7.- La década de los sesenta

7.- LA DÉCADA DE LOS SESENTA
7.1.- Escenario internacional
7.2.- Dictadura, desarrollo y desigualdad
7.3.- Cambios socioeconómicos e ideológicos
7.4.- El carácter de un pueblo
7.5.- El resurgir del Movimiento Obrero: curas, obreros y estudiantes
7.6.- Conclusiones
7.7.- Referencias bibliográficas

«…La explotación de la fuerza de trabajo está englobada en la explotación de la creatividad cotidiana. Una misma energía, arrancada al trabajador durante sus horas de fábrica o sus horas de ocio, hace girar las turbinas del poder, turbinas que los detentadores de las viejas teorías lubrifican beatamente con su contestación formal. Los que hablan de revolución y lucha de clases sin referirse explícitamente a la vida cotidiana, sin comprender lo que hay de subversivo en el amor y de positivo en el rechazo de las obligaciones, tienen un cadáver en la boca…»

Raoul Vaneigem. 1977. “Tratado del saber vivir para uso de las jóvenes generaciones“. Pág. 19.

«…Es el espíritu de los evangelios, “Ama y haz lo que quieras”, como decía muy bien San Agustín en una fórmula que por supuesto no tiene nada que ver con el laxismo, sino que, por el contrario, es la forma más exigente y más liberadora que existe, espíritu por el que Cristo nos libera de la Ley, explica Spinoza, no aboliéndola como dijo estúpidamente Nietzsche, sino llevándola a cabo, (“No he venido a abolir sino a llevar a cabo…”), es decir, comenta Spinoza, confirmándola e inscribiéndola para siempre “en el fondo de los corazones”…»

André Comte-Sponville.1998. “Pequeño tratado de las grandes virtudes“. Pág. 271.

          Para entender en profundidad lo ocurrido en la SAFA de Riotinto, su origen, sus desarrollos y su final no basta únicamente con recurrir a las claves de su historia social y a las características de la educación en la época franquista. Para su comprensión global se hace necesario verificar lo que supuso de ruptura tanto con el modelo de educación autoritaria y doctrinaria vigente, como con el carácter social de la comarca, por ello consideramos de fundamental importancia acercarse a los profundos cambios acaecidos en todos los órdenes a lo largo de la década de los sesenta así como aproximarse al perfil psicosocial de la comarca en las fechas en la que se inició la Experiencia.

          Aunque las expresiones más agudas de los cambios de la década de los sesenta se materializaron en el seno de países altamente industrializados, como Estados Unidos y Francia entre otros, no puede olvidarse que tuvieron también una importante repercusión en los que, por aquellos años se denominaban países en “vías de desarrollo”, entre los que se encontraba España, si bien y en nuestro caso, estos cambios estuvieron más polarizados en torno a la lucha por las libertades democráticas, dada la naturaleza dictatorial y fascista del régimen franquista, en pleno vigor por entonces, libertades que se hacían imprescindibles tanto para ajustar a la modernidad la nueva dinámica del desarrollo económico español de la década, como para reconocer los derechos del nuevo movimiento obrero, ciudadano y estudiantil que ya había emergido como una fuerza social portadora de nuevos valores y exigencias democráticas.

          Transformaciones culturales e ideológicas; numerosos acontecimientos y movilizaciones políticas y sociales distribuidas por todo el mundo; el nuevo papel que comenzó a jugar el movimiento obrero; nuevos movimientos sociales emergentes; el significativo papel que comenzó a ejercer la juventud y el movimiento estudiantil que alcanza su cima en el mayo francés del 68; nuevos movimientos religiosos nacidos a la luz del Concilio Vaticano II; nuevas tendencias educativas que se irían destilando años más tarde en las más fecundas elaboraciones de la pedagogía crítica, y todo un amplio conjunto de aportaciones culturales, artísticas, filosóficas y políticas, vendrán a constituir a gran escala el soporte y el caldo de cultivo para aumentar las esperanzas de liberación e iniciar a partir de aquellos años una profunda revisión tanto del papel que los sistemas educativos ejercen en la reproducción social ampliada, como de las grandes finalidades de la educación y su orientación hacia el desarrollo humano en su sentido más amplio, aspectos que a nuestro juicio terminarán por concretarse de forma especialmente singular en la cuenca minera de Riotinto y en la Experiencia objeto de nuestro estudio.

          En consecuencia y para obtener una visión lo más completa posible del carácter y los fundamentos de la reforma educativa emprendida con la Experiencia de la SAFA, resulta de suma necesidad analizar con una cierta profundidad estos cambios, así como la expresión y  repercusiones que los mismos tuvieron en nuestro país, en la Cuenca Minera de Riotinto y en la propia Experiencia, y es esto precisamente, lo que intentaremos desarrollar a continuación.

7.1.- ESCENARIO INTERNACIONAL

«…Lo interesante de la acción que ustedes desarrollan es que lleva la imaginación al poder. Ustedes poseen una imaginación limitada como todo el mundo, pero tienen muchas más ideas que sus mayores. Nosotros estamos formados de un modo tal que tenemos ideas precisas sobre lo que es posible y lo que no lo es. Un profesor dirá: “¿Suprimir los exámenes? Jamás. Se pueden perfeccionar, pero jamás suprimirlos”. ¿Por qué esto? Porque ha pasado por los exámenes durante la mitad de su vida. La clase obrera ha imaginado a menudo nuevos métodos de lucha, pero siempre en función de la situación precisa en la que se encontraba. En 1936 inventó la ocupación de las fábricas, porque era la única arma que tenía para consolidar y sacar provecho de una victoria electoral. Ustedes tienen una imaginación mucho más rica y las frases que se leen en los muros de la Sorbona lo prueban. Hay algo que ha surgido de ustedes que asombra, que trastorna, que reniega de todo lo que ha hecho de nuestra sociedad lo que ella es. Se trata de lo que yo llamaría la expansión del campo de lo posible. No renuncien a eso…»

Jean Paul Sartre. “La expansión del campo de lo posible”.Diálogo con Daniel Cohn-Bendit. Publicado por Le Nouvel Observateur, 20 mayo de 1968.

        Eric Hobsbawm, en su conocida obra “La historia del siglo XX”, ha caracterizado el periodo 1947-1973 como la «edad de oro» del siglo. En este periodo el capitalismo inició una transformación económica, social y cultural sin precedentes en la historia de la humanidad: «…la mayor, la más rápida y la más decisiva desde que existe el registro histórico…»” (HOBSBAWM, E. 1996: 18).

        Durante la década de los cincuenta y en los países altamente industrializados o del llamado “Primer Mundo”, gran parte de la población comenzó a tomar conciencia de que su calidad de vida había mejorado notablemente, sobre todo si la comparaban con los años anteriores a la 2ª Guerra Mundial. No obstante y cuando ya finalizó el extraordinario crecimiento de los sesenta, a partir de 1973 con la crisis del petróleo, muchos economistas se dieron cuenta de que el mundo capitalista desarrollado había atravesado un etapa histórica única. Fue el cuarto de siglo dorado de los angloamericanos o los “treinta años gloriosos” de los franceses y también fue un tiempo, en el que paradójicamente y en el mismo seno de esas sociedades opulentas, se produjeron las mayores rebeliones para cambiar la sociedad que abrieron las esperanzas de numerosos grupos y colectivos sociales. (ALPINI, A.; 1998)

        Para los países desarrollados industrial y económicamente, la década de los años sesenta fue una época de extraordinarios cambios en todos los órdenes. Son los años de la explosión de todo lo novedoso; del desarrollo imparable de la tecnología; del aumento de la productividad como consecuencia de una abundante y barata energía (el petróleo); del crecimiento de la población y en definitiva unos años en los que Europa occidental, con el 3% de la superficie terrestre y el 9% de la población, mundial aportó una cuarta parte de la producción industrial y un 40% del comercio mundial, con lo que el pleno empleo comienza a generalizarse. En estos años España comienza a despegar y a situarse en un lugar central dentro del grupo de países de desarrollo intermedio, ya que su ritmo de crecimiento pasa a ser uno de los más altos del mundo: de una renta per cápita de 317 dólares en 1960 crece hasta situarse en una cifra de 884 dólares en 1970. (DE MIGUEL, A. 1983a).

        Las Naciones Unidas declaran esta época como la década del desarrollo y la terminología al uso, eufemísticamente diferencia a los ricos de los pobres como países “desarrollados” y en “vías de desarrollo”. Son los años en los que hoy conocemos como países más ricos del mundo, comienzan el despegue definitivo de la gran mayoría del globo, así por ejemplo, la especialización en tecnología y diseño, de la economía de Estados Unidos, hizo que en 1963 poseyera el 57 % de todos los automóviles que circulaban en el mundo, así como el 44 % de los teléfonos, lo cual puso de manifiesto su dominación económica y en todos los órdenes, dominación que ha sido absoluta desde entonces. De este modo aparecen en esta época dos grandes bloques económicos: el bloque de los ricos formado  por Estados Unidos, Canadá, Oceanía, Europa y la ex Unión Soviética y por otro lado el bloque de los pobres constituido por América Latina, África y Asia (DE MIGUEL, A. 1983a:  21-24).

          Sin embargo, la idea que se tenía del “desarrollo” en aquellos años estaba asociada a lo cuantitativo, el desarrollo era concebido como una carrera imparable dirigida a aumentar la productividad aunque este crecimiento fuese a costa de eliminar las posibilidades de bienestar de las generaciones futuras y de deteriorar irreversiblemente el medio ambiente, una idea muy alejada de lo que conocemos hoy como desarrollo sostenible. Fueron los años de la explosión demográfica especialmente en los países pobres; del desarrollo de las comunicaciones; la década de la televisión y de la “sociedad del espectáculo”; de los anticonceptivos y de la disminución de la natalidad en los países ricos; de la popularización del divorcio y de la aparición de la crisis de la familia nuclear tradicional; de la incorporación de las mujeres al mundo laboral; del consumo masivo que mediante la aparición del crédito permitió el acceso a bienes materiales que antes estaban restringidos a los sectores sociales más privilegiados, es la época del coche, del 600, de la lavadora, del frigorífico… pero también el tiempo en el que se instala en nuestras conciencias un modelo de ser humano, el  « homo consumens » como vendrá a decirnos Fromm, manejado por las necesidades que el mercado le crea y a las que se siente intensamente subyugado e impelido para su satisfacción y que lo llevará poco a poco a confundir «excitación y emoción con alegría y felicidad y comodidad material con vitalidad», un ser humano que acaba por sustituir la esencia de la libertad humana por la capacidad de elegir y consumir mercancías (FROMM, E.; 1984).

        La “sociedad opulenta” se enorgullecía de sí misma, los ideales de la modernidad burguesa comenzaron a consolidarse definitivamente, sin embargo los jóvenes de la contracultura estadounidense se marginaban, la comunidad negra reivindicaba los derechos civiles y los estudiantes de todo el mundo se oponían a una sociedad tecno-burocrática, que según ellos, enajenaba a los hombres: bienestar económico en los países industrializados y secular opresión en los llamados del “Tercer Mundo”, tuvieron en común la esperanza de que la sociedad podía cambiar, unos aspirando a la libertad, oponiéndose a cualquier forma de autoritarismo y de burocracia, otros luchando por la justicia y la liberación intentando construir un “hombre nuevo” que hiciese posible la transformación de las estructuras sociales y políticas de opresión.

        Todo lo nuevo irrumpe en la escena social con todo su vigor: la nueva ola, la nueva cultura, la nueva canción, la nueva música, la nueva sociedad, el hombre nuevo, los nuevos valores, la no-violencia, la contracultura, la revolución, la autogestión, la utopía… Pero a pesar de todo ello y aunque surgen en la escena internacional nuevos estados, como consecuencia del movimiento descolonizador, especialmente en África, sus seculares sufrimientos no hacen más que empezar. Dieciocho naciones africanas alcanzaron su independencia en este decenio, pero entre 1960 y 1964 estalló la guerra en el Congo; ocurrió la masacre de Sharpeville, que mostró al mudo la crueldad del apartheid sudafricano; hambrunas como las de Biafra en 1967, ¿Cómo no recordar aquellas escenas que desde nuestros televisores en blanco y negro impactaban por vez primera nuestras jóvenes conciencias? Guerras civiles, matanzas, golpes de estado y un sinfín de calamidades de las que el continente africano no sólo no ha podido recuperarse, sino que se ha hundido mucho más si cabe.

        Los sesenta son la década en la que aparece por vez primera “la cultura de masas” que surge como consecuencia del desarrollo de los medios de difusión masiva. En ella la creación pasa a un lugar secundario siendo la difusión y la distribución las que ocupan el papel principal ya que lo que verdaderamente importa es aquello de lo que se pueda hacer y distribuir muchas copias. Con este principio de difusión y consumo masivos nacen nuevas modas, nuevos gustos, nuevas costumbres y también el fenómeno del “pseudoacontecimiento”: la realidad se reduce a su representación, una noticia comienza a ser noticia cuando la difunden los medios de comunicación y la importancia de un hecho comienza a medirse por el número de veces que aparece en la televisión, con lo que vendrán a ser los medios de comunicación masiva los que concedan crédito a los acontecimientos y poco importa ya lo que puedan decir los jueces, los testigos o las víctimas.

        En paralelo a este concepto, la sociología de la década de los cincuenta y sesenta acuña el término de “sociedad de masas” y redescubre el concepto de “alienación”: se percibe como se van destruyendo progresivamente las relaciones en los grupos primarios como la familia y la comunidad local y se observa como esas relaciones comienzan a ser sustituidas por la masa, en la que cada individuo comienza a vivir de manera atomista y anómica. (ALPINI, A.; 1998)

          Los sesenta son también los años en los que se populariza el turismo, de importantes consecuencias para el desarrollo económico de países como México y España y sobre todo un factor que contribuye a cambiar costumbres, acelerando la influencia del modo de vida occidental de los países industrializados, que se presenta como la mejor forma existente de entender el progreso y la modernidad: el “american way on life”, un modelo depredador de grandes cantidades de energía; consumidor de objetos innecesarios; generador de despilfarro y de necesidades artificiales y devastador de recursos naturales y materias primas obtenidas a bajo costo mediante la extorsión económica de los países de África, America Latina y Asia.


7.1.1.- La juventud

        Los años sesenta son también los de la cultura juvenil, una década en la que la juventud alcanza un estatus de naturaleza original con contenidos culturales específicos diferentes a otras etapas psicobiológicas. En cierto sentido la juventud comienza a ser vista de otra manera: la juventud ya no es una etapa de moratoria y de transición en la que los individuos se preparan para incorporarse a la sociedad adulta, sino más bien como una etapa con contenido en sí misma que no tiene carácter propedéutico, lo cual vendrá a ser utilizado a la postre por las economías de mercado para vendernos un modelo que generará cuantiosos beneficios procedentes de la inversión en objetos de consumo dedicados a la juventud.

        La juventud se convierte en algo que está de moda y pasará a formar parte desde este momento de la mercadotecnia mundial: los vaqueros y el rock-and-roll ligado al consumo de masas convertirán “lo joven”  en un nuevo reclamo para la demanda.

        Influenciados por la contracultura estadounidense que llegaba a todos los países industrializados gracias a los nuevos medios de comunicación masivos, se va creando una cultura juvenil que prioriza el hedonismo y el culto al cuerpo; el antiautoritarismo entendido como rechazo a cualquier forma de autoridad o represión; el antiburocratismo y la negación del poder arbitrario emanado de las jerarquías; la desconfianza generalizada de las organizaciones e instituciones sociales tradicionales, como la familia, la iglesia, la escuela, sindicatos, partidos, etc, y por supuesto la reivindicación de la más plena autonomía para la juventud, periodo psicosocial que se considera a partir de ahora sujeto a derechos.

        Al mismo tiempo que los medios de comunicación de los países industrializados se encargan de crear un modelo de joven creativo, innovador y vanguardista, que después pasará a convertirse en un modelo de consumo, en los medios académicos, culturales y políticos se va  diseñando también un tipo de joven rebelde, crítico, radical, con iniciativa, auténtico, desinteresado, innovador, insumiso e independiente de la familia y de otras instituciones,  con lo que la juventud pasa a ser considerada como portadora del cambio de la vida cotidiana e incluso como sujeto revolucionario junto a la clase obrera.

        La juventud vendrá a constituirse como señala Hobsbawm, en el sujeto social que va a protagonizar una revolución cultural sin precedentes, en la que la exaltación del heroísmo mezclado también con un nivel de individualismo y de subjetivismo, se expresará en profundos anhelos de liberación social y de liberación personal y que acabarán por convertirse treinta años más tarde en el individualismo desesperanzado de la postmodernidad.

        Como señala J.M. Lozano, el cambio social se identifica con lo que hacen y con lo que dicen los jóvenes. Ya la juventud no podía considerarse como una etapa de transición para el futuro, el futuro se quiere hacer presente y hay que hacerlo ahora. No hay que esperar a mañana para materializar el cambio social y este cambio no debía ser sólo social, sino que debía afectar también a la vida cotidiana. En suma, un modelo antiautoritario, innovador, comprometido con lo social, utópico, que comenzará a quebrar a partir de la década de los setenta, aunque en nuestro país se retrasa casi diez años como consecuencia de las extraordinarias energías sociales gastadas en la dictadura[1].

        Una nueva esperanza de cambio recorre el mundo: el impacto de la revolución cubana; la figura del Ché Guevara, héroe y místico de la revolución de los pobres que paga con su vida su apuesta radical; Martín Luther King, Premio Nobel de la Paz y padre de la lucha no-violenta contra la discriminación racial y un personaje eclesiástico, Juan XXIII, que con su atractiva personalidad y su figura de bondad y sencillez supo poner en marcha uno de los acontecimientos que más han influido en la cultura de cambio de la época: el Concilio Vaticano II.

