Cuentos orientales

Lo que sigue es una selección de esta auténtica joya de libro, que a mí al menos, me sirvió muchísimo para alcanzar serenidad y comprender lo verdaderamente importante en la vida de cualquier ser humano. Más que un libro de espiritualidad, es sobre todo un libro de “sabiduría perenne” según el término reutilizado por Aldous Huxley, que comprende todo un conjunto de principios de vida, sensatez, sentido común, filosóficos, éticos y espirituales que son comunes a todas las culturas, filosofías y religiones del mundo. Puede descargarse completo AQUÍ.

ÍNDICE DE CUENTOS
La inutilidad de los discursos Lo que digan los expertos y la mayoría La dificultad de aprender verdaderamente ¿Qué es lo importante? El peso de las creencias La dificultad de la percepción global
No es lo mismo la fantasía que la realidad Así es la vida El verdadero poder Lo fundamental y lo accesorio Opiniones Interpretando los símbolos
Cielo e infierno cercanos La prisión del odio ¿Quién puede juzgar? Milagros sin significado Auténtico conocimiento Falsas señales de santidad
¿Quién está más loco? Las respuestas de Dios ¿Forma esto parte de mí?



LA INUTILIDAD DE LOS DISCURSOS

Había una vez una comunidad de monjes que pidió a un sabio que les impartiese enseñanza sobre el conocimiento sintético en forma de discursos ya que no concebían otra forma de aprendizaje puesto que desde la más tierna infancia habían sido enseñados así. Después de mucho insistir, éste accedió, así que llegado el momento de la primera lección, dirigiéndose a la asamblea, preguntó: —¿Saben uestedes de qué les voy a hablar en el discurso de hoy?

—No —contestaron a la vez todos los monjes. —Pues si no saben siquiera de lo que voy a hablarles, ¿Cómo van a aprender nada? —dijo el sabio antes de marcharse.

Los miembros de la comunidad volvieron a bus­carlo. El sabio preguntó de nuevo a la asamblea cuando regresó:

—¿Saben hoy ya de qué les hablaré? —Sí —contestaron esta vez, habiéndose puesto previamente de acuerdo. —Pues si ya saben de que voy a hablar, no me necesitan.

Y volvió a marcharse.

Nuevamente lo convencieron los de la comunidad para que hablase, y esta vez concluyeron que lo mejor sería contestar que unos sí sabían de qué hablaría y otros no, en caso de que volviese a preguntar.

En efecto, reunidos todos esperando el discurso del sabio, éste preguntó: —¿Y hoy saben de qué hablaré? —Unos sí lo sabemos y otros no —respondieron.

—En ese caso —dijo el sabio—, que los que lo saben instruyan a los que no lo saben. Dicho lo cuál, se marchó y no regresó más.

LO QUE DIGAN LOS EXPERTOS Y LA MAYORÍA

Un hombre tuvo un ataque cardiaco y todos lo dieron por muerto. Amortajaron el cadáver, lloraron las plañideras, prepararon los funerales y avisaron al sacerdote.

          Pero no había fallecido y cuando despertó, del susto de verse en un ataúd, volvió a desmayarse. Los asistentes llamaron a médicos y forenses, que dictaminaron:

–         No había muerto, pero ahora sí que es un auténtico difunto.

          Se puso en marcha el cortejo fúnebre y cuando ya estaba a punto de ser encendida la pira de incineración, aquel hombre se incorporó gritando:

–         ¡Estoy vivo! ¡Estoy vivo!

–         No puede ser –gritaron familiares, amigos y conocidos- Se ha certificado que estás muerto. Estás preparado como un muerto, y se ha procedido como si estuvieras muerto.

–         ¡Pero estoy vivo! –gritaba aquel hombre despavorido.

Uno de los asistentes reconoció a un notario entre los presentes y le solicitaron su opinión:

–         Todo parece indicar que este hombre está muerto –dijo el notario- pero, no obstante, se ha de proceder según indique la mayoría. ¿Está vivo o está muerto?

–         ¡Está muerto! –gritaron todos al unísono. –          Pues si lo han dicho los expertos y esa es la opinión de la mayoría, la conclusión es que está muerto, ¡Qué se encienda la pira!

