5.- La Cuenca minera de Riotinto

5.- LA CUENCA MINERA DE RIOTINTO
5.1.- Humano territorio
5.2.- Desde la Antigüedad
5.3.- Explotado por los ingleses 5.4.- La Compañía Española de Minas de Riotinto
5.5.- Conclusiones
5.6.- Referencias bibliográficas

«…Don Minero aprieta el libro contra su pecho. Sabe que la Cuenca minera ha tenido que ganar a pulso cada una de las mejoras conseguidas a través de la historia –una historia llena de injusticias, de luchas y de sacrificios, pero también colmada de grandeza y de compañera solidaridad-…»

Juan Delgado López. 1995.“Cuentos del viejo capataz“. Pág. 114

          Cuando por vez primera nos acercamos a la Experiencia de la SAFA de Riotinto a través del único libro publicado hasta la fecha sobre la misma[1], enseguida  descubrimos que debajo de todas las realizaciones pedagógicas y por encima de todos los avatares organizativos, palpitaba un marco social e histórico que daba significación y sentido a todo lo que en la Escuela Profesional había sucedido en tan corto espacio de tiempo.

          Este descubrimiento nos ha llevado a detenernos en el conocimiento de la comarca y a profundizar en aquellos aspectos de su historia que de alguna manera configuran la cultura y el modo de ser de sus habitantes, aspectos por otra parte indispensables para entender los procesos y realizaciones culturales y educativas de los pueblos.

          Deliberadamente pues, hemos optado por detenernos en aquellos personajes y situaciones sociales que sirven de referente para entender tanto el historial de agravios e injusticias a las que secularmente ha estado sometida la cuenca, como las respuestas colectivas dadas por la misma a las situaciones de dominación, respuestas en las que juegan un importante papel, no sólo organizaciones y líderes sociales, sino también elementos y procesos culturales y educativos.

          Todo ello tiene sentido, en la medida en que nuestra hipótesis central consiste en analizar y valorar la Experiencia, como proyecto educativo capaz de responder a las necesidades educativas del presente y del futuro. Sin embargo, lo que no pudimos imaginar en los prolegómenos de este estudio, es que la Experiencia guardase tan importantes paralelismos con la historia social de la comarca, de la que es parte esencial, tanto por la naturaleza y características de los hechos educativos que la misma puso en marcha, como por las personas que en ella intervinieron y que hoy participan en la vida social, gracias precisamente a aquellos elementos formativos liberadores que la Experiencia de la SAFA les proporcionó.

          En consecuencia el capítulo que a continuación desarrollamos adquiere todo su valor en la medida en que contribuye a mostrar que son las gentes sencillas de la comarca, los trabajadores de la mina y las mujeres de la Cuenca los que a lo largo de toda la historia de la misma han hecho posible respuestas superadoras, respuestas entre las que se encuentra la Experiencia de la SAFA de Riotinto, en la que precisamente vendrán a ser los alumnos los que se constituyan en “sujetos” de su propia historia.

[1]     El libro al que nos referimos, y que constituye la primera y única fuente bibliográfica que da fe de las realizaciones y de lo sucedido en la Escuela Profesional SAFA de Riotinto (Huelva) en el periodo 1970-1973, es el redactado por el Equipo de Profesores que protagonizó la Experiencia y que editado por Tomás Alberdi Alonso, a la sazón Jefe de Estudios en aquellas fechas, se titula «La Empresa contra la Escuela».

5.1.- HUMANO TERRITORIO

«…Desnudos los huesos de la tierra, torcidos en contorsiones absurdas, atormentados en álabes dolorosos. La montaña, extirpada la carne de los senos, apoya su osamenta en llaves de la dolomía, y construye en el vacío, escollos, palacios, aras, sepulcros; erige monumentos, rasga balcones, traza caminos, cuelga de sus ápices una sorprendente vegetación, En esta fábrica vertiginosa llena de calabozos y guaridas, cada relieve amenaza rodar, y cada perfil se abre, se aguza, resplandece con bellísimas irisaciones, llora con lágrimas eternas…»

Concha Espina. “El metal de los muertos“. Pág. 59.

          La comarca denominada «Cuenca minera de Riotinto» está situada  al noreste de la provincia de Huelva, en el extremo oriental de lo que se ha venido a llamar «…cinturón de piritas del suroeste español…» que se alarga desde Aznalcóllar (Sevilla) hasta Caveira, en Portugal, atravesando la provincia de Huelva en dirección sureste-noroeste, territorio que en su conjunto constituye la zona de mayor reserva mundial de piritas y en el que sobresalen las minas de Río Tinto, Tharsis y la Zarza. (GIL VARÓN, L.;1984: 12).

          La cuenca minera de Río Tinto, al igual que toda la provincia de Huelva , ha sido siempre un territorio en el que se han dado encuentro diversos pueblos, culturas y civilizaciones; desde los míticos tartessios hasta los romanos; desde los fenicios hasta los árabes o ya más modernamente desde los ingleses hasta nuestros compatriotas de las diversas provincias andaluzas y del resto España. Ha sido y sigue siendo en la actualidad un lugar de empatía y solidaridad, de acogida y de amistad, y sobre todo de conciencia social y de fraternidad, cualidades de las que nos cabe la satisfacción de haber tenido la oportunidad de comprobar y vivir en el transcurso de la realización del presente estudio.

          En la actualidad , la Cuenca minera de Río Tinto, está compuesta por siete municipios, de los que dos de ellos se separaron de Zalamea la Real, núcleo original y madre de toda la comarca, en el siglo XIX. Tal es el caso de Minas de Riotinto, que se independiza en 1841 y de Nerva que lo hace en 1885. El Campillo se segrega en 1931.

ILUSTRACIÓN Nº 29. Mapa provincial de España. Situación de la provincia de Huelva. FUENTE: Instituto Geográfico Nacional
ILUTRACIÓN Nº 30. Mapa provincial de Huelva. FUENTE: Instituto Geográfico Nacional.
ILUSTRACIÓN Nº31. Cuenca minera de Riotinto. Mapa provincial de Huelva. FUENTE: Instituto Geográfico Nacional.

        En el mismo sentido, es de rigor precisar que el lugar conocido secularmente durante más de mil años como “Riotinto” y posteriormente como “Riotinto Aldea”, se corresponde hoy con la actual Nerva. Al mismo tiempo, el conocido en el siglo XVIII como “Las Minas” y posteriormente como “La Mina Abajo” o “Riotinto Mina”, ya desaparecido, se independiza como municipio en 1841,  y es lo que hoy administrativamente constituye el municipio de “Minas de Riotinto” que es normalmente llamado “Riotinto”. (RIOJA BOLAÑOS, A. 1984; FERRERO BLANCO, M. D. 1994: 19-22)

          Otro detalle de importancia, es que durante unos meses de 1868, la actual Nerva, entonces “Riotinto Aldea” fue declarada como la independiente “Villa de la Libertad” , a resultas de la rebelión cantonalista de 1868 asociada al proceso revolucionario republicano-federalista desarrollado en España; que como es sabido, fue iniciado en Cádiz el 17 de septiembre de 1868 con el levantamiento del almirante Topete y el derrocamiento de la monarquía de los Borbones, culminando con la breve vida de la Iª República Española, proclamada en junio de 1873 y terminada en enero de 1874. Posteriormente, el 7 de agosto de 1885, será cuando definitivamente el núcleo de población “Riotinto Aldea” se convierta en la actual “Villa de Nerva”.

          Los datos actuales  de los siete pueblos de la comarca que hoy constituyen, desde 1991, la Mancomunidad de Municipios Cuenca minera (AA.VV. 1998: 19-21) se reflejan en la Tabla 1.

ILUSTRACIÓN Nº 32. Cuenca minera de Riotinto. Tabla de población y superficie. Elaboración propia.

       A cualquier observador perspicaz, le costará poco tiempo descubrir que lo más significativo de esta comarca, lo que permite explicar su configuración geográfica, económica, social, cultural e incluso política es sin duda la actividad minera, que desde tiempos inmemoriales hasta nuestros días ha constituido su peculiaridad principal, por lo que se podría decir que ha sido la minería la que ha «creado» la comarca (RUÍZ BALLESTEROS, E.; 1998: 43)

          El río Tinto , que atraviesa la comarca en su parte más oriental en dirección Norte-Sur con el peculiar tono rojizo de sus aguas, debido a las altas concentraciones de mineral que producen depósitos sedimentarios de un singular color ocre; los restos arqueológicos encontrados que ponen de manifiesto la antigüedad de la explotación minera; la impresionante presencia de la “Corta Atalaya”  testigo de las mudas heridas geológicas y humanas producidas por las explotaciones mineras a cielo abierto iniciadas en el siglo XIX y continuadas en el XX; los sugestivos promontorios de escorias que impactan la retina de cualquier observador; la urbanización “Bellavista”  prueba de la colonización cultural inglesa en la zona; el ferrocarril minero, testimonio de la revolución industrial y del transporte, así como numerosos detalles naturales, geográficos, tecnológicos, culturales y sociales, hacen de toda la zona, una riquísima y asombrosa fuente de historia y de vida, en la que se condensan paisaje y cultura, sufrimiento y progreso; industrialización y luchas sociales;  y sobre todo una vivencia, en la que todo gira en torno a “la mina” como origen de cultura, de proyectos, de esperanzas y sobre todo de vida en la que se mezclan suelo, sangre y sudor con alegría, coraje y ternura. Este es precisamente uno de los aspectos más importantes a los que hemos tenido la oportunidad de acercarnos y descubrir con gran satisfacción.

          Por ello, no nos resistimos a traer aquí las palabras de Esteban Ruíz Ballesteros, doctor en Antropología Cultural y profundo conocedor de la comarca, que de una forma especialmente sensible, nos dice que «…La mina es para sus habitantes un concepto total, que nos habla de trabajo, de vida, de paisajes, de sonidos, de historia, de relación amor-odio. No es sólo un espacio, es más bien una forma de espacio, un carácter de espacio. No tiene por qué estar ligado a la producción, puede estar abandonado hace decenios pero sigue siendo mina. La mina es algo con mayúsculas, que se mueve por el espacio y el tiempo, con lógica propia, de límites difusos y que impregna a una comarca, y penetra en las mentes de sus habitantes como principal elemento de ordenación de territorios y vidas. Definirla no tiene mucho sentido, porque los principios no se definen, sino que se asumen porque sí, porque siempre ha ido así,¿Podría ser de otra forma? Si tuviera que quedarme con un sólo calificativo, la mina sería devenir: cambio, sorpresa, coyuntura, transformación, inquietud, contingencia; en definitiva lo más cercano a lo vivo en tránsito hacia la muerte, a lo biológico. Y todo esto toma consistencia en el territorio minero, y se refleja en sus habitantes porque están marcados por él…» (RUÍZ BALLESTEROS, E. 1997)

          Efectivamente y tal como señala el profesor Ruíz Ballesteros la mina se caracteriza por su capacidad de transformación, de cambio, de movimiento, de dinamismo, es realmente lo más semejante a algo vivo, porque también integra sorpresas, limitaciones, problemas, accidentes y numerosas dificultades. Así y al igual que la mina , más allá del espacio físico y económico, es ante todo en un espacio humano lleno de vitalidad, la Escuela de nuestra Experiencia, fue también precisamente eso: algo enormemente fresco, dinámico, novedoso y apasionante no exento también de sorpresas, obstáculos y sinsabores. Y de la misma forma en que la que la mina ha configurado una manera de ver el mundo, una forma de vivir y convivir en los habitantes de la comarca, la Experiencia también ha hecho lo mismo con los alumnos y profesores que participaron en ella: ha contribuido a desarrollar en ellos una forma singular de ver la realidad y especialmente unas experiencias que han marcado para siempre sus procesos de maduración personal.

ILUSTRACIÓN Nº 33. Río Tinto. Foto: Manuel Aragón
ILUSTRACIÓN Nº 34. Pozo Alfredo. Foto: Manuel Aragón
ILUSTRACIÓN Nº 35. Minas de Riotinto. Barrio inglés de Bellavista. Foto: Manuel Aragón

5.2.- DESDE LA ANTIGÜEDAD

«…Estrabón trató en general de las riquezas de las Minas de España y solo Diodoro Siculo, en su biblioteca libro 6, nombra entre otras Minas de esta circunferencia, las de Riotinto, como las mas preciosas y abundantes en oro, plata y demás metales… En estas Minas están ocupados para sus fábricas y trabajos casi todos los vecinos de la Aldea de Riotinto… En esta Aldea no hay ferias ni Mercados, porque su pobreza nada permite. En esta Aldea, del mismo modo, no hay Estudio alguno, ni General ni particular, ni se sabe los haya habido jamás… A la misma falda de la Montaña se va fundando un nuevo Pueblo que hoy contiene cien vecinos y una Iglesia sujeta a la Parroquia de la Aldea de Riotinto… Hay un Destacamento de Tropa viva para la custodia de los caudales y auxilio de las providencias del Administrador…»

Antonio Domínguez Caballero. 1786. Cura de la Parroquia de la Aldea de Riotinto. (Actual Nerva) en RIOJA BOLAÑOS, A. (1984) “La aldea de Riotinto y las minas en los siglos XVIII y XIX“. Revista NERVAE. Nº 4.

          Para darnos una idea general de la antigüedad de la comarca de las Minas de Río Tinto baste decir que llevan en explotación casi ininterrumpida algo más de 4.000 años y sus recursos todavía no se han agotado a pesar de la intensidad de su explotación en los últimos 125 años (GIL VARÓN, L.; 1984: 12) La trabajaron hace dos mil años los pueblos autóctonos y se siguió explotando durante la dominación romana, aunque tuvo un parón de casi trece siglos, hasta que llegaron los ingleses, en el siglo XIX, e iniciaron el proceso de explotación colonial en el más amplio sentido del término.

          La comarca de Río Tinto ha sido habitada desde la más remota prehistoria. Así lo dicen los numerosos restos arqueológicos encontrados. A fines del Neolítico, en la Edad del Cobre, comienzan a trabajarse por vez primera los minerales extraídos de su Cuenca minera, hecho que se ha constatado en las excavaciones realizadas y en los dólmenes encontrados en los alrededores de las minas, que tienen una antigüedad de más de cuatro mil años. Este es el caso, por ejemplo, del llamado dolmen de “La Lancha”, al sureste de la actual Nerva, en el que por el ajuar de su  sepulcro puede constatarse que hubo el empleo del cobre, aunque a niveles muy rudimentarios. (RIOJA BOLAÑOS, A. 1984b: 4)

          Igualmente, en la Edad del Bronce, hace aproximadamente 3.500 años y gracias a los hallazgos arqueológicos de los enterramientos de “La Parrita” y los diferentes ajuares encontrados en sus tumbas, se ha podido confirmar que aquellos pobladores utilizaban la plata y el cobre arsenicado y que el descubrimiento de un filón de mineral podía significar que una familia fuese más rica y poderosa que otras.

