Descubrir la espiritualidad

strano_descespiritualidadEn el año 2001 tuve la fortuna de cambiar radicalmente de vida como consecuencia de que me habían jubilado por enfermedad. Fue una gran suerte que me ha permitido descubrir, vivir, apreciar y admirar la vida de una manera totalmente diferente.

En aquel año y como consecuencia de los difíciles momentos por los que atravesaba, decidí buscar caminos que me permitieran salir de la confusión y la tristeza en la que me encontraba. Ya no podía fundamentar  y encontrar sentido a mi vida diaria en el trabajo profesional. Además me di cuenta de que era completamente prescindible y que todas las preocupaciones que había tenido hasta el momento por el trabajo a nadie en particular le importaba y mucho menos a la Administración que me pagaba. Pasé entonces por un periodo sombrío y desesperanzado hasta que decidí explorar la senda espiritual y comencé a leer los más diversos textos literarios, místicos y espirituales del hinduismo, budismo y sufismo.

También asistí en varias ocasiones a charlas y cursos de meditación gratuitos que ofrecía la organización  la Organización Espiritual “Brahma Kumaris“, en la que  adquirí este librito que ha sido durante mucho tiempo mi libro de meditación, ya que sus mensajes proporcionan, o al menos a mí me lo han proporcionado, un clima interior de tranquilidad y serenidad que me ayudaron a enfrentar la vida cotidiana sin ansiedad y con paz interior. Por eso lo traigo aquí.

ÍNDICE DE CITAS
Espiritualidad en la vida diaria Paciencia El poder de la fe Honestidad Humildad no es servilismo
ESPIRITUALIDAD EN LA VIDA DIARIA

En esencia, la espiritualidad es saber cómo vivir. Ese conocimiento nos da la felicidad. La verdadera espiritualidad no consiste en un sistema de culto o un ritual, sino en una actitud positiva hacia nosotros mismos y hacia otros, lo que convierte la vida en dicha, no en esfuerzo.
Para que la vida sea feliz basta con unas relaciones personales satisfactorias y un objetivo. La felicidad o la ausencia de ella no obedece a causas externas sino que proviene del interior.
Así, el bienestar material no brinda felicidad, no tampoco desdicha.
La gran afección de la conciencia humana es considerar sólo lo externo, como un medio para alcanzar la felicidad, esperando simplemente lo mejor, en lugar de examinar los valores y actitudes personales.
La felicidad no puede hallarse esperando simplemente lo mejor. No hay atajos. Ninguna otra persona, ninguna cosa externa puede darnos un estado permanente de bienestar. Es nuestra propia responsabilidad lograrlo. Las cosas externas pueden contribuir, servir de guía e inspiración, pero en última instancia la vida es lo que hacemos de ella.
La exploración de nuestro yo más profundo nos procura entendimiento. Con éste, podemos empezar a crear la vida que deseamos vivir. Sin este entendimiento no podemos librarnos de la crisis.
En la actualidad parecería que a cada paso hay crisis, contratiempos y situaciones insolubles. Se diría que esto se ha convertido casi en lo común para la vida humana.
Cuando somos auténticamente humanos, la vida es más que la simple supervivencia y la superación de obstáculos. Es una gozosa experiencia llena de amor y significado.