[1]     En este momento, no nos podemos resistir a traer aquí aquellos versos de Miguel Hernández, que cantados y popularizados magistralmente por el inolvidable conjunto músico-vocal andaluz “Jarcha”, constituyeron uno más, de los numerosos himnos que la juventud andaluza y española de principios de los setenta utilizábamos para identificarnos como sujeto social e histórico con capacidad de lucha, de combate y de transformación social.  Vaya también desde aquí, nuestro agradecimiento a dicho grupo, y al compositor, líder y cantante del mismo Ángel Corpa., ya que su colectiva labor divulgadora, educadora, popular, artística y andaluza, fue de un extraordinario impacto en aquellos años, impacto no sólo musical sino también pedagógico, ya que sus canciones eran una magnífica herramienta para la praxis educativa liberadora.

“Sangre que no se desborda

juventud que no se atreve,

ni es sangre, ni es juventud,

ni reluce ni florece.

Cuerpos que nacen vencidos,

vencidos y grises mueren,

vienen con la edad de un siglo,

y son viejos cuando vienen.

La juventud siempre arrastra,

la juventud siempre vence,

y la salvación de España,

de su juventud depende.”


7.1.2.- La nueva Iglesia y la educación

        A nadie se le oculta que el impacto social y cultural que el Concilio Vaticano II ejerció en todos los órdenes fue inmenso, especialmente en los movimientos religiosos, populares y sociales de los países “en vías de desarrollo”, entre los que se encontraba obviamente España, y en la que despuntaban ya por su activismo, su compromiso militante y evangélico las  organizaciones especializadas de la Acción Católica como la HOAC o la JOC, que vieron así reforzadas y legitimadas sus posiciones, a pesar de que la mayor parte de “Iglesia Oficial” todavía seguía anclada en posiciones ultraconservadoras afines al régimen franquista de la “Cruzada de Liberación”.

        El 25 de enero de 1959, Juan XXIII anuncia a los cardenales su intención de convocar un Concilio, anuncio que provoca reacciones dispares de extrañeza y de expectativas, de temor y de esperanza, temor y extrañeza en aquellos sectores eclesiásticos más tradicionales y conservadores entre los que se encontraba el Iglesia española, y expectativas y esperanzas en aquellos sectores católicos más encarnados en la realidad social, como eran los movimientos cristianos populares latinoamericanos y los mencionados españoles de la HOAC y de la JOC. Pero lo cierto fue que por primera vez en varios siglos, la Iglesia se reunía no para anatematizar o para condenar, sino para reflexionar, autoexaminarse y renovarse, y sobre todo para participar en la búsqueda de una humanidad mejor poniendo al día las viejas estructuras eclesiales (LABOA, J.M. 1983).

        Juan XXIII, con su carácter sencillo y bondadoso, abierto y entusiasta, permitió en gran medida desmitificar a esa vieja Iglesia anclada en arcaicas tradiciones y pegada más a los intereses de las clases sociales dominantes que al mensaje de justicia y amor del Evangelio, sin embargo su impulso duró poco porque falleció en 1963, siendo su sucesor Pablo VI, el encargado de continuar el proceso de diálogo y apertura con los nuevos tiempos, amparando con sus encíclicas y con su actitud la denuncia de las situaciones injustas y el anuncio de nuevas reflexiones y esperanzas como la representada por la II Conferencia del Consejo Episcopal Latinoamericano, celebrada en Medellín (Colombia) en 1968.

        Aunque ahora visto desde la lejanía, el Vaticano II nos da la sensación de que fue más un “aggiornamiento” cosmético que un compromiso renovado y continuo por transformar las “estructuras sociales de pecado”, sobre todo si analizamos el papel social y político ejercido por la mayoría de la jerarquía eclesiástica católica en estos últimos treinta años, más pegada a la conservación de privilegios y de ese “(des)orden natural” y a tradiciones antidemocráticas y dogmáticas, no nos caben dudas sin embargo, que en aquella década, y gracias también al Concilio, se abrió un capítulo completamente nuevo de renovación y de transformaciones en todos los órdenes, lo cual tuvo su traducción concreta, tanto en el auge de las luchas sociales por conquistar mayores cotas de igualdad y de derechos humanos básicos, como en la adopción de nuevas concepciones y estrategias de intervención en relación  a la Educación.

       En nuestro caso, por ejemplo, todavía recordamos el impacto emocional, formativo y humanista que dejaron en nosotros aquellos Centros Parroquiales de Juventud de finales de los sesenta y principios de los setenta, que al amparo de los nuevos aires conciliares, nos permitieron tomar plena conciencia de la realidad social y política, al mismo tiempo que nos ayudaban, poco a poco, a ir adoptando compromisos cada vez de mayor responsabilidad y madurez ante esa misma realidad. En este sentido, tampoco nos caben dudas, cuestión que por otra parte ha quedado probada por la numerosa historiografía de aquella época, de que la Iglesia Popular, la de los pueblos, la de los barrios obreros, ejerció un importantísimo y tal vez insustituible papel tanto en la educación de la juventud española de los sesenta y setenta, como en el amparo de las luchas sociales y políticas de oposición a la dictadura, aspectos de los que podemos dar fe como testigo y partícipe de los mismos.

        Por primera vez la Iglesia jerárquica, la oficial, la romana, en su conocida “Constitución pastoral sobre la Iglesia y el mundo actual”, “Gaudium et Spes”, vendrá a decirnos de manera solemne que «…Los gozos y las esperanzas, las tristezas y las angustias de los hombres de nuestro tiempo, sobre todo de los pobres y de cuantos sufren, son a la vez gozos y esperanzas, tristezas y angustias de los discípulos de Cristo. Nada hay verdaderamente humano que no encuentre eco en su corazón…», con lo cual se inaugura un periodo en el que adquieren especial relevancia y significación los aspectos siguientes:

  1. Los valores evangélicos de justicia, solidaridad, testimonio y compromiso con los más pobres, con los más desfavorecidos, de “encarnación” de coherencia en suma entre lo que se cree y lo que se hace: «…El divorcio entre la fe y la vida diaria de muchos debe ser considerado como uno de los más graves errores de nuestra época…Sabe también la Iglesia que aun hoy día es mucha la distancia que se da entre el mensaje que ella anuncia y la fragilidad humana de los mensajeros a quienes está confiado el Evangelio…» (CONCILIO VAT. II; 1965: 269 y 272)
  2. La necesidad de investigación , de estudio, de reflexión, de conocimiento y toma de conciencia de la realidad, del sentido y significación del ser humano en el mundo, de su misión desveladora y denunciadora de las situaciones que lo empequeñecen y lo oprimen, pero al mismo tiempo de su tarea anunciadora y reveladora de esperanza, de posibilidades: «…Jamás el género humano tuvo a su disposición tantas riquezas, tantas posibilidades, tanto poder económico. Y, sin embargo, una gran parte de la humanidad sufre hambre y miseria y son muchedumbre los que no saben leer ni escribir. Nunca ha tenido el hombre un sentido tan agudo de su libertad, y entretanto surgen nuevas formas de esclavitud social y psicológica…» (CONCILIO VAT. II; 1965: 213)
  3. El lugar central que ocupa la persona como fin en sí mismo, como el ser más valioso de todo el universo conocido y al que hay que supeditar todos los demás valores, y todas las realizaciones ya sean materiales, culturales o educativas: «…Creyentes y no creyentes están generalmente de acuerdo en este punto: todos los bienes de la tierra deben ordenarse en función del hombre, centro y cima de todos ellos…» (CONCILIO VAT. II; 1965: 223)
  4. Las posibilidades que encierra la persona como ser modificable, perfeccionable, mejorable, educable en suma, como ser capaz de adquirir sabiduría mediante la unidad íntima entre el conocimiento con el valor de la verdad, y la ética con el valor de la bondad, unidad mediante la cual puede acercarse al misterio, al valor de la humildad que reconoce sus limitaciones para explicar con certeza y totalidad su propia realidad, lo cual le permite abrirse a la esperanza, a la utopía o a la trascendencia: «…La naturaleza intelectual de la persona humana se perfecciona y debe perfeccionarse por medio de la sabiduría, la cual atrae con suavidad la mente del hombre a la búsqueda y al amor de la verdad y del bien. Imbuido por ella, el hombre se alza por medio de lo visible hacia lo invisible. Nuestra época, más que ninguna otra, tiene necesidad de esta sabiduría para humanizar todos los nuevos descubrimientos de la humanidad. El destino futuro del mundo corre peligro si no se forman hombres más instruidos en esta sabiduría…» (CONCILIO VAT. II; 1965: 227 y 228)
  5. El valor, la importancia, la grandeza y la imperiosa necesidad de libertad como elemento constitutivo esencial del ser persona, que confiere dignidad y sentido a lo humano, de tal modo que es esa libertad, el ejercicio de la misma, su uso y su disfrute lo que va a permitir realmente al ser humano ser persona, desarrollarse y realizarse como tal, pero que al mismo tiempo es inseparable de la verdad, de la bondad, de la justicia y de la paz, es decir, no es una mera elección, ni tampoco una inclinación interior, sino que va mucho más allá, se constituye en condición indispensable para el desarrollo personal y para el desarrollo social y por tanto en derecho humano universal: «…La orientación del hombre hacia el bien sólo se logra con el uso de la libertad, la cual posee un valor que nuestros contemporáneos ensalzan con entusiasmo. Y con toda razón… La dignidad humana requiere, por tanto, que el hombre actúe según su conciencia y libre elección, es decir, movido e inducido por convicción interna personal y no bajo la presión de un ciego impulso interior o de la mera coacción externaEl orden social, pues, y su progresivo desarrollo deben en todo momento subordinarse al bien de la persona, ya que el orden real debe someterse al orden personal, y no al contrario. El orden social hay que desarrollarlo a diario, fundarlo en la verdad, edificarlo sobre la justicia, vivificarlo por el amor. Pero debe encontrar en la libertad un equilibrio cada día más humano. Para cumplir todos estos objetivos hay que proceder a una renovación de los espíritus y a profundas reformas de la sociedad…» (CONCILIO VAT. II; 1965: 229, 230 y 244)

          Aunque el Concilio termina en 1965 siendo muy beneficiosa su influencia para el cambio de la sociedad española y para los nuevos planteamientos educativos, el año de mayor impacto y significación internacional de la década, fue sin duda el de 1968, un año que se constituye en un punto de referencia obligada para toda la generación de finales de los cuarenta y principios de los cincuenta, una generación que asistió como protagonista y sujeto social a una de las mayores transformaciones culturales y sociales del siglo XX.

          De aquel año, vale la pena destacar al menos, dos acontecimientos de un profundo calado en los planteamientos educativos de los últimos treinta años: la anteriormente mencionada II Conferencia General del Consejo Episcopal Latinoamericano, (CELAM) de Medellín, en la que se plantea y se definen por vez primera en un documento oficial de la Iglesia la necesidad de una “Educación Liberadora” y las movilizaciones estudiantiles y obreras que se producen en todo el planeta y que culminan en el mayo francés, movilizaciones que pondrán de manifiesto que el orden burgués, el orden bélico, el orden del mercado, el orden del franquismo que aún reprimía ferozmente a la clase obrera y a los estudiantes de nuestro país, era en realidad el más antinatural e inhumano de los desórdenes y por tanto la sociedad, no sólo merecía ser cambiada, sino que debía hacerse de inmediato, independientemente de que todas las “condiciones objetivas” no estuviesen dadas: había que apostar, había que asumir riesgos, había que acumular esfuerzos para hacer visible en lo social y en lo cotidiano un nuevo mundo, una nueva sociedad y un nuevo ser humano liberado de las cadenas de las injusticias estructurales y de las miserias individuales.

          De la 2ª Conferencia General de la CELAM de Medellín, puede afirmarse sin ambages que puso las bases de lo que se conoce hoy como “Educación Liberadora”, concepción pedagógica y humanista, que en aquellos años ya se estaba gestando en los movimientos cristianos y sociales de carácter popular y que se materializaron en Brasil con las experiencias y reflexiones realizadas por Paulo Freire, inspirador del documento de la CELAM y que ya en 1967 había dejado en su primera obra “Educación como práctica de la libertad”, las ideas claves de este nuevo concepto de Educación, ideas clave que la Experiencia de la SAFA de Ríotinto recoge en sus principios pedagógicos fundamentadores.

          La CELAM de Medellín, parte en primer lugar de un análisis de los sistemas educativos de todo el continente latinoamericano, llegando a la conclusión de «…El contenido programático es, en general, demasiado abstracto y formalista. Los métodos didácticos están más preocupados por la transmisión de los conocimientos que por la creación entre otros valores, de un espíritu critico. Desde el punto de vista social, los sistemas educativos están orientados al mantenimiento de las estructuras sociales y económicas imperantes, más que a su transformación…» (CELAM. 1968) O dicho con otras palabras: la Educación en su expresión institucionalizada de aparatos escolares, no estaba contribuyendo a la solución de las seculares y escandalosas injusticias a las que estaba sometida la sociedad latinoamericana, situación que por otra parte había denunciado un año antes la Encíclica “Populorum Progressio” de Pablo VI, por lo que consecuentemente urgía encontrar una alternativa educativa, que enraizada en lo más profundo del ser humano, en el desarrollo de todas sus potencialidades, fuese capaz al mismo tiempo, no sólo de desenmascarar las realidades injustas y de opresión, ya fuesen estructurales o subjetivas, sino sobre todo de iniciar procesos de renovación y compromiso individual y de transformación social.

          Paralelamente se hace una reflexión crítica del papel social y cultural que jugaban las instituciones educativas de formación profesional, meras reproductoras de las exigencias del mercado laboral que lo subordinaban todo a sus exigencias, con la cual el desarrollo humano se constituía en un simple apéndice de la economía, economía que al estar en manos de unos pocos, convertía a la educación ya no sólo en castradora de las dimensiones del “ser” frente a las exigencias económicas del “tener” como vendría a decir Fromm, sino sobre todo en reproductora de una mano de obra obediente, acrítica, y consecuentemente “educada” para que la situación de dominación y de explotación se legitimara y se perpetuara: «…La formación profesional de nivel intermedio y superior, sacrifica con frecuencia la profundidad humana en aras del pragmatismo y del inmediatismo, para ajustarse a las exigencias de los mercados de trabajo. Este tipo de educación es responsable de poner a los hombres al servicio de la economía, y no está al servicio del hombre…». Reflexiones que también se estaban realizando en Europa y América y que terminarán por concretarse en las denominadas “Teorías de la Reproducción” iniciadas por Althuser en 1969, con su conocida obra “Ideología y aparatos ideológicos del Estado” y que posteriormente en la siguiente década se amplían a la reproducción  cultural de Bordieu y Passeron, y a la correspondencia entre las instituciones escolares y las instituciones productivas de Jackson y de Bowles y Gintis. (TORRES, J.; 1991: 49-113)

          Había que encontrar entonces una alternativa educativa que diese respuesta a la situación social que la CELAM denunciaba y a los valores que anunciaba, el valor de la justicia y el valor de la paz, valores sobre los que explícitamente se declaraba: «…La Iglesia Latinoamericana tiene un mensaje para todos los hombres que, en este continente, tienen “hambre y sed de justicia” Es el mismo Dios quien, en la plenitud de los tiempos, envía a su Hijo para que hecho carne, venga a liberar a todos los hombres de todas las esclavitudes a que los tiene sujetos el pecado [Cf. Jn 8, 32-35], la ignorancia, el hambre, la miseria y la opresión, en una palabra, la injusticia y el odio que tienen su origen en el egoísmo humano. Por eso, para nuestra verdadera liberación, todos los hombres necesitamos una profunda conversión, a fin de que llegue a nosotros el “Reino de Justicia, de amor y de paz”. El origen de todo menosprecio del hombre, de toda injusticia, debe ser buscado en el desequilibrio interior de la libertad humana, que necesitará siempre, en la historia, una permanente labor de rectificación. La originalidad del mensaje cristiano no consiste directamente en la afirmación de la necesidad de un cambio de estructuras, sino en la insistencia, en la conversión del hombre, que exige luego este cambio. No tendremos un continente nuevo sin hombres nuevos, que a la luz del Evangelio sepan ser verdaderamente libres y responsables… …Tres notas caracterizan, en efecto, la concepción cristiana de la paz: a) La paz es, ante todo, obra de justicia [GS 78]. Supone y exige la instauración de un orden justo… La paz en América Latina no es, por lo tanto, la simple ausencia de violencias y derramamientos de sangre. La opresión ejercida por los grupos de poder puede dar la impresión de mantener la paz y el orden, pero en realidad no es sino “el germen continuo e inevitable de rebeliones y guerras” [Pablo VI, 01/01/68]…. b) La paz, en segundo lugar, es un quehacer permanente [GS 78]. La comunidad humana se realiza en el tiempo y está sujeta a un movimiento que implica constantemente cambio de estructuras, transformación de actitudes, conversión de corazones. La “tranquilidad del orden”, según la definición agustiniana de la paz, no es, pues, pasividad ni conformismo… c) La paz es, finalmente, fruto del amor [Cf. GS 78], expresión de una real fraternidad entre los hombres: fraternidad aportada por Cristo, Príncipe de la Paz, al reconciliar a todos los hombres con el Padre. La solidaridad humana no puede realizarse verdaderamente sino en Cristo, quien da la Paz que el mundo no puede dar [Cf. Jn 14, 27]. El amor es el alma de la justicia. El cristiano que trabaja por la justicia social debe cultivar siempre la paz y el amor en su corazón…» (CELAM. 1968)

          Consecuentemente, y partiendo de una concepción del ser humano, de sus valores esenciales, del desarrollo de sus capacidades genuinamente humanas, así como de una análisis crítico de la realidad y de las condiciones históricas concretas que se oponían al pleno despliegue de sus potencialidades, se buscaba una respuesta educativa, y esa respuesta no era otra que la “Educación Liberadora”: «… Nuestra reflexión sobre este panorama nos conduce a proponer una visión de la educación más conforme con el desarrollo integral que propugnamos para nuestro continente; la llamaríamos la “educación liberadora”; esto es, la que convierte al educando en sujeto de su propio desarrollo. La educación es efectivamente el medio clave para liberar a los pueblos de toda servidumbre y para hacerlos ascender “de condiciones de vida menos humanas a condiciones más humanas” [PP 20], teniendo en cuenta que el hombre es el responsable y el “artífice principal de su éxito o su fracaso” [PP 15]…» (CELAM. 1968).