          También nos consta, que en la época tartésica, hace unos 2.900 años aproximadamente, las técnicas mineras de laboreo de la plata llegaron a alcanzar en estas minas, niveles de producción casi industrial, como han puesto de manifiesto los escoriales de “Corta Lagos” en “Filón Norte”, lo que demuestra, por las cantidades encontradas, el intenso comercio con otras regiones y el comienzo de la esclavitud en las labores de explotación minera, que empiezan desde este momento a hacerse sistemáticas, de lo que son también prueba evidente los hallazgos en la Ría de Huelva en 1923, de espadas, lanzas y cascos, probablemente fundidos con metales de estas minas. (RIOJA BOLAÑOS, A. 1984b: 7-8)

          Ya en el siglo I a. C., en la época romana, se produce simultáneamente cobre, plata, hierro y oro, alcanzándose el momento de mayor esplendor de la minería antigua en el siglo II, lo que ha sido probado por las numerosas monedas encontradas en las Minas de Río Tinto correspondientes a los emperadores Nerva (96-98), Trajano (98-117) y Adriano (117-138).

ILUSTRACIÓN Nº 36. Cuenca minera de Riotinto. Museo arqueológico. Foto: Manuel Aragón.

        El valor de sus metales y la demanda de Roma impulsa la explotación a gran escala y la introducción de nuevas técnicas de extracción, así se construyen túneles galerías que eran asistidos por un sistema de drenaje a base de norias y con el trabajo de numerosos esclavos. De este período son abundantes los testimonios encontrados, destacando los yacimientos de Cerro Colorado y de la Corta del Lago, donde se establecieron importantes complejos industriales. También de esta época son la Necrópolis de la Dehesa y el asentamiento del Plano del Tesoro.

          Es en el siglo XVI cuando se vuelve a saber de las minas ya que Felipe II (1527-1598; reinado: 1556-1598) estaba muy interesado en hacer renacer la minería. Para ello ordena realizar una expedición a la zona, dirigida por Francisco de Mendoza y asistida por el sacerdote Diego Delgado y el caballero Pedro de Aguilar, que redescubren las viejas minas romanas (Cerro Salomón, hoy conocido como Cerro Colorado) y las especiales características del río Tinto, realizando un detallado informe al rey en el que alaba la importancia y riqueza de las minas, solicitando dinero para comenzar la explotación de las mismas. Sin embargo y a pesar de las numerosas iniciativas para su explotación en el siglo XVII, las minas no vuelven a explotarse hasta el siglo XVIII. (AVERY, D. 1985: 19-21)

          Ya en el siglo XVIII, en 1724, fue concedida una autorización por treinta años para reabrir y explotar las minas, al sueco Liebert Wolters Vonsiohielm[1], que se instala “Riotinto Aldea” (la actual Nerva) que por aquel entonces tenía unos ochenta habitantes, tras la cual se procede a la fundación de la Compañía y Asiento de las Minas de Guadalcanal, Cazalla, Aracena, Galaroza y Riotinto, una de las primeras sociedades anónimas que hubo en España y que es reconocida oficialmente en Madrid el 4 de septiembre de 1725. (AVERY, D. 1985: 33-34).

          Tras diversas circunstancias surgidas en relación a dificultades planteadas por los accionistas, esta Compañía se disuelve y se crean dos Compañías nuevas, una compuesta solamente por Wolters que se hace cargo de las minas de Riotinto y Aracena y otra por el resto de los accionistas en la que se incluyen las minas de Guadalcanal, Cazalla y Galaroza, hasta que tras la muerte de Wolters, uno de los mineros que se trajo de Suecia sobrino suyo, Samuel Tiquet, hereda la concesión para seguir explotando las minas.

          Será Samuel Tiquet, el que realmente pone en marcha el proyecto de su tío para lo cual descubre nuevas técnicas para la obtención del cobre: «…se ponía el hierro en los tanques y se vertían sobre él las aguas cupríferas, formándose ampollas de cobre en bruto sobre el hierro que se iba consumiendo. Se partían y se enviaban a los hornos para fundirlas y, una vez así producido, el cobre se llevaba a lomo de mula hasta Sevilla para allí venderlo a los mercaderes…» (AVERY, D. 1985: 39)

          Diversos conflictos entre los accionistas de la otra Compañía, hicieron que el contrato de explotación pasase a manos de María Herbert[2] en 1727, aunque en 1746 pasan nuevamente a manos de Samuel Tiquet, al que tras su muerte, ocurrida en las minas en 1758, le sucede Francisco Thomas Sanz[3] quien dirige las minas hasta 1783.

          Para Avery el periodo de explotación de las minas por Thomas Sanz fue muy importante, dado que se pudieron probar las enormes posibilidades de las mismas, alcanzándose una producción de hasta 108.119 kg. en 1777, lo que queda corroborado en el Informe de 2 de julio de 1786 del Cura de la Parroquia de la Aldea de Riotinto, Antonio Domínguez Caballero, en el que se dice: «Don Francisco Thomas Sanz, natural del Reyno de Valencia, aumentó casi todas la Fábricas, hizo la contra Mina, que es hermosa obra, sembró los pinares. Fabricó el Pueblo, crió las Huertas y puso las Fábricas y Refinos en el floreciente estado en que hoy se miran…» (RIOJA BOLAÑOS, A. 1984b: 23), a lo que hay que añadir también que «…es posible cargar a Sanz la apropiación indebida de casi un tercio del cobre producido durante su permanencia como administrador real…» (AVERY, D. 1985: 67)

          A partir de 1783 la explotación de las minas cae en manos de Manuel Aguirre, nombrado por el Consejo de Hacienda para tal fin, funcionario al que le cabe el mérito de haber provocado diversos conflictos con los trabajadores, entre otros, una de las primeras huelgas de la que tenemos noticia, desarrollada en 1786, ante los cuales el Ministro de Hacienda nombra a un nuevo Director General de las minas: el funcionario Francisco Angulo.

          Francisco Angulo, según nos cuenta Avery, realizó también importantes intentos por mejorar la producción y las condiciones de la misma aunque no obtuvo todo el respaldo que hubiese sido deseable por la Hacienda Real: «…se resignó ante los acontecimientos y abandonó la lucha… dando el parabien a la invasión del ejército napoleónico en 1808…» (AVERY, D. 1985: 89) y es entonces, a partir de 1798, estando la administración de las minas en manos de Vicente Letona, cuando la explotación comienza a decaer.

          Esta etapa de disminución de la actividad minera que se inicia en los primeros años del siglo XIX, sucede como consecuencia de la situación que atravesaba el país, fruto de las cuantiosas pérdidas de la Hacienda Española procedente de los gastos de la Guerra de la Independencia y de la pérdida de las colonias americanas, que terminan con el cierre definitivo de las minas durante la invasión francesa. (FLORES CABALLERO, M. 1983: 15).

          Está situación de decaimiento se agudizó también, debido a la nefasta intervención de un corrupto y tiránico personaje, Anastasio José Rodríguez, conocido popularmente como «El Satanás de las minas» y a la sazón suegro de Letona. Según nos cuenta Avery, «…gobernaba las minas y sus alrededores por medio de la corrupción, las amenazas y la violencia…», admitía sobornos de los trabajadores para ser readmitidos; se aprovechaba de las situaciones de hambre y miseria de la población, comprando trigo y revendiéndolo a precios desorbitados; arrendaba tierras de las minas a amigos suyos a bajo precio; compraba materiales para las minas facturando el gasto por encima de su valor real y quedándose con la diferencia; cobrando precios abusivos por la comida, hasta que en 1810 los trabajadores se rebelaron contra la tiranía y durante cuatro días arrasaron las propiedades de los Rodríguez y destruyeron los edificios de las minas, tras lo cual comenzó un éxodo de miseria y hambre que para los trabajadores que se quedaron en las minas fue de una extraordinaria y especial gravedad, tanto por las muertes causadas por el hambre como por el abandono y el deterioro de la aldea “La Mina” (AVERY, D. 1985: 90-106).

          No será hasta 1817, cuando la actividades mineras comienzan a resurgir, a lo que contribuye el riguroso informe técnico sobre las minas, realizado por Fausto Elhuyar en el que se describe la situación de las mismas, proponiéndose las medidas más adecuadas para su rehabilitación (FLORES CABALLERO, M. 1984: 26-32); hasta que en 1824 comienza a pensarse en la posibilidad de arrendarlas, arrendamiento que finalmente se realizó en 1830 por Gaspar de Remisa («Marqués de Remisa») y que duró un total de veinte años.

          De los datos que nos ofrece Flores Caballero se desprenden, que Gaspar de Remisa fue un competente gestor y negociante, que supo rodearse hábilmente de condiciones técnicas y comerciales para que tanto la producción como la comercialización, de la actividad minera, alcanzase en esas fechas cotas que hasta entonces no se habían conseguido. Consiguió beneficiarse de medidas proteccionistas de la Administración Pública; elevar la producción garantizándose la demanda del mercado, mediante contratos de suministro de los principales centros de consumo del país durante diez años; crear nuevas tecnologías para incrementar la cantidad y calidad de la producción del cobre, como los hornos de afino denominados de «reverbero» y todo dirigido a la máxima obtención de lucro y beneficio, con lo cual consiguió estrangular, casi hasta el agotamiento, la flora de pinares de la comarca. (FLORES CABALLERO, M. 1984: 54-62)

          De la etapa de Remisa, data el testimonio de Richard Ford, escritor inglés que vivió en España de 1830 a 1833 y que nos ofrece Avery, acerca del paisaje de las minas, que dada su significación reproducimos: «…Las desnudas laderas rojas de la montaña de cobre, la “Cabeza Colorada”, con nubes de humo enroscándose sobre bosques de oscuros pinos, anuncian desde lejos estas famosas minas. Aproximarse a las cercanías del villorrio es como hacerlo a una pequeña región infernal; el camino está hecho de cenizas y escorias; los taludes compuestos de sedimentos del tipo de la lava, mientras que macilentos mineros de pálidas faces y ennegrecidas ropas, deambulan lentamente, apropiados habitantes de tal lugar… La persona apropiada llevará al viajero a las minas… Al entrar en la galería se baja inmediatamente por un pozo a otra galería más baja, gracias a una escalera. Aumenta la temperatura con la profundidad, al no haber ventilación; en lo más hondo, el termómetro se mantiene a casi 27 grados, y los mineros que clavan las barrenas de hierro en la roca para hacer las voladuras trabajan prácticamente desnudos, con las pocas ropas que llevan empapadas en sudor; la escena es lóbrega, el aire estanco y venenoso, la trémula llama de las bujías de los mineros centellea con luz azul y sobrenatural; aquí y allá siluetas con lámparas en el pecho, se deslizan como los ocupantes de la mansión de Eblis, desapareciendo a través de escaleras hacia mayores profundidades. Suena melancólico el pico del solitario minero, que aislado en su nicho de piedra martillea su prisión rocosa como un demonio encarcelado, esforzándose en abrir el camino hacia la luz y la libertad…» (AVERY, D. 1985: 113 y 114).

          En aquellos años, el método de tratamiento del mineral más utilizado para extraer después el cobre, era el conocido como «calcinación al aire libre», o «cementación artificial», método inventado por Ignacio Goyanes y que consistía básicamente en amontonar grandes cantidades de mineral, llamadas «teleras», que se iban quemando poco a poco a lo largo de varios meses, tras lo cual pasaban unos tanques en los que el mineral calcinado se lavaba varias veces con el fin de obtener agua rica en cobre, que al pasar a otros tanques en los que había lingotes o planchas de hierro, el cobre terminaba por precipitarse, dando lugar a una especie de cáscaras de cobre. Estas cáscaras se recogían formando unas pequeñas bolas que pasaban posteriormente a la fundición en «hornos prismáticos» en los que se obtenía un cobre negro que terminaba en otros hornos para el afinado definitivo del metal. (AVERY, D. 1985: 114-115; AA.VV. 1998: 39)

          Como es de suponer, este método de las «teleras», por el que en varios meses el mineral se calcinaba a base de combustible de madera, trajo como consecuencia una brutal contaminación atmosférica y ambiental ya que se formaban nubes permanentes de dióxido de azufre que deterioraron de forma muy grave la vida orgánica de toda la comarca durante más de setenta años.

          Esta contaminación es lo que se ha conocido como «el problema de los humos», del que nos da cuenta Avery: «…La vida era todavía más insoportable por los humos provenientes de los terrenos de calcinación en Los Planes, cuyo volumen aumentaba rápidamente con el inusitado incremento de la producción que estaba logrando Remisa. Las teleras, las pilas de mineral encendido, llegaban hasta menos de 130 metros del pueblo. Según aumentaban los beneficios de Remisa, así lo hacían los humos sulfurosos, llenando las viviendas de la gente y sofocando sus pulmones. Los árboles y toda la vegetación se blanqueaban gradualmente bajo la capa permanente de polvo blanco. El ganado de los trabajadores no podía pastar en los terrenos comunales. Había días que ni siquiera el caluroso sol del verano podía atravesar las nubes sulfurosas suspendidas encima de las minas. Hasta los pájaros dejaron de cantar y desaparecieron de las desmedradas arboledas…» (AVERY, D. 1985: 120)

          Tras la etapa de Remisa, las minas comienzan a explotarse mediante el sistema de contratas, haciéndose cargo de las mismas, la Real Hacienda Española en 1849, que tuvo que hacer frente a la situación ocasionada por Remisa, ocupado en obtener la máxima rentabilidad, basada en el aprovechamiento del mineral más rico y de más fácil y menos costosa extracción, hasta que en 1851 se realiza un primer intento de venderlas. (FLORES CABALLERO, M. 1984: 89 y 101).

          El periodo comprendido entre 1853 y 1873, es calificado por Avery como de «inútil burocracia», sobre todo porque los abastecimientos no llegaban como consecuencia del retardo de informes y autorizaciones, lo que unido a varios conflictos con los trabajadores como consecuencia de las condiciones de trabajo en las que sobrevivían[4], así como a la crisis de productividad iniciada a partir de 1863 y a la situación económica y política que atravesó España a partir de 1868, hicieron que las minas fuesen finalmente vendidas a los ingleses en 1873.