LA DIFICULTAD DE APRENDER VERDADERAMENTE

En cierta ocasión hombre de gran erudición fue a visitar a un anciano que estaba considerado como un sabio. Llevaba la intención de declararse discípulo suyo y aprender de su conoci­miento. Cuando llegó a su presencia, manifestó sus pretensiones pero no pudo evitar el dejar constancia de su condición de erudito, opinando y senten­ciando sobre cualquier tema a la menor ocasión que tenía oportunidad. En un momento de la visita, el sabio lo invitó a tomar una taza de té. El erudito aceptó, aprovechando para hacer un breve discurso sobre los beneficios del té, sus distintas clases, méto­dos de cultivo y producción. Cuando la humeante tetera llegó a la mesa, el sabio empezó a servir el té sobre la taza de su invitado. Inmediatamente, la taza comenzó a rebosar, pero el sabio continuaba vertiendo té impasiblemente, derramándose ya el lí­quido sobre el suelo.

—¿Qué haces insensato? —clamó el erudito—. ¿No ves que la taza ya está llena?

—Ilustro esta situación —contestó el sabio—. Tú, al igual que la taza, estás ya lleno de tus propias creencias y opiniones. ¿De qué te serviría que yo tratara de enseñarte nada?

¿QUÉ ES LO IMPORTANTE?

Un monje de gran devoción e instruido, cruzaba una vez un río en barca cuando al pasar al lado de un pequeño islote, oyó una voz de un hombre que muy torpemente intentaba elevar unas plegarias. En su interior no pudo por menos que en­tristecerse. ¿Cómo era posible que alguien fuera ca­paz de entonar tan mal aquellos mantras? Tal vez aquel pobre hombre ignoraba que los mantras de­bían recitarse con la entonación adecuada, el ritmo y la musicalidad precisas, con la pronunciación- per­fecta. Decidió entonces ser generoso y desviándose de su rumbo se acercó al islote para instruir a aquel desdichado sobre la importancia de la correcta ejecu­ción de los mantras. No en vano, se consideraba un gran especialista y aquellos mantras no tenían para él ningún secreto. Cuando arribó, pudo ver a un pobre andrajoso de aspecto sosegado cantando unos man­tras con poco acierto. El monje, con serena pacien­cia, dedicó algunas horas a instruir minuciosamente a aquel individuo que a cada momento mostraba efusivas muestras de agradecimiento a su improvi­sado benefactor. Cuando entendió que por fin aquel sujeto sería capaz de recitar los mantras con cierta solvencia se despidió de él, no sin antes advertirle: —Y recuerda, mi buen amigo, es tal la potencia de estos mantras, que su correcta pronunciación permite que un hombre sea capaz de andar sobre las aguas.

Pero apenas había recorrido unos metros con la barca, cuando oyó la voz de aquel hombre recitar los mantras aún peor que antes.

—Qué desdicha —se dijo a sí mismo—, hay personas incapaces de aprender nada de nada.

—Eh, monje —escuchó decir a su espalda muy cerca de él.

Al volverse vio al pobre andrajoso que, cami­nando sobre las aguas, se acercaba a su barca y le pre­guntaba:

—Noble monje, he olvidado ya tus instruccio­nes sobre el modo correcto de recitar los mantras. ¿Serías tan amable de repetírmelo de nuevo?

EL PESO DE LAS CREENCIAS

Dos jóvenes monjes fueron enviados a visitar un monasterio cercano. Ambos vivían en su propio monasterio desde niños y nunca habían sa­lido de él. Su mentor espiritual no cesaba de hacer­les advertencias sobre los peligros del mundo exte­rior y lo cautos que debían ser durante el camino. Especialmente incidía en lo peligrosas que eran las mujeres para unos monjes sin experiencia:

—Si veis una mujer, apartaos rápidamente de ella. Todas son una tentación muy grande. No de­béis acercaros a ellas, ni mucho menos hablarles y, por descontado, por nada del mundo se os ocurra tocarlas. Ambos jóvenes aseguraron obedecer las ad­vertencias recibidas, y con la excitación que supone una experiencia nueva se pusieron en marcha. Pero a las pocas horas, y a punto de vadear un río, escu­charon una voz de mujer que se quejaba lastimosa­mente detrás de unos arbustos. Uno de ellos hizo ademán de acercarse.

—Ni se te ocurra —le atajó el otro—. ¿No te acuerdas de lo que nos dijo nuestro mentor?

—Sí, me acuerdo; pero voy a ver si esa persona necesita ayuda —contestó su compañero. Dicho esto, se dirigió hacia donde provenían los quejidos y vio a una mujer herida y desnuda.

—Por favor, socorredme, unos bandidos me han asaltado, robándome incluso las ropas. Yo sola no tengo fuerzas para cruzar el río y llegar hasta donde vive mi familia.

El muchacho, ante el estupor de su compañero, cogió a la mujer herida en brazos y, cruzando la co­rriente, la llevó hasta su casa situada cerca de la ori­lla. Allí, los familiares atendieron a la asaltada y mos­traron el mayor agradecimiento al monje, que poco después reemprendió el camino regresando junto a su compañero.