PACIENCIA

Tener paciencia es estar dispuesto a trabajar en el proceso de crecimiento. Lo bueno, lo positivo y lo verdadero no pueden lograrse inmediatamente o de manera automática; requieren tiempo y un proceso. A veces debemos actuar, pero otras veces tenemos que esperar. A menudo la gente trata de hacer que las cosas sucedan a la fuerza. En ocasiones ésta da resultado, pero en esos casos no nos queda el sentimiento de haberlo logrado realmente. Si cada centímetro del éxito se obtiene mediante una batalla o conflicto, la victoria es vana. Los buenos resultados no dependen únicamente de nosotros o de nuestra aportación. El éxito se deriva de aprender a respetar las cosas; no sólo las situaciones, sino especialmente las personas. Sin duda debemos actuar, pero no debemos tener apego al acto en sí. El apego a lo que hacemos es lo que limita el éxito de los resultados, ya que el apego o el deseo de obtener ciertos resultados despoja a la acción de su pureza. ¿Cómo trabaja el jardinero? Selecciona el terreno y, según la temporada, siembra las semillas apropiadas. Él disfruta de su trabajo: labra la tierra, esparce las semillas y más tarde riega la planta; sin embargo, en última instancia sabe que es la naturaleza la que manifestará su milagro de vida. El jardinero debe estar siempre atento, asegurándose de que haya suficiente agua, que no ataquen los insectos; pero no puede dominar el proceso. Él coopera y colabora con la naturaleza, pero no debe interferir. El jardín más hermoso es el producto de la asociación entre él y la naturaleza. Él acata sus leyes, comprendiendo cuándo ha de participar y cuándo esperar. El verdadero éxito se basa siempre en la asociación. Una verdadera asociación no sólo acepta el propio papel sino también el de otras personas. Permitimos que otros contribuyan, sin pasar por alto nuestras responsabilidades. La gente se olvida de mantener el equilibrio. El jardinero debe comprender la ley del equilibrio; de otra manera hará demasiado o muy poco, y la belleza y productividad del jardín se verán mermadas. El jardinero debe respetar el tiempo; debe tener la paciencia de esperar la estación adecuada para sembrar, porque si determinadas semillas se plantan en el momento equivocado o en el lugar erróneo de nada servirá la atención que se les brinde. Sin embargo, no basta con tener paciencia; si no se entiende lo que es apropiado, la paciente espera no concuerda con la verdad de una situación. La inactividad y la paciencia no son lo mismo. La inactividad puede ser apatía, y la apatía surge cuando no existe el deseo de realizar esfuerzos o de comprometerse. Debemos sembrar las semillas de las acciones correctas y regarlas con responsabilidad y atención, pero nunca forzar las cosas por deseos egoístas. Estos deseos arruinan la cosecha que deseamos recolectar. No puede haber éxito con respecto a la felicidad y el bienestar si constantemente estamos interfiriendo y manipulando lo que deberíamos dejar en paz. Tenemos que trabajar mostrando respeto hacia el proceso natural; con este respeto, el bien inherente surge de todas las cosas.

EL PODER DE LA FE

Ser espiritual significa aceptar la responsabilidad por el cambio personal. Un cambio espiritual puede abrir nuevos horizontes en nuestra vida. No puede haber progreso sin cambio; el cambio exitoso trae consigo la energía de la inspiración y el entusiasmo para experimentar y perseverar. Nunca debemos perder la esperanza, ni pensar que los hábitos del pasado están demasiado arraigados. El pensamiento positivo, junto con la tranquila perseverancia, es capaz de hacer milagros: lo imposible se hace realidad. El pensamiento positivo se basa en la fe verdadera: una combinación de entendimiento espiritual y de experiencia. Se dice que la fe mueve montañas; la fe no es una esperanza ciega ni una tradición conveniente que disimula la falta de pensamiento independiente; tampoco es una justificación para la falta de entendimiento. Una vez que experimentamos la dignidad de nuestro verdadero yo, desarrollamos la fe en lo que somos, en nuestro derecho a la herencia divina de igualdad, libertad, felicidad y en nuestro derecho al amor y la justicia. Estos derechos sólo pueden reclamarse con humildad y respetando las leyes eternas del Universo. Estos derechos se manifiestan cuando empezamos a identificarnos con la verdad sobre nuestra espiritualidad. Esta nueva conciencia da origen a nuestra fe en lo que podemos ser y en aquello a que podemos aspirar. La fe en la espiritualidad nos permite confiar en nosotros mismos. Con confianza podemos desprendernos del pasado y tener el valor de aventurarnos. El aventurarnos con valor nos da la confianza de saber que podemos lograr lo que nos habíamos propuesto. Si comenzamos con duda habremos sembrado la semilla de un posible fracaso. La fe en la espiritualidad siempre nos permite ganar. Cada paso con fe abre otro capítulo en nuestra vida.

HONESTIDAD

A veces hacemos demasiado esfuerzo para mejorar; otras veces no hacemos lo suficiente. Debemos hacer esfuerzos. Si queremos mejorar hay que intentarlo. Nuestras circunstancias, nuestras relaciones y nuestro destino son sólo el eco de nuestro propio carácter, de manera que somos sus últimos responsables. El único cambio indispensable que podemos hacer es en nuestro propio carácter. Es necesario comprometerse para mejorar. El poder del compromiso radica en que canaliza la energía de que disponemos a fin de obtener nuestras metas. Si somos sinceros con nosotros mismos, estamos comprometidos con nuestro crecimiento. No necesitamos ser perfectos, pero sí honestos. La honestidad nos permite ser realistas acerca de lo que podemos o no podemos hacer. Sólo tenemos que hacer todo lo posible de acuerdo con nuestro entendimiento y capacidad. Aun así, debemos estar atentos antes de dar el siguiente paso hacia arriba, sin apresurarnos a darlo si aún no estamos preparados, pero sin perder nunca de vista ese siguiente peldaño. Estar listo cuando es el momento de subir: eso es la humildad. Realizar esfuerzos sinceros significa mantenernos disponibles para aprender cualquiera de las lecciones que trae la vida. Por mucho que hayamos leído o hecho, por mucho que sepamos o comprendamos, siempre hay espacio para aprender. La honestidad requiere humildad.