          Con frecuencia y malintencionadamente, desde sectores eclesiásticos y conservadores se ha vituperado a la “Educación Liberadora” como un subproducto del marxismo que absolutiza los valores económicos y sociales, dejando al margen e infravalorando los valores individuales, éticos y trascendentes presentes en el ser humano considerado como “persona”, por ello es de suma importancia destacar aquí, que esta “Educación Liberadora” que se propone por la Iglesia Latinoamericana, es profundamente integradora y unitaria, es al mismo tiempo “Personalizadora”, en cuanto que convierte a los propios educandos, en protagonistas y en sujetos de su propio proceso educativo y de desarrollo, tanto individual como social, protagonismo que exige la adaptación, el respeto y la consideración de las genuinas singularidades de cada persona, pero que no se queda en una mera metodología individualizada como algunos interesadamente pretenden sobredimensionar, sino que va mucho más allá, implicando el desarrollo comunitario y la transformación creadora de la sociedad: «…Para ello, la educación en todos sus niveles debe llegar a ser creadora, pues ha de anticipar el nuevo tipo de sociedad que buscamos en América Latina; debe basar sus esfuerzos en la personalización de las nuevas generaciones, profundizando la conciencia de su dignidad humana, favoreciendo su libre autodeterminación y promoviendo su sentido comunitario…» (CELAM. 1968).

          De este modo, queda originalmente establecido por vez primera el vínculo inseparable entre “Personalización” y “Liberación”, entre desarrollo integral y singular de todas las capacidades del ser humano y entre acción creadora sobre sí mismo y la realidad de injusticias que lo rodea, aspecto de fundamental importancia para entender los planteamientos y lo acontecimientos desarrollados por la Experiencia de la SAFA de Ríotinto. Un vínculo que se establece en una doble dimensión: por un lado mediante el diálogo permanente con los educandos: «…Por lo que se refiere a los educandos, insiste en que se tome en cuenta su problemática. La juventud pide ser oída con relación a su propia formación. Es preciso no olvidar que el alumno tiende a su autoperfeccionamiento y por ello se le deben presentar los valores, para que él tome una actitud de aceptación personal frente a los mismos. La autoeducación, que debe ser sabiamente ordenada, es un requisito indispensable para lograr la verdadera comunidad de educandos…» y por otro mediante la disposición al cambio, al perfeccionamiento, a la creatividad, «…Debe, finalmente, capacitar a las nuevas generaciones para el cambio permanente y orgánico que implica el desarrollo…», disposiciones que son imposibles de estimular y de hacer emerger, como ya tendremos oportunidad de demostrar, sin la libertad (CELAM. 1968).


7.1.3.- Las movilizaciones del 68

        El segundo gran acontecimiento del 68 que dejó notar su impacto en las concepciones educativas críticas que perduran hasta nuestro días, fue sin duda todo ese amplio conjunto de movilizaciones estudiantiles y juveniles que marcaron un record en esta “década prodigiosa”, dando la señal de alarma de que el modelo de las sociedades occidentales opulentas no podía servir para construir el futuro. Un movimiento que estalla casi simultáneamente en América del Norte y en casi todos los países de Sudamérica, así como en Francia, Italia, Alemania, e Inglaterra, también en la Europa del Este, con los estudiantes de Polonia, Checoslovaquia y Yugoslavia, sin olvidar a España, que aunque con un carácter más centrado en la exigencia de libertades políticas, se constituyó en el germen de numerosas experiencias culturales y educativas alternativas, así como también en el referente de las numerosas movilizaciones estudiantiles y obreras como después veremos.

        El año 68 es denso en acontecimientos de calado internacional, (DE MIGUEL, A.; 1983b: 7-26) muchos de los cuales tienen su origen en Estados Unidos: la muerte en acción armada del Ché Guevara en noviembre de 1967; el asesinato en abril del 68 de Martín Luther King, padre del movimiento antirracista y pacifista; el fallecimiento también por atentado criminal de Robert Kennedy, que viene a correr la misma suerte que su hermano, con lo que el sueño de la nueva sociedad comienza a desmoronarse definitivamente; los muertos de la convención de Chicago; el final de la guerra del Vietnam, una guerra en la que se arrojaron más bombas que todas las lanzadas en la segunda guerra mundial y que puso cruelmente de manifiesto la política criminal del imperialismo norteamericano; la invasión de Checoslovaquia por las tropas soviéticas, en la que se vislumbra ya la descomposición de un mastodonte gerontocrático más interesado en perpetuarse por la fuerza en el poder que en propiciar una mayor calidad de vida para sus ciudadanos; las movilizaciones del mayo francés con la alianza de obreros, estudiantes e intelectuales; la matanza de estudiantes en la Plaza de Tlatelolco en México DF perpetrada el 2 de octubre de aquel año y en la que hubo más de 300 muertos y 1500 heridos únicamente por reivindicar mejores condiciones democráticas y académicas, y en suma, todo un conjunto de hechos y movilizaciones de masas, que vienen a poner de manifiesto que la época de bonanza económica se estaba terminando y que las esperanzas de la década comenzaban a truncarse, con lo cual se comienza a partir de ahí un nuevo ciclo que se inicia a partir de 1973 con la crisis de la energía.

          El impacto de los cambios culturales y sociales arrancan en Estados Unidos con tres tipos de movimientos que combinan los valores de paz, igualdad y libertad como reivindicación del deseo no mediatizado ni reprimido: el movimiento pacifista contra la guerra del Vietnam; el antirracista protagonizado por Luther King y el “Black Power” y el contracultural representado por los “hippies”, movimiento este último que para muchos autores constituye un importante factor para entender el fracaso de la protesta estudiantil. Como señala De Miguel «…Los hippies proclaman que es mejor hacer el amor que la guerra, que hay que desaprender lo que le enseñaron a uno en las aulas, que hay que cultivar la espontaneidad, que hay que vivir comunalmente, que hay que escuchar a Bob Dylan y leer a Hermann Hesse, o mejor todavía, a Snoopy. El principio supremo es el placer inmediato, lo que inhibe todo esfuerzo sostenido para cambiar las cosas y exige el alimento de las drogas alucinógenas. La cultura hippie está en el trasfondo de la New Left y hace a ésta estéril. Los que debían ser aliados se tornan en contrarios…» (DE MIGUEL, A.; 1983b: 8).

          El 68 fue un año singular que anunció el comienzo de una crisis de la que el movimiento transformador todavía no ha podido recuperarse, sobre todo porque hoy, a más de  treinta años de distancia, no sólo las injusticias se han hecho más profundas si cabe, como así han demostrado los diversos informes del PNUD, sino también porque en el seno de los países industrializados se ha instalado un atroz individualismo que ha venido desarrollando patologías sociales de un marcado infantilismo y victimización (BRUCKNER, P.; 1996).

        No puede negarse que aquellas movilizaciones y especialmente las del mayo francés, aunque supusieron la apertura de nuevas posibilidades de transformación social, terminaron por fracasar estrepitosamente, tanto por la contundente acción represiva institucional, como por las propias contradicciones que empiezan a percibirse en el seno de los propios movimientos, contradicciones procedentes de esa contracultura segregada en las propias sociedades opulentas: la cultura del individualismo y de la satisfacción inmediata de los deseos, la cultura de los derechos heredados pero no conquistados mediante el ejercicio de los deberes, contracultura que dará origen a lo que Bruckner considera hoy como una las patologías de la modernidad: el infantilismo, «…la transferencia al seno de la edad adulta de los atributos y privilegios del niño… …el deseo de ser sustentado sin verse sometido a la más mínima obligación… …podría resumirse en ¡no renunciarás a nada!…» (BRUCKNER, P.; 1996) y cuya base, para los países industrializados, hay que encontrarla en parte en el hedonismo dominante de aquellos años de bienestar económico y en el protagonismo que asumieron en las movilizaciones estudiantiles los hijos de las clases acomodadas, reproductores y transmisores también de los esquemas ideológicos de ese modo de vida occidental de alto consumo y bienestar: cambios sí, pero sin renunciar nada; nueva sociedad sí, pero con el tanque lleno de gasolina; conquistar el poder sí, pero una vez conseguido conviene instalarse en él; pacifismo sí, pero OTAN también; democracia en lo político sí, pero en lo económico, en lo social, y en lo educativo es mejor esperar.

        Sin embargo, a pesar de la quiebra sufrida, hoy no existen dudas de que aquellos años significaron también, para los que tuvimos la oportunidad de vivirlos, y sobre todo  en España, en una sociedad a medio camino hacia el “desarrollo” y tremendamente reprimida en lo social y en lo político, una importantísima semilla de nuevos valores culturales que también han llegado hasta nuestros días: la aparición de la ecología; el antiautoritarismo y la liberación; el pacifismo; el feminismo; la autonomía juvenil; el protagonismo de las minorías; la desconfianza en las grandes instituciones ya sean eclesiásticas, políticas o económicas y sobre todo el convencimiento de la necesidad de utopías, ya no tanto para prefigurar el presente con dosis más menos relativas de romántico futuro, sino como necesidad concreta y cotidiana de caminar hoy, de comprometerse hoy y ahora sin abandonar aquellas aspiraciones de justicia, de igualdad y de libertad de la que nos hablaba el Vaticano II y la CELAM y que son todavía de mayor actualidad y necesidad que en aquellos años.

7.2.- DICTADURA, DESARROLLO y DESIGUALDAD

« En las escaleras que descienden de la sala de interrogatorio a los calabozos de una central de policía situada en una ciudad de España, un joven inspector se cree en la obligación de justificar todo lo sucedido hasta entonces y le dice a un estudiante no menos joven “Puedes tener tus ideas políticas. Pero dentro de ti. Como dice Lombroso: el pensamiento no delinque.  »

Manuel Vázquez Montalban. 1977. “La cultura bajo el franquismo”. (P. 67)

          De acuerdo con Sartorius y Alfaya, el franquismo no fue una dictadura sin más, su contribución a la historia no se caracterizó exclusivamente por una larga supresión temporal de las libertades democráticas, sus objetivos fueron mucho más allá, intentando planificar y organizar de forma concienzuda y sistemática el totalitarismo, concretándolo en un nuevo Estado con vocación de permanencia, al estilo de los de Hitler y Mussolini: partido único; sindicato único; religión única; mitología única; poder único y una alianza explícita con las clases dominantes y la Iglesia Católica que ejercía su dominio gracias a una represión generalizada en todos los ámbitos de la vida social, política, sindical, cultural y educativa. (SARTORIUS, N. y ALFAYA, J.; 1999: 15)

          No es este el lugar para enumerar con detalle las dramáticas consecuencias que infringió el franquismo a la sociedad española en general y al movimiento obrero en particular, pero no conviene olvidar que tan largo periodo de dominación y represión no sólo trajo muerte, encarcelamientos y atraso, sino también heridas en la conciencia colectiva del pueblo español que lo imposibilitaron durante mucho tiempo para hacer frente a su situación: el papanatismo moral e intolerante del nacionalcatolicismo; la idiotización de las constumbres de la vida cotidiana; el silencio temeroso ante una supuesta superioridad querida por Dios; la censura y la mojigatería de la sexualidad; el miedo interiorizado en las conciencias; el enchufismo, la recomendación, las pequeñas y grandes corruptelas; la enajenación y domesticación de la cultura bajo la tríada toros-fútbol-flamenco; la desconsideración de la dignidad de lo político y de los asuntos públicos; el fatalismo asociado al autoritarismo y un sinfín de rasgos, que los hijos de aquella época aún llevamos grabados en nuestro subconsciente colectivo y que a veces, en determinadas circunstancias, se constituyen en obstáculos para el ejercicio sereno y constructivo de actitudes democráticas.

          Para entender globalmente y con un mínimo de rigor y honestidad lo sucedido en la sociedad española de la década de los sesenta, es necesario señalar, que aquellos años no sólo fueron el comienzo de una época de despegue económico, sino también un tiempo en el que la dictadura redobló los esfuerzos para seguir manteniendo su poderío, persiguiendo y reprimiendo cualquier atisbo de oposición a la misma,  o controlando cualquier movimiento que se saliese un poco de los estrechos límites a que el régimen tenía sometida a toda la sociedad española, aunque obviamente, ahora lo hacía con nuevos métodos, no tan horrendamente visibles como los practicados en la década de los cuarenta, de tribunales militares para los llamados “delitos políticos”, o tribunales de depuración, o de miles de ejecuciones, puesto que en los nuevos tiempos de los “Planes de Desarrollo” era necesario mantener una cierta imagen de modernidad frente a una Europa floreciente, ante la que estábamos en clara desventaja.

          Y este es precisamente uno de los errores en los que se suele caer al estudiar superficialmente esta década, el creer que el desarrollo económico trajo también aparejado una cierta apertura política, o como si la democracia de la que ahora gozamos tuviera su origen en los tecnócratas del desarrollismo que fueron los que propiciaron aquel periodo de bonanza económica, cuando precisamente fue todo lo contrario: ni el crecimiento económico fue el resultado de una planificación sostenida, sino más bien de una coyuntura, y en lo político la ausencia total de libertades y la represión continuaron hasta incluso después de la muerte del dictador.

          Como señalan Sartorius y Alfaya, «…Aunque duela reconocerlo, un sector amplísimo de la sociedad española colaboró con la dictadura mucho más allá de lo que ahora se quiere reconocer. Los poderes económicos en todos los niveles, es decir, la burguesía española, pero también la vasca y la catalana, salvo rarísimas excepciones, no sólo acataron la nueva situación, sino que colaboraron activamente, obteniendo ventajas y participando en numerosas ocasiones en la represión de los que en las empresas se oponían a las leyes franquistas… Hubo que esperar a mediados de los años cincuenta para que surgiera una nueva generación de españolas y de españoles entre los universitarios, los trabajadores, los profesionales e intelectuales para que la oposición hiciese acto de presencia. Oposición activa y minoritaria hasta finales de los años sesenta, más numerosa desde entonces y masiva a partir de la muerte del dictador…» (SARTORIUS, N. Y ALFAYA, J.; 1999: 21 y 22).

          Esta situación general de acomodación, explica en parte también, lo ocurrido en la cuenca minera de Riotinto. La política de tierra quemada practicada por el régimen en la década de los cuarenta; la implacable persecución practicada a todo germen de movimiento obrero independiente y organizado; las nuevas expectativas de despegue económico como consecuencia del desarrollismo a pesar de que en toda la comarca se inicia todo un proceso de desactivación de la minería, que hace que un importante número de trabajadores tengan que salir fuera de la misma para buscar su sustento; la cultura y la educación del dominante nacionalcatolicismo, y por supuesto el fatalismo incrustado en las conciencias desde hacía ya casi un siglo, vendrán a conformar una situación caracterizada por una aparente normalidad y adaptación, que no empieza a despegar, como veremos más adelante, hasta finales de la década, con la creación de la nueva empresa Río Tinto Patiño y el nacimiento del nuevo sindicalismo representado por las Comisiones Obreras.

          Sin embargo, y a pesar de esta situación de acomodación en la que las fuerzas monárquicas, democristianas, liberales, nacionalistas y socialistas abandonaron casi prácticamente, desde finales de los cuarenta hasta principios de los setenta, toda lucha contra la dictadura, con su conocida estrategia de «esperar y ver»,  serán los estudiantes los que al arrancar con los acontecimientos de 1956 en Madrid y Salamanca, los que conjuntamente con el movimiento obrero que resurgía en los primeros años de la década de los sesenta, auténtico eje vertebrador del cambio (EQUIPO DE ESTUDIOS; 1976); con los cristianos procedentes de la HOAC y de la JOC y el clero posconciliar y progresista;  además de los comunistas, que no habían abandonado su lucha contra la dictadura tanto en el exterior como el interior, los que iniciarán todo el amplio movimiento social y político de oposición que comienza a principios de la década de los setenta y en el que intervienen ya todas las fuerzas políticas, amplias capas medias y de profesionales, el movimiento asociativo vecinal y de padres de alumnos, etc, movimiento que culmina con la creación de la Junta Democrática de España, articulada en torno al Partido Comunista de España en 1974 y posteriormente con la Plataforma de Convergencia, configurada alrededor del Partido Socialista Obrero Español. (SARTORIUS, N. Y ALFAYA, J.; 1999; 133-190).

          Todos los estudiosos de la economía española durante el franquismo coinciden en apuntar que a lo largo del periodo 1939-1973 pueden distinguirse tres etapas bien diferenciadas: la autárquica (1939-1950), la apertura al exterior y el Plan de estabilización (1950-1960) y la desarrollista correspondiente a los Planes de Desarrollo (1960-1973)

        La primera corresponde a la autarquía (1939-1950), o la orientación de toda la producción al aprovechamiento de los recursos propios  reduciendo al máximo las importaciones y controlando exhaustivamente el consumo de productos ya fueren industriales o de consumo diario. Esta política económica intervencionista, que se adopta como consecuencia del aislamiento internacional de España, vendrá a crear una situación social caracterizada por los salarios muy bajos; la escasez y el racionamiento de los productos básicos; la proliferación del mercado negro y el estancamiento del desarrollo industrial iniciado por la 2ª República, características que conforman un periodo de auténtica depresión económica, lo que unido a la brutal represión política y sindical hacen de este periodo una de las etapas más negativas de las historia española del siglo XX.