[1]     Liebert Wolters era un sueco domiciliado en Vigo, que trabajaba en su ría, dedicándose a extraer plata y otros géneros, mediante procedimientos de buceo, en los galeones hundidos que transportaban mercancías de Perú a España. (RIOJA BOLAÑOS, A. 1985a)

[2]     De Maria Herbert y su marido nos dice Avery «…sólo se la recuerda, caso de recordarla, como una notable aventurera del siglo XVIII, que desposó y dominó a un hombre de pocos méritos… …que coincidieron en ambiciones y compartieron el anhelo de oro al igual que todos los aventureros españoles y extranjeros, a quienes empujó la codicia y la esperanza de hacer fortuna con las riquezas mineras de España…» (AVERY, D. 1985: 44)

[3]     Francisco Tomás Sanz, posteriomente “Thomas”, fue un sastre de Valencia empleado de Samuel Tiquet, que rápidamente se convirtió en su consejero y administrador, que «…aunque no era un minero experto… aumentó la mano de obra, para explotar en mucha mayor escala que sus predecesores el yacimiento mineral de la parte Sur de Cerro Salomón, reconstruyó completamente los hornos y las instalaciones, y convirtió las cuatro casas de la vertiente sur del Cerro en un pueblo importante llamado La Mina…» (AVERY, D. 1985: 52)

[4]     A este respecto, nos cuenta M. Flores «…un hecho vino a culminar la aglomeración de males que venían padeciendo las explotaciones de Río Tinto: el 23 de diciembre de 1863 hubo un hundimiento en el sexto piso de la mina, que afectó incluso a la misma superficie, arrastrando uno de los malacates y causando la muerte de seis trabajadores…» (FLORES CABALLERO, M. 1984: 153)

5.3.- EXPLOTADO POR LOS INGLESES

«Cien años de miedo, cien años de culpa, cien años de soledad”. La pintada que apareció una mañana sobre el muro que circunda la victoriana barriada, símbolo del colonialismo inglés en la Cuenca minera de Riotinto, se ha fijado de repente en la memoria de Don Minero haciéndolo retroceder en el tiempo hasta los días difíciles de férreas vigilancias, de brutales e innobles actitudes, de vejatorios tratos…»

DELGADO LÓPEZ, Juan. (1995) “Cuentos del viejo capataz“. Pág. 92

          En 1871 el gobierno español decide poner las minas de Riotinto en venta, adquiriéndolas finalmente, Hugo Matheson[1], un escocés que había creado un consorcio financiero internacional para comprarlas y explotarlas a gran escala.

          La compra se realizó por un total de 92.800.000 pesetas, quedando autorizado Matheson para la construcción de un ferrocarril[2] que uniera Río Tinto con Huelva ya que su idea era destinar gran parte de la producción a la exportación. De este modo se crea la Río Tinto Company Limited (RTCL) y desde entonces comienza en la Cuenca minera de Río Tinto una etapa de industrialización y desarrollo, de explotación y dominación, de pobreza y de angustias, pero también de lucha, solidaridad y esperanza, etapa que dura mas un siglo y que ha marcado la cultura, las costumbres, el modo de vida y el carácter de sus gentes.

[1]     De este personaje, nos dice Avery: «…Tenía una personalidad muy compleja y profunda. En apariencia un típico banquero victoriano… Como hombre de negocios tenía coraje para aceptar grandes riesgos que lo merecieran. Sagaz para apreciar aquellos, era capaz de ver las ventajas de situaciones en que la mayoría de la gente sólo hubiera visto peligros… El aspecto más sorprendente de la vida de Hugo Matheson era su religiosidad… Se trataba de un cristiano apasionado, el cual cuando se hallaba en Londres, dejaba la oficina al anochecer durante cinco días a la semana, y se iba derechamente a la parte este de la ciudad para actuar en misiones de rehabilitación de prostitutas y alcohólicos… Su amabilidad y su cálida acogida le ganaron grandes afectos, que asimismo logró de mucha gente trabajadora de Riotinto… podía mostrar también estrechez de miras e intolerancia… era un hombre que odiaba en abstracto pero amaba a las personas…» (AVERY, D. 1985: 141-143)

[2]     El ferrocarril que unía las Minas de Riotinto con Huelva, comienza a construirse en 1873 y se inaugura el 28 de julio de 1875, tres meses antes de lo previsto. Su construcción supuso una inversión de 767.190 libras (unos veinte millones de pesetas) de la época. El trazado completo de vías férreas cuenta con más de 300 km., distribuidos entre los 84 km. de Riotinto-Huelva y los 264 km. de la explotación minera para la extracción de mineral y transporte de obreros entre los pueblos. Contaba con un variado y extenso parque de locomotoras, vagones y vagonetas de mineral, llegando a poseer 97 locomotoras de vapor, 36 vagones de pasajeros y más de 3000 vagonetas para el mineral. Esta grandiosa obra causó un impacto extraordinario en toda la comarca, ya no sólo por como elemento tecnológico que contribuyó al desarrollo de la producción a gran escala, sino también por el papel que ejerció en las costumbres y hábitos de los trabajadores, que desde entonces comenzaron a percibir el espacio y el tiempo de un modo diferente, dado que tuvieron que ajustar sus vidas a las pautas marcadas por los horarios del tren.

ILUSTRACIÓN Nº 37. Cuenca minera de Riotinto. Inauguración del tren turístico. Foto: Manuel Aragón

        La Compañía inglesa tenía el control absoluto de todas las esferas de la vida: era propietaria de las viviendas y ningún minero podía alojar en su casa a nadie ajeno a la mina sin permiso de la Dirección, aunque fuese un familiar directo (LUNAR, F.; 1999: 107). Era también la dueña de las infraestructuras, de las comunicaciones, de los servicios, controlando todos los aspectos de la vida social, en cuanto que era la propia Compañía la que definía los principales cauces y formas de expresión de su sociabilidad, así como de la propia acción sociopolítica, de los liderazgos y de los grupos de prestigio y poder. (RUÍZ BALLESTEROS, E.; 1998: 43) .

          A este respecto y en relación al poder absoluto y a la explotación que ejercía la RTCL en toda la comarca, Eladio Fernández Egocheaga, líder sindical de la segunda década del siglo XX, nos dice textualmente[1]: «…Puede asegurarse que, hasta 1913, fue dueña y señora absoluta de vidas y haciendas la poderosa empresa minera: parapetada en los Ayuntamientos y Juzgados de la región, en la que se encuentran diseminados treinta pueblos y aldeas, y en las instituciones oficiales de la capital de la provincia: Huelva; defendida por un ejército policial, asalariado por ella: el cuerpo de Guardiñas, dirigido por el fatídico Zapata; con la colaboración directa de importantes secciones de la Guardia Civil de Infantería y escuadrones de Caballería y, en algunas ocasiones, por el propio Ejército Español, como en 1888, fecha en la que ahogó en sangre las aspiraciones libertarias del Pueblo, realizando la matanza colectiva de más de cien mineros y campesinos, lo que permitió aplicar impunemente la política del látigo, practicada personalmente por ingenieros y capataces ingleses; llegando a imponer la enseñanza protestante en las escuelas, enfrentándose con los humildes párrocos católicos de la región, a los que persiguió tan sañudamente como a los mineros… …pagando a los mineros salarios de hambre; y utilizando los servicios auxiliares de mineros lisiados en el trabajo: mancos, cojos y tuertos, que retribuía con un jornal de dos pesetas y media diarias; falseando las declaraciones del mineral que exportaba (seis millones de toneladas cada año) para no devengar impuestos a la Hacienda Española, en posible complicidad con los funcionarios encargados de recaudarlos, le fue posible asegurar un botín de más de cien millones de pesetas en cada ejercicio» (LUNAR, F.;1999: 217-218)

          La RTCL causó tal impacto económico en la zona, que antes de diez años había conseguido el récord del millón de toneladas de mineral extraídas, y que en el transcurso de apenas treinta años, supusieron a la Compañía unas ganancias extraordinarias. En 1905, las acciones ordinarias de 5 libras esterlinas se vendían a 65 libras, y todavía en 1929, el fatídico año del hundimiento de la Bolsa de Nueva York, las mismas acciones se cotizaban a 50 libras. En cuanto a la producción, destacar que en 1912 se extraían 2.177.248 toneladas de mineral, de las cuales 544.357 se destinaban a la exportación, dejando el resto en las minas para la producción de ácido sulfúrico y 19.107 toneladas de cobre. (AVERY, D. 1985: 147)

          Sin embargo, el impacto no solamente fue económico, sino también demográfico, ecológico y sociopolítico.

          Demográfico, dado que a partir de 1877, y como consecuencia del desarrollo industrial y de la creciente demanda de mano de obra, la comarca comenzó a poblarse vertiginosamente pasando de 12.716 habitantes en 1877 a un total máximo del siglo de 42.061 en 1910, de lo que es ejemplo la población de Nerva que de 6.431 habitantes censados en 1887, pasó a 16.087 en 1910 y 16.726 en 1930. (GIL VARÓN, L; 1984: 18).

          Ecológico porque el medioambiente, la flora, la fauna, las personas, el suelo, quedaron lesionados para muchísimo tiempo, tanto como consecuencia de los humos de las «teleras»[2], como por la ruptura de los ecosistemas naturales causados por el ferrocarril, los hornos y los extraordinarios movimientos de tierras y escombreras, fruto de las grandes cortas a cielo abierto, que crearon colinas y destruyeron cerros.

          Y sociopolítico porque las condiciones materiales de existencia y trabajo, en las que los mineros y los habitantes de la comarca vivían, eran de tanta explotación y dominación, que necesariamente tuvo que surgir de allí, una de las historias más tristes y al mismo tiempo más hermosas, por heroica, combativa y solidaria, que la historia de España ha dado a lo largo de más de un siglo: la historia del movimiento obrero y popular de la Cuenca minera de Ríotinto.

          Ni que decir tiene que las condiciones de vida, laborales, de salud e higiene, de protección del medio ambiente, de trabajo de mujeres y niños nos hacen muy difícil poder imaginar hoy, y mucho menos resumir en estas líneas, el extraordinario caudal de sufrimiento y miseria en que vivían aquellas gentes.

[1]     Idéntica descripción de la omnipotencia de la RTCL en la comarca, puede encontrarse en ESPINA, C. (1996), o.c., páginas 88 y 89.

[2]     Paradójicamente, estos grandes montones de mineral de cobre que se apilaban en terrenos llanos para ser calcinados, utilizando combustible de madera, con el fin de separar el azufre, los óxidos de cobre y los óxidos de hierro, llegaron a declararse como de «Utilidad Pública» por la RTCL y a defenderse basándose en su  «influencia favorable en la salud» (FERRERO BLANCO, M. D.; 1994: 29-74)

ILUSTRACIÓN Nº 38. Trabajo minero. Principios del siglo XX. Fuente: Archivo Manuel Aragón
ILUSTRACIÓN Nº 39. Trabajo minero. Principios del siglo XX. Fuente: Archivo Manuel Aragón

        Se trabajaba en las más duras condiciones y con bajísimos salarios, aspirando el polvo de la sílice o el anhídrido sulfuroso y en el fondo de las cortas podía verse como miles de mujeres y niños deambulaban entre las asfixiantes nubes de humo de las teleras. Así por ejemplo en 1873 de los 1.100 obreros contratados por la Compañía inglesa, casi una tercera parte eran niños de los cuales 47 eran menores de diez años, existiendo incluso algunos niños de cuatro años. (GIL VARÓN, L.; 1984: 171). O en 1907, los niños entraban en la mina a los ocho o diez años y comenzaban su trabajo de recaderos o de barcaleadores[1] (LUNAR, F.;1999: 103). En este sentido, Gil Varón nos señala, que en 1900 el número de obreros menores que trabajaban en la Compañía era desproporcionadamente grande, como consecuencia de que el tramo de edad de los diez a los veinte años le resultaba más rentable a la Empresa, ya que a pesar de que los niños y adolescentes desarrollaban un trabajo tal vez mayor que el de muchos hombres, sólo cobraban según las épocas, seis, ocho o diez reales diarios, cuando el jornal normal, que se cobraba a partir de los veintiún años era de doce, dieciséis o dieciocho reales. (GIL VARÓN, L.; 1984: 178-181).

          A la explotación infantil hay que unir también la del trabajo femenino en su doble carácter minero y doméstico. En esas fechas las mujeres barcaleaban junto a los niños en las Cortas y en las Cementaciones por la mitad del salario de los hombres, lo que unido a las horas excesivas, al abuso de la dignidad femenina, al cansancio y la falta de higiene, la viudedad a edades tempranas como consecuencia de los accidentes mortales que se producían en la mina (GIL VARÓN, L; 1984: 187) y a la doble jornada del trabajo doméstico, han hecho que las mujeres de la Cuenca de aquella época, hayan sido la expresión más fiel de lo que significaba la explotación y la dureza de las condiciones vida.

          Este escenario de opresión se completaba no sólo con las miserables condiciones de vida fruto de los bajos salarios y los ínfimos servicios, sino también con un espectáculo de muerte, consecuencia de los numerosos accidentes que se producían, ya fuese en el trabajo directo en la explotación minera o en los indirectos de otros departamentos y del ferrocarril, accidentes que han marcado con sangre el paisaje de toda la Cuenca.

          Vale la pena reseñar aquí el relato que nos ofrece Avery de algunos de ellos acaecidos en los primeros años: «…Un agujero en la tierra estaba regado de miembros, cabezas y cuerpos decapitados. Tumbados o acurrucados a su alrededor, atontados y aterrorizados, se hallaban mudos los heridos supervivientes… la explosión había ocurrido cuando un barrenador se había aproximado a uno de los fuegos con un cesto de dinamita cargado sobre el hombro… De vuelta al pueblo vio a un grupo de hombres que habiendo concluido el trabajo iban andando delante de la vía… El maquinista se lanzó sobre los frenos… el joven no miraba a la locomotora, saltó demasiado tarde y falleció allí mismo… En las paredes de las cortas, entre los diferentes niveles, había que suspender con cuerdas a los trabajadores para que hicieran caer con palancas las rocas de explosiones previas, por lo que era fácil que un desprendimiento llevase a un hombre a la muerte, junto con el compañero que arriba sostenía la cuerda…» (AVERY, D.; 1985: 209, 211 y 242)

          De aquellas fechas data el conocido como «cuarto de las papas», cuya existencia perduró hasta 1956. Este “cuarto” no era más que una sencilla y pequeña edificación, que situada en el Alto de la Mesa, tenía tres habitaciones, en las cuales y en el centro de cada una, había una losa de piedra en la que se colocaban los cadáveres de los mineros fallecidos como consecuencia de un accidente en la mina, permaneciendo allí hasta que se procedía a su inhumación. El complemento del nombre «papas», procede de las imprecaciones que los mineros realizaban contra los ingleses como consecuencia de las escenas de dolor y sufrimiento que soportaban las viudas y los hijos del minero mortalmente accidentado. (GARNICA S., A. y RIOJA B., A.; 1996: 9 y 10).

          Según los datos ofrecidos por Avery, en los primeros seis años del siglo XX se produjeron una media de 183 accidentes al año, lo que llevó a la Compañía a plantearse muy seriamente este problema, creando para ello un centro sanitario[2] que sustituyó el vetusto hospital de dos habitaciones que existía en Riotinto desde 1870, lo que da inicio también a una épica y solidaria historia de la medicina social en toda la Cuenca que ha perdurado hasta nuestros días[3].