—¡Dios mío! No sólo has visto a esa mujer des­nuda, sino que además la has tomado en brazos. —Así era recriminado una y otra vez por su acom­pañante. Pasaron las horas, y el otro no dejaba de recordarle lo sucedido.

—¡Has cogido a una mujer desnuda en brazos! ¡Has cogido a una mujer desnuda en brazos! ¡Vas a cargar con un gran pecado!

El joven monje se paró delante de su compa­ñero y le dijo:

—Yo solté a la mujer al cruzar el río, pero tú to­davía la llevas encima.

LA DIFICULTAD DE LA PERCEPCIÓN GLOBAL

Una vez llegó un elefante a una ciudad poblada por ciegos. En esa ciudad se ignoraba qué y cómo era ese extraño y enorme animal, así que decidieron llamar a los más eruditos entre ellos para que elevaran un dictamen. El primero se acercó al animal y palpó concienzudamente sus patas. Al rato sentenció:

—Amigos, no hay duda. Un elefante es como una columna.

El segundo de ellos también se acercó al paqui­dermo y tocó a fondo sus orejas.

—Temo comunicaros que mi colega se ha equi­vocado. Un elefante es un gran abanico doble —dijo el segundo. El tercero, en cambio, centró su inspec­ción en la trompa. —Debo decir —proclamó— que mis dos colegas han errado en su apreciación. Es evidente que un ele­fante es como una gruesa soga. De este modo cada erudito captó su propio grupo de defensores y de­tractores, iniciándose una polémica que hizo que lle­garan a las manos. En esto llegó al pueblo un hom­bre que veía perfectamente, y ante aquella confusión preguntó el motivo de la disputa. Desordenada­mente, cada grupo volvió a defender su opinión sobre lo que en verdad era un elefante. Oídos a todos, el hombre que veía trató de sacarles de su error expli­cando que cada erudito sólo había percibido una parte del elefante, por lo que les describió cómo era en realidad el animal. Pero los ciegos creyeron que aquel hombre estaba loco. Lo expulsaron de su po­blado, y continuaron por los siglos debatiendo entre ellos sobre lo que creían debía ser un elefante.

NO ES LO MISMO LA FANTASÍA QUE LA REALIDAD

Cuentan que había un rey a quien le gustaban mucho los dragones. Se hizo un gran experto en esta materia y su palacio estaba decorado con obras de arte que recreaban todo tipo de dragones, gran parte de sus joyas representaban dragones y su ropa estaba decorada con motivos de dragones. En sus jardines manaban fuentes con dragones de pie­dra e instauró una gran fiesta llamada el Festival del Dragón. Incluso afirmaba que sería capaz de dar cualquier cosa con tal de tener la oportunidad de ver a un dragón si es que éstos hubiesen existido. Una noche, un fuerte ruido lo despertó. Un enorme animal estaba introduciendo su cabeza por la ventana y, al abrir sus fauces, lanzó una llamarada que casi alcanzó al rey. Era un dragón. El aterrori­zado monarca llamó a gritos a su guardia, que acu­dió en tropel armada hasta los dientes.

—¡Matad a esa bestia! —ordenaba el rey fuera de control. Al cabo de una cruenta pelea, el extraor­dinario animal yacía muerto a las puertas de palacio. Desde ese momento, al rey dejaron de gustarle los dragones.

ASÍ ES LA VIDA

Un agricultor pacífico y tranquilo que vivía con su hijo vio un día que su único caballo se había escapado del establo. Los vecinos no duda­ron en acercarse a su casa y condolerse por su mala suerte.

—¡Pobre amigo, qué mala fortuna! Has perdido tu herramienta de trabajo. ¿Quién te ayudará ahora con las penosas tareas del campo? Tú solo no po­drás, y te espera el hambre y la ruina. Pero el hombre únicamente contestó: —Así es la vida.

Pero dos días después su caballo regresó acom­pañado de otro joven y magnífico ejemplar. Los ve­cinos esta vez se apresuraron a felicitarlo.

—¡Qué buena suerte, ahora tienes dos caballos! ¡Has doblado tu fortuna sin hacer nada! El hombre sólo musitó: —Así es la vida.

Pero a los pocos días el padre y su hijo salieron juntos a cabalgar. En un tramo del camino, el joven caballo se asustó y tiró de la montura al muchacho, que se partió una pierna en la caída. Nuevamente los vecinos se acercaron a su casa.

—Sí que es mala suerte; si no hubiese venido ese maldito caballo, tu hijo estaría sano como antes, y no con esa pierna rota que Dios sabe si sanará.

El agricultor volvió a repetir: —Así es la vida.