          En la segunda etapa (1950-1960) el comportamiento de la economía española comienza a ser completamente diferente, ante la imposibilidad de desarrollar una industria sin el concurso de las importaciones tanto de productos básicos como industriales. De este modo comienza una incipiente liberalización y apertura al exterior que desemboca en el denominado “Plan de Estabilización”  en 1959. El Plan de Estabilización vendrá a establecer el equilibrio externo mediante la nueva paridad de la peseta (60 pts/dólar), la nueva ley de inversiones extranjeras y la reforma fiscal de 1957. Al mismo tiempo intentará reducir el déficit de las empresas públicas mediante la limitación del gasto y en el sector privado se encarecerán los créditos, lo cual llevará también a una disminución del volumen total del crédito concedido. En definitiva, lo que el Plan de Estabilización pretendió fue levantar todos los impedimentos para el comercio con el exterior aceptando todas las inversiones realizadas por capital foráneo, con lo cual se abandona definitivamente la política autárquica y sentándose las bases elementales para el desenvolvimiento normal del desarrollo económico.

          Desde un punto de vista económico, el periodo 1960-1973 se le conoce como la etapa desarrollista, de gran crecimiento de la economía española coincidente con los conocidos Planes de Desarrollo, una etapa que vendrá a suceder a las décadas anteriores centradas en la autarquía para los años cuarenta y en un periodo de apertura al exterior en los cincuenta en el que se pone en marcha el Plan de Estabilización en 1959.

        A partir de 1959 España se enfrenta a una situación de desempleo que se hace ya casi endémica, entre un 25 y un 50 % según los sectores, con lo que el consumo privado experimenta una fuerte caída y el cierre de pequeñas empresas no se hace esperar .

Paralelamente en Europa se estaba produciendo un periodo de crecimiento económico sin precedentes con lo que se generaba una demanda de mano de obra que España estaba en condiciones de ofertar a precios muy baratos y consecuentemente comienzan a producirse las grandes oleadas de emigración a Alemania, Suiza, Francia y otros países.

        Al mismo tiempo aparece el fenómeno del turismo. Los europeos que vivían en aquellos años unos de los periodos más florecientes de su economía se sienten atraídos por un país de paisajes y costumbres singulares y a unos precios muy ventajosos.

        Y si a la emigración y al turismo, se le une la necesidad de la economía española de importar tecnología, bienes manufacturados y de equipo, producción que Europa quiere vender, el proceso termina por culminarse con un flujo de inversiones extranjeras que se ven facilitadas por las medidas del Plan de Estabilización.

        En suma, serán la emigración, el turismo y las inversiones extranjeras las que pondrán en marcha el proceso de reactivación de la economía española, que había quedado prácticamente paralizado en tiempos de la II República. Elementos que son también, y no conviene olvidarlo, el producto de la sobreexplotación pura y dura de la mano de obra. A este respecto nos recuerdan Sartorius y Alfaya: «…Quien haya contemplado en las estaciones suizas, alemanas o francesas a esa riada de trabajadoras y trabajadores procedentes generalmente del campo, ellas con sus pañuelos a la cabeza y sus largos vestidos negros, ellos con sus ropas de pana y sus boinas, con carteles colgados del cuello en los que leían extraños nombres de ciudades desconocidas, la maleta de cartón atada con una cuerda y las bolsas con comida a su lado, difícilmente podrán olvidarlo nunca. Porque la emigración se produjo por lo general en pésimas condiciones. Sin apenas apoyo de las autoridades españolas, sin conocer el idioma y las costumbres de los países donde se iban a afincar, viviendo en barracones en las afueras de las ciudades, muchas veces considerados con desprecio por los acomodados europeos, trabajando las horas que quisieran los jefes de las factorías donde los empleaban, con el fin de ahorrar y de mandar dinero a la familia que quedaba en el pueblo, los trabajadores españoles emigrados escribieron una de las páginas más duras de la historia social de Europa. Y sin saberlo, en un extremo de la alienación humana, contribuían a salvar un Régimen que les negaba el pan, la sal y las mínimas libertades para defenderse de la explotación. Mientras tanto los periódicos españoles hacían gala de su patriotería, destacando incluso en más de una ocasión en tono jactancioso, que trabajadores había que ante la dureza de las condiciones laborales europeas preferían volver a España. Lo que no decían era lo que iban a encontrar al volver: penuria y desempleo…» (SARTORIUS, N. y ALFAYA, J.; 1999: 102 y 103).

        Siguiendo a los autores citados, el turismo pasó de un millón de personas en 1954 a diez millones y medio en 1964, con su consiguiente influjo en la vida social y las costumbres. Los emigrantes enviaron 55 millones de dólares y 239 millones en 1964. El PIB creció a un ritmo del 6,5 % anual, el PIB industrial al 10,4 %, la productividad al 8 % anual acumulativo, la industria del automóvil al 22 %, la siderurgia al 13 % y la mecanización agraria se multiplicó por diez entre 1960 y 1980. El 600, los electrodomésticos, la compra de pisos a plazos, la especulación inmobiliaria que arrasó el paisaje del Sur y del Levante, configuraron un panorama social hasta entonces desconocido. (SARTORIUS, N. y ALFAYA, J.; 1999: 91).

        La etapa de los Planes de Desarrollo, podría ser considerada como una evolución lógica de la economía española una vez solventadas las dificultades económicas de anteriores décadas. Sin embargo estos Planes no se cumplieron en su totalidad, al no ser realmente orientadores del sector privado y al no ejecutar todas las inversiones públicas previstas, por ello nuestro crecimiento económico en esta década, más que a los Planes de Desarrollo por sí mismos, se debe, como hemos señalado, al incremento sostenido de las economías europeas que repercuten en nosotros gracias a las divisas aportadas por los más de tres millones de emigrantes y por el florecimiento de una nueva industria: el turismo.

        Lo cierto es, que a lo largo de toda la década, se produce un proceso de transformación social que supone por vez primera en nuestra historia, la creación de un numeroso proletariado industrial y un importante aumento del sector servicios y que tiende a evolucionar hacia el modelo de economía de las sociedades industrializadas.

        En 1960, la población activa agraria representaba el 40,76 % del total, mientras que en 1972 era del 26,3 %; la población industrial estaba constituida por el 22,38 % de la población activa, los servicios el 26,54 % y la construcción el 7,08 % en 1960; por el contrario, en 1973, la agricultura tenía un 23,85 %, la industria un 26,45 %, la construcción 9,70 y los servicios el 38,96 %: Se produce un intenso proceso de proletarización: en 1960 los asalariados representaban el 62,16 % y en 1973 alcanzaron el 68,35 %, lo que en cifras absolutas significó pasar de 7,3 millones en 1960 a 9,1 millones en 1973. Se realiza una clara apertura al exterior: el porcentaje del sector exterior sobre el PIB, pasa de un 11,3 % en 1959 a un 22,4 % en 1972. (OLIVER y ROS. 1983: 114)

Al mismo tiempo comienza un profundo cambio de la estructura demográfica caracterizado (TEZANOS, J.F.; 1975: 33-40) por:

  1. La concentración de la población en unas áreas geográficas determinadas: Madrid, Cataluña, País Vasco y las zonas costeras.
  2. El descenso de la mortalidad y de la natalidad y en consecuencia el envejecimiento de la población, aunque no de manera homogénea.
  3. La gran oleada de emigracióna Europa, principalmente a Francia, Alemania y Suiza. que llega alcanzar una cifra de tres millones y medio de trabajadores procedentes en su mayoría de Andalucía y Galicia.
  4. El éxodo rural y la concentración en las grandes ciudades como Madrid y Barcelona. Así por ejemplo en el periodo 61-65 emigraron a Cataluña un total de 800.000 españoles cuya procedencia correspondía en casi su totalidad de las provincias andaluzas y extremeñas. (CANDEL, F. 1972: 15-18)

          En paralelo a los cambios demográficos se van produciendo también todo un conjunto de transformaciones que afectan a la estructura social de la época: va perdiendo importancia el trabajo en la agricultura a favor de un proletariado industrial especializado y urbano; surgen nuevas pautas de consumo como consecuencia del desarrollo económico[1]; los valores de la juventud también cambian debido tanto al nuevo modo de vida como a la influencia del escenario internacional; la pérdida de influencia de la ideología nacionalcatólica como consecuencia del Vaticano II y los nuevos aires de renovación; los cambios en la composición social de los empresarios y en definitiva todo un conjunto de novedades que están limitadas por la represión y la obsolescencia política de la dictadura franquista.

          A estos cambios habría que añadir como especialmente significativo el hecho de la diversificación de la estructura ocupacional en el sentido de que no sólo aumenta en cantidad el proletariado industrial sino que también se distribuye en nuevas ocupaciones profesionales, al mismo tiempo que aumenta el proletariado del sector servicios, los dependientes y empleados del sector comercial, así como también los de oficina, con lo cual se va configurando una “nueva clase media ” que comienza a constituirse en un modelo de consumo y de vida a seguir caracterizado por rasgos ideológicos o de mentalidad muy peculiares, que vendrán a constituirse para grandes sectores de población en el principal referente de aspiraciones individuales y colectivas. Como señala Tezanos: «…Se trata de trabajadores que se encuentran en una situación laboral dependiente, muy similar a la que cualquier trabajador por cuenta ajena y, sin embargo, conservan muchos rasgos característicos de las “viejas clases medias” manteniendo comportamientos bastante miméticos en lo referente a prestigio social consumo y nivel de vida… Un grupo compuesto por empleados de oficina, vendedores, técnicos medios y empleados subalternos que representaba en 1970, el 15,5 % de la población activa y era el grupo que había experimentado un crecimiento más notable desde 1964.» (TEZANOS, J.F.; 1975: 60 y 70).

          Los trabajadores del sector servicios y los trabajadores manuales son desde un punto de vista marxista formal, “proletarios” en cuanto que se ven obligados a vender su fuerza de trabajo para subsistir y están separados de la propiedad y el control de los medios de producción. Sin embargo las nuevas clases medias de los empleados de oficina y del comercio se ven a sí mismos como diferentes ya que además de un salario, que aunque en muchos casos es superior, en otros no lo es, tienen sobre todo una posición, un estatus con el que se sienten identificados y diferentes al resto de los trabajadores, de tal manera que son portadores de una serie de rasgos ideológicos que configuran un tipo de mentalidad diferente al del proletariado industrial y trabajador manual, rasgos que de acuerdo con José Félix Tezanos son en líneas generales los siguientes (TEZANOS, J.F.; 1975: 73):

  1. Aspiración a valores como la independencia, la autonomía y en general a todos aquellos relacionados con el individualismo, oponiéndose con mayor o menor intensidad a todos aquellos planteamientos o modos de vida que suponen interdependencia, cooperación y vida colectiva.
  2. Un cierto sentido del cálculo, de la racionalidad, de la previsión, del ahorro, de la preocupación por asegurar el futuro, estando dispuesta a posponer si es necesario las gratificaciones presentes en aras a obtener mayores ventajas y beneficios en el futuro.
  3. Aceptación como grandes valores y fuentes de permanente motivación la iniciativa individual, la ambición, el prestigio, la competitividad, el éxito, el triunfo. Al mismo tiempo que se combinan con moralismo, puritanismo y conformismoque en la mayor parte de los casos ya no sólo es pedante sino también cínico.
  4. Preocupación por ofrecer una imagen de sí misma de respeto, honorabilidad y superioridad a los demás, para lo cual se rodea de símbolos que puedan expresar esa supuesta superioridad frente a los demás, símbolos que obtiene mediante el consumo ostentoso, fruto de su superioridad económica real o aparente.
  5. Papel central de la familia como institución esencial para la transmisión de sus valores y de las pautas de conducta y que se relaciona de alguna manera con la añeja pedantería aristocrática relativa a pautas de urbanidad, un cierto estilo de comportamiento, de tratamiento e incluso de importancia del apellido. Como señala Tezanos: «…a los niños de clase media se les enseñará a tomar la ambición como una virtud, a actuar con responsabilidad individual, con resolución y autoconfianza, a cultivar sus capacidades, a ser ascéticos y a cultivar los modales y la cortesía…»

          Aunque es innegable que el nivel medio de vida de los españoles en esta década mejoró y que el conjunto de la población cambió sus pautas de consumo, también es innegable que existieron profundas desigualdades de renta y de servicios, ya que el régimen franquista no adoptó las políticas de reformas estructurales necesarias para su eliminación. La propaganda política oficial presentaba triunfalistamente el desarrollo económico como una conquista social del régimen que beneficiaba a los trabajadores, pero lo cierto es que no era así ya que como hemos señalado los elementos que realmente incidieron en el desarrollismo de este periodo fueron el turismo, las divisas aportadas por los emigrantes además  del capital extranjero y sobre todo una política de explotación intensiva (bajos salarios) y extensiva (horas extras y flecos) de la clase obrera, además del carácter de la intervención estatal en la negociación colectiva y la sistemática represión de las clandestinas organizaciones sindicales.

        Con todo esto, la desigualdad económica no sólo no había disminuido sino que en los últimos años de la década había aumentado: el 1,22 % de los hogares españoles concentraba el 22,39 % del total de la renta mientras que el 13,37 % de familias tan sólo disponían del 3,01 % de la renta total.  (TEZANOS, J.F. 1975: 169). Desigualdad que si la comparáramos con la mayoría de los países europeos en aquella época resultaría mucho más patente, sin olvidar que los déficit en equipamientos y en servicios colectivos, como ahora veremos, eran mayúsculos, de lo cual era una buena muestra la provincia de Huelva, que todavía en los años setenta ostentaba el triste record de tener el 23 % de los cabezas de familia analfabetos, (TUSELL, J.; 1998: 462), dato que aunque en muchísima menor proporción también se confirmaban en la cuenca minera[2].

          Por otra parte, de acuerdo con datos oficiales de la época acerca de las infraestructuras y equipamientos de los municipios españoles (TEZANOS, J.F. 1975: 186), el 32 % no tenía agua corriente; el 75 % no disponían de estaciones depuradoras; el 60 % no poseían alcantarillado; un 35% tenían problemas de contaminación; un 31 % sin alumbrado eléctrico; de biblioteca pública carecía el 36 %; un 32 % sin teléfono y un 72 % carecían de instalaciones deportivas. Sin embargo en el resto de Andalucía, Galicia, Extremadura y algunas provincias castellanas la situación era aun de mayor dificultad ya que una quinta parte de los hogares son hacinados o el cabeza de familia es analfabeto y aproximadamente las tres cuartas partes de las viviendas no poseían agua corriente (FOESSA. 1970)

        Como ejemplo ilustrativo de esta situación y en concreto para el municipio de Minas de Riotinto, en la obra colectiva “La Empresa contra la Escuela”, realizada por el equipo de profesores que participaron en la Experiencia, se dice textualmente  «…Subimos en el 600 al Alto de la Mesa, para seguir hablando de aquello y ver que se podía hacer. De paso llevamos una cámara fotográfica para ilus­trar la situación, si se decidía enviar un artículo a la Prensa. Tuvimos ocasión de captar a una mujer vol­cando el cubo de las “heces” en el “carro”, que no dis­ta más de 10 metros de las casas más cercanas. El carro no era ni más ni menos que un depósito de excrementos con bastante capacidad, con dos compar­timentos estancos. Cuando se llena uno con las «apor­taciones» de los vecinos, se deja  “reposar” el conte­nido, pasando a utilizar el otro. Llegará un día en que suficientemente “reposado” vengan dos hombres que, a pala, cargarán un camión y lo sacarán de allí. En­tonces se deja la puerta abierta una docena de días para que se airee. Solo que allí se airea todo el mun­do en 100 metros a la redonda, porque el olor es in­soportable. En las casas de muchas de las barriadas de Riotinto no había servicios higiénicos, a pesar de que estába­mos en la década de los 70. Cuatro o cinco años antes, un grupo de obreros había llegado a conseguir que el Ministerio de la Vivienda obligara a la Empresa, pro­pietaria de todas las casas, a construir servicios higié­nicos en las mismas, pero todo había quedado en pa­pel mojado. Y alguien había venido a nosotros en busca de ayuda. Estaba cansado de, año tras año, plantear a la empresa el problema de la falta de servicios y agua corriente en las casas sin conseguir nada…» (EQUIPO DE PROFESORES; 1976: 21).

          Otro aspecto muy importante a tener en cuenta a la hora de comprender la situación social de Andalucía en esta década es la evolución del paro. Aunque estos años estuvieron caracterizados por un fuerte expansionismo económico, Andalucía tenía el doble de paro que la media nacional, así por ejemplo y según un estudio realizado por García Barbancho sobre empleo y paro en Andalucía en el periodo 1950-1970, mientras que el empleo aumentaba a nivel nacional a un ritmo del 2,5 % anual, en Andalucía se produjo una destrucción anual de empleo del 0,5 % (BERNAL, A.M.1981: 392), datos que se que se pueden contrastar con los ofrecidos por Gil Varón (GIL VARÓN, L; 1984.: 127) de la plantilla de trabajadores de la Compañía Española de Minas Rio Tinto, que dada su importancia reflejamos:

[1]     En 1968 el porcentaje de hogares con electrodomésticos, tales como televisor, frigorífico y lavadora representaba aproximadamente el 40 %, mientras que en 1975 se acercaba al 80 % en alguno de ellos y al menos el 60 % para el resto. Se percibía un cierto bienestar que se expresaba también en la disminución del papel relativo que ocupaba la alimentación en el presupuesto familiar, de tal manera que pasó del 55 % en 1965 a tan sólo 3l 38 % en 1975. (TUSELL, J.; 1998: 461)

[2]         A este respecto, y en declaraciones realizadas por un minero de aquella época se nos dijo: «…Yo tenía compañeros que no, que siempre se dejaban las gafas  en casa, decían que tenían la vista cansada ese día, que no querían reconocer que no sabían leer ni escribir, pocos, pero los había, en la mina nueva y en la mina moderna…»

ILUSTRACIÓN Nº 47. Evolución de la plantilla de trabajadores de CEMRTSA. 1960-1973. Fuente: GIL VARÓN, L. 1984.