          Los problemas de salud de los trabajadores de la Cuenca no solamente procedían de los traumatismos provocados por los accidentes, sino sobre todo de las condiciones medioambientales y de insalubridad del trabajo que tenían que soportar, condiciones que provocaban numerosas e importantes enfermedades: paludismo, tuberculosis, alcoholismo, problemas psicológicos, enfermedades de la columna vertebral, irritaciones permanentes de las vías respiratorias altas y la más extendida de todas: la silicosis.

          Frente a estos problemas de salud ocasionados por el ambiente y el trabajo minero, no podemos olvidarnos aquí del extraordinario esfuerzo y compromiso solidario que numerosos médicos y enfermeras prestaron a la Cuenca, compromiso en el que destaca Cristóbal Roncero Piñero, médico que llega a Nerva en 1910 y que recluta a otros con el fin de atender las necesidades de los pueblos de la comarca, instalando un servicio en el que ayuda el propio Félix Lunar.

          Con este panorama, de industrialismo, de dura explotación capitalista y de paternalismo colonial, no nos puede resultar extraño que la RTCL alcanzara en 1912 el primer puesto mundial, llegando a extraer el 44 % del total de mineral de cobre del mundo.

[1]     Con el nombre de «barcaleadores» se conocía a los trabajadores encargados de recoger el mineral y echarlo en unas pequeñas vagonetas llamadas «continos»

[2]     Del servicio médico que prestaba la Compañía nos recuerda Félix Lunar: «…El servicio médico lo ofrecía la Compañía, descontando en cartilla una peseta mensual. Para avisar al médico, había que presentar la cartilla. Y como el trabajador tenía que llevarla consigo, si quería sacar anticipo –que hacía falta todos los días-, un dolor de cabeza era un conflicto…» (LUNAR, F.; 1999: 107)

[3]     Un estudio breve pero consistente, sobre la historia de la medicina social en la Cuenca Minera, puede encontrarse en RIOJA BOLAÑOS, A. (1985) “Apuntes para una historia de la medicina social en Nerva”. Nervae Nº 3.


5.3.1.- El “Año de los Tiros”

          Uno de los primeros episodios de la historia del movimiento obrero de la Cuenca minera de Riotinto, surgió a raíz del «problema de los humos», provocados por la calcinación del mineral en las «teleras», problema que hacía condensarse algunas veces hasta 500 toneladas de azufre en el aire, lo que socialmente provocó, en 1888, como consecuencia también de las severísimas condiciones laborales y de salario de los trabajadores de la mina, el primer conflicto ecológico y social del siglo XIX en Andalucía.

          En relación a este conflicto, uno de los más trascendentales y sangrientos en la lucha del movimiento obrero español del siglo XIX  y cuyo recuerdo ha llegado hasta nosotros con el nombre de «El Año de los Tiros», hay que señalar que originó una fuerte crisis social en toda la cuenca, provocando protestas y huelgas en las que estuvieron unidos anarquistas y socialistas, junto a propietarios agrícolas y caciques de la comarca[1] afectados por los humos de las calcinaciones, que habían formado la denominada «Liga Antihumista» (FERRERO BLANCO, M. D. 1994: 24). Fue el 4 de febrero de 1888 y aunque los datos son contradictorios y dispares, según procedan de unas fuentes u otras, se estima que hubo 14.000 manifestantes y más de 200 muertos ocasionados por el Ejército.

          El mismo Félix Lunar, líder sindical de los primeros años de nuestro siglo de la comarca, en su conocida obra “A cielo abierto”, nos lo cuenta con sus propias palabras «…El año de 1886 (él sitúa el acontecimiento dos años antes), en las Minas de Río Tinto, con motivo de la forma criminal de explotación de aquella Compañía  extranjera, que asoló todos los campos con los humos de sus calcinaciones en muchas leguas a la redonda, se organizó una manifestación pacífica, de todos los pueblos vecinos, pidiendo la intervención del Gobierno. Y el Gobierno intervino, enviando a Río Tinto al segundo batallón de Pavía, de guarnición entonces en Sevilla. Los pueblos, en actitud pacífica, estaban reunidos en la plaza. Los soldados, por orden de sus jefes, hicieron fuego contra la manifestación y dejaron la plaza sembrada de cadáveres. Jamás se supo el número de muertos. Según testigos presenciales, fueron muchos cientos…» (LUNAR, F.;1999: 52-53)

          De este luctuoso acontecimiento, de toda su gestación, de su desarrollo y de su triste final, Avery nos ofrece detalles que dada su significación, reseñamos: «…La tradición oral en Río Tinto sitúa el número total de muertos entre cien y doscientos. Se ocultaron furtivamente sus cuerpos en las grandes escombreras que rodeaban las minas, pues no podían ser enterrados en los cementerios, ya que los sacerdotes sólo podían hacerlo conociendo la identidad. De vez en cuando, al ser necesario remover parte de una escombrera o al erosionar la lluvia y el viento un montón, se encontraban esqueletos que eran objeto de un tardío y anónimo enterramiento. No hay duda, de que muchos más reposan todavía allí, en sus olvidadas tumbas. Mientras lloraban las mujeres por sus hombres y sus niños en aquella fría tarde de sábado, la tropa no se mantenía ociosa. Registraron Río Tinto, casa por casa, buscando principalmente a Tornet, pero deteniendo a los heridos que no fueron suficientemente previsores y volvieron a sus casas… No hubo el menor intento de enviar a prisión con ellos a personas como Ordóñez y Lorenzo, pues eran hombres de peso, con rango social e influencia política. Posteriormente, se lavó también de toda responsabilidad por los disparos al gobernador civil y a los soldados… Matheson decidió que la lección principal a sacar de los disturbios era la conveniencia de un paternalismo todavía mayor de la Compañía: acelerar el programa de viviendas, mejorar el servicio médico, crear círculos para los trabajadores e influir más aún en las decisiones de ayuntamiento… (y) …consiguió del presidente del Consejo de Ministros que el gobierno emplazase un pelotón de caballería permanente en las minas, disponible para enfrentarse con futuras manifestaciones, construyendo la Compañía un pequeño acuertelamiento para ellos en la Mesa de los Pinos, construcción que se usó durante treinta años por los soldados de guarnición en las minas, hasta que al final de la primera guerra mundial se convirtió en un círculo para los trabajadores…» (AVERY, D. 1985: 202-204)

          Todos los estudiosos de este conflicto, de trágicas consecuencias para los habitantes de la Cuenca, coinciden en apuntar, que en la base del mismo existían profundas razones sociales, económicas y culturales, en un claro enfrentamiento entre lo rural y lo industrial. No obstante y como afirma el historiador J. M. Pérez López, estos sucesos no consiguieron cambiar la situación. Los gases resultantes de la tostación de las piritas formaban una espesa niebla, una lluvia ácida conocida popularmente como la «manta», que llegaba a cubrir una gran superficie, provocando una acción sofocante y enormes problemas respiratorios (PÉREZ LÓPEZ, J. M.;1994), además de influir indirectamente en el suelo, las aguas, la vegetación y toda la vida animal en general (SÁNCHEZ CARRERA, M. C., 1988).

          En el desarrollo de este conflicto interviene un personaje de extraordinaria importancia para el movimiento obrero en la Cuenca, Maximiliano Tornet, que llegó a Riotinto en 1883, procedente de Cuba y del que nos da testimonio Avery, como una persona de educación superior a la mayoría de los trabajadores, que supo organizar la lucha social y que tras ser detenido en 1887, por ser acusado de vender publicaciones ilegales, los mineros lo mantuvieron liberado para que continuase su actividad política y social. De él, nos cuenta Avery, que estando en el Ayuntamiento mientras se produjeron los disparos que ocasionaron la matanza del 4 de febrero de 1888, se dirigió al balcón y exclamó «…Los verdaderos enemigos de nuestros país no son los capitalistas ingleses sino los españoles…» tras lo cual el jefe de la tropa ordenó disparar sobre él, por lo que huyó inmediatamente de la sala antes de que pudieran ni siquiera apuntarle. (AVERY, D. 1985: 190, 191 y 202).

[1]     Según Avery, la mayoría de los caciques y terratenientes de la comarca se quejaban como consecuencia de los humos de las “teleras” y como legalmente el problema no había podido resolverse, incitaron a sus jornaleros y arrendatarios para que se manifestasen. Al mismo tiempo hubo algunos que pretendían la nacionalización de las minas mediante la expropiación y posterior compra por ellos mismos y de otros se sospecha que tenían la intención de utilizar el conflicto para ampliar su influencia social y política en toda la cuenca minera. De entre estos caciques, destacaron por su protagonismo en los hechos José Lorenzo Serrano, terrateniente de Zalamea y su yerno José Ordóñez (AVERY, D. 1985: 193)


5.3.2.- Mohínos y chorizos

        Como es de suponer, la arbitraria y criminal represión que supuso el «Año de los Tiros», trajo como consecuencia un debilitamiento del movimiento obrero y de la lucha social en toda la comarca, que a diferencia del resto de Andalucía y España, no comienza a resurgir hasta 1890, cuando se producen las primeras agitaciones campesinas andaluzas de ese año y una cierta apertura del gobierno liberal, que promulga la Ley del Sufragio Universal.

          Mientras tanto en la Cuenca minera, los ingleses empleaban su ocio dominical en cacerías de jabalíes en la sierra; jugaban al críquet; tomaban el té en su club y gozaban cómodamente de las excelencias de “su” barrio de Bellavista, evocador testimonio según Avery del señorío británico de la India imperial, con lo cual la separación y el enfrentamiento adquirió caracteres totalmente xenófobos: «…se entendía que ningún miembro del personal británico que se casase con una joven española podía vivir en Bella Vista, por lo que tendría que instalar su casa en uno de los pueblos españoles; y aunque los maridos pudiesen seguir recibiendo invitaciones para los acontecimientos sociales, no se pedía en ellas que su esposa les acompañase. Inevitablemente este tipo de matrimonios, si se quedaban en las minas, se absorbían por la comunidad española y sus hijos crecían como españoles. El director general consideró que su deber normal era intentar disuadir de la celebración del casamiento a cualquier miembro de su personal que pensara efectuarlo… También hubo escándalos ocasionales cuando los empleados británicos tuvieron jóvenes españolas como amantes… no se aceptó durante años la estancia de esposas españolas de los empleados británicos…» (AVERY, D. 1985: 217) 

ILUSTRACIÓN Nº 40. Minas de Riotinto. Bellavista. Club inglés. Foto: Manuel Aragón.

        Sin embargo, y a pesar de los oprobios, las mujeres de la Cuenca desde siempre han ejercido un importante papel en las luchas sociales. Tal es el caso del denominado «Motín de las mujeres», sucedido los días 10 y 11 de mayo de 1898 en la ya independiente Nerva, en el cual las mujeres se manifestaron en protesta por la carestía de los alimentos, aunque también como consecuencia de los impuestos que el Ayuntamiento cobraba por las mercancías que entraban en la ciudad. En este conflicto, las mujeres prendieron fuego a las casetas donde se cobraban «los consumos», así se denominaban los impuestos, teniendo que ser llamada para intervenir la Guardia Civil, que a partir de esa fecha, permaneció allí bastante tiempo debido al Cuartel inaugurado en 1899. (RIOJA BOLAÑOS, A. 1985b: 16)

          Es a partir de esta época cuando comienzan a percibirse con nitidez las diferencias entre las comunidades españolas de la comarca. Por un lado estaban los mineros que trabajaban en la RTCL, que se sentían especialmente orgullosos de trabajar en la industria minera, a pesar de sus lamentables condiciones de trabajo y por otro estaba el resto de los habitantes no pertenecientes a la Compañía, y que formaban parte del ejército de braceros y jornaleros andaluces, más inclinados a aceptar resignadamente la tiranía económica y social de los terratenientes y caciques.

          Al mismo tiempo y dentro de la propia población minera, empiezan también a producirse diferentes percepciones: de una parte los residentes en Minas de Riotinto, más doblegados que el resto como consecuencia de su subordinación total a la Compañía y de otra parte los residentes en Nerva, más independientes y abiertos, resultado de la menor dependencia del control de la RTCL  y de la mayor apertura a la inmigración. Corresponde a estas fechas el origen del apelativo de «mohínos» para los habitantes de Minas de Riotinto y «chorizos» para los de Nerva.

          Las diferencias internas entre las comunidades de Nerva y Minas de Riotinto, comenzaron a percibirse pronto, sobre todo debido a la política de paternalismo colonial practicada por la RTCL. Matheson, financió la construcción y el mantenimiento de una escuela diurna en Riotinto, porque estaba convencido de que únicamente con la educación podría garantizar la preparación técnica e ideológica necesaria para hacer frente a la necesidad de obreros especialmente cualificados para ejercer tareas de supervisión o de administración, o sencillamente porque la lectura y la escritura eran absolutamente necesarias para hacer cumplir las normas de seguridad. En cualquier caso y conforme al testimonio que nos ofrece María Pérez, fechado el 21 de octubre de 1927, aquellas escuelas inglesas supusieron el fomento de un renovado interés por la cultura y la neutralidad religiosa que los gobiernos españoles no practicaron hasta la llegada de la 2ª República,: «Existe o por lo menos existía en mis tiempos –en la Escuela Inglesa- una libertad y libre examen que no existía ni existe en las Escuelas del Gobierno, que son confesionales y clericales. Y por eso quisieron hacer desaparecer aquellas. ¡Cuando lo que debía hacerse era poner en cada pueblo de España una igual! Con la seguridad de que todas darían los mismos frutos, puesto que el español es inteligente en sumo grado y sólo le falta al pobre escuelas libres, sin trabas confesionales que le asfixian y coartan desde pequeño.» (BELLO, L.; 1998: 97) 

          De este modo se fueron poco a poco perfilando las diferencias culturales entre las dos comunidades. La de Minas de Riotinto más pegada al paternalismo de la Compañía; más cercana a los modos de vida ingleses e inicialmente más instruida y con empleos de mayor rango o no relacionados directamente con el duro trabajo físico de la explotación minera. La de Nerva menos condicionada por las costumbres y el estilo de vida inglés; más plural y con mayor conciencia de su secular situación; con mayor capacidad de autoorganización social y sindical y sobre todo más receptiva al ejercicio del liderazgo obrero ejercido por personas que venían de fuera de la Cuenca. Diferencias que han perdurado hasta nuestros días. (RUÍZ BALLESTEROS, E.; 1998)

          En el año 1909, la RTCL, daba trabajo a 16.873 obreros y Nerva, según  el censo municipal de 1910 estaba habitada por 15.847 personas, habiéndose convertido en el centro neurálgico del movimiento obrero y de la actividad sindical y política de la comarca, debido a que el control de la Compañía no era tan absoluto como en Riotinto y había mucho terreno libre y posibilidades de tener casa. En este sentido hay que señalar, que como consecuencia de los numerosos despidos tras las huelgas, o bien tras las jubilaciones, y dado que los trabajadores se quedaban en la más precaria y miserable situación al ser desahuciados de sus casas, ya que éstas eran propiedad de la Compañía, la población de Nerva fue creciendo poco a poco hasta llegar a tener casi 17.000 habitantes en 1930. Todo esto explica, las diferencias entre el clima social que se vivía en Nerva y el que se existía en Riotinto, siendo el primero mucho más abierto y libre que el segundo, lo que dará lugar, como veremos más adelante, a rasgos socioculturales y antropológicos diferenciados. (GIL VARÓN, L; 1984: 42 y 43)

          Es en esta época, concretamente en 1907, cuando aparece por vez primera en las Minas de Riotinto un personaje de capital importancia para entender lo sucedido en la Cuenca en las dos primeras décadas del siglo XX y al que es indispensable hay que hacer mención aquí, nos referimos a Félix Lunar, al que ya hemos citado anteriormente.