Pero ocurrió que en aquel reino se declaró la guerra y los militares se acercaron a aquella perdida aldea a reclutar a todos los jóvenes en edad de pres­tar servicio de armas. Todos marcharon al frente menos el hijo del agricultor, que fue rechazado por su imposibilidad de caminar. Los vecinos fueron otra vez a casa del agricultor, en esta ocasión con lá­grimas en los ojos.

—¡Qué desgracia la nuestra, no sabemos si vol­veremos a ver a nuestros hijos; tú en cambio tienes en casa al tuyo con una pequeña dolencia! El hombre, una vez más, dijo: —Así es la vida.

EL VERDADERO PODER

Un hombre de corazón endurecido decidió hacerse discípulo de un sabio con fama de tener mucho conocimiento y poder. En realidad, lo que deseaba era llegar a convertirse en maestro él mismo y reunir miles de discípulos que lo venera­sen y satisfacieran todos sus caprichos. Pero el sa­bio, leyendo el corazón de aquel hombre, lo re­chazó como discípulo. No obstante, no se dio por vencido. Corría el rumor de que el maestro poseía un talismán mágico que era la fuente de su poder y sabiduría, por lo que decidió averiguar si era cierto, y llegado el caso, robarlo. Por fin, una noche, des­pués de mucho esperar y acechar, logró hacerse con el talismán. Pero aquel individuo, por más que ma­nipulaba y estudiaba el talismán, no era capaz de adquirir un ápice de conocimiento ni poder aun­que, no obstante, llegó a tener algunas centenas de pobres discípulos a los que enseñaba. Confiaba en que antes o después el talismán le relevase todos sus secretos.

Pero una noche, de repente, apareció en su es­tancia el maestro.

—Eres un pobre desgraciado que no conoce las consecuencia de sus actos —le espetó—. Haces creer a esos pobres desgraciados que eres un maes­tro, y en realidad estás manipulando sus emociones y anhelos. Nadie te dio la potestad de enseñar. Esta potestad sólo puede otorgarla un hombre de cono­cimiento como yo. Y ni yo, ni nadie como yo te la dará jamás. Ahora devuélveme el talismán que me robaste.

Aquel hombre, sintiéndose atrapado, contestó lleno de ira: —Está bien, tal vez yo no logre nunca el cono­cimiento y el poder, pero tú lo has perdido y por eso vienes a buscar el talismán mágico que otorga esos dones. Pues has de saber que no te lo devolveré nunca, antes te mataré o tendrás tú que matarme.

OPINIONES AJENAS

Un abuelo y su nieto se encaminaron un día a una aldea vecina para visitar a unos familiares, por lo que se acompañaron de un borrico a fin de ha­cer más llevadera la jornada. Iba el muchacho montado en el burro cuando al pasar junto a un pueblo oyeron:

—¡Qué vergüenza! El jovencito tan cómodo en el burro y el pobre viejo haciendo el camino a pie.

Oído esto decidieron que fuera el abuelo en la montura y el joven andando. Pero al pasar por otra aldea escucharon:

—¿Viste al egoísta? Él bien tranquilo en el bu­rro, y el muchachito caminando.

Entonces acordaron que lo mejor sería montar los dos en el jumento y así atravesaron otro pueblo, donde unos lugareños les gritaron:

—¿Qué hacéis vosotros? Los dos subidos en el pobre animal. ¡Qué crueldad, vais a terminar reven­tándolo!

Vista la situación, llegaron a la conclusión de que lo más acertado era continuar a pie los dos para no te­ner que soportar más comentarios hirientes. Pero pasa­ron por otro lugar y tuvieron que oír cómo les decían:

—¡Tontos! ¿Cómo se os ocurre ir andando te­niendo un burro?

LO FUNDAMENTAL Y LO ACCESORIO

Un hombre se perdió en el desierto. Al cabo de unos días y a punto de morir de sed, vio que una caravana se acercaba. Como pudo, llamó la atención de los viajeros, que presurosos se dirigieron hacia el necesitado. Este, con un hilo de voz apenas pudo decir: —Aaaguaa.

—Pobre hombre, parece que quiere agua, rá­pido, traigan un pellejo —reclamó uno que parecía el jefe.

—Un pellejo no, por Dios —interpeló otro—, no tiene fuerzas para beber en un pellejo, ¿No se dan cuenta? Tráiganos una botella y un vaso para que pueda hacerlo cómodamente.