        Los primeros años de los 60 suponen para la cuenca minera de Riotinto una ligera recuperación que genera un cierto clima de optimismo y expectativas. La mina, al estar ahora en manos de una nueva empresa cuyo capital es mayoritariamente español, la CEMRTSA, comienza a poner en marcha una serie de proyectos que precisan de mucha mano de obra eventual. Se construye el dique de Campofrío, la Fábrica de Ácido; en Riotinto, la Escuela Profesional de la SAFA objeto de nuestro estudio; se abre el pozo Benjumea y se levantan nuevas viviendas; En toda la cuenca se produce una reactivación del empleo, sin embargo este optimismo que se inicia en la década de los cincuenta es, en realidad «…un optimismo algo engañoso en toda la cuenca. Siguen llegando inmigrantes, 2041 en toda la década, que sobrepasan con mucho a los 1.097 nativos que entran a trabajar, pero que no bastan para suplir a las 3.533 bajas que se producen, de las cuales podemos atribuir a la nueva emigración la gran mayoría, exceptuando los 722 jubilados, los 43 muertos en accidente y los 180 muertos por otras causas. Quedan 2.588 hombres que han abandonado la Compañía con una decisión casi unánime de buscarse la vida en otros sitios, porque en la cuenca minera apenas hay trabajo, más que en la Compañía…» (GIL VARÓN, L; 1984: 39).

          Además no puede olvidarse, que en los primeros años de la década de los sesenta las condiciones materiales de trabajo en la mina todavía dejaban mucho que desear lo que hemos podido comprobar a través de numerosos testimonios, de entre los cuales resulta de interés destacar el ofrecido por una fuente nada sospechosa de obrerismo y de infidelidad al régimen, como lo fue el Boletín Interparroquial de “Villa-Aldea Minera” y que dada su importancia reseñamos en su totalidad: «…Lo primero que hice fue rezar. Después… Cuando eché mano a trabajar por primera vez en la mina, llegué tarde al reparto del trabajo porque estuvieron dándome la llave de la taquilla, que es una caja donde se guarda la ropa de trabajo, la toalla, el catite y el foco, que a mí me lo dieron de carburo. Cuando bajé con un grupo de unos doce mineros, todos mayores y con muchos años de mina, sólo uno me habló para preguntarme si era el primer día que trabajaba y cuando le dije que sí, me dijo que la contramina era muy mala. La jaula me dio una migaja de miedo, más que por la jaula, porque no sabía todavía lo que había abajo y porque veía las paredes de la mina que casi raspaba el ascensor y porque los oídos se me taponaron y cuando uno me dijo que tragase saliva, yo creía que era cachondeo y después he visto que era verdad y que así se quita lo de los oídos.

          Me echaron con otros dos al veinticinco 3 y allí se estaba fresco y sólo había que rellenar. Estaba muy suelto el mineral y se vino un viaje de piedras sin coger a nadie abajo, pero fue en la trinchera 7 que allí no había nadie. Cuando hablaban conmigo los veteranos que llevaban más de seis años en la mina el que menos, me decían que mejor que estar en contramina era que me fuera a la legión. Los compañeros que me tocaron eran todos tíos buenos. Todos los mineros son buenas gentes, muy buenos compañeros. Allí se pierde una cosa y antes de que montes en la jaula llega alguien preguntando ¿De quién es esto?. Yo creo que los tíos malos se vuelven buenos en la mina.

          Allí puede uno perderse por meterse en una trinchera que no conozca o por meterse donde a uno no le pertenece en donde puede caer una piedra porque esté la pared más blanda o porque está el ventilador, que una vez uno se metió cualquiera sabe por qué y se mató por eso. Aunque tiene uno que ser muy torpe, porque en las tuberías hay contraseñas, que las hace uno con piedras. Las tuberías son de dos clases, unas de agua y otras de viento y todas suenan, aunque se quede uno oscuro se golpea y le oyen a uno de lejos y enseguida llegan y te dan fuego al foco. Porque uno se mete los cerillos en el bolsillo y cuando les quiere echar mano, están chorreando del sudor y no sirven. Yo creía que la mina estaba más adelantada y le daban a uno luz eléctrica como a los mineros de las películas, pero se ve que están algo atrasados, y que no habrá para todos porque sólo lo llevan los capataces y encargados.

          Los barreneros también llevan pantalla. Ellos ganan más que nadie, más que los encargados, pero también tienen más peligro porque llevan los disparos y a veces pueden equivocarse, como el otro día, que pusieron los diez barrenos y no contaron bien los disparos y casi cuando iban a entrar los zafreros, explotó alguno que tendría la mecha más larga, aunque no pasó nada. Allí hay uno gordo, bragao,  de Nerva, que le llaman “El Legionario”, que debe ser de los que más ganan en la mina, pero que trabaja como una mula y que pone un barreno aunque sea en la pechuga de un mosquito. ¡Anda, pues y las ratas que se me comieron el bocadillo! Lo había dejado en una tubería, enganchado el taleguillo en una válvula y me encontré que se lo había tapiñado una rata, que la encontré con los hocicos dentro. Pero no la maté, porque me dijeron que eran necesarias en la mina, que se comen lo que los hombres tiran cuando descomen y son amigas de los  mineros porque ahorran trabajo.

          Luego hay unos tíos que son los medidores y que nadie se fía de ellos porque se cree uno que van a medir de menos. Y uno estaba midiendo el trabajo nuestro y se subió al taco y entonces se desplomó una piedra lo menos de cincuenta kilos, del cielo de la mina, y dio un salto que casi se comió la carrula… »[1]

[1]     Con el nombre de “Villa-Aldea” se conocía en Riotinto, en toda la cuenca minera y en otros lugares de España una publicación que no tenía periodicidad establecida («Revista que habla de Dios y de los hombres, que sale cuando puede que se ríe de muchas cosas y llora también a veces») que se editaba con escasísimos medios como Boletín Interparroquial, gracias al denodado esfuerzo y empeño de José Luis Bernabeu Amo, a la sazón párroco de Riotinto o también conocido como “El cura Villa-Aldea”. De la observación detenida de todas sus publicaciones puede desprenderse el carácter ultraconservador de sus artículos, que a veces más que artículos eran proclamas y homilías, que sobresalían por su catolicismo preconciliar y por su admiración por el régimen de Franco, así como por un anticomunismo feroz que lo llevaba a oponerse abiertamente a cualquier tipo de movilización obrera, aunque en su favor habría que señalar que mantenía una cierta independencia frente a las autoridades locales, lo cual le permitía también denunciar las arbitrariedades que se cometían contra los más débiles, de lo cual es una buena prueba la obra social que consiguió poner en marcha, obra de extraordinarios frutos para las familias de la cuenca y especialmente para sus mujeres, la “Cooperativa monseñor Cantero” de confección industrial, que en diciembre de 1964 daba empleo a 315 mujeres de la comarca. Lo que hemos podido encontrar en la memoria colectiva de la cuenca de este singular personaje, al igual que sucede con todas las personas emprendedoras y carismáticas, es obviamente ambivalente, hay una mezcla compleja de aspectos muy rechazables y muy admirables. En cualquier caso, su trabajo por los habitantes de Ríotinto no cayó en saco roto ni pasó desapercibido. En cuanto al texto citado, corresponde al Nº 90 de “Villa-Aldea Minera” fechado el 18 de junio de 1961.

7.3.- CAMBIOS SOCIOECNÓMICOS e IDELÓGICOS

«…En aquellos años empezaban a entrar las máquinas, pero eran unas máquinas muy antiguas, una  minería a lo pobre, en la minería interior nunca han llegado a tener métodos como los del carbón, tenían métodos más rudimentarios, perforación con aparatos de aire comprimido y voladuras internas de cámaras, porque el sistema es el mismo que el de los ingleses, abren cámaras y empiezan por abajo, o bien por arriba haciendo unas bóvedas grandes. Las condiciones eran muy duras y mal pagadas. En el Alto de la Mesa pasaban carros recogiendo las heces, como cuando los ingleses y no había agua ni cuartos de baño ni nada de eso. En los setenta y tanto es cuando se empieza a realizar la entrada de aguas en las últimas barriadas que quedaban. Y por otro lado están los chicos que empiezan a comprarse el seita, porque tienen doce mil pelas de sueldo y bueno, un trabajo más cómodo, al aire libre, con una máquina supermoderna, te entraban los Carterpillar, y con unos sistemas de optimización por ordenador de las Cortas y mucha más sofisticación y un tipo de gestión más a la americana: si un tipo vale, tiene que subir…»

Venancio Cermeño Irisarri. Entrevista. Mairena del Aljarafe (Sevilla),    26.10. 2000

          En este marco social de desigualdad y desequilibrio por un lado y de moderado optimismo y expectativas por otro, es en el que nacen las Escuelas Profesionales de la SAFA de Riotinto, que se inauguran precisamente en 1959, fecha emblemática en la que comienza a arrancar el periodo desarrollista con el Plan de Estabilización, por lo que puede decirse que su puesta en marcha forma parte también de todo ese proceso de aggiornamiento y de reestructuración económica y sociocultural que se produce en la sociedad española de los sesenta, proceso que sin embargo, en la cuenca minera de Riotinto, comienza a materializarse económicamente como uno de los periodos históricos en los que más empleo se pierde como consecuencia de la desactivación progresiva de la minería.

          Los datos de la tabla anterior reflejan que más pronto que tarde, desde 1960 a 1965, la CEMRTSA había perdido ya prácticamente unos 1.500 trabajadores, con lo que comienza un proceso de disminución progresiva del empleo como consecuencia de los cambios en la organización de la Empresa, del desarrollo del Polo Químico de Huelva y de las oscilaciones en los precios de los metales. De nuevo se produce un giro negativo: mientras que la plantilla de la CEMRTSA pasa de 5.736 trabajadores a 6.572 en 1960, desde esta fecha hasta 1970 se consolida una disminución de 3.047 obreros, quedando la plantilla en 3.525, proceso que continua imparable gasta llegar a 1995 con 550 trabajadores. (RUÍZ BALLESTEROS, E.;1998: 46).

          En suma podría decirse, que en la década que nos ocupa había tres Españas (TEZANOS, J.F. 1975: 182): un España moderna constituida por Madrid, Cataluña y el País Vasco, cuya renta per capita era superior al resto, así como su forma de vida urbana y su nivel cultural. Una España proletarizada básicamente en Andalucía y Extremadura, con bajo nivel de renta, inferior nivel cultural y con mayores desigualdades sociales, y por último una España tradicional en estancamiento mayoritariamente agrícola y que se correspondía con la submeseta Norte y Galicia, y es a esa “España proletarizada”, a esa España que le destruyeron sus paisajes naturales y le negaron el pan obligándola a abandonar su tierra en búsqueda de sustento, a la que pertenece también la Cuenca Minera de Río Tinto, ya que desde 1960 se comienza la emigración hacia Huelva, Madrid, Barcelona, Valencia e incluso a Alemania.

          Todo este largo proceso de desactivación de la minería iniciado en los sesenta originó un progresivo abandono de los tradicionales asentamientos mineros como la Naya o Atalaya, redistribuyéndose sus efectivos hacia el Valle, La Dehesa y el Alto de La Mesa. No obstante, hay que hacer constar que en 1.962 la Río Tinto Company Limited (RTCL) se fusiona con la Zinc Corporation fundándose en Londres la Río Tinto Zinc Corporation (RTZ) y ya en Junio de 1.966 la CEMRTSA llega a un acuerdo con Patiño Mining y RTZ para fundar una nueva entidad para la explotación de Cerro Colorado creándose la Río Tinto Patiño (RTP), cambios empresariales que culminan en 1970 con la fusión de la CEMRTSA con la Unión Española de Explosivos constituyéndose el mayor holding industrial de España, la denominada Unión de Explosivos Río Tinto (UERT) llegando en 1.976 a comprar la participación de RTP.

          Con la creación de la empresa Río Tinto Patiño en 1966 mediante la participación de la CEMRSTA que tenía un 55 % de capital, la Patiño Mining que poseía el 40 % y la Río Tinto Zinc Corporation, que únicamente representaba el 5%., puede decirse que se inicia un proceso de cambios económicos, sociales y culturales que vienen a integrar el cuadro general de modernización y de resurgir del movimiento obrero que en aquellos momentos se estaba viviendo en toda España.

          Con la RTP lo que se pretende, más que ampliar e innovar la CEMRTSA desde dentro, es hacer una empresa moderna desde fuera, es decir, en vez de tener Corta Atalaya y Pozo Alfredo se busca otra fuente al lado del filón Sur, el Cerro Colorado, que es donde se va a desarrollar la corta del Cerro, y en esa corta del Cerro, la gestión, la constitución del capital es totalmente de Río Tinto Patiño. A partir de este nueva fuente de actividad productiva, se va a empezar a explotar el oro, y será esta la innovación más importante, puesto que apoyados en el oro se va a poder hacer el cobre rentable.

          Con la existencia de la RTP y especialmente en los tres últimos años de la década y en concreto a partir de 1970 con la creación de la Unión Española de Explosivos Riotinto (UERT) las diferencias existentes entre las dos empresas constituyeron la base de una constante conflictividad.

          En aquellos años, finales de los sesenta y principios de los setenta había problemas de todos los tipos, de salarios y de condiciones de trabajo, y el problema principal podría decirse que surgía de lo que era y significaba la CEMRTSA y lo que comenzaba a representar la RTP. En la Río Tinto Patiño se trabajaba a cielo abierto y en la CEMRTSA se trabajaba en la contramina, lo cual tenía una importante repercusión en la salud física de los mineros, especialmente en relación a los problemas de silicosis, lo que no significaba que en el trabajo a cielo abierto que se desarrollaba en la RTP no hubiese problemas también. En la RTP comenzaron a plantearse problemas serios de salud como consecuencia del trabajo realizado con los camiones de gran tonelaje, situación que provocaba variados paros y protestas porque los caminos o pistas de circulación no estaban en las condiciones necesarias para la circulación segura y sin riesgos. Lógicamente si aquellos camiones paraban, el impacto movilizador  era total, puesto que al parar los camiones que transportaban el mineral toda la actividad productiva quedaba completamente paralizada.

          Desde otra perspectiva, la RTP no sólo se va constituir en una empresa en la que los trabajadores van a ser más conscientes y reivindicativos, sino que también se va conformar como una empresa más moderna y con una dirección más racional. En la RTP se va a promover la tecnología, los salarios altos, el personal muy cualificado, cursillos de formación, etc, sin olvidar el importante papel jugado por los dirigentes de la misma, artífices de un clima de relaciones humanas más favorecedor del diálogo y la comunicación y menos ligado al autoritarismo paternal de los consejeros franquistas[1]. En este punto cabe destacar la figura de Fernando Plá, ingeniero director de explotación con inquietudes intelectuales, sociales y democráticas, lector de Azaña, muy interesado por la cultura y que será el que pondrá en marcha el cine-club en la mina. Se trataba en suma de otro estilo de empresa en la que hay muchas reuniones paralelas, una gestión que desarrolla más los niveles horizontales de participación, buscando nuevas técnicas productivas y aplicando nuevas tecnologías y sobre todo con unos ingenieros que investigan y aprenden de lo que se está haciendo en otras minas, es decir, motivados por hacer las cosas con criterios de calidad y eficacia.

           De estos importantes cambios que comienzan a hacerse más visibles a partir del año en que comienza nuestra Experiencia nos da cuenta también Ruíz Ballesteros (RUÍZ BALLESTEROS, E.; 1998: 73-75), cambios que pueden resumirse básicamente en los siguientes:

  1. Nueva mentalidad empresarial de mayor capacidad emprendedora e inversora, en contraste con la CEMRTSAde 1954 y la nueva UERT de 1970.
  2. Modernización de los procesos de explotación y de la organización del trabajo: se comienza una explotación intensiva de los yacimientos de Cerro Coloradoy se aprovecha el «gossan»[2] para la extracción de oro.
  3. Personal de plantilla más joven y por tanto con mayor dinamismo y disposición para adaptarse a los cambios y para hacer frente a situaciones de conflicto.
  4. Salarios más elevados que la UERTy condiciones laborales más favorables, al mismo tiempo que unas relaciones de mayor comunicación entre los trabajadores y los directivos de la empresa.
  5. Clima social y organizativo más favorable para hacer frente a las reivindicaciones de los trabajadores y para propiciar la organización del movimiento sindical, aspecto que se correlaciona con el nuevo clima político que se respira en España.

          Otro aspecto muy importante a señalar en relación a las características socioeconómicas e ideológicas de la década y a su expresión en la Cuenca es el hecho de que a pesar de las profundas desigualdades que la caracterizaron, se van creando, sin embargo, los gérmenes de muchos de los rasgos ideológicos que identifican a la clase obrera actual y que comienzan a hacerse más visibles, a finales de la década de los ochenta, pero que sin embargo tienen su origen en los valores de las nuevas clases medias señalados, ya que éstos comenzaran a convertirse, ya en la década de los sesenta,  en los incipientes pilares para la legitimación y la reproducción del sistema de dominación, puesto que el horizonte utópico de gran parte de los trabajadores no iba más allá del modelo social, ideológico y de consumo que las nuevas clases medias ofrecían, con lo cual se inicia, aunque de manera ya decimos incipiente, el proceso de “aburguesamiento” e “integración” de la clase trabajadora en el sistema capitalista.