          Félix Lunar, nació en Aroche (Huelva), el 20 de noviembre de 1878. Hijo de humildes trabajadores del campo, vivió una infancia en la que se curtió en la necesidad y en la escasez, llegó a las Minas de Riotinto en 1907, para más tarde residir en Nerva. Desde allí se destacó sobresalientemente como activista y organizador del movimiento obrero, especialmente en el Sindicato Ferroviario y Minero de Riotinto y en las movilizaciones y huelgas de las dos primeras décadas de nuestro siglo. Hombre luchador, combativo, generoso, valiente, leal, que le tocó vivir y pelear en una de las épocas más duras del movimiento obrero de la comarca, pero al mismo tiempo más gloriosas.

          En 1920 y como consecuencia de las discrepancias con los propios compañeros de la agrupación socialista, especialmente con el alcalde de Nerva, José Díaz del Real, del que nos dice que «se le subió la alcaldía a la cabeza y creyó que Nerva era un cuartel general y él mismo capitán general» y «para evitar males mayores» dejó de asistir a las Ayuntamiento del que era concejal, y decide marcharse definitivamente de Nerva, lo que hace el 11 de mayo de 1920 «para seguir tropezando con el mundo», llegando a América al mes siguiente y en la que termina sus días  en California en 1956.

          De él, no podemos evitar aquí referir el soneto de Alfonso Camín (LUNAR, F. 1999: 215)

«Este que veis, parejo del roble y de la encina,

ayer serbal florido y hoy púrpura la serba,

que el castellano acento con lo andaluz conserva

después de tantos años de alción y golondrina;

el pan a cielo abierto sobre el desmonte y mina,

fue contra los ingleses en Riotinto y Nerva

la voz, la voz y el pulso para la carne sierva

que en rebelión de brazos y en explosión culmina.

En medio de este mundo cobarde y movedizo,

ama las libertades, odia al vulgar ceporro

que convirtió la patria de Riego en un chamizo.

Alienta, vive y muere con la intención gitana

de desclavar las manos al Cristo del Cachorro

y de colgar a Judas del Puente de Triana.»


5.3.3.- La década heroica

        A partir de 1913 y especialmente con la primera Guerra Mundial, se produce en la economía española un importante crecimiento de las exportaciones de toda clase de mercancías, al mismo tiempo que un descenso significativo de las importaciones, lo cual ocasiona un fuerte aumento del coste de la vida, que pasó de un índice 100 en 1913 a un índice 227 en 1920, lo cual trae consigo en toda España un aumento significativo de las movilizaciones obreras, que en la cuenca minerase traducen en uno de los periodos de lucha social más importantes de nuestro siglo. Y será a partir de esta periodo de huelgas, despidos masivos y costo sangriento, cuando comienza el descenso de la plantilla de la RTCL y de los habitantes de la mayoría de los núcleos de población de la comarca.(GIL VARÓN, L; 1984: 122-123)

          Nuevamente Félix Lunar nos da noticia de las condiciones de vida en que sobrevivían los habitantes de la Cuenca minera en aquellos años: «…En ningún pueblo de la zona minera existía alcantarillado, ni agua corriente en ninguna casa, salvo en la de los ingleses. Estos, vivían aparte en el Valle de Bellavista, lejos de la población española y circundados por una alta defensa de alambre: Los españoles se surtían de agua, en fuentes situadas en lugares estratégicos, de donde las mujeres la recogían en vasijas apropiadas. Había también, en determinados lugares, unos vertederos para arrojar toda la basura del pueblo. Allí se recogía en unos tanques montados sobre ruedas que, cuando se llenaban, eran sacados a tiros de mulos. Todas las más elementales necesidades se evacuaban en casa, en un balde. Y las pobres mujeres habían de ir a vaciarlos a esos depósitos…» (LUNAR, F.;1999: 139).

          Como consecuencia de estas miserables condiciones de vida y de trabajo, así como de los bajísimos salarios, se realiza la primera huelga general de los mineros de Río Tinto en 1913[1], huelga que afectó a 30.000 mineros y que duró cuarenta y cinco días ininterrumpidos y gracias a la cual se consiguieron no solamente mejoras para el conjunto de todos los trabajadores, sino sobre todo la percepción colectiva de que era posible hacer frente de forma organizada a la Compañía y arrancarle los derechos que negaba. En relación a este acontecimiento, nos cuenta Egocheaga, que a partir de 1913 «…Se puso término a los privilegios británicos y a los sufrimientos de aquellos trabajadores; El Sindicato Minero de Río Tinto, la fuerza obrera organizada, se impuso en toda la región; la mayoría de los Ayuntamientos pasaron a ostentarlos los mineros; el Sindicato, nombró los jueces municipales y eligió el Diputado de la Jurisdicción para representarlo en las Cortes Españolas; se estableció el trabajo por jornada; aumentaron los salarios y los “anticipos en libreta”; y los precios del arranque de mineral por “compañería”; rebajaron los precios de los artículos de uso y de consumo, en los Economatos de la Compañía… …y por sobre todas las cosas, cesó la política del látigo y la siniestra persecución policial del Cuerpo de Guardiñas, que quedó desarmado, perdiendo ante el Pueblo y la propia Compañía, la autoridad moral de que estaba investido; renaciendo, hasta en los más apartados poblados de la región minera de Río Tinto, la más apreciada conquista del hombre, la Libertad…» (FERNÁNDEZ EGOCHEAGA, E. en LUNAR, F.; 1999: 218)

          Precisamente, Eladio Fernández Egocheaga, fue otro de los grandes personajes que lideraron el movimiento obrero de la cuenca en aquellos años, presidente del Sindicato Minero de Riotinto hasta 1916. Nacido en Oviedo en 1885, vive en su juventud en Madrid, interviniendo como militante destacado por sus dotes organizadoras y oratorias, en la Unión Ferroviaria Española, de la U.G.T. Llega a Nerva en 1912 y de él dice Félix Lunar que « es un hombre con todas las virtudes y los vicios de los hombres… con una educación elemental y relativa facilidad de palabra, era un buen peón de agitación de las masas…» (LUNAR, F. 1999: 132)

          A Egocheaga, Concha Espina, que en su famosa novela «El metal de los muertos» lo personifica como “Aurelio Echea”, (GARNICA A., S. y RIOJA B., A. 1996) afirmando de él: «…En seguida vuelven al hotel para recibir al campeón socialista del distrito, a quien no conocen. Aurelio Echea, un organizador formidable, perseguido por los patronos, vigilado por la Policía y que estuvo multitud de veces en la cárcel, vive desterrado de la zona minera; es un hombre peligroso y valiente: un vizcaíno de “mucho cuidado” según dice la fama… ha sido dependiente de comercio, representante industrial, empleado de ferrocarril; conoce algunos idiomas, algunos libros; se siente español de toda España, hijo del pueblo, hermano de los que sufren, esperanza de los que luchan… que …se embriaga de ilusión anunciando el reino de la Justicia: -las preferencias para los viejos y los niños; la igualdad para el hombre y la mujer; dos coronas: el trabajo y el amor; una jerarquía: el talento y la virtud…» (ESPINA, C. 1996: 85 y 86)

          Como consecuencia de la Iª Guerra Mundial (1914-1918) la economía española comienza a experimentar una serie de transformaciones. De un lado las naciones beligerantes se ven obligadas a importar toda clase de productos, ya fuesen materias primas o manufacturados, puesto que la mayor parte de sus aparatos productivos estaban casi en exclusividad dedicados a abastecer las necesidades de la guerra. De otro, los clientes habituales de los países en guerra tuvieron que satisfacer sus demandas por sí mismos. Estos hechos provocaron en la economía española dos importantes cambios: el aumento de la producción industrial, como consecuencia de haber encontrado mercados en el exterior, y la acumulación de capitales en manos de la gran banca y así nacen y se consolidan los grandes bancos españoles que hoy conocemos.

          Sin embargo, esta situación de aparente bonanza económica que dio trabajo a numerosos obreros en el sector industrial, como puede apreciarse en la cuenca minera de Riotinto en el periodo comprendido entre 1910 y 1914[2], se invierte totalmente a partir de 1915[3] como consecuencia del aumento general de los precios, el encarecimiento de los productos de primera necesidad y el estancamiento de los salarios, lo cual por otra parte, vino a constatar que la mayor parte de las extraordinaria acumulación de beneficios empresariales de este periodo, especialmente los de la gran banca, se hicieron a costa de las clases obreras españolas.

          El panorama  económico y social de desempleo y carestía de la vida por el que atraviesa la cuenca en el periodo 1914-1920, dará lugar a un fuerte impulso de las luchas obreras y sociales, impulso que se ve favorecido tanto por el acuerdo a que llegaron las centrales sindicales UGT y CNT en 1916 para organizar la huelga general de diciembre contra la carestía de la vida, como por las grandes expectativas generadas por la Revolución Rusa de febrero 1917.

          Con este clima, los trabajadores de la cuenca minera se suman a la primera Huelga General de España, desarrollada el lunes 13 de agosto de 1917, Huelga de la que nos da noticia Félix Lunar: «…En Riotinto, naturalmente, no podíamos quedarnos al margen de España e hicimos acto de presencia. Faltos de primeras figuras, me confiaron a mí la dirección del movimiento en la mina. Yo estaba en contacto, por telegramas cifrados, con Madrid y Barcelona. La huelga estaba señalada para el día 13 de agosto. Yo nunca tuve confianza en los militares y pronto se vieron confirmados mis recelos. En Riotinto no teníamos nada que hacer. La tarea más difícil era controlar a la gente. El pueblo tenía el odio de muchos años de miseria y esclavitud contra los ingleses. Una señal dada por nosotros, y en dos horas hubiese quedado liquidada una cuenta de cuarenta años de agravios. Pero sin el respaldo del resto de España, hubiese sido por nuestra parte un suicidio estéril… Pronto supimos que los militares, antes que secundar la acción del pueblo, que ellos mismos habían alentado, lo fusilaban a mansalva… El día 15, a pesar de mis esfuerzos, los trabajadores rebasaron las órdenes y el departamento de fundición inició el paro, aunque desordenadamente… La mina paró automáticamente. No hubo incidentes… La zona minera estaba llena de guardias civiles… Al día siguiente, 16… tiraban con espíritu de cafres sobre todo lo que se movía, hombres, mujeres o niños. En diez minutos se generalizó el tiroteo por toda el área del pueblo. La gente se recluyó en las casas y dentro de ellas murieron hombres y mujeres… Eran las diez de la noche y aún se oía el tiroteo por distintos rumbos de la ciudad… A las tres de la madrugada se reanuda el fuego, pero con una violencia que parece el frente del Marne: Pronto me di cuenta que el objetivo era mi casa… Durante media hora se hicieron contra mi domicilio más de quinientos disparos… A la mañana siguiente, se recogieron en las calles de Nerva diez muertos. Y había más de treinta personas heridas… El día 17 fue un día de luto en Nerva. Por las calles no se veían más que militares…» (LUNAR, F. 1986: 188-194)

          De la Huelga General de agosto de 1917 en la cuenca minera, también existen testimonios en la obra «El metal de los muertos» de Concha Espina, aunque los nombres de los personajes y escenarios están novelados. En esta novela se describen los tiroteos de la tropa contra la sede del Sindicato Minero, los que mueren en la Casa de Socorro y dentro de sus domicilios y el clima de terror que se respiraba en todo el pueblo. (RIOJA BOLAÑOS, A. 1985b)

          Tras los acontecimientos de criminal represión en la Cuenca en 1917, los líderes obreros más significativos son diezmados. Egocheaga, por ejemplo, fue desterrado junto a otros líderes y Félix Lunar se marcha a América en 1920. Paralelamente, el paro sigue aumentando como nos muestran los datos de la plantilla de la Compañía ofrecidos por Gil Varón, al mismo tiempo que la patronal inglesa sigue sin estar dispuesta a conceder mejoras salariales. Así se llega a un debilitamiento de la lucha obrera, como consecuencia también de las disensiones internas del Sindicato Minero y la aparición de otras centrales sindicales[4], de lo cual también da testimonio Félix Lunar: «…Y hay muchos hombres que en donde quiera que lleguen, si hay una organización en marcha y no pueden controlarla ellos según su criterio, crean otra. Con el aplauso del enemigo común. Han nacido para cabeza, aunque sea de ratón. Eso ocurrió en Nerva… Aquellos pobres diablos… ahora celebraban mítines en pleno trabajo, no en defensa de los trabajadores, sino contra el Sindicato. Como es natural sino favorecidos por la Compañía[5]» (LUNAR, F. 1986:199)

          En este marco se plantea la gran Huelga de 1920, al que hay que unir también la pérdida de la influencia de los socialistas en la vida política y sindical de la Cuenca, que en las elecciones municipales de 1920 pierden la mayoría en el Ayuntamiento de Nerva y aunque se desarrollan numerosas huelgas parciales, se organizan descoordinadamente y sin la articulación de un movimiento unitario. (RIOJA BOLAÑOS, A. 1985b: 9 y 10)

          La Huelga General de las Minas de Riotinto de 1920, que ha sido denominada por Raymond Carr «La Huelga más encarnizada de la historia obrera de España» (RIOJA B., A. 1985c: 10) comienza el 15 de agosto con la paralización de la central eléctrica de las Minas[6] que se extiende progresivamente a todos los oficios de la Compañía, de tal manera que el paro fue total en toda la Cuenca , terminando el mismo, seis meses más tarde.

          Aunque al principio hubo 86 reivindicaciones del conjunto de todos los sectores y oficios de la Compañía, lo cierto es que al final se quedaron únicamente en tres: el aumento general y fijo de 3 pesetas manteniendo los precios del economato; un suplemento transitorio del 10 % y el abono de jornales perdidos durante la huelga, con lo cual la RTCL consiguió doblegar al movimiento obrero de toda la Cuenca, gracias a los servicios prestados por un tiránico y tenebroso personaje: Mister Browning[7].

