, Teresa de Ávila, particularmente yo, lo sustituyo por el Universo, la Energía Originaria, el Gran Océano, la Inmensidad Inconmensurable, lo o la Innombrable o aquello que no vemos ni podemos probar o definir, pero que sin embargo todo lo atraviesa, nos contiene y en Él navegamos. Claro, que para un creyente-ateo como yo (otro día lo explico), el término “Dios” puede ser también nombrado y sustituido por el Amor de los Amores y/o el Verbo hecho Carne en la vida de Jesús el Hijo del Carpintero, mi amigo y camarada Antonio Suárez, Martin Luther King y otros muchos y muchas que nos liberan de la mediocridad y de las contradicciones y errores de la condición humana, que aun aceptándolas y sufriéndolas en sus carnes, se rebelan y desobedecen hasta el final de sus vidas contra toda forma de opresión e injusticia venga de donde venga, ya sea del exterior o de su propio interior. 

 Cuarto: En este sentido, de no dejarme atrapar en emociones y sentimientos negativos o autodestructivos, también procuro distanciarme, ver en perspectiva, o hacer un esfuerzo por salirme de ese estado mirando más allá o transcendiendo, es decir, adoptando como le gusta decir a muchas personas que conozco, una mirada transdisciplinar, o sea, comprendiendo que existen realmente diferentes niveles de realidad, que todo está complejamente interconectado y que la lógica del tercero incluido funciona en el sentido de que lo que aparentemente se presenta como incompatible o contradictorio puede estar integrado en una nueva dimensión o realidad que lo trasciende (Basarab Nicolescu). Obviamente, esto no es nada fácil y es muy duro para mí, porque cuando estoy en un estado de turbación es como si estuviese ciego, sordo o paralítico porque no soy capaz de encontrar salidas y ponerme en movimiento positivo. Por eso, al menos, procuro pensar en que todo pasará, que todo cambia, que horas más tarde estaré mejor, que mañana será otro día, o que “Nadie se muere en vísperas” como decía mi amigo Pepe García Calvo q.e.p.d. Y efectivamente así sucede, porque todo es impermanente como decía Buda. Por eso también, creo cada vez con mayor convencimiento, que todos los humanos deberíamos tener una conciencia profunda de que nada nos debe turbar porque todos al fin y al cabo formamos parte de esta existencia que se nos manifiesta como cambiante y paradójicamente permanente, porque es al mismo tiempo pre-existente y post-existente. Sin embargo, misteriosa y milagrosamente, los humanos tenemos la capacidad o el  don de trans-formarla trans-formándonos y este es en mi opinión, el principio para alcanzar la serenidad y la paz, un principio que también puede aplicarse a toda educación, ya que la educación no es más que un proceso permanente de trans-formación del ser, del hacer, del conocer, del convivir y del responder con compromisos personales a los obstáculos que impiden la vida. 

Quinto: ANICCA también me dice que debo aprovechar muy bien el tiempo del que dispongo, que debo vivir intensamente cada momento, porque cada momento en realidad es el primero y el último al mismo tiempo (lógica del tercero incluido) y porque la vida es esto que estoy escribiendo en este instante, este gozo íntimo que siento al reconocerme y reconocer a todos los humanos como seres misteriosos y divinos. Esto es muy difícil también para mí, porque a lo largo de toda mi vida he adquirido unos hábitos que me han impedido disfrutar de lo que en cada momento hacía, algo por cierto que me produce pesar, porque me doy cuenta de que cuando creo sentir chispas de entendimiento de esto que llamamos vida humana personal, es cuando menos tiempo me queda físicamente de estar aquí.   

 Sexto: Cuando emprendo cualquier acción y no la realizo con plena concentración, sino que al mismo tiempo intento hacer varias cosas a la vez y pienso en lo que voy a hacer después cuando la termine o en lo que tengo pensado hacer mañana, entonces pues de una u otra manera me agobio y me gana la ansiedad. Sin embargo, también me he dado cuenta de que cuando me concentro plenamente en la tarea que estoy realizando y me olvido de todo lo demás empeñándome en hacerla como si eso fuese lo único importante y transcendental para mí, alcanzo por momentos, una tranquilidad muy grande; el tiempo lo percibo como mucho más lento; tengo la sensación de hacer la tarea sin esfuerzo y además obtengo placer y gozo en la misma. Y esto me ha sucedido, tanto en aquellas tareas que especialmente me gustan y atraen, como por ejemplo escribir esto, como en las que inicialmente me disgustan. 