          Para entender este proceso, de fundamental importancia para explicar en parte el final de la Experiencia y las diferentes posiciones contrarias de algunos de sus participantes, hay que recurrir de un lado al proceso de desvinculación de su origen, que se produce en las nuevas clases medias emergentes y por otro al conjunto de factores que contribuyen a crear una nueva clase obrera en la actualidad, pero que ya estaban presentes y comienzan a operar a finales de la década de los sesenta.

          De acuerdo con Tezanos, las nuevas clases medias, “los trabajadores de cuello blanco”, tradicionalmente se han separado de los procesos de participación sindical, separación que históricamente se ha ido fraguando como consecuencia de la convergencia de diversos factores (TEZANOS, J.F.; 1975: 76 y 77):

  1. Los empleados de oficina siempre han mantenido un contacto personal más estrecho con los patronos: sus relaciones eran de mayor confianza y por tanto sus rasgos ideológicos de alguna manera estaban más sometidos a la influencia de las actitudes del patrón, al mismo tiempo que no necesitaban de forma tan imperiosa protegerse sindicalmente.
  2. En las pequeñas y antiguas oficinas los empleados se encontraban en una situación de gran dispersión y no tenían entre sí las suficientes relaciones personales como para constituir gérmenes asociativos que dieran lugar más tarde a procesos sindicales.
  3. Los puestos de trabajo ocupados por los empleados se han ofertado tradicionalmente a aquellas personas relacionadas familiarmente o amistosamente con los patronos o con sus trabajadores de absoluta fidelidad y confianza. La “recomendación” o el “enchufismo” en este ámbito ha sido generalmente el procedimiento más utilizado de contratación.
  4. Los empleados más capacitados y sobresalientes por sus habilidades eran inmediatamente seleccionados por los patronos, de tal manera que o acababan convirtiéndose en patronos o formaban parte del staff de la empresa, con lo cual se producía un cierto vacío de líderes en el sector de los empleados de oficina.
  5. Las condiciones materiales de trabajo de los empleados eran mucho mejores que las de resto de los trabajadores manuales especializados de tal manera que gozaban de mejores salarios, mejores horarios, posibilidades de ascenso, pagas en vacaciones, etc,

          De este modo las viejas clases medias proporcionan a las nuevas todo un conjunto de aspiraciones en las que van implícitos unos valores de marcada tendencia individualista, pero como señala Tezanos «…En los últimos años se ha producido una cierta modificación en las condiciones de trabajo del empleado. El trabajo de oficina se ha masificado, el contacto directo con los patronos se ha perdido, el medio social del que procedían los empleados ha variado ya que la mayoría proceden de la clase trabajadora, los ascensos no sólo se producen entre los más capaces, líderes potenciales de los empleados, sino entre aquellos que poseen específicas titulaciones académicas. Por otra parte, las ventajas en las condiciones de trabajo respecto a los obreros manuales han desaparecido; ahora los trabajadores manuales han conquistado también una cierta seguridad y mejoras… todo lo cual implica que la supuesta conciencia de clase media de los trabajadores de cuello blanco no está tan generalizada como se puede suponer…» (TEZANOS, J.F.; 1998: 77 y 78)

          Sin embargo, y estando de acuerdo básicamente con esta realidad, no podemos ignorar, que en el origen de los procesos de aburguesamiento, desclasamiento, desmovilización, despolitización, burocratización política y sindical, desarticulación social y organizativa a los que hoy asistimos, se encuentran entre otros, los elementos axiológicos de esas nuevas clases medias que comenzaron a emerger en la década de los sesenta. De hecho y como también Tezanos señala, es a partir de los primeros años setenta, años en los que finaliza nuestra Experiencia, cuando comienza a producirse ese “aburguesamiento” e “integración” de la clase trabajadora en el sistema, sobre todo debido a la presencia operativa de diversos elementos (TEZANOS, J.F.; 1998: 106):

  1. Las mejoras salariales, de condiciones de trabajo y de condiciones de vida en general permite un mayor consumo y una mayor dotación de símbolos de prestigio y bienestar.
  2. La diversificación ocupacional: aumentan los perfiles ocupacionales especializados que requieren una cualificación técnica superior, con lo cual aparecen nuevos trabajadores especializados que poseen un estatus social superior a los del resto, dadas sus mejores condiciones salariales y de consumo.
  3. El aumento de movilidad social: la apertura de posibilidades de ascenso de estatus al irse haciendo extensivas poco a poco las posibilidades educativas.
  4. La reglamentación e institucionalización de los conflictos: los sindicatos despliegan una gran capacidad negociadora y se van convirtiendo paulatinamente en grandes instituciones de gestión y de servicios, más que en lugares de participación, de reflexión, de decisión y de acción.
  5. Integración explícita e implícita de los valores de las viejas y las nuevas clases mediasen su horizonte utópico, aceptando así su mitología, sus estereotipos, sus prejuicios y sobre todo esa actitud singularmente individualista y conformista en la que el orden establecido es efectivamente el orden natural querido por Dios.

          Obviamente, todos estos cambios que comienzan a hacerse visibles a finales de la década de los sesenta y a comienzos de los setenta, van a tener una influencia indirecta en la materialización de la Experiencia, al menos debido a tres factores

  1. Comienza a respirarse un cierto clima de modernidad como consecuencia de un nuevo estilo empresarial completamente diferente al que hasta el momento había sido el dominante, estilo que continuaba en la UERTcon Calvo Sotelo, personaje que vendrá a ser el representante del antiguo modelo de gestión autoritaria.
  2. En paralelo a la Experiencia, tanto en España como en la propia cuenca, comienzan a desarrollarse experiencias sociales y organizativas fruto del encuentro entre cristianos, obreros y jóvenes estudiantes.
  3. Tanto el proceso de desarrollo de la Experiencia, como su final está condicionado por ese equilibrio ideológico inestable representado de un lado, por los valores de las nuevas clases mediasemergentes, muy preocupadas por las titulaciones, la meritocracia y el academicismo como medios para ascender de categoría social y de otro lado, por los valores de una heroica tradición de lucha y solidaridad que al combinarse con profundos valores cristianos, vendrá a expresarse en la reivindicación de una educación centrada en el desarrollo humano de la persona, más que en la mera subordinación al sistema educativo dado con objeto de obtener de él titulaciones para el ascenso y el prestigio social  

[1]     Una buena prueba del autoritarismo del los consejeros delegados de la UERT, la constituye la figura de Leopoldo Calvo Sotelo, al que hay que atribuir en exclusiva la responsabilidad de haber terminado con la Escuela Profesional SAFA de Riotinto.

[2]     El «gossan» es el mineral resultante de la oxidación natural de piritas y que se aprovecha por su concentración de oro y plata.

7.4.- EL CARÁCTER DE UN PUEBLO

«…Se pueden plantear tres grandes tareas para la Psicología social… La primera de estas tareas es un estudio sistemático de las formas de conciencia popular que supere el dato abstracto de la realidad inmediata y descubra potencialidades his­tóricas nuevas… La segunda tarea la constituye el rescate y potenciación de las virtudes populares…(para) …preservar todo aquel sedimento humano que ha hecho históricamente posible la solidaridad de los pobres frente a la explotación, la entrega a la causa de la comunidad frente al individualismo, el saber popular frente al imperialismo cultural… La tercera tarea consiste en el análisis de las orga­nizaciones populares como instrumento de liberación histórica (para)…discernir lo que de alienante o liberador puede tener cada organización concreta, su adecuación o inadecuación para avanzar los intereses de las clases oprimidas…»

Ignacio Martín Baró. 1998. “Psicología de la liberación“. Págs. 320 y 321.

          Desde un punto de vista psicológico el carácter de una persona puede ser definido como «un conjunto de disposiciones permanentes que rigen a cada individuo en sus relaciones con el mundo exterior y consigo mismo y que le dan un estilo de reacción propio (característico) en las situaciones vividas» (MARTÍN BARÓ, I.; 1998: 43). En otras palabras: el carácter está constituido por las tendencias a comportarse de una determinada manera y constituye una de las bases a partir de las cuales se construyen las actitudes. Un carácter, como señala Martín Baró, no es una suma de contenidos psicológicos estáticos, sino más bien una estructura humoral y de posibilidades comportamentales y en consecuencia podría decirse que la conducta es en gran medida la expresión del carácter.

          Sin embargo el carácter, aunque sea una realidad propia de cada individuo, es también y sobre todo un producto social, ya que como señala Erich Fromm, «…el carácter se forma esencialmente por las experiencias de la persona y, en especial, por las de su infancia y es modificable hasta cierto punto por el conocimiento de uno mismo y por nuevas experiencias…» (FROMM, E.; 1953: 65) y dado que el ser humano es un ser histórico sujeto a permanente interacción dialéctica con el medio, será por tanto la estructura socio-histórica concreta, la que configure el carácter, tanto posibilitando su formación como determinándolo y viceversa: son los individuos los que ejerciendo su acción sobre las estructuras económicas, políticas y socioculturales, los que posibilitan nuevas condiciones y circunstancias que influyen a su vez en el carácter. Dicho en palabras de Fromm: «…son los modos específicos de relación de la persona con el mundo en el proceso de su vida, adquiriendo y asimilando objetos y relacionándose con otras personas (y consigo mismo), proceso de asimilación el primero y proceso de socialización el segundo…» (FROMM, E.; 1953: 72) los que configuran el carácter de una persona, proporcionándole los recursos psicológicos necesarios para actuar razonablemente y de forma ajustada a la realidad, para seleccionar aquellas ideas y valores que mejor se adaptan a su experiencia de la misma y sobre todo para satisfacer su necesidad de protección y de pertenencia a un grupo o a una comunidad determinada.


7.4.1.- Concepto de carácter social

        Partiendo de las premisas anteriores podríamos hablar de “carácter social” como aquel conjunto de rasgos psicosociales que los individuos de una misma cultura o grupo social comparten entre sí, y si tenemos en cuenta que la personalidad total de un individuo se configura basándose en el modo de relacionarse con los demás y en la estructura socioeconómica y política de la sociedad, podemos establecer que analizando el carácter de un individuo y verificando los rasgos que comparte con su grupo social, puede inferirse el carácter social e incluso la totalidad de la estructura social en la que vive y viceversa: analizando las características de la estructura socieconómica, política y cultural de un grupo social determinado, podemos igualmente deducir los rasgos caracteriológicos que comparten los miembros del grupo y que constituyen su carácter social. (FROMM, E. 1953: 73-75)

          Si partimos de esta concepción dialéctica del carácter como proceso y como producto social, dado que los seres humanos somos producto de nuestro propio producto, es posible entonces encontrar relaciones y paralelismos entre la estructura sociohistórica concreta en un periodo de tiempo determinado y las conductas y maneras de ser de los individuos. Como señala Reich en relación a la función sociológica de la formación y reproducción del carácter «…Todo orden social crea aquellas formas caracteriológicas que necesita para su preservación. En la sociedad de clases, la clase gobernante asegura su posición, con ayuda de la educación y la institución de la familia, haciendo de sus propias ideologías, las ideologías rectoras de todos los miembros de la sociedad…» (REICH,W.; 1965: 20). Pero aquí no se trata de una intencionalidad buscada por el régimen social o político dominante, no se trata de una malévola imposición, sino más bien de un conjunto de reglas que rigen internamente el funcionamiento de una determinada estructura y por tanto poseen una valor funcional de autoconservación. (MARTÍN BARÓ, I.; 1998: 53).

          Con otras palabras: los valores, las actitudes, los contenidos, las específicas maneras de ser de cada individuo se constituyen estructuralmente en la mente de cada uno de nosotros, como producto y expresión de las características del medio social con el que ese individuo interacciona, lo que en otros términos significa admitir que toda estructura social de dominación se corresponde con estructuras caracteriológicas afines a la posición social que se ocupe en dicha estructura, es decir, según se trate de dominadores o de dominados, así serán los contenidos caracteriológicos de la estructura psíquica individual.  Lo cual puede explicar, como señala Reich, «…la tolerancia de los oprimidos ante el dominio de una clase superior, tolerancia que algunas veces llega hasta la afirmación de su propio sometimiento…» (REICH, W.; 1965: 21)

          Por otra parte, los individuos somos seres productores de significados, significados que elaboramos partiendo de las condiciones de existencia en las que vivimos y a las que atribuimos mediante el lenguaje, características y dimensiones que incorporamos a nuestro interior y que no son “exactamente” la realidad misma: cuando nombramos la realidad, de alguna manera la estamos re-creando, para lo cual utilizamos los elementos de nuestras estructuras cognitivas, que son el fruto de nuestras experiencias y aprendizajes previos obtenidos en nuestras singulares trayectorias biográficas.

          Pero el lenguaje, es también el instrumento que nos sirve para interaccionar, comunicarnos con los demás, intercambiar significaciones y producir identificaciones. Por tanto, el análisis de las condiciones materiales de existencia, de los elementos de identificación colectiva, del propio lenguaje, así como también de las relaciones de poder nos permitirá descubrir los rasgos del “carácter social” de un determinado grupo, carácter que es al mismo tiempo proceso y producto social, como ya hemos señalado.


7.4.2.- El carácter social de la Cuenca minera de Riotinto en 1970

Partiendo de estas consideraciones y circunscribiéndolas a la cuenca minera de Riotinto, creemos “carácter social” de los habitantes de la comarca ha estado determinado por las seculares condiciones sociales y materiales de dominación y explotación generadas por los distintos personajes y empresas mineras y también por la política de represión y control social desarrollada en la larga noche del franquismo.

          Paralelamente a esto hay que unir también, la heterogénea composición de la población de la comarca, que al haberse ido conformando históricamente con gentes procedentes de muy distintos lugares geográficos, ha permitido imprimir a la misma un sello característico, y que al menos hasta los primeros años de la década de los setenta, se presentaba como un conglomerado caracteriológico en el que se mezclan con mayor o menor intensidad rasgos, tales como sumisión, resignación, pasividad, desconfianza, dependencia, baja autoestima, fatalismo, pesimismo histórico, etc, :

«…El fatalismo de “Con la Empresa no hay quien pueda” y “Es mejor callarse” lo tenían interiorizados todos los trabajadores, tanto los de Riotinto como los de Nerva y cuando se hacía alguna movilización contra la Empresa, la última que se hizo, antes de empezar el movimiento obrero en 1969, fue una lucha que quemó muchísimo a la gente y que llegó a confirmar aún más que “Con la Empresa no se puede” y la gente se atrevía poco a poner denuncias y a ir contra ella y eso era en los dos sitios, tanto en Nerva como en Riotinto. Y claro era mejor callarse porque si no pues te echaban a la calle o te hacían alguna historia que te impedía trabajar con normalidad…» (BERMEJO NAVARRO, M.; 2000)

«…El lema de “Con la Empresa no hay quien pueda” ha existido de siempre y eso se ha pensado por todos los trabajadores, y lo pensaban también nuestros padres, cuando uno iba al trabajo y cuando yo era joven. Cuando íbamos al trabajo y decíamos tenemos este problema y vamos a hacer esto, en tu casa, tus padres te decían, ten cuidado porque “con esta Empresa no hay quien pueda”, esta Empresa nunca se ha doblegado ante los trabajadores y esta Empresa permite pérdidas de muchísimos millones antes de darle la razón a los obreros. Sin embargo este sentimiento no ha estado sólo en Riotinto, sino también en Nerva, en Zalamea y los demás, en general en todos los trabajadores de la Empresa…» (GARCÍA DOMÍNGEZ, N.; 2000b)

          Salvando las diferencias entre una sociedad de estructura agraria como la centroamericana y otra como la española, que comienza a desarrollarse industrialmente a mediados de los cincuenta, no albergamos dudas de que los rasgos del carácter social de la comarca hasta los primeros años de la década de los setenta, son muy semejantes a los analizadas por Martín Baró en el caso de El Salvador (MARTÍN BARÓ, I.; 1998: 78), rasgos, que siendo comunes a toda la cuenca, eran a nuestro juicio los siguientes:

  1. Conformismo ante la inevitabilidad del destino: sumisión ante las circunstancias que a cada persona o a cada grupo social le ha tocado vivir y por consiguiente obediencia fiel a las exigencias y demandas que la situación y la vida cotidiana les plantea, aceptación sin más de la realidad en aras a evitarse problemas («Es mejor callarse»). Conformismo que se expresa en sentimientos de resignación y en la creencia de la imposibilidad de cambiar la realidad o las circunstancias.
  2. Pasividad frente a la realidad y a las diversas circunstancias de la vida: si la realidad no puede transformarse, si creo imposible modificar las circunstancias que me afectan y que me rodean, si mi situación no es más que la traducción de mi destino, necesariamente toda actividad, toda acción por cambiar mis circunstancias tenderé a considerarla como inútil. Esta pasividadcomo rasgo de conducta, tiene también su correlato nivel sentimental: la incapacidad progresiva para emocionarse y afectarse por los diversos acontecimientos de la vida, así como una relativa desconfianza, que procede tanto del convencimiento de que las cosas no pueden cambiar, como del individualismo de la pasividad y de no sentirse afectado por lo que ocurre.
  3. Presentismo como reducción del horizonteutópico personal o como incapacidad para elaborar y ejecutar proyectos: como nada se puede cambiar ya que todo forma parte de un inevitable destino, carece de sentido toda planificación o proyecto futuro, y en consecuencia lo que interesa es atender a las exigencias del presente inmediato procurando evitar al máximo las consecuencias negativas y aprovechando lo que pueda brindar de positivo. Este presentismo se corresponde con sentimientos de aceptación y acomodación a las circunstancias sin plantearse reconstruir la memoria histórica personal y colectiva y sin abrirse a la proyección de las propias posibilidades que brinda el futuro.

          Sin embargo, este conglomerado de rasgos cuyo elemento aglutinador es la resignación, no sólo no es uniforme, al presentar contradicciones y paradojas significativas, sino que además no se presenta igual para los núcleos de población más importantes de la comarca.