          Lo cierto es que esta Huelga, que supuso una importante derrota para los trabajadores, no lo fue del todo, porque puso en marcha uno de los más importantes movimientos de solidaridad que se han dado en la Cuenca, en Andalucía y en toda España a lo largo de todo el siglo XX, lo que de alguna manera ha quedado impreso en el carácter social de todos los habitantes de la Cuenca.

          Dada la calamitosa situación de subsistencia que se traducía en hambre y miseria, como consecuencia de la duración de la huelga, familias de toda España acogieron a los hijos de los mineros, hasta el punto de que trenes repletos de niños salieron hacia distintos puntos de la geografía española, en los que eran acogidos por familias obreras con el fin de hacer más llevadero el trance de carencias en que se encontraban los mineros.

          Según datos ofrecidos por Rioja Bolaños, al finalizar la huelga habían salido de la Cuenca aproximadamente unos 3000 niños, hecho solidario que se vio completado también con ayudas, manifiestos, actos y muestras de apoyo de sindicatos y agrupaciones políticas de toda España.

          Como observación significativa de lo que ha quedado en los habitantes de la Cuenca de aquellos hechos, baste decir que hoy, personas de Nerva de corazón grande y solidario acogen también, al igual que hicieron los demás con sus hijos en los años veinte, a  niños procedentes de otras latitudes del planeta, personas acogedoras y generosas en las que se da la curiosa circunstancia de haber participado precisamente en la Experiencia de la SAFA de Riotinto.

          Esta gran huelga, debido a su larga duración y sobre todo a la intransigencia de la Compañía representada por el cancerbero Browning, supuso una grave derrota para todos los trabajadores que trajo graves consecuencias para toda la Cuenca.

          El movimiento obrero terminó por desarticularse, con lo cual la potencia y unidad conseguida por el Sindicato Minero se diluye en diferentes sindicatos. Los problemas de carestía, especialmente los de alimentación y subsistencia se extienden por toda la Cuenca y los Ayuntamientos, como consecuencia de la falta de ingresos en las arcas municipales llegaron casi a la bancarrota.

          La huelga finalmente termina con el agotamiento físico y moral de los trabajadores al no haber conseguido prácticamente casi nada de sus iniciales reivindicaciones: el aumento general de 2,25 pts. en los salarios y el mantenimiento de los bonos para el Economato de la Empresa. (RIOJA BOLAÑOS, A 1985c: 18 y 19)

[1]     Una muy detallada y excelente descripción de todas las huelgas de la segunda década del siglo XX en la Cuenca, se encuentra en RIOJA BOLAÑOS, A. y RICO RODRÍGUEZ, A. (1985), en LUNAR, Félix (1986), testigo de las mismas y también en la novela,  “El metal de los muertosde Concha ESPINA, que detalla la huelga de agosto de 1917 y la larguísima huelga que comienza en abril de 1920 y termina a primeros de 1921.

[2]     El número total de trabajadores de la RTCL, en el periodo 1910-1914 continua el proceso de crecimiento iniciado desde la aparición de la Compañía inglesa en la Cuenca, pasando de 10.171 operarios en 1910 a 15.420 en 1914 (GIL VARÓN, L. 1984: 110).

[3]     En el periodo 1915-1919, la plantilla de la RTCL comienza a disminuir velozmente, proceso decreciente y progresivo que continua hasta 1.973, con un ligero aumento en los años 1924-1930, pero ya sin alcanzar la cota de 1914. Concretamente, el primer periodo aludido, la plantilla de la RTCL, pasa de tener 14.965 obreros en 1.915, 455 menos que el año anterior, a 11.570 en el año 1.920, con lo cual se pierden un total de 3.850 puestos de trabajo, cifra paradójicamente similar a la del periodo 1965-1973 (3.508), fechas en las que comienza gestarse y se desarrolla la Experiencia de la SAFA, objeto de nuestro estudio.

[4]     Rioja Bolaños, en Nervae Nº 8, nos da cuenta de las nuevas centrales sindicales que entran en liza: “El Sindicato Provincial de Obreros de Riotinto”, al que se incorporan capataces, administrativos y los guardas de la Compañía y el “Sindicato Católico”, de carácter amarillista.

[5]     Aquí Lunar se refiere a los anarquistas.

[6]     Desde 1892, las minas contaban con energía eléctrica que era suministrada por máquinas de vapor colocadas en los diferentes puntos donde ésta era necesaria. Será a partir de 1907 cuando comienza a construirse una gran central que se pone en funcionamiento en 1909 y que dará energía a diversos departamentos de la mina y a la colonia de Bellavista. En 1910 esta central producía ya 3.564.000 kw./h., cifra que se multiplica por cuatro en 1922, año este último en que la Compañía construye el primer cine, abastecido por la electricidad que ella misma producía. No será hasta 1966 cuando esta central eléctrica se cierra, como consecuencia del nuevo suministro de la Compañía Sevillana de electricidad. (AVERY, D.; 1985: 263). Todo lo cual nos da idea, junto a otras innovaciones como el ferrocarril y los procedimientos de fundición, del importante papel que la RTCL concede al desarrollo de la tecnología en el aumento de la producción.

[7]     Walter Browning, fue director general de la Compañía de Minas Río Tinto en España, desde 1908 hasta 1927. En su juventud marchó a América para buscar oro en Sierra Madre, ya que se vio obligado a abandonar sus estudios en Cambridge como consecuencia de que su padre no estaba dispuesto a sufragar sus onerosas deudas. Su experiencia en el nuevo continente, le sirvió para fraguarse un personalidad dura, arrogante, autoritaria, intransigente y dominante, cualidades que ejerció ampliamente en toda la Cuenca, ayudado de sus habilidades con la pistola, el rifle y el caballo, por lo que se le conoció por diversos apelativos, como «El terremoto», «El rey de Huelva» o «Su Majestad Río Tinto». Su vida no estuvo exenta de peligros y amenazas como consecuencia de su lealtad a la Compañía y su actitud provocadora y antidialogante con los trabajadores: cuando había huelgas, inmediatamente gestionaba la contratación de esquiroles velando rifle en mano por su seguridad. Su actitud en la gran huelga de 1920, sometiendo y doblegando a los trabajadores a base de hambre, le costó varios atentados y la desconfianza de la propia RTCL que envió desde Londres a un parlamentario del partido liberal para mediar en el conflicto con lo cual su crédito comenzó a descender, dado el gran costo que la citada huelga supuso para la Compañía. En 1927 fue obligado a dimitir, tras haber comprobado Geddes, a la sazón presidente de la RTCL, los dispendios ocasionados por Browning en su “reinado” en la Cuenca. Su vida acaba en Kent (Inglaterra) a los setenta y siete años de edad, en 1943. (AVERY D.; 1985: 251-275)


5.3.4.- Dictadura, República y Guerra Civil

        Con la Dictadura del General Primo de Rivera en 1923, comienza en España un nuevo periodo de una cierta estabilidad económica nacional como consecuencia del auge coyuntural de la economía europea y de la política de “orden público”, destinada a reprimir y cuando no a controlar al movimiento obrero. El desmantelamiento de la CNT, que era hegemónica en Barcelona y los pactos con la UGT, además de un ligero aumento de los salarios y de una relativa estabilidad de los precios, supusieron una leve recuperación demográfica y social, a nivel nacional, que se extiende hasta la República.

          Sin embargo, en la cuenca las cosas no fueron tan agradables, especialmente para los salarios de los mineros y las organizaciones obreras anarquistas y comunistas que fueron fuertemente reprimidas, cuando no muy controladas. Según datos recogidos por Rioja Bolaños de Tuñón de Lara, en su conocida obra «El movimiento obrero en la Historia de España», la evolución de los salarios/hora de la minería del cobre en la provincia de Huelva en la década de los veinte fue la siguiente:

ILUSTRACIÓN Nº 41. Evolución del salario/hora en pts. en las distintas zonas mineras de España durante el periodo 1920-1930. Fuente: RIOJA BOLAÑOS, A. 1985c. 23

        Aunque la tabla no necesita comentarios, ya que los datos señalan con claridad que la minería del cobre en Huelva era la peor pagada de España en la década de los años veinte, es necesario también señalar que de acuerdo con fuentes de la propia RTCL de aquella época, todavía había obreros que ganaban únicamente 5,25 pts. diarias, cuando el promedio salarial en toda España era de 7,15 pts.

          Nuevamente, en diciembre de 1930, los trabajadores de Nerva y Riotinto se ponen en huelga, movidos, ya no solo por las condiciones laborales y de paro forzoso en la que estaban muchos de ellos, sino también por la situación general que se vive en España en aquellos momentos. Y así, como consecuencia de esta huelga, la Compañía despidió a todos los líderes de las organizaciones sindicales y de los distintos departamentos de la Empresa, argumentando la ilegalidad del conflicto, por no haber sido planteado en base peticiones y convocatoria realizadas conforme a la normativa vigente, lo que provocó otro conflicto más grave aún, el del desahucio de los despedidos de las casas de Riotinto que eran propiedad de la Compañía, que gracias una vez más a la presión solidaria ejercida por sus compañeros, no se materializó. (RIOJA BOLAÑOS, A.: 1986a: 5)

          En estas fechas, según los datos que nos ofrece Avery, se incorpora al consejo de administración de la RTCL,  G.W. Gray, antiguo director ayudante de Walter Browning, el cual había manifestado ya en varias ocasiones su desacuerdo con la política laboral seguida por la Compañía y que tanto había contribuido a desarrollar la hostilidad y los conflictos con los trabajadores, por lo que decide poner en marcha un conjunto de medidas basadas en los viejos criterios paternalistas de Matheson, con el fin de permitir normalizar la situación y obtener una mayor colaboración de los trabajadores.

          Estas medidas, que un principio sólo eran ideas y que se materializaron gracias una vez más, a la presión de trabajadores, permitieron que se ampliaran los servicios médicos; que se revisaran y aumentaran las pensiones; que se ampliaran las ocho escuelas de la Compañía que ofrecían sus servicios a más de 2000 niños; que se fomentara el deporte creando nuevos campos de fútbol para los 14 equipos que había en la Compañía; que se iniciara un sistema para la revisión salarial de acuerdo con el índice de precios al consumo y que se adoptaran medidas para reinsertar laboralmente a aquellos trabajadores que habían quedado sin empleo como consecuencia de los accidentes en el trabajo. (AVERY, D.; 1985: 317 y 318).

          Así se llega a abril de 1931, fecha en la se convocan elecciones municipales en toda España, cuyos resultados en todo el país, al igual que en Nerva, provocarían el advenimiento de la II ª República española, dada la mayoría de republicanos y socialistas que accedieron al poder municipal[1].

          Sin embargo y aunque el clima de optimismo y esperanza había crecido, el desempleo seguía aumentando en toda la cuenca al igual que en toda España, con lo que en muchos lugares se proceden a realizar obras públicas, que en el caso de Riotinto se traducen en la construcción de algunas carreteras. Al mismo tiempo la RTCL se encargaba de hacer todo lo posible por obstaculizar a la recién nacida República, ya que las medidas adoptadas por ésta y la posición y actitud de los trabajadores, colocaron a la Compañía en una situación debilidad, tanto en el terreno del poder e influencia sociolaboral como en el ámbito de lo estrictamente económico y comercial.

          En 1932 se produce en Sevilla el levantamiento contra la República del general Sanjurjo, que al no ser secundado obligó a éste a huir a Portugal vía Huelva, pero cercano ya a la frontera fue reconocido y detenido por un guardia de seguridad nervense, Julián Nieto López al que el Ayuntamiento de Nerva rindió homenaje por su valentía, dignidad y conciencia, dedicándole una calle en la localidad[2].

          Durante el periodo 1932-1934, toda vida social y laboral de la cuenca minera fue un reflejo de los que venía sucediendo en el resto de España en las mismas fechas: disturbios, violencia en los conflictos, robos, sabotajes, disensiones entre las dos fuerzas sindicales más representativas (CNT y UGT) y también huelgas.

          De este periodo data la huelga del año 1933, en la que la Compañía despidió a mil obreros aprovechando la coyuntura del triunfo de las derechas a nivel nacional, y también la huelga general revolucionaria de 1934, que duró una semana ocasionando algunas muertes, fruto del enfrentamiento directo con las fuerzas de orden público. Es en esta coyuntura en la que se produce la detención de la mayoría de los miembros de la Corporación de Nerva que es destituida al completo, hechos que nos dan idea del clima de tensión social en el que se vivía, clima enmarcado en una situación de desempleo y miseria.

          Tras las elecciones de 1936 en las que obtiene el triunfo el Frente Popular, la situación en la Cuenca se hace todavía más tensa, sobre todo como consecuencia del Decreto del Gobierno de amnistiar a todos los presos políticos encausados por los conflictos de los años anteriores. Esto supone a la Compañía la readmisión de unos seiscientos obreros despedidos en la huelga del 34 y la readmisión de unos doscientos sobrantes, decisión por otra parte que aunque amparada por el Decreto, la Empresa tuvo que poner en marcha con nuevas huelgas, como fue la denominada «Huelga de los brazos caídos», que duró unos 18 o 19 días, en la que además del paro laboral, se produjo un encierro en el que los obreros vivieron durante más de 15 días en su lugar de trabajo directo. (RIOJA BOLAÑOS, A.; 1986a: 26)

          A partir de 1936, y como consecuencia de la Guerra Civil se abre en toda la cuenca minera un largo periodo de represión, ostracismo y negación de los derechos laborales conquistados en tan duros y largos años de lucha, al mismo tiempo que la plantilla de la Empresa, va disminuyendo poco a poco con algunos altibajos.

          Lo más significativo de esta fecha tan lamentable para la vida, las libertades y los derechos de los trabajadores, es que en la cuenca minera comienza un despoblamiento general que ya no se recupera hasta la década de los sesenta. Al mismo tiempo, en el fatídico mes de julio de 1936 se producen en la RTCL un considerable número de bajas que según Gil Varón, se cifra en 1.083 trabajadores en el mes de agosto, como consecuencia de la huída a la sierra quedando como fugitivos, o para salir al encuentro del Ejército Republicano, el ocultamiento en el mismo pueblo o la simple desaparición sin dejar rastro, con lo cual si los capturaban o bien terminaban fusilados o en la cárcel con diversas condenas (GIL VARÓN, L; 1984: 201-204).

          Vale la pena destacar aquí, que aunque el criminal levantamiento del 18 de julio supuso una grave derrota para los obreros de la cuenca, su valor, su coraje y su actuación decidida en defensa de la República hicieron posible que la cuenca minera de Riotinto fuera la última comarca de Huelva que se rindiera ante el asalto de las fuerzas fascistas, actuación de resultados trágicos, pero ejemplo de compromiso radical en defensa de unos valores y de unas conquistas que habían costado mucho esfuerzo conseguir, aunque también no exenta de contradicciones y tropelías como consecuencia de la zozobra y el estado de agitación y fanatismo de una parte importante de las masas obreras[3].