 Cuando tengo que abordar una tarea que no deseo hacer pero que debo hacer, procuro hacer dos cosas: primero pensar que todo pasará, que debo tener paciencia porque dentro de un tiempo todo quedará solucionado, pero esto es de alguna manera una racionalización del disgusto inicial y no me funciona bien. No obstante, he de decir que cuando afronto la tarea intentando desarrollarla con lentitud, observando, percibiendo y sintiendo todos los movimientos y detalles, haciendo que todo funcione a menor velocidad, al mismo tiempo que recito un mantra o una oración, realmente siento que la tarea que realizo me proporciona un estado de sosiego y tranquilidad muy grande. Concentrarme por tanto en la acción, desmenuzarla y reflexionar dentro de la acción misma, no antes, ni después, sino dentro y en la acción, no solamente me proporciona tranquilidad sino también gozo. aunque inicialmente la tarea que hago no fuese mi deseo hacerla. Este asunto ha sido desarrollado muy bien por el psicólogo Mihaly Csikszentmihalyi, en su libro “Fluir”.

Todo es fugaz: agradezcamos

Todo es pues impermanencia, todo es movimiento, todo es fugacidad, por eso intento en la medida de mis fuerzas no agarrarme a nada, o al menos no agarrarme nada más que a aquello de lo que no puedo prescindir y aun así cometo fallos todos los días. Yo sé que soy un ser que tengo una historia y que lo que soy es el resultado de mi historia, pero mi historia quiero hacerla yo en cada instante y no ese personaje que he construido haciendo mi historia y ahora a estas alturas de mi vida me estoy dando cuenta de que yo no soy ese personaje que he construido, que afanosamente busca reconocimiento, sino que soy algo más que está más allá de mis papeles, trabajos, máscaras y responsabilidades. No tengo palabras para describirlo, ni para nombrarlo, pero siento y sé que hay algo aquí dentro y dentro de cada ser humano, que no es ese yo repleto de biografía e identidades caducas llenas de miedos, ambiciones y deseos. Lo mismo es que estoy ya chocheando y me pierdo en especulaciones y rollos macabeos. 

En cualquier caso y aun sabiendo que me estoy haciendo viejo, no quisiera terminar sin insistir que lo mejor es practicar el agradecimiento. Por eso, en este mismo instante doy gracias a Dios, o a lo que sea, es decir, a la Inmensidad Cósmica, al Infinito, a mis padres que se les ocurrió engendrarme, al Gran Océano, a la Pacha Mama, a lo o la Innombrable y a ti que me lees, por el regalo de la vida y de mi vida, ya que tú lector o lectora, formas parte de ellas. Pero también doy gracias Dios o a lo que sea, por este sentimiento y la conciencia que en estos momentos experimento y que me conectan con lo sutil y lo infinito.

¿Con quién hablo?

¿Con quién hablo? Se preguntarán algunos. Pues sencillamente con el misterio de ese Dios, o lo que sea, que “es” y “está” en todas partes y especialmente en el interior de cada ser humano y en el origen y desarrollo de la vida. Sí, Dios, sí. ¿Quién dijo que necesitamos sacerdotes, obispos, cardenales y demás mediadores de lo Innombrable o de estructuras de adoctrinamiento para hablar con Él de tú a tú? ¿No será que los profesionales de Dios toman su nombre en vano para que todo este desorden civilizatorio se perpetúe y sigamos siendo incapaces de encontrar la felicidad sin necesidad de gurús y mercaderes de la espiritualidad?

Sí, Dios, sí. Te doy las gracias por todas y cada una de las oportunidades que me ofreces para conocerte y para amarte, en todos los seres, así sin más. Darte las gracias por ese infinito amor, esa infinita bondad, esa infinita misericordia que me permite respirar, alimentarme, perdonarme y perdonar, ayudarme y ayudar. Darte las gracias por estar aquí, por disfrutar de este momento de intimidad, meditación, reflexión o de oración. Darte las gracias por todo el amor que me han regalado las personas con las que he construido mi propia historia, entre las cuales, tú que me lees estás entre ellas. Darte las gracias por poder hablar contigo de tú a tú. Darte las gracias por acompañarme desde el mismo momento en que nací. Darte las gracias por permitirme conocer el alma humana. Darte las gracias por la oportunidad de poder ayudar a los demás. Darte las gracias por permitirme reconocerte, verte, sentirte, palparte en todos y cada uno de los seres de la naturaleza. Darte las gracias, por ayudarme a ser más responsable, más honesto, más generoso y más cariñoso. Darte las gracias por darme la oportunidad de equivocarme, de cometer errores, de pecar, de meter la pata, de hacer las cosas rematadamente mal porque solamente así puedo aprender algo. Darte las gracias por permitirme la conciencia de que nada soy, de que nada sé, de que confío plenamente en Ti y porque tú eres mi Pastor y nada me asusta ni me preocupa cuando voy junto a Ti Señor. 

En Camas (Sevilla) a 11 de febrero de 2017

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