HUMILDAD NO ES SERVILISMO

Humildad significa estar dispuesto a aprender. Humildad significa estar dispuesto a cambiar. La humildad sólo es posible cuando tenemos dignidad, y ésta sólo nace del conocimiento de nosotros mismos. Al conocernos sabemos que somos parte del todo, como un rayo en una rueda. No somos todo, pero tampoco somos nada. Es la humildad la que nos da este entendimiento y nos mantiene en equilibrio. Si no estamos apegados ni a nuestras buenas cualidades ni a nuestras debilidades, podemos hacer frente a ambas. Si las cultivamos con amor, nuestras cualidades positivas aumentarán y servirán a otros; y nuestras debilidades disminuirán mediante la atención y la sinceridad. La humildad es nuestra mayor protección, pues evita que caigamos en el abismo de la arrogancia y la complacencia de nosotros mismos. La humildad nos mantiene alertas a todas las posibilidades: tanto a la de ser engañados y causar un desastre, como a la de producir los milagros más sorprendentes. La humildad es el fruto del respeto por nosotros mismos; así pues, una persona humilde nunca temerá ser vulnerable ni la asustarán las pérdidas. La humildad da nacimiento a la certeza sin recurrir al dogma. Lo que necesitamos se encuentra siempre en nuestro interior, y nada ni nadie podrá despojarnos nunca de estos recursos internos. La humildad brota de la seguridad interna y nos prepara para comunicarnos, para cooperar y para experimentar con pensamientos e ideas nuevos. La humildad es la prueba del dominio de nosotros mismos, de haber vencido al «yo» y al «mío» que inducen a la trampa de los juegos de poder, juegos de manipulación que destruyen y aniquilan el respeto y la amistad. Debemos ser depositarios, no dueños; y debemos actuar como tales en nuestras relaciones con los demás. La propiedad de algo crea automáticamente el temor de perderlo. Quien se siente -propietario» de algo o de alguien siempre desconfía, siempre está a la defensiva. Como depositarios sabemos que no poseemos nada ni a nadie. Paradójicamente, al renunciar a todo recibimos todo. Lo que necesitamos vendrá a nosotros: hay suficiente para todos. Tener conciencia de ser depositarios significa que ahorramos una inmensa cantidad de energía mental y emocional porque no desperdiciamos tiempo en cálculos egoístas o hábiles manipulaciones. Con la conciencia de ser depositarios llegamos a ser maestros. Un maestro trabaja con los principios eternos del Universo; un maestro es humilde e independiente, y mantiene el equilibrio y la armonía. La mayor humildad de todas es la de reconocer y aceptar que existen leyes superiores a las de los seres humanos y que no somos el referente del Universo. Hay principios eternos que protegen y gobiernan el bienestar de toda la vida. Nosotros, como individuos, debemos seguir estos principios, ya que al sujetarnos a las verdades eternas encontramos la libertad; encontramos nuestro camino. Sujetarnos a las leyes divinas no nos limita ni nos niega. Al contrario, las leyes eternas son el medio que permite la expresión total del yo individual. No hay transgresiones ya que siempre se respeta la individualidad de otros: la armonía se mantiene. Con humildad reconocemos el derecho de todas las cosas a existir; a existir en paz, a existir en libertad, y a existir con felicidad. Este derecho innato es una ley inmortal. El servilismo en las relaciones o con los objetos materiales es el resultado del miedo: miedo a nosotros mismos, falta de valor para hacer frente, para cambiar, para movernos en otra dirección. La dignidad nos libera del miedo. La dignidad nos libera de la dependencia. Cuando no pensamos por nosotros mismos con suficiente profundidad, aceptamos servilmente las opiniones sociales y a las personas con la que nos relacionamos. La humildad nos proporciona la introspección. Empezamos a examinar las barreras y emociones que nos limitan. Para vencer el servilismo debemos aprender a pensar por nosotros mismos y con sinceridad. Sin humildad, el ego nos tienta y nos dejamos seducir por los deseos egoístas. La humildad abre la puerta hacia el conocimiento de nosotros mismos. A medida que este conocimiento crece, crece nuestra autoestima. Naturalmente, esta autoestima da origen a un sentimiento de identidad. Con esta estabilidad interna no tememos lo que es diferente, no deseamos poseer ni acumular. Esto es libertad. Conforme crece esta libertad interna no hay deseo de controlar a otras personas o situaciones. Sabemos que lo correcto ocurrirá de la manera adecuada, en el momento apropiado. La humildad es la otra cara del respeto a nosotros mismos: cuanto mayor es una, mayor es el otro. Nadie ni nada nos amenaza. Somos libres.

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