Por una parte puede decirse que el individualismo resultante de la conformidad y la pasividad, se combina paradójicamente con dosis relativas de colaboración y solidaridad con aquellos grupos sociales a los que de alguna manera se les tiene como modelos de éxito o de bienestar social, lo cual siguiendo la opinión de Venancio Cermeño Irisarri[3] se explica en la medida en que «…estamos en una comarca de aluvión, en la que dos o tres generaciones han venido de fuera, casi no hay nadie que sea de aquí en tres o cuatro generaciones y en las poblaciones de aluvión la gente prosperan, se marcha luego y los que se quedan, de aquella manera, pero entonces tienen un problema de señas de identidad… Hay pueblos que se identifican con la minería, otros que no y en cualquier caso hay una relación de amor-odio, incluso con los antiguos colonizadores…» (CERMEÑO IRISARRI, V.; 2000)

          La cuenca minera en aquellos años era una comarca que había sido vencida por el colonizador desde el punto de vista económico, ya que nunca había estado mejor organizada la mina que cuando la controlaban los ingleses, pero también había sido derrotada desde lo social y lo político por el franquismo y sin embargo la derrota mayor de todas para el carácter social, era sin duda la derrota moral, la de la interiorización del miedo, el fatalismo, la confusión y desorientación de valores:

«…Hay otra anécdota, que ya no es mía que es de las huelgas anteriores de 1916. Un tipo que va a matar al jefe, el Browning y se le presenta al despacho con la escopeta cargada, pasa todos los controles, entra en Bellavista y el jefe no levanta la vista, no levanta la vista y el otro no le puede disparar, y si la hubiese levantado le hubiese descerrajado un tiro en la cara. Ahí está la clave, es decir, con la moral victoriana y protestante, la coherencia y el pragmatismo, tienen un nivel de dominio también moral, sobre la población, entonces a ellos no les importa perdonar a un borracho… El caso es conseguir gente fiel y si es posible la más capacitada, con la que establecer alguna relación y establecer algunos privilegios. Lo hacen de una manera soberbia, claro, el resultado final, es que hay chicos que saben inglés en el interior de la mina, cuando en todo Huelva no hay ningún chico que lo haga, pero al mismo tiempo hay un paraíso perdido que no se ha llegado a conocer, que ya no existe encima de la tierra, porque la misma colonia de ingleses que se van de Riotinto, no es que hubiesen desaparecido, sino es que ya no tienen nada que ver con aquellos otros, ya que los ingleses de los años treinta o cuarenta ya no tienen nada que ver con la Inglaterra de los años treinta o cuarenta… Entonces con un enemigo que ya ha desaparecido hasta de su propio territorio y eso marca, de alguna manera hace que haya una pérdida de señas de identidad propias, por desprecio, pero no hay una incorporación real, sino mítica, porque no han participado lo suficiente en la formación. Sólo una minoría va a decir, vamos a ahorrar para que el niño estudie y sólo una minoría de los que estudian conservan una disciplina de trabajo, que yo te diría, más cercana a la disciplina jesuítica que no a la inglesa» (CERMEÑO IRISARRI, V.; 2000).

          Estas paradojas y ambivalencias de aceptación-rechazo, amor-odio e individualismo pasivo y colaboración activa, frente a los colonizadores, esta especie de introyección mítica que se expresa en expectativas hacia modelos de conducta social que han desaparecido, produce además de dificultades para encontrar una identidad colectiva, sobre todo una cierta quiebra o fragilidad social, que aun existiendo elementos simbólicos lo suficientemente emotivos y festivos como para aportar dosis relativas de cohesión e identificación, termina por expresarse en una desconfianza que atraviesa todos los pueblos de la comarca y que se constituye, en ocasiones, en un verdadero problema psicosocial:

«…El principal problema es la desconfianza. Es decir ¿Cuánto tiempo vas a tardar tú en pegármela? Hay mucha gente que va pasando por la comarca y que sistemáticamente cuando llega a una situación de poder, pues se pasa al enemigo, como ocurre en la sociedad. Pero eso al darse en unos escenarios tan pequeños, tan cerrados en sí mismos, en sus pretensiones de ganar más dinero y después comprar el coche y tener un cierto prestigio social y como además las escuelas los ingleses, sí que las hicieron funcionar desde el principio. Con un nivel de instrucción que ellos notaban que tenían más nivel que un chico de La Palma, y que iban a la mili y que… cuentan miles de anécdotas de eso. Pues entonces hay una especie de cerrazón, de desconfianza y todo lo que lleva aparejada la desconfianza, que te impide relaciones de lealtad seria, profunda, da igual seguir una huelga que ser un esquirol, porque al final te perdonan… Las dificultades son serias, no se puede hacer nada completamente secreto porque lo saben pronto y entonces hay que trabajar con coartadas…» (CERMEÑO IRISARRI, V.; 2000)

          Esta desconfianza expresada también en ciertos rasgos de desclasamiento y distinción, por los que se adoptan las posiciones e incluso los símbolos de los antiguos adversarios, dan lugar a la creación de una esperanza ficticia en una futura prosperidad que no termina nunca de completarse, en cuanto que su naturaleza reside en obtener éxito social mediante la comparación y la ostentación de la capacidad de consumo. No obstante el origen de estos rasgos se remonta a la época de los ingleses, empeñados desde el principio en proporcionar una cualificación general y básica a sus obreros, dirigida tanto a satisfacer las necesidades de la propia producción como a inculcar un especial sentimiento de superioridad frente a los demás trabajadores, con lo cual lógicamente se creaba el caldo de cultivo necesario para garantizar la conformidad y la paz social. En cualquier caso la singularidad de estas ambivalencias y desconfianzas quedan magníficamente reflejadas gracias al testimonio ofrecido por Natalio García Domínguez:

«…A pesar de ser una comarca pequeñita que nos alejamos no más de cinco km entre pueblos, Campillo, Zalamea, Riotinto y Nerva, digamos que Riotinto siempre ha sido algo especial entre la comarca. Por el hecho de la Empresa, por tener aquí las oficinas, por estar aquí el centro de trabajo, por vivir todos los técnicos en Riotinto, en Bellavista, el famoso barrio inglés de Bellavista, pues eso ha hecho quizás que Riotinto sea diferente a los demás. Tiene fama de haber sido el pueblo más culto, el pueblo con más formación, porque indudablemente había también la posibilidad, de que se aprendía más de los ingleses, hay costumbres inglesas enraizadas aquí en Riotinto, las mujeres servían en las casas de los ingleses, aprendían cosas, enseñaban cosas, que a su vez esas mujeres, a lo mejor lo transmitían, en sus casas. Se decía que la mayor parte de trabajadores, de administrativos y formados eran de Riotinto y siempre pues ha habido esa cosa. De hecho, aquí nos dicen los “mohinos”, bueno pues porque somos los más presumidos, dicen que si íbamos al trabajo con corbata, con la chaqueta. Por eso aquí en Riotinto se notan más las diferencias de los grupos sociales que en Nerva. Riotinto cuida más como se tiene que ir a un bar, que no se puede ir a lo mejor con ropa de trabajo, detalles que te hacen notar la diferencia. Tú vas a Nerva y a lo mejor están en un bar y están tomándose su copa con su mono, o con la ropa que ha llegado del huerto, y aquí no se ve tanto eso.

          Riotinto es un pueblo que le ha gustado hacer las cosas muy bien y cuando se ha puesto a realizar algo en cuanto a cabalgata de Reyes de Magos, es un pueblo que ha sido hasta pionero, vanguardista en esos momentos. Lo ha hecho muy bien, con una exquisitez tremenda, muchos detalles que yo incluso comparo con cualquier cabalgata de cualquier capital, de Sevilla o de Madrid, no tantísimas carrozas pero es digamos un trabajo de artesanía.

          Cualquier otra cosa, Riotinto tiene su Coral Minera, tiene grupos culturales colectivos como es la Unión, de la Coral, salen en Carnavales, que en villancicos han ganado los primeros premios de Andalucía. Lo hacen muy bien, pero después siempre hay una cosa sobre los demás, que parece que es un pueblo más cerrado entre sí y menos participativo…» (GARCÍA DOMÍNGUEZ, N.; 2000b).

          Otro elemento importante del carácter social de la cuenca minera de Riotinto en la década de los sesenta e incluso bien entrados los setenta es sencillamente el miedo, un miedo que es mucho más lejano que el procedente de la represión de la dictadura franquista, pero también más especial que el simple temor al castigo, en cuanto este miedo termina por expresarse como interiorización de la vigilancia, como temor permanente a ser denunciado por el guarda o el jefe, pero también como dependencia, es decir como reconocimiento de autoridad, legitimidad e incluso capacidad para resolver problemas a aquel que tiene el poder de vigilar, sancionar y reprimir, y por tanto como incapacidad personal y para hacer frente a mi propia situación.

          Se trataba de un miedo heredado de la estructura colonial y de dominación en tiempos de la RTCL, de la existencia de los “Guardiñas” y también de los numerosos cuarteles de la Guardia Civil que había en la comarca, lo cual es una situación totalmente paradójica, en cuanto que no es lógico reconocer legitimidad y capacidad a quien niega mis derechos humanos esenciales, y sobre todo si se tiene en cuenta que aquellos “Guardiñas” no eran precisamente las personas que más sobresalían por su virtudes de honradez:

«…La estructura caracteriológica de los Guardiñas se conserva, el guarda ejerce el poder y suele ser el más fresco, como decía ellos “al que lo pillan robando, lo hacen guarda” y ¿Quién guarda al guarda?. En cada barrio había un cuartel de la Guardia Civil y entonces hay una relación muy contradictoria, porque siendo un sitio, que todo el mundo recuerda que han sido muy represaliados en la guerra civil, 6000 desaparecidos, cuantos muertos hay… sin embargo cuando hay un contencioso entre dos familias o en el seno de una misma familia, van corriendo a la Guardia Civil, es una situación inconcebible o van al jefe de más arriba, muy infantil ¿No?…¿Le voy a decir yo al jefe de más arriba? Sí hombre… “del jefe y del muro cuanto más lejos más seguro”… ¿Cómo vas a ir al de más arriba a denunciar al de abajo cuando el de abajo es fiel al de arriba?…» (CERMEÑO IRISARRI, V.; 2000).

          Paralelamente a este miedo incrustado en la estructura mental de la mayoría de los habitantes de la comarca, había que unir también la naturaleza de la educación recibida, favorecedora del sometimiento, de la obediencia a la Empresa y a la Dirección de la misma y sobre todo legitimadora del pensamiento mágico de predestinación, rasgos que sin embargo, hacían posible que pudieran plantearse algunas contradicciones y alternativas superadoras:

«…Por ejemplo, yo estoy con un colega que suele ser esquirol, y estamos de tertulia porque estamos esperando a que nos reparen los camiones y le digo: -Chico, tú no sólo estás de esquirol sino que encima estás comiéndote horas extras a punta pala, ¿Qué buscas?- Y entonces él me dice que los hijos y tal, se desengaña uno porque en la vida está todo escrito y yo no voy a poder cambiar nada. Bueno y entonces le digo: -Si está todo escrito, ¿Qué más da que tú hagas horas extras?- Y entonces dice:- Sí, está todo escrito, pero nosotros tenemos que hacer como si no estuviera escrito…- Le dije: – Me acabas de dar la síntesis de la libertad de la Edad Media de los árabes…las tesis aquellas que defendían entre el destino de Alá…- Y entonces le digo: -¿Y eso quién te lo ha dicho a ti?- Y me contesta que eso es de trascendencia, que se lo había dicho su padre, que a su padre se lo había dicho el otro padre…» (CERMEÑO IRISARRI, V.; 2000).

          Otra de las características que configuraba el perfil psicosocial de la comarca en aquellos años, era la marcada dependencia o si se prefiere la reiterada y manifiesta incapacidad para la autonomía que se expresaba en la necesidad permanente de tutela, incapacidad, asociada indisolublemente al miedo y a esa mezcla paradójica de individualismo y cooperación y que obviamente era el producto también de las experiencias de represión vividas:

«…Estamos en una asamblea, pero ya estamos cerca de los años 78. Y nosotros, una de las cosas a las que hemos recurrido, es a la dramatización. Dado que una asamblea contando el desarrollo de un convenio es muy pesado, la mitad del comité se pone de patronal y la otra mitad se pone de trabajadores y empezamos a reproducir en la asamblea la negociación, la sala empieza a insultar a los tipos, estábamos haciendo teatro. Bueno, ¿Te quieres creer que al final siempre se levantaba uno, dos, tres, cuatro o cinco, en intervalos, diciendo:  “¿Y la dirección que piensa?” Reclamaba la tutela. Después de cinco o seis años de intentos de emancipación, y no es que uno se levantara y dijera “y la dirección que piensa”, sino que el conjunto de la sala estaba esperando callado, a ver que decía la dirección y entonces dábamos una larga cambiada e insistíamos en la necesidad de pensar por nosotros mismos, cuatro o cinco intervenciones más y entonces se levantaba otro y decía “¿Y la dirección que piensa?”. Y esa era una primera experiencia al desafío que nosotros hacíamos...» (CERMEÑO IRISARRI, V.; 2000).

          Esta incapacidad aprendida para la autonomía, se combinaba también con una tendencia a desconfiar en el esfuerzo personal para salir de situaciones conflictivas o simplemente para resolver problemas. Era como una especie de complejo de inferioridad que siempre estaba necesitado de recurrir a alguien o a algo para enfrentarse a situaciones nuevas o a la satisfacción de necesidades individuales y sociales, lo cual obviamente generaba pasividad y conformismo:

«…La característica principal, es que no hay ninguna confianza en el esfuerzo personal. El esfuerzo personal siempre tiene que ir acompañado del amparo y de la dependencia con alguien. Puede ser una Institución, puede ser el jefe, pero hay que estar amparado con alguien. Pero no existe la locura de la revolución francesa, que yo me amparo contigo y tú te amparas conmigo. Yo le decía a un vecino que había hecho el gilipollas porque había ido a la Guardia Civil, más vale que tú le concedas el trozo de balcón o el trozo de garaje, al otro y se lo des, se lo regales, antes que ir a darle un arma a la Guardia Civil, porque esos son los que han actuado como apéndice de… les estás dando tú a ellos la fuerza y me da igual que lo invites a una cerveza, si no lo invitas a una cerveza, me da igual, pero si estás cabreado, es lo mismo. Tú le estás dando el poder, y además les estás dando un poder moral, porque ahora viene el sargento y además el hombre se va a sentir orgulloso y encima va a tratar de mediar bien, va a quedar hasta bien, si es listo, y va a ganar diez puntos, con autoridad moral. Qué autoridad moral, está bien si quieres tú mejorar el cuerpo de la guardia Civil, pero me imagino que ese no es el motivo y claro todas estas contradicciones, así, como puños… y yo he visto esa semejanza en África y América…». (CERMEÑO IRISARRI, V.; 2000).

          Sin embargo,  todos estos rasgos, aunque comunes para toda la comarca, no revistieron la misma intensidad, ni se expresaron con la misma uniformidad, según se tratara, de los habitantes de Nerva o de los de Minas de Riotinto ya que las características psicosociales de la población de Minas de Riotinto únicamente son posibles de entender desde la consideración del absoluto control económico y social que las empresas mineras han ejercido sobre su población, hasta casi prácticamente la década de los ochenta.

          El municipio de Riotinto, ha sido secularmente el centro político-administrativo de toda la comarca, puesto que en él se han localizado las instalaciones de todas las empresas mineras, así como la residencia de todos sus directivos. Por el contrario Nerva ha sido más bien el centro social, ya que su población ha sido siempre más numerosa y se ha caracterizado por un mayor grado de actividad socio-política, tal como hemos podido comprobar desde los tiempos de Félix Lunar (RUÍZ BALLESTEROS, E. 1998: 47-58).

          Esta diferencia se explica por el hecho de que mientras que en Riotinto las compañías mineras eran las propietarias de la totalidad del suelo, incluidas las viviendas, cualquier atisbo de actividad reivindicativa o de conflicto era normalmente sancionado con la inmediata expulsión del pueblo.

          Por el contrario en Nerva, las compañías mineras no podían aplicar el mismo control social que en Riotinto, lo que facilitaría su conversión en un centro de acogida de todos aquellos trabajadores que por un motivo u otro, al ser expulsados de la Empresa, decidían quedarse en la comarca, o sencillamente porque apostaban por hacer un trabajo distinto al de la minería. En este sentido, es también en Nerva el municipio en el que residen la mayoría de los trabajadores directos, mientras que en Riotinto residían casi en exclusividad los jefes y mandos intermedios, los ingenieros y los técnicos medios, el personal de oficina, etc, todo lo cual pone nuevamente de manifiesto el hecho de que Nerva se haya constituido tradicionalmente como el núcleo de población que concentraba la mayor parte de la actividad político-sindical de toda la Cuenca.

          En Riotinto y durante casi un siglo, las empresas mineras han sido dueñas de las viviendas, de los comercios, de los bares, de los medios de comunicación. Ha tenido también un cuerpo especial de policía “Los Guardiñas” encargados de controlar y suministrar información de la vida privada de los trabajadores a la Empresa. Paralelamente, es también la Empresa la que decreta, el lugar de residencia, la posibilidad de trabajar, así como las más variadas condiciones laborales. Todo esto explica que el fatalismo tuviese más posibilidades de ser introyectado en la población de Minas de Río Tinto, que en la de Nerva y que por consiguiente, la desesperanza, el miedo, el pesimismo, el resentimiento hayan sido rasgos que han ido conformando poco a poco el carácter social de sus habitantes.(EQUIPO DE PROFESORES; 1976: 72-73)

          Los rasgos del carácter social de la cuenca minera de Riotinto, por tanto, y especialmente los de sus dos poblaciones más representativas, Nerva y Minas de Riotinto, hay que entenderlos teniendo en cuenta las diferencias anteriormente descritas, aunque obviamente comparten por su origen y por su historia común otras que a continuación señalamos.