—¿Un vaso de cristal? ¿Estás loco o qué te pasa? —protestó otro de los presentes—. ¿No ves que lo cogerá con tanta ansia que puede romperlo y da­ñarse? ¡Traigamos un cuenco de madera! —Aaaguaa… susurró el moribundo. —Creo que ustedes se han vuelto locos —agregó un cuarto hombre—. ¿Es que acaso no recuerdan que tenemos un vino excelente? Siempre lo reani­mará más un buen vaso de vino que el agua. ¡Trai­gamos el vino! —Beebeeer —imploró el sediento con sus últi­mas fuerzas.

—Seguro que el desierto los ha hecho perder el juicio. ¿Cómo vamos a darle vino sin saber si este hombre es musulmán? ¡Estaríamos obligándolo a co­meter un gran pecado! Preguntémosle antes si es reli­gioso —solicitó otro hombre de aspecto bondadoso.

—Pero ¿es que de verdad piensan darle de beber aquí a pleno sol? Antes tenemos que ponerlo a la sombra; yo tengo ciertos conocimientos de medicina y les digo que este hombre está ardiendo de fiebre y agotado. Llevémoslo a la caravana y pongámoslo en una cama —intervino otro de los presentes.

A los mercaderes no les dio tiempo a discutir más, aquel hombre acababa de fallecer en sus brazos.

OTRO PUNTO DE VISTA

Un paseante vio una vez a un pastor que, subido a una escalera, daba de comer de las tier­nas ramas de un árbol a una cabra que llevaba en brazos. A cada rato debía bajarse de la escalera y bus­car una nueva posición donde subirse, para que la cabra comiera hojas verdes. Intrigado, preguntó a aquel hombre: —¿Qué haces ahí subido a la escalera? —¿No lo ves? —contestó el pastor—. Doy de comer a la cabra.

—¿Y cómo se te ocurre hacer eso? —volvió a preguntar de nuevo—. No ves que así vas a tardar muchísimo tiempo? —¿Y qué prisa tiene la cabra?

INTERPRETANDO LOS SÍMBOLOS

Una vez un monje mendicante llegó a un monasterio en busca de alojamiento. Según la tradición lo normal era entablar con el recién lle­gado un debate sobre distintos aspectos de la ense­ñanza budista en el que se ponía a prueba tanto al huésped como a los monjes del cenobio. Pero aquel día todos estaban muy cansados, así que el abad de­cidió que el debate corriera a cargo de un monje que, además de tuerto, tenía pocas luces. El abad decidió aconsejarlo: —Como no tienes mucho conocimiento ni facili­dad de palabra, procura que el debate se haga en si­lencio, y además intenta que sea lo más corto posible.

A la mañana siguiente, el abad se encontró con el visitante, que ya partía. —¿Qué tal fue el debate? —preguntó. —Puedes sentirte satisfecho de tus monjes, él dijo ser el más torpe de todos, pero confieso que me derrotó claramente por su elevada comprensión del budismo.

—Cuéntame cómo fue el diálogo —rogó el abad.

—Para empezar, yo levanté un dedo, queriendo expresar al Buda. Él contestó levantando dos dedos, haciéndome ver que una cosa era el Buda y otra sus enseñanzas. Yo entonces levanté tres dedos, indi­cando al Buda, su enseñanza y sus monjes. Pero a continuación él lanzó un puño contra mi cara ha­ciéndome entender que todo parte de una com­prensión única y definitiva. No supe qué contestar, así que, derrotado, me marcho de tu monasterio.

Instantes después apareció el monje tuerto, y el abad le pidió el relato de lo ocurrido en el debate.

—Ese hombre era un maleducado, empezó le­vantando un dedo recordándome que yo tenía solo un ojo; yo fui benevolente y levanté los dos dedos en señal de que él afortunadamente tenía los dos ojos, pero insistió en el insulto al levantar los tres dedos mostrando que entré él y yo teníamos tres ojos, así que le di un puñetazo. Entonces se levantó y se dio la vuelta sin decir nada.

CIELO E INFIERNO CERCANOS

Un samuray fue a visitar a un viejo sabio para plantearle una duda que lo atormentaba.

—Señor, estoy aquí porque necesito saber si existen el infierno y el paraíso. —¿Quién lo pregunta? —contestó el maestro. —Un guerrero samuray.

—¿Tú un samuray? —se burló el maestro—. ¿Con esa cara de idiota que tienes? El guerrero no daba crédito a lo que oía. —Seguro que además de estúpido eres un co­barde —se mofó de nuevo.

La ira se adueñó del samuray que desenvainó instintivamente su sable.

—¡Ahora se abren las puertas del infierno! —gri­tó el anciano.

El guerrero comprendió de súbito la actitud del maestro y guardó su sable avergonzado.

—¡Ahora se abren las puertas del paraíso! —ex­clamó de nuevo el maestro.