          Uno de los ejemplos de estas actuaciones quedó trágicamente representado por la intervención de un destacamento de obreros de la cuenca, que al dirigirse a Sevilla en la madrugada del 19 de julio de 1936 con el fin de hacer frente al golpe de Queipo de Llano, y estando ya en las cercanías de la capital, en el lugar conocido como «La Pañoleta» del municipio de Camas, fueron brutalmente eliminados.

          La historia de este acontecimiento, de consecuencias terriblemente trágicas para los mineros, no sólo es una historia de muerte, valor, coraje,  e ingenuidad de los mineros, sino que es también la historia de una gran traición. La traición del comandante Haro, a la sazón responsable de salvaguardar la seguridad de la columna de unos doscientos mineros que se dirigían a Sevilla y que habían sido reclutados en los distintos pueblos de la comarca por los que iban pasando. Dado que la tropa, formada en su mayoría por guardia civiles, se adelantó a la columna de mineros, Haro cuando llegó a Sevilla se unió a los golpistas de Queipo de Llano, desobedeciendo las órdenes del Gobernador Civil de Huelva y traicionando criminalmente a los mineros[4].

          Transcurridos estos acontecimientos y después de un mes de numerosas calamidades[5], la cuenca termina finalmente por rendirse a las tropas del Ejército fascista siendo el 26 de agosto de 1936, tras lo cual se desata una arbitraria, indiscriminada y criminal represión sin precedentes, de los que es prueba un documento nada sospechoso de parcialidad a favor de los mineros.

          En este documento, titulado «Memoria redactada por la Jefatura Local de la Falange Española Tradicionalista y de la J.O.N.S. de Nerva» fechado en Nerva, se dice textualmente lo siguiente: «…Desde el 16 de febrero de 1936 hasta el 26 de agosto, día de la Liberación de este Pueblo por las fuerzas del Glorioso Ejército Español, no se tienen constancias de que se realizasen atentados contra las personas, que ocasionasen muertes, lesiones, etc[6]…» (RIOJA BOLAÑOS, A; 1986b: 30-34).

          Sin embargo el general Mola en aquellas mismas fechas declaraba: «…hay que sembrar el terror… Hay que dejar sensación de dominio eliminando sin escrúpulos ni vacilación a todos los que no piensen como nosotros…». En sintonía con Mola y en una charla dada el 18 de agosto, Queipo de Llano advertía: «…Sépanlo los mineros. Creíamos que después de la tremenda derrota sufrida, se someterían, y no nos obligarían a destrozarlos; pero ya que se empeñan los destrozaré…». Con estos principios y objetivos, las ejecuciones no se hicieron esperar y el mismo 26 de agosto comenzó el plan de exterminio[7]: «…El piquete de Falange o de fuerza militar detenía a los sospechosos o denunciados, (en lo que se mezcló mucho de venganzas personales y odios de familia; eran encerrados en la cárcel; al atardecer o de madrugada, en grupos de 10 o 15, eran subidos al camión; y en las tapias de los cementerios eran fusilados. No había ni juicios, ni testimonios, ni interrogatorios. Una simple insinuación de alguien era suficiente para la condena. A las mujeres que no eran fusiladas se les rapaba totalmente el pelo, les daban un purgante de aceite de ricino, y las paseaban por las calles haciéndoles gritar: “¡Arriba España!” o “¡Viva Cristo Rey!”… Las ejecuciones seguían día tras otro, y mes tras mes hasta principios de 1937, en el que el ritmo de ejecuciones indiscriminadas se apaciguó algo…»[8] (RIOJA BOLAÑOS, A.; 1986b: 24 y 25)

          Con este terrorífico panorama se llega a los años cuarenta, en los que se inicia una negra etapa de aparente normalidad laboral, fruto de las numerosas bajas producidas por la Guerra Civil, que se estiman solamente para Nerva, en torno a 2000 (RIOJA BOLAÑOS, A.: 1986b: 28), y que para la plantilla total de la RTCL, en el periodo comprendido entre el comienzo de la guerra y el 28 de Agosto del mismo año supusieron, según Avery, un total de 3.100 bajas (AVERY, D. 1985: 343). Una normalidad, también asegurada por la férrea vigilancia de las fuerzas fascistas del trabajo en las minas y por las miserables condiciones de vida y del hambre que asoló a la comarca y a todo el país en los primeros años del franquismo.

          Los inviernos de 1940 y 141 fueron particularmente terribles para la supervivencia de los habitantes de la Cuenca, «…La escasez de alimentos empeoró, aumentando repentinamente las dificultades de distribución con la llegada de muy mal tiempo en noviembre de 1940. En Riotinto, el frío fue particularmente intenso y prolongado, llegando más pronto y durando más de lo normal. A consecuencia de esta combinación de factores el hambre afectó la zona. La comida normal de las familias mineras –pan integral, bacalao seco, huevos, judías, queso, arroz, aceite de oliva, carne de carnero, tocino, sardinas y verduras- desapareció completamente salvo para los que podían comprar en el mercado negro… Los abastecimientos de harina y garbanzos que el gobierno envió a las minas, sólo fueron suficientes para dar diariamente a cada persona 226 gramos de pan, que luego se redujeron a 170 y treinta o cuarenta garbanzos. Algunos de los funcionarios municipales y los panaderos empeoraron todavía más la dieta al adulterar la harina con patata y garbanzos molidos. El aspecto de la gente cambió, todos tenían las piernas y los pies hinchados y un color horrible –más bien de cadáveres andantes que de seres vivientes-. Estaban muy débiles y, naturalmente, eran incapaces de un gran esfuerzo físico, por lo que el nivel de productividad en el trabajo cayó enormemente. Las cosas se pusieron tan mal que muchos de los más jóvenes solicitaban permiso para ir a Alemania a trabajar, siendo más de 1000 los que emigraron. La mayoría fue a las fábricas de Stuttgart, y muchos murieron en los devastadores bombardeos aéreos a que sometió esta ciudad la aviación aliada…» (AVERY, D.; 1985: 358)

          Gil Varón nos da cuenta de que en 1941 se alcanzó la cifra de 236 muertos, la segunda cifra mayor del siglo: «…debido al hambre que azotó al país, sobre todo los meses finales  de año, en que el frío actuó sobre los cuerpos debilitados por el hambre, y las muertes registradas son por complicaciones bronco-pulmonares, por gripe, enterocolitis, expresiones todas que sirven para camuflar una única realidad, el hambre. Los trabajadores a veces morían en la calle, camino de sus casas, porque los jefes los mandaban a casa cuando se les veía la hinchazón propia de la muerte por avitaminosis… …Morían en plena calle, apoyados en un árbol o en la sala de espera de la estación, o en los bancos del parque porque la hinchazón les venía galopante y ya de nada servía llevarlos al hospital, ni buscar un coche; morían antes. En la aldea de La Atalaya, el espectáculo de las casas sin muebles –todos quemados para calentarse-, de los niños con los vientres hinchados, y las mujeres todavía con sus ropas de viudas, a los casi cuatro años, era impresionante…» (GIL VARÓN, L; 1984: 210)

          Pasados estos años, la situación no comienza a experimentar una ligera mejora hasta una vez finalizada la 2ª Guerra Mundial, en 1946, fecha a partir de la cual y como consecuencia del reconocimiento internacional de España y una vez superado el periodo de autarquía económica todo empieza a poco a poco a equilibrarse hasta llegar a 1954, en que la RTCL pasa a manos del gobierno español.

          Sin embargo, en el camino habían quedado numerosos muertos, calamidades y sufrimientos indescriptibles y sobre todo un clima social y político de represión, sistemática e institucionalmente planeado, que hicieron inviable cualquier atisbo de lucha social en defensa de los derechos de los trabajadores: la tenebrosa y larga noche de la dictadura había comenzado y en la conciencia emocional de los habitantes de la comarca había quedado grabado ya «…Con la Empresa no hay quien pueda…» y «…Es mejor callarse…»

[1]     Del día 14 de abril de 1931 en Nerva, Rioja Bolaños nos ofrece algunos detalles de interés: «…El fervor republicano exaltado de algunos hizo que las insignias monárquicas, que existían en las dependencias del Ayuntamiento, fueran destrozadas arrojándolas desde los balcones del Salón de Sesiones hacia el Paseo, donde una gran concentración popular celebraba el resultado de las elecciones y la proclamación de la República. Entre los objetos que iban arrojando desde el balcón, estaba un cuadro del monarca Alfonso XIII, con uniforme de ingeniero de minas, pintado a encargo de la Corporación nervense por Daniel Vázquez Díaz… Entre la multitud se encontraba el médico D. Cristóbal Roncero Piñero, hombre de vasta cultura, respetado y querido en el pueblo por su dedicación a la labor médico-social de los obreros, quien, desaprobando la acción, recriminó a los exaltados destructores, diciéndoles que “había que saber distinguir entre la política y las obras de arte”. Su autoridad moral ante el pueblo le permitió recoger el lienzo, guardarlo en el despacho del Alcalde y salvarlo así de la destrucción…» (RIOJA BOLAÑOS, A. 1986a: 7 y 8)

[2]     Rioja Bolaños incluye en su obra la copia del Acta de petición del Sindicato Minero, para el homenaje del humilde y valiente guardia. (RIOJA BOLAÑOS, A. 1986a: 15)

[3]     Tanto Rioja Bolaños como Avery nos dan cuenta de hechos lamentables de esta naturaleza, como lo fueron el asalto e incendio de la Iglesia de San Bartolomé en Nerva y de un convento y la Iglesia de Zalamea la Real. (RIOJA BOLAÑOS, A. 1986b: 7 y AVERY, D.; 1985: 335)

[4]     Los detalles de este acontecimiento nos los narra Rioja Bolaños: «…El número total de hombres al salir de La Palma del Condado según apreciaciones y recuerdos de algunos participantes, podría rondar los 200, la mayor parte de ellos sin arma alguna… En La Pañoleta, casi a la entrada de Sevilla, en el cruce de la carretera de Huelva y la de Badajoz, los recibieron a tiros. Uno de los disparos alcanzó en las dos cajas de dinamita que transportaba el automóvil que abría la marcha. El coche y los ocupantes volaron destrozados en pedazos por los aires, al explotar la dinamita. Y trozos del vehículo e incluso restos humanos, quedaron varios colgados de los cables del tendido eléctrico. No se sabe con seguridad si explotó otro camión. Pero sí que se produjo la huida en desbandada de la columna minera. La masacre fue horrorosa, quedando allí muertos, unos 26 mineros y cogidos prisioneros 69, que Queipo utilizaría como rehenes hasta que fueron fusilados tras Consejo de Guerra sumarísimo, el 2 de septiembre, a excepción del menor de edad, Manuel Rodríguez Méndez, condenado a cadena perpetua. El resto de la columna huyó regresando a sus pueblos de origen, algunos andando por caminos de sierra los 80 kms. Que separan Sevilla de la Cuenca minera de Riotinto…» (RIOJA BOLAÑOS, A.; 1986b: 6)

[5]     Una parte importante de los detalles calamitosos acaecidos en la cuenca durante los últimos días de julio y el mes de agosto de 1936, nos los ofrece Rioja Bolaños en la revista Nervae nº 10, editada por el Ayuntamiento de Nerva en 1986, así como también en la conocida obra de David Avery, en el capítulo titulado «Agitación y contienda civil».

[6]     El subrayado es nuestro.

[7]     Tal vez a algún lector ajeno a este contexto, o poco acostumbrado a profundizar en los acontecimientos sociales que determinan la conciencia social de un pueblo, algunas de las descripciones que aquí detallamos podrían resultarles innecesarias. No es esta obviamente nuestra posición, ya que para entender la raíz de los procesos sociales y educativos de liberación hay que penetrar necesariamente en aquellos acontecimientos que de alguna manera han quedado impresos en la conciencia colectiva y han contribuido a dar respuestas superadoras con posterioridad. De otra parte, nos resulta de estricta y simple justicia, reivindicar la memoria histórica, no sólo para rendir homenaje a aquellos hombres y mujeres que lo dieron todo por la Cuenca, sino sobre todo para reconciliarnos con nuestro pasado construyendo un presente que nos proporcione las condiciones, para que esos hechos no vuelvan a repetirse jamás.

[8]     Hechos semejantes a los relatados por Rioja, se produjeron en pueblos de la provincia Huelva y concretamente en Cala, también tierra de mineros, hechos de los que hemos tenido noticia a través de testimonios orales de personas que fueron testigos directos de los mismos.

5.4.- LA COMPAÑÍA ESPAÑOLA DE MINAS RIOTINTO

«…El acuerdo pactado con el gobierno español permitió confiar en la inyección de una cantidad apreciable de libras en las arcas de RTC en un plazo de tiempo breve. Ese dinero era una condición indispensable para explorar en el norte de Australia, Canadá, Rhodesia y Sudáfrica. Pero además, el acuerdo era único en la medida en que RTC seguiría siendo el principal accionista de la nueva sociedad con un 33 % del capital desembolsado y ejerciendo en exclusiva una gestión comercial y técnica…»

Antonio Gómez Mendoza. “El «Gibraltar» económico. Franco y Riotinto.1936-1954“.Pág.347.

          Como consecuencia de los malos resultados empresariales obtenidos por la RTCL en los años treinta debido a numerosos factores, entre los que sobresalen la situación sociopolítica vivida en la Cuenca y las dificultades para la extracción del cobre, lo cual comenzaba a elevar los costes y de la escasez de carbón, la estrategia empresarial de la Compañía comienza a cambiar.

          Por otra parte, la situación del mercado internacional no constituyó precisamente un elemento favorable, ya que la competencia del azufre natural mermó las posibilidades de la cuota de mercado de los productores europeos de piritas, posibilidades que se vieron también recortadas al principio de los años cuarenta, dado que el discurso político del aparato franquista se orientaba a favorecer los intereses de Italia y Alemania, mientras que la RTCL quería garantizar que sus exportaciones se dirigieran a Gran Bretaña[1].

          De un lado la autarquía económica franquista de la década de los cuarenta, se encargó de adoptar todo tipo de medidas intervencionistas que limitaron la capacidad de la RTCL de transferir libras esterlinas a Gran Bretaña y de otro, el aparato político franquista aspiraba a reivindicar la propiedad de las Minas, a las que Franco consideraba como «El Gibraltar económico español».

          Estos factores obligaron a la RTCL a cambiar de estrategia en la que intervienen nuevos dirigentes empresariales, se comienzan a explorar nuevos lugares en el mundo para la expansión y se empieza a considerar la posibilidad de que las minas sean vendidas, hasta que después de un largo proceso de intentos y de negociaciones, en el verano de 1954, las minas vuelven a manos españolas, creándose la Compañía Española de Minas Río Tinto S.A. (CEMRTSA) recibiendo la Compañía inglesa un total de 67.667.000 pesetas más un tercio de las acciones que fueron valoradas en su totalidad en 1.000 millones de pesetas.