LA PRISIÓN DEL ODIO

Dos hombres habían compartido injusta prisión durante largo tiempo en donde recibie­ron todo tipo de maltratos y humillaciones. Una vez libres, volvieron a verse años después. Uno de ellos preguntó al otro: —¿Alguna vez te acuerdas de los carceleros? —No, gracias a Dios ya lo olvidé todo —con­testó—. ¿Y tú?

—Yo continúo odiándolos con todas mis fuerzas —respondió el otro. Su amigo lo miró unos instantes, luego dijo: —Lo siento por ti. Si eso es así, significa que aún te tienen preso.

¿QUIÉN PUEDE JUZGAR?

Ocurrió una vez que en un pueblo murió de vejez el juez. Como tardaba en llegar el susti­tuto y los casos se acumulaban, los ciudadanos deci­dieron nombrar en el puesto interino a un conve­cino suyo a quien todos respetaban por su sabiduría y sentido de la justicia.

Al día siguiente le llegó el momento de presidir un juicio. Empezó hablando el fiscal, que, de un modo brillante y elocuente, convenció a todos los presentes sobre la culpabilidad del reo.

—¡Tiene razón el fiscal! —exclamó el improvi­sado Juez.

—Señoría, aún debe oír al abogado —le re­cordó el secretario del juzgado.

Tomó entonces la palabra el abogado, que, en brillantísima exposición, también convenció a los presentes sobre la inocencia de su defendido.

—También tiene razón el abogado —dijo el juez.

—¡Pero señoría! —volvió a intervenir el secreta­rio—. ¡No es posible que tengan razón los dos!

—¡El secretario tiene razón también! —Dicho lo cual, el juez dio por terminado el juicio.

MILAGROS SIN SIGNIFICADO

Un anciano maestro mandó a sus discípulos a recorrer mundo con el encargo de que le trajeran noticia del acontecimiento más maravilloso que hubiesen contemplado durante su viaje. Al cabo de muchos meses regresó uno de ellos y empezó a narrarle lo siguiente:

—Maestro, lo más increíble y maravilloso que he contemplado en estos largos meses ocurrió un día en que estaba a punto de tomar una barcaza que cruzaba un caudaloso río. En el momento de zarpar, llegó un pobre anciano que le pidió al barquero que por cari­dad lo llevase a la orilla ya que no disponía de dinero. El dueño de la barca se negó airadamente y soltó amarras con toda rapidez, de tal modo que la barca se adentró en la corriente. Pero en ese momento, y ante la mayor sorpresa de todos, el anciano cerró los ojos. entró en un estado de arrebatamiento ¡y comenzó a caminar sobre las aguas hasta que vadeó el río! ¿No es asombroso? ¿No es eso un milagro?

—¿Cuánto costaba el pasaje de la barca? —pre­guntó el maestro. —Sólo dos monedas —respondió el discípulo. —Pues esas dos monedas es todo el valor del milagro que has contemplado.

AUTÉNTICO CONOCIMIENTO

Cuentan que, en un país lejano, los discípulos de una orden mística eran sometidos a pruebas muy duras. Un día, un maestro reunió a varios de ellos y les dijo:

—Ayer, unos aspirantes a la maestría fueron so­metidos a un examen, quiero que vosotros me deis vuestra opinión sobre quién ha sido el triunfador de la prueba, y así podré conocer vuestra capacidad de comprensión. Acompañadme y os explicaré los de­talles.

Caminaron juntos un trecho hasta que llegaron a un lugar donde se abrían unos pozos. El maestro continuó hablando:

—La prueba era muy sencilla. En cada uno de esos cinco pozos repletos de serpientes venenosas, se encerró a los candidatos con el objetivo de que pasaran la noche allí. Acerquémonos y veamos el re­sultado.

Así, cuando se asomaron al primer pozo, obser­varon que sólo estaban las serpientes. En el segundo pozo, vieron muerto al candidato rodeado de ser­pientes. En el tercer pozo, observaron al candidato tranquilamente sentado en medio de todas las serpientes muertas. En el siguiente pozo contemplaron cómo el cuarto hombre dormía a pierna suelta al lado de una pequeña hoguera sin que hubiera nin­guna serpiente a su alrededor. Por último, en el quinto pozo, vieron cómo el candidato se encon­traba en postura de meditación y con el rostro lleno de serenidad mientras las serpientes recorrían pláci­damente su cuerpo.

—Bien —dijo el maestro—, quiero que ahora me digáis quién es el candidato que ha triunfado en la prueba, argumentándome vuestras conclusiones.

Después de una pequeña deliberación en la que constataron que todos estaban de acuerdo, un por­tavoz se dirigió al maestro:

—Creemos que el ganador es el hombre que está meditando en el quinto pozo. En el primero, parece evidente que el hombre huyó. El segundo murió envenenado por las serpientes. El tercero hizo un acto de valor matándolas, pero sólo se de­sembarazó del problema. El cuarto candidato dio muestras de inteligencia al utilizar el fuego para que las serpientes huyeran. En cambio, el último hom­bre consiguió tal control sobre sí mismo, y alcanzó tal grado de paz interior que hasta esos peligrosos animales han demostrado mansedumbre ante él.

—Vuestras conclusiones son producto de las apariencias y no de la realidad, mucho más simple —dijo el maestro—. Y todo poque el punto de par­tida es falso: la verdad es que las serpientes no son venenosas. Ciertamente, el primer candidato huyó creyéndose en peligro, el segundo murió presa de su propio miedo a morir, el tercero mató a unos po­bres animales inofensivos, el quinto realizó un es­fuerzo de concentración y control inecesarios en una situación que no lo requería. Sólo el cuarto candidato tenía un conocimiento real: él sabía que aquellos animales no eran en absoluto peligrosos, por eso se tumbó tranquilamente a dormir, aunque antes prefirió encender una hoguera para calentarse V sacar del pozo a las serpientes para estar más có­modo.

FALSAS SEÑALES DE SANTIDAD

Un hombre decidió buscar a un maestro de quien poder aprender tanto de su conoci­miento como de su ejemplo. Un amigo se enteró de sus intenciones y se prestó a ayudarlo:

—Yo conozco a un hombre santo que vive en la montaña; si quieres, te acompañaré a visitarlo.

Ambos iniciaron el camino en medio de una ne­vada y, a media jornada, se sentaron a descansar al lado de una fuente. El buscador preguntó a su amigo:

—¿Cómo sabes que ese ermitaño es un hombre santo?

—Por su conducta —contestó éste—. Viste siem­pre túnica blanca en señal de pureza, come hierbas y bebe agua, lleva clavos en los pies para mortificarse, a veces rueda desnudo por la nieve y tiene un discípulo que le da periódicamente 20 latigazos en la espalda.

En ese momento apareció un caballo blanco que, después de beber agua en la fuente y mordis­quear unas hierbas, se puso a rodar por la nieve. Al verlo, el buscador se levantó y dijo a su amigo: —¡Me voy, ese animal es blanco, come hierba y bebe agua, lleva clavos en sus cascos, le gusta tirarse por la nieve y seguro que recibe a la semana más de 20 latigazos. Sin embargo, no es más que un caballo.

¿QUIÉN ESTÁ MÁS LOCO?

Unos hombres fueron a inspeccionar un manicomio famoso por el acertado tratamiento que allí se les daba a los pacientes. Entre los mu­chos enfermos encontraron a uno de ellos extrema­damente sonrojado y que desprendía un gran calor. Preguntaron a los médicos encargados sobre aquel caso tan singular.

—Es el enfermo más antiguo del hospital —con­testaron aquellos sabios—. Ese hombre se cree un horno.

—¿Y cómo con sus conocimientos no han po­dido curarlo aún?

—Bueno…, verán —se excusaron los médicos—, lo que ocurre es que hace un pan excelente.

LAS RESPUESTAS DE DIOS

Un hombre muy devoto vivía en una casa alejada de una aldea. Llegada la época de las lluvias, éstas aparecieron con una fuerza des­acostumbrada. Al cabo de una semana de llover sin parar, vio cómo algunos aldeanos con sus pertenen­cias se alejaban del lugar pasando frente a su puerta.

—Vecino —le dijeron—, dicen que todavía llo­verá mucho más, y esta es una zona que puede inun­darse fácilmente. Sube a nuestro carro y nosotros te ayudaremos a cargar tus cosas.

—Gracias amigos —contestó el hombre devoto—, pero no estoy preocupado. Dios me ayudará si llega el caso. Y como acostumbraba, esa noche rezó, pidiendo a Dios que lo mantuviera fuera de peligro.

Pero continuó lloviendo dos semanas más. El agua ya había penetrado en su casa y le llegaba hasta las rodillas. Los últimos habitantes de la aldea le gri­taron desde sus barcas al tiempo que remaban apre­suradamente:

—Vecino, no te demores ni un instante en venir con nosotros, no pierdas tiempo en recoger nada. Las aguas amenazan con subir aún más.

—Gracias, pero no os preocupéis por mí. Mar­chad tranquilos, que Dios no me dejará desamparado, seguro que mañana deja de llover —contestó desde el armario donde estaba subido. Y esa noche la pasó rezando y pidiendo a Dios que no lo aban­donara en aquella situación, sin duda ya angustiosa.