          A los vendedores el precio les resultó satisfactorio ya que sobrepasó el valor de la tasación realizada en base a su rentabilidad presente, además de superar otras ofertas que anteriormente habían recibido y paralelamente al gobierno británico la operación le pareció positiva, ya que así al mismo tiempo que se repatriaba una importante cifra de libras esterlinas sin poner en peligro los intereses comerciales de los exportadores, se ponía fin a una fuente de tensiones con el gobierno español. En paralelo y para el gobierno franquista el acuerdo también le pareció positivo porque así se satisfacían sus intereses nacionales y políticos dando una imagen internacional de credibilidad, de la que tan necesitada estaba España en aquellos momentos. (GÓMEZ MENDOZA, A.; 1994: 358).

          El cambio de propiedad de las minas supuso para el gobierno español la satisfacción de haber conseguido rescatar, no solamente una importante fuente de riquezas sino también un símbolo de gran entidad en relación al nacionalismo y a la capacidad del régimen para hacer frente al desarrollo económico, sin embargo la situación sociolaboral de la comarca y la vida cotidiana de los mineros experimentaron muy pocas variaciones, si bien se van produciendo una serie de transformaciones que van calando en la mentalidad de los obreros y que van poniendo de manifiesto toda una serie de insuficiencias organizativas y productivas: «…Porque con ellos comenzaron los recortes y las pérdidas de puestos de trabajo (jubilado, 64 años)… Con los ingleses el trato era frío, pero la organización era mejor. Con los españoles el trato fue más humano y la desorganización fue a más (jubilado, 70 años)… Los ingleses vivían para el trabajo, con los españoles la cosa varió (primera nómina, 59 años)…» (RUÍZ BALLESTEROS, E.; 1998: 72)

          Desde un principio la Empresa española intentó dar una imagen de modernidad tratando de estar a la altura de los mejores tiempos de la RTCL, para lo cual se decide utilizar la vieja tradición paternalista de Matheson de hacer percibir a los trabajadores su situación de privilegio en relación al resto de los obreros de la comarca y así por ejemplo se crea la Escuela Profesional de Riotinto, pero lo cierto fue que los recortes de plantilla se hicieron imparables; la organización de la producción comenzó progresivamente a deteriorarse; la represión política y sindical continuó su curso y las condiciones laborales y de vida de toda la comarca, entrarán en un estancamiento del que no se comenzará a salir hasta el comienzo de la década de los setenta, fechas en las que coinciden el nacimiento del nuevo movimiento obrero, la nueva empresa minera Río Tinto Patiño junto al nuevo clima de cambios sociales y políticos.

          En la década de los cincuenta por tanto, puede decirse que los movimientos reivindicativos y los conflictos laborales fueron de muy escasa significación social, no llegando ninguno de ellos a formalizarse en huelga, aunque es de justicia recordar que en 1958 se produjo una huelga de un día en la mina Alfredo y en la fundición del cobre, huelga dirigida a reclamar los pluses de transporte y espera para compensar el gasto y la pérdida de tiempo que tenían que soportar los trabajadores, conflicto que se resolvió satisfactoriamente para sus intereses.

[1]     Todo lo cual hace pensar, que no fue exclusivamente la Guerra Civil ni el periodo de agitación social que la precedió, la causa exclusiva desencadenante los malos resultados, ya que  «…las minas sobrevivieron a la Guerra Civil con una capacidad de producción envidiable en comparación con las calamidades que asolaron al resto del territorio español… los daños más graves que inflingió la Guerra Civil a la RTC afectaron a la comercialización de sus productos… el recurso reiterado al chantaje comercial… la burocratización agobiante de las transacciones exteriores fueron una forma burda y pedestre de acceder a los mecanismos de un mercado que distaba mucho de ser competitivo» (GÓMEZ MENDOZA, A; 1994: 64)

5.5.- CONCLUSIONES

        Una primera conclusión que puede desprenderse del análisis del contexto sociohistórico realizado es que la Escuela Profesional SAFA de Riotinto nace, se desarrolla y termina, formando parte de una realidad de singulares características, realidad que le proporciona un sustrato de condiciones sociales y culturales, que no solamente la hacen posible y necesaria, sino que permiten la posibilidad de que años más tarde se desarrolle la Experiencia de reforma e innovación educativa objeto de nuestro estudio. Veámoslo más detenidamente.

          La comunidad local de Riotinto es heredera de una tradición secular iniciada con la presencia de los ingleses en la cuenca, tradición por la que se valora de forma especialmente importante la necesidad de formación y de educación como la base fundamental que garantiza el progreso y el bienestar tanto personal como social, pero no una educación cualquiera, sino una educación aconfesional y liberal, dirigida a estimular un cierto pensamiento ilustrado legitimador de los supuestos valores de la civilización industrial. Desde que el viejo Matheson, en el siglo pasado, puso en marcha su plan de creación de escuelas, la preocupación por satisfacer las necesidades educativas ha sido constante, lo que no sólo ha conferido a la comarca diferencias significativas con relación a otras zonas limítrofes geográficamente, sino que también la ha provisto de actitudes acordes con la función económica de la comarca y con la autopercepción de un cierto sentimiento de privilegio.

          Esta preocupación de la Compañía inglesa por la educación, como hemos visto, no era totalmente desinteresada, ya que la necesidad de estar alfabetizado ideológica y literalmente era condición para salvaguardar las condiciones que hacían posible la producción, tanto en términos de seguridad como en categorías de inculcación ideológica y control social. Sin embargo esto crea un sentimiento colectivo de singularidad y distinción en el colectivo social que lo sitúan culturalmente en mejores posiciones que otras comarcas, al mismo tiempo que lo mueven a considerar la alfabetización y la educación como algo importante y necesario para el desarrollo individual y comunitario. De hecho, vendrá a ser la población de Minas de Riotinto, la receptora de la comunidad inglesa del barrio de Bellavista y la que históricamente ha albergado a la mayor parte de los técnicos y administrativos  de la Compañía, la que expresa de un modo ligeramente más intenso esta convicción de la necesidad de la educación como factor de progreso y desarrollo, si  bien  Nerva no se le queda atrás, sobre todo si se tiene en cuenta que la primera obra pública que la recién constituida Corporación Municipal de la “Villa de Nerva” en 1885, no fue la construcción de una Casa Ayuntamiento como cabría esperar, sino la de unas Escuelas especialmente dotadas de un “Gabinete Higiénico”, destinado a hacer ejercicios físico-deportivos, además de un pequeño laboratorio[1], lo cual prueba la importancia y el interés que tanto Minas de Riotinto como Nerva, han mostrado siempre por la educación y la promoción social de su ciudadanía.

          Paralelamente, ese paternalismo del palo y la zanahoria por el que al mismo tiempo que se explota, reprime y controla a los trabajadores, se les proporcionan determinados servicios sociales para que interioricen su especial diferenciación del resto y se legitime así la dominación, llega hasta mediados de los sesenta con la CEMRTSA, lo cual en gran medida, explica la creación de la Escuela Profesional SAFA de Riotinto en 1959, creación que responde también a ese espíritu de preocupación por la educación que los ingleses iniciaron y que la Compañía Española de Minas Río Tinto recoge.

          Al mismo tiempo la CEMRTSA, que llevaba únicamente cinco años de gestión empresarial, cifra minúscula en comparación con los ochenta años que habían estado los ingleses, deseaba mostrar en la comarca su capacidad para llevar a cabo un proyecto de empresa nacional, moderna y con servicios para los trabajadores, lo que unido al ambiente nacionalcatólico dominante y a las excelentes facilidades que encontraron los jesuitas en el franquismo para ejercer su labor de evangelización, hicieron que el proyecto de una Escuela Profesional para Riotinto se materializase. Un proyecto que se hizo realidad en 1959 y que financiado en sus inicios totalmente por la Empresa, se gestiona y se dirige por la institución Sagrada Familia (SAFA) perteneciente a la Compañía de Jesús.

          Por tanto, el propio nacimiento de la Escuela responde a las características del contexto. Una empresa que desea mostrar que no es menos que sus antecesores; un consejo de administración que quiere imitar el estilo paternal de Matheson; una necesidad de formación de los trabajadores para adecuar los recursos humanos a las nuevas exigencias tecnológicas; una institución religiosa que desea impartir doctrina al mismo tiempo que ayuda a la gente; una población que necesita formación y la percibe como buena y como factor de privilegio y un régimen político dictatorial que desea crear una imagen de modernidad y de autosuficiencia nacionalista.

          Todos estos elementos convergen y nos hacen pensar que la existencia de la Escuela era hasta previsible, pero como es sabido, las previsiones, para que se concreten en realidades, necesitan de voluntades que las muevan y en este punto hay necesariamente que mencionar tanto a Javier Benjumea, presidente del consejo de administración de la CEMRTSA y a Antonio Torres miembro del mismo, así como también al rector de la institución SAFA en aquella fecha, el padre Manuel Bermudo de la Rosa, ya que sin sus decisiones no hubiese sido posible el proyecto.

          Una segunda conclusión general es la que se desprende de la composición social del alumnado y las posibilidades de éste para afrontar con éxito una reforma educativa que cambiaría radicalmente los principios y métodos pedagógicos en los que venía basándose la Escuela hasta 1970.

          El alumnado del que se nutría la Escuela, procedente en su totalidad de los distintos pueblos y aldeas de la cuenca, entre los que sobresalen Minas de Riotinto y Nerva, las dos poblaciones más importantes y más dependientes históricamente de la mina, puede decirse que es en su conjunto el heredero de todo ese histórico caudal de lucha y sufrimiento. Es decir, serán los alumnos de la Escuela, los que realmente protagonizarán y llevarán a cabo la Experiencia de Reforma educativa, puesto que son también ellos, los depositarios de ese carácter social en el que se mezclan de forma singular rasgos de sencillez, humildad, sumisión y fatalismo de un lado y de orgullo, distinción, atrevimiento y ansias de libertad por otro.

          Al mismo tiempo, los intereses del profesorado, que como ya veremos más adelante, proceden en su mayoría de la Empresa y de la SAFA, se mezclarán de una forma muy particular con los intereses de la CEMRTSA y los intereses de los alumnos y sus familias[2], primeros objetivamente preocupados por salir del atraso y del oscurantismo generados por la dictadura a partir de la Guerra Civil y poder así promocionarse en puestos de trabajo de mayor bienestar, todo lo cual hace que en los primeros años de funcionamiento de la Escuela, se constituyera una comunidad de intereses y expectativas que contribuyó a que funcionase con normalidad y eficacia en la consecución de sus objetivos.

          Dicho con otras palabras: será la naturaleza y las peculiaridades ideológicas de la composición social del alumnado y del profesorado de la Escuela, las que harán posible ese despertar del oscurantismo que había supuesto la dictadura franquista y el carácter inculcador de sus prácticas culturales y pedagógicas, despertar que se produce sin duda, gracias a la presencia también de otros factores que analizaremos con detenimiento en capítulos posteriores.

          Por otra parte, y de la misma manera que a lo largo de toda la historia de la comarca van apareciendo puntualmente toda una serie de personajes foráneos interesados en hacer de la cuenca minera el escenario para la propagación de sus ideas, el hecho de que la SAFA aparezca, de que la Experiencia se inicie con algunos profesores que vienen de fuera, pone de manifiesto también lo que podría ser considerado como una cierta idoneidad del contexto sociocultural para las iniciativas de cambios y transformaciones institucionales. Dicho en otras palabras: las capacidades de acogida, apertura, sensibilidad, solidaridad de un lado y la memoria colectiva de la necesidad de cambios, movilizaciones, apuesta por ideales de justicia y solidaridad por otro, a pesar de los obstáculos procedentes del victimismo y fatalismo, hicieron también posible que esta Experiencia pudiera fructificar.

          Por último, y tal vez lo más significativo e importante y lo que permite realmente inscribir la Experiencia en el ámbito de la Educación Liberadora, es que la misma, sin pretenderlo conscientemente ya que en un principio lo único que se buscaba era dar respuesta a problemas estrictamente pedagógicos, consigue conectar con toda la tradición de esperanza, de acción, de organización, de lucha, de libertad y de responsabilidad que la cuenca había mostrado a través de su historia, valores que aunque estaban ya presentes en la conciencia colectiva estaban reprimidos, aletargados y controlados por el franquismo y sus métodos educativos.

          Será la Experiencia la que vendrá a poner en marcha, reiteramos, de forma inconsciente, porque no podían prever los resultados, todo un proceso de despertar de valores que estaban dormidos, valores que al hacerse presentes en la conciencia y en la acción de los alumnos y los profesores de la Experiencia desencadenaron procesos educativos cuyo impacto cultural, social y personal llega hasta nuestros días, treinta años después.

          Pero además, esta sintonía de la Experiencia con los valores que ya formaban parte de la conciencia popular, sintonía que activó el despertar de los mismos, no se quedó en declaraciones, buenos propósitos, o en un maquillado general al hilo de las nueva leyes educativas de todo el Estado, sino que fue mucho más allá: generó reflexión y acción, tanto en el seno de la propia Escuela como en el contexto, reflexión-acción que en el tercer año, como ya veremos en su momento, pusieron en marcha uno de los procesos de educación liberadora, tanto en el sentido social-comunitario como en el psicológico-personal de más honda influencia en sus participantes y en toda la comarca.

          En resumen, la Experiencia de reforma e innovación educativa realizada por la Escuela Profesional SAFA de Riotinto, únicamente puede entenderse si se inscribe en el contexto histórico social que la vio nacer, un contexto del que recoge y estimula valores, procedimientos y expectativas que terminarán por articularse en unas concepciones y unas prácticas pedagógicas llenas de sentido y coherencia para responder, no sólo alas necesidades educativas del alumnado y del profesorado, sino también a las demandas y expectativas de cambio social de toda la comarca.

[1]     Testimonio oral recogido de Antonio Rioja Bolaños, historiador, estudioso y líder social de la Cuenca, testimonio que está documentado en los archivos municipales del Ayuntamiento de Nerva.

[2]     El primer director de la Escuela Profesional SAFA de Riotinto, el que pone en marcha la Escuela, Luis Gil Varón, por otra parte geógrafo, historiador, estudioso de la Cuenca es también hijo del municipio de Minas de Riotinto, y por tanto figura clave para entender la simbiosis de intereses y rasgos, procedentes de la CEMRTSA, de la SAFA y la Compañía de Jesús y de la  Cuenca Minera. En su persona se sintetizan los testimonios de promoción social y cultural, tanto por la posición alcanzada por él mismo y otros muchos personajes de la cuenca, como por su preocupación por la promoción de la juventud de su pueblo y su comarca.

5.6.- REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS

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