Durante la semana siguiente las aguas fueron su­biendo indefectiblemente, de tal modo que nuestro hombre terminó encaramado en el punto más alto del tejado. Aun así, no dejó de rezar ni un instante solicitando la ayuda de Dios, confiando ciegamente en la divina providencia. Estando en esta situación se acercó por allí un equipo de salvación perfectamente pertrechado.

—Prepárese, que vamos a salvarlo. Ha tenido suerte que pasásemos por aquí, las lluvias no amai­nan y la situación es cada vez peor; pero no se preo­cupe, aquí estamos nosotros para salvarle la vida —le gritó el jefe del equipo.

—Se equivoca, buen hombre —contestó el de­voto—, mi vida sólo está en manos de Dios y él no permitirá que muera, seguro que mañana mismo deja de llover y en unos días todo vuelve a la norma­lidad. Esto es una prueba que Dios me manda para probar mi fe, pero yo confío en su infinita sabiduría.

Oído esto, aquellos hombres decidieron dar media vuelta, pensando que no merecía la pena es­forzarse en ayudar a un loco que no quería salvarse.

Como continuó lloviendo, el hombre devoto murió ahogado al día siguiente y su alma llegó ante la presencia de Dios.

—Señor, estoy frustrado, defraudado y descon­certado. ¿Por qué te negaste a socorrerme? Sabes que recé sin parar pidiéndote que no me abandona­ras. ¿Por qué lo hiciste? —preguntaba aquel alma entre desconsolados sollozos. —Mi confianza en tu ayuda era absoluta. La voz de Dios sonó como un trueno. —¿Cómo que me negué a ayudarte? Nadie tiene la culpa de que seas un completo idiota.

¿Quién crees que te envió a los vecinos del ca­rro, a los de las barcas y al equipo de salvamento?

¿FORMA ESTO PARTE DE MÍ?

Cuentan que un hombre sufría con gran frecuencia ataques de ira y cólera, así que deci­dió un día abordar esta situación. Para ello se fue al encuentro de un viejo sabio con fama de conocer la naturaleza humana. Cuando llegó a su presencia, habló de este modo:

—Señor, quiero solicitar tu ayuda, ya que tengo fuertes arranques de ira que están haciendo mi vida muy desgraciada. Yo sé que soy así, pero también sé que puedo cambiar si usted me aconseja.

Lo que me cuentas es muy interesante —dijo el anciano—. De todas maneras, para poder tratar bien tu problema es necesario que me muestres tu ira y así pueda saber de qué naturaleza es.

—Pero ahora no tengo ira —argumentó el hombre.

—Bien —contestó en anciano—, lo que tendrás que hacer en este caso es que la próxima vez que la ira te invada, has de venir lo más deprisa posible a enseñármela.

El hombre iracundo se mostró de acuerdo y re­gresó a su casa. Pero pocos días después se encontró de nuevo con otro ataque de cólera y marchó rápi­damente a ver al anciano. Sin embargo, ocurría que el viejo habitaba en lo mas alto de una coima muy alejada, así que cuando por fin alcanzó la cima y se presentó al sabio…

—Señor, estoy aquí de nuevo como me dijiste. —Estupendo, muéstrame tu ira. Pero al pobre hombre se le había pasado la ira durante la subida.

—Es posible que no hayas venido lo suficien­temente rápido —dijo el anciano—. La próxima vez corre mucho más deprisa y así llegarás todavía con ira.

Pasados unos días, al hombre le asaltó otro fuerte ataque de cólera y recordando la recomenda­ción del sabio, comenzó a correr cuesta arriba todo lo rápido que pudo. Cuando media hora después llegó completamente agotado a casa del viejo, éste le reprendió severamente:

—Esto no puede continuar así, otra vez llegas sin ira. Creo que debes esforzarte aún más y tratar de subir las cuestas mucho más deprisa. De otro modo no voy a poder ayudarte.

El hombre marchó entristecido. Jurándose a sí mismo que la próxima ocasión correría con todas sus fuerzas para llegar a tiempo de mostrar su ira.

Pero no ocurrió así. Una y otra vez subía la cuesta, y a cada ocasión llegaba más y más fatigado y desde luego sin un asomo de ira.

Un día que llegó especialmente extenuado, el maestro, por fin, le dijo:

Creo que me has engañado. Si la ira formara parte de ti, podrías enseñármela. Has subido a mi casa veinte veces y nunca has sido capaz de mos­trarla. Esa ira no te pertenece. No es tuya. Te atrapa en cualquier lugar y con cualquier motivo y luego te abandona. Por tanto, la solución es fácil: la próxima vez que quiera llegar a ti, no la recojas.