          En primer lugar, lo que a todas luces resulta bien claro y constituye el rasgo central, es la función social y cultural que la actividad minera posee en la configuración, la dotación de sentido, significación e identidad a toda la comarca[13]. Su territorio, su historia, sus luchas y conflictos; sus organizaciones sociales, sindicales y políticas; sus producciones culturales; sus símbolos e identificaciones colectivas; su evolución económica y tecnológica, etc, todo en definitiva ha venido girando en torno a la minería. De aquí se deduce, que cuando la actividad minera está en peligro y se presentan dificultades para garantizar la supervivencia de los habitantes de la comarca, estos reaccionan respondiendo cualitativamente de un modo distinto, ya que lo que se pierde es mucho más que un puesto de trabajo, lo que se pierde es algo más que un simple sustento o algo incluso más profundo que un factor de activación económica, se pierde de alguna manera la historia, el sentido de comunidad, la conciencia emocional colectiva .

          Además de que la actividad minera ha constituido el principal factor de supervivencia y de identidad de toda la comarca, hay que destacar en segundo lugar, que como consecuencia del extraordinario control que la RTCL y la CEMRTSA han ejercido sobre la vida social y política de toda la Cuenca, las pautas de conducta que conforman el carácter social de los habitantes de la misma, especialmente los de Minas de Riotinto, están impregnadas de un cierto individualismo; relaciones e interacciones sociales poco desarrolladas; modos de vida centrados más en la intimidad de la casa que en la calle; cierta desconfianza entre los propios convecinos, etc… rasgos que son obviamente el producto de las prácticas de control ejercidas sobre la población. Recuérdese en este punto, a los dirigentes de las minas que históricamente se han destacado por su prepotencia, su desprecio a los mineros, su interés puramente lucrativo, sus prácticas de corrupción; los “Guardiñas” encargados de controlar todos los movimientos de los trabajadores, hasta incluso los más insignificantes[14]; el clientelismo de cargos políticos y sociales subordinados a los intereses de la Empresa o los procedimientos de contratación que habitualmente se han utilizado, en los que ha primado “la recomendación” y el “enchufismo” (RUÍZ BALLESTEROS, E.; 1998: 85-88), todo lo cual ha hecho que elementos ideológicos y caracteriológicos del discurso empresarial hayan ido calando de alguna manera en la conciencia colectiva de la gente, sin olvidar el aprendizaje social basado en los modelos de conducta representados por las personas situadas económica y socialmente en posiciones más elevadas.

          Por otra parte, ser minero o hijo de mineros, trabajar en la mina ya sea directa o indirectamente, confiere al poseedor de tal posición de un estatus singular. Acceder a un empleo en la mina, a pesar de la dureza de las condiciones laborales, siempre significó una forma de distinción con respecto al resto de los empleos de la comarca: se cambiaba de situación económica y de posición social, se accedía a un salario superior en comparación con el de los jornaleros del campo y se formaba parte de un grupo social que marcaba la dirección del progreso industrial y que gozaba de unos servicios hasta entonces inexistentes en la agricultura. Piénsese, que gracias a las medidas de la Compañía inglesa, en Riotinto había escuelas, servicios médicos, campos de deportes, hasta incluso pensiones, aunque fueran irrisorias, servicios que las gentes del campo carecían. La propia creación de la Escuela Profesional SAFA por la CEMRTSA en 1959, es un ejemplo también de distinción, porque en toda la comarca, no sólo era la única Escuela Profesional sino también porque sus características arquitectónicas y su dotación material superaban a casi todas la Escuelas de la provincia. Por otra parte, trabajar en la industria minera proporcionaba una autonomía, sobre todo en Nerva, una capacidad de libertad y de independencia, que el viejo caciquismo latifundista no proporcionaba: ser minero, trabajar en la mina suponía como una especie de liberación del yugo terrateniente y además garantizaba más empleo.

          Como señala Ruíz Ballesteros, «…En cualquier caso, hay que tener claro que parte de la población comarcal –sobre todo la de más edad- sigue reproduciendo esta visión de superioridad de la comarca respecto al exterior, circunstancia constatable incluso en las nuevas generaciones: “Esta comarca es especial, los pueblos mineros han tenido una educación especial, han sufrido mucho y han ganado en saber también, además nosotros hemos estado mejor económica y socialmente, creo que por eso tiene la Cuenca una personalidad mayor que la Tierra Llana o la Sierra (39 años, de Riotinto)”» (RUÍZ BALLESTEROS, E.; 1998: 94) con lo cual se prueba una vez más que los mecanismos de dominación y control social, son de tal sutileza y singularidad que al pasar a formar parte de la conciencia de los dominados, la reproducción de la propia situación de dominación queda garantizada y legitimada. En otras palabras: basta con que yo me perciba a mi mismo como “naturalmente” superior a los demás, para que acepte en mayor o menor grado como “natural o querida por Dios” la superioridad o el dominio de otros sobre mí. De este modo y utilizando la terminología de Freire, la introyección del modelo del opresor en la conciencia del oprimido, vendrá a constituirse en un elemento más que asegura y legitima la situación de opresión.

          En este sentido el hecho de que el modo de vida inglés, el estilo y las costumbres cotidianas, como por ejemplo tomar el té a las cinco, haya calado más fácilmente en la población de Minas de Riotinto, no sólo se debe a la cercanía de los ingleses y al proceso de colonización cultural, sino también a que «…existe, en cierto momento de la experiencia existencial de los oprimidos, una atracción irresistible por el opresor. Por sus patrones de vida. Participar de estos patrones constituye una aspiración incontenible. En su enajenación quieren a toda costa, parecerse al opresor, imitarlo, seguirlo. Esto se verifica, sobre todo, en los oprimidos de los estratos medios, cuyo anhelo es llegar a ser iguales que el “hombre ilustre” de la denominada “clase superior”…» (FREIRE, P.; 1975: 63)

          Esta posición social del minero, este estatus que va poco a poco conformando una especial manera de ser en la que se mezclan paradójicamente orgullo y humildad, cooperación e individualismo, rebeldía y conformismo, ansias de libertad y miedo a la misma, valentía y temor, riesgo y seguridad también puede explicarse en función de que  «…Los oprimidos que introyectando la “sombra” de los opresores siguen sus pautas, temen a la libertad, en la medida en que ésta, implicando la expulsión de la “sombra”, exigiría de ellos que “llenaran” el “vacío” dejado por la expulsión, con “contenido” diferente: el de su autonomía. El de su responsabilidad sin la cual no serían libres…» (FREIRE, P.; 1975: 43). Una mezcla en suma, en la que se sintetizan de una forma muy particular, la historia social de la mina y el carácter del trabajo minero, síntesis que confiere identidad a los habitantes de la comarca.

          También desde la perspectiva histórica, no puede olvidarse que la Cuenca está jalonada de intervenciones de personas ajenas a la misma y aunque con diversas motivaciones, todos han dejado su impronta. Desde los primeros pobladores y los romanos en los primeros tiempos, pasando por los suecos Wolters y Tiquet y el valenciano Thomas Sanz en el XVIII; Gaspar de Remisa en el XIX ; los ingleses de la RTCL durante ochenta años (1873-1954); los propios líderes sociales que han dejado más honda huella en la Cuenca (Tornet, Egocheaga, Lunar, Cermeño…), incluyendo también a sus estudiosos y al Director de la Experiencia, Miguel A. Ibáñez y muchos de sus profesores.

          Todo ello, creemos que ha contribuido de singular manera a capacitar a los habitantes de la comarca para la apertura, la flexibilidad; la facilidad de adaptación a los cambios; la integración social; la buena acogida a los foráneos; la búsqueda de salidas nuevas a los problemas, etc, valores y rasgos de conducta, que por otra parte, fueron fuertemente reprimidos, cuando no controlados por el franquismo y que hoy forman parte y dan identidad a lo que podría decirse que forman parte del patrimonio caracteriológico andaluz, en cuanto que sintetiza ese encuentro secular de civilizaciones, culturas y pueblos.

          En este punto hay que destacar la influencia que los ingleses han ejercido en la conformación del carácter social de los habitantes de la Cuenca, influencia que ha durado ochenta años y de la que nos da tasmbién cuenta Ruíz Ballesteros: «…Con la llegada de los británicos, la moral protestante, la austeridad y el pragmatismo, inundan la explotación minera y la sociedad comarcal, con un posterior desarrollo hacia el victorianismo. Valores como el orden, la sumisión y la educación académica, rigen la forma de entender, no sólo lo económico sino lo social y cultural. Algunos de estos valores chocan más o menos abiertamente con los de la cultura andaluza autóctona, lo cual ilustra el proceso de formación de un enclave también cultural en la comarca. Los británicos pusieron su empeño en “educar” a aquellas gentes y dignificarlas a través del trabajo, que en la moral protestante es una labor de co-creación con Dios. Quizá el paternalismo sea el término clave para entender el discurso empresarial que en mayor o en menor medida llega a nosotros. Un paternalismo que tras el sometimiento y control riguroso, compensa por medio de otras prestaciones sociales que eleven la formación académica y moral de los trabajadores…» (RUÍZ BALLESTEROS, E.; 1998: 90)

          Por último, hay que tener en cuenta que el carácter social de la comarca está atravesado también por los valores y sentimientos colectivos que los procesos de movilización social han generado y que han convertido a la misma en uno de los escenarios privilegiados para entender la lucha de clases en la España del siglo XX, sentimientos y valores en cuya producción y mantenimiento han tenido un papel destacado, tanto los líderes sindicales y políticos de la Cuenca como las mujeres, y que forman parte por derecho propio de la historia del movimiento obrero y popular y de la izquierda social y política de nuestro país. Por ello si tuviésemos que recoger lo más genuinamente positivo de este breve recorrido por el carácter social de un pueblo, no tendríamos más remedio que mencionar también otros rasgos como: alegría, amistad, audacia, autoestima, autoorganización, compañerismo, compromiso, conciencia, confianza, cooperación, decisión, disciplina, esperanza, fe, firmeza, honestidad, lealtad, pasión, pundonor, sensibilidad social, solidaridad, ternura, unidad, valentía, voluntad y otros muchos valores que hemos tenido la oportunidad de descubrir en la realización de este estudio y que como más adelante demostraremos, son también el producto de un mezcla singular entre lo obrero, lo popular y lo cristiano, y el fruto que la Experiencia de la SAFA ayudó a emerger y desarrollar.

[1]     Mirandolina. Trabajadora de RTP. Entrevista

[2]     Natalio García Domínguez. Alumno de la Escuela y trabajador de la mina desde 1975. Entrevista de 22.09.2000

[3]     Venancio Cermeño Irisarri, testigo y participante directo de la Experiencia, además de conocedor de primera mano de toda la comarca al haber residido en diversos núcleos de población de la misma y haberse integrado activamente en todo el movimiento social, es sobre todo el líder obrero y social que más influencia ha ejercido en la cuenca en la historia actual. Su capacidad de trabajo; su compromiso con el movimiento obrero y con los sectores sociales más desfavorecidos; sus dotes de organización; su testimonio de honestidad, de coherencia y de solidaridad; las huellas profundas que ha dejado en la conciencia emocional de sus gentes; sus valores humanos y cristianos; su sencillez y humildad; su carisma en suma, hacen de él un personaje emblemático indispensable no sólo para entender el carácter social de la Cuenca, sino sobre todo para conocer y comprender la historia del movimiento obrero en la misma, historia en la que ocupa junto a Tornet, Egocheaga o Lunar, uno de los primeros lugares, como bien ha señalado Esteban Ruíz Ballesteros y como hemos tenido oportunidad de comprobar tras profundizar en su trayectoria biográfica y haber recogido de él valiosísimos y contrastados testimonios.

[4]     Venancio Cermeño Irisarri. Entrevista 26.10.2002

[5]     Venancio Cermeño Irisarri. Entrevista 26.10.2000

[6]     Venancio Cermeño Irisarri. Entrevista 26.10.2000

[7]     Natalio García Domínguez, nacido y con residencia a lo largo de toda su vida en Riotinto, fue alumno de la Escuela SAFA desde su ingreso en Primaria, habiendo participado muy activamente en toda la Experiencia hasta su finalización. En ella obtuvo, a los diecisiete años, el título de Oficialía en la rama del Metal especialidad Mecánico Ajustador, pasando al año siguiente a trabajar en la mina cuando la Empresa era la UERT. Desde aquellos años hasta hoy ha sido un destacado activista y dirigente sindical y político, habiendo sido concejal del Ayuntamiento de Riotinto durante el periodo 1983-1987 y también miembro del Comité de Empresa y del propio Consejo de Administración la Sociedad Anónima Laboral de Minas de Riotinto. Su aportación, sus testimonios, su generosidad y su apoyo para la realización del presente estudio han sido inestimables, por ello le rendimos desde aquí nuestra más sincera gratitud.

[8]     Natalio García Domínguez. Entrevista 22.09.2000.

[9]     Venancio Cermeño Irisarri. Entrevista 26.10.2000.

[10]   Venancio Cermeño Irisarri. Entrevista 26.10.2000.

[11]   Venancio Cermeño Irisarri. Entrevista 26.10.2000

[12]   Venancio Cermeño Irisarri. Entrevista 26.10.2000

[13]   Hoy, en los comienzos del siglo XXI y como consecuencia de la desactivación continuada de la actividad minera, que todavía se resiste tenaz y heroicamente a desparecer como lo prueban todas las movilizaciones desarrolladas desde diciembre de 2000 hasta el otoño de 2002 , se asiste «…a la desarticulación de lo que podríamos llamar la cultura del trabajo minera que sustentaba muchas identificaciones colectivas en ella existentes. Hoy la mayor parte de la población se encuentra jubilada, subsidiada o desempleada, habiendo sido extrañada de los contextos vinculados estrechamente a la minería y a la empresa en los que se ha desarrollado fundamentalmente la interrelación social y la acción política en la comarca…» (RUÍZ BALLESTEROS, E.; 1998: 49)

[14]   Los Guardiñas, según el testimonio que nos ofrece Rioja Bolaños, constituyeron una auténtica policía secreta, hasta el punto de apuntar en sus fichas, si un obrero tenía dos jaulas de pájaros colgadas en la puerta de su casa y un día aparecían las jaulas cambiadas de sitio: «…A NN, le han regalado un jilguero, que ha puesto en una jaula al lado derecho de la puerta; NN ha cambiado la jaula del jilguero al lado izquierdo…» (GARNICA S., A. y RIOJA B., A. 1996: 9)

7.5.- EL RESURGIR DEL MOVIMIENTO OBRERO: CURAS, OBREROS y ESTUDIANTES

«…A partir del año 1968 ese fatalismo de “Contra la Empresa no hay quien pueda” y “Es mejor callarse” comienza a declinar y aquí la labor de Venancio es muy importante y también la labor de todos los sacerdotes obreros, porque en todos los pueblos de la cuenca minera y en algunas aldeas, todos los sacerdotes comenzaron a crear grupos de trabajo y de reflexión,  en los que también leíamos libros y lo poníamos en común y hacíamos panfletos que después se distribuían, y los curas también participaban en todo el movimiento que se generaba..»

Joaquín Moya Chacón. Entrevista. Huelva, 20.11. 2000.

«…El movimiento de liberación de la Cuenca es un movimiento socialcristiano o marxista-cristiano o una mezcla de todo eso, como ocurre en el resto de España, ya que en otras regiones también surge ese movimiento de los curas obreros, el separarse un poco de lo que era la Iglesia Oficial y estar más de acuerdo con el Evangelio…»

Mirandolina Bermejo Navarro.Entrevista. Huelva, 20.11.2000.

«…Cuando empiezo a trabajar no estoy organizado ni sindical, ni políticamente, al contrario, participo mucho más de movimientos cristianos y porque además es el motivo por el cual yo estoy ahí, es decir yo me planteo voy a hacer algo en esta dirección. Y lo otro es una cosa que como la mayor parte de los colegas con los que trabajo y que yo veo que se mueven estaban teniendo una opción, pues yo voy con ellos por la opción, pero no estoy nada convencido…¿Cuáles son los chicos que están moviéndose? ¿Estos? Pues entonces con estos voy, lo otro es una cuestión que no me importa… en esencia, personalmente me doy cuenta de que estoy haciendo una síntesis entre cristianismo y marxismo. Claro, porque no me basta… ¿De qué elementos sacar motor para que no sea solamente un sindicalismo reformista, para que no sea puramente una reivindicación económica?…»

Venancio Cermeño. Entrevista. Mairena del Aljarafe (Sevilla), 26.10.2000.

        Son muchos los historiadores que coinciden en afirmar que la década de los sesenta, además de ser la expresión del turismo, la emigración y la inversión exterior, lo fue también de la síntesis entre curas, obreros y estudiantes, síntesis que permitió ir fraguando y articulando el amplio movimiento de oposición social y política al franquismo, movimiento que aunque sus gérmenes hay que situarlos en la década de los cincuenta, no crece masivamente hasta los primeros años de la década de los setenta, años en los que se desarrolla nuestra Experiencia, llegando prácticamente hasta las primeras elecciones democráticas en 1977 y así lo señala por ejemplo, Tusell: «…La oposición social, en realidad, fue un fenómeno histórico, que alcanzó verdadera vigencia en la segunda mitad de la década de los sesenta. De ella cabe decir que desde su comienzo tuvo tres motores fundamentales que además, se fueron sustituyendo con el transcurso del tiempo aunque, por supuesto, su acción también se solapara y se influyera mutuamente, al margen de que fuera percibida por el régimen como una unidad. Empezó por ser una oposición de una parte del catolicismo organizado, para luego tener la rebelión de los estudiantes y, en un tercer momento, adquirir protagonismo decisivo la protesta obrera…» (TUSELL, J.; 1998: 384).

        Podría decirse que la historia española de la década de los sesenta es la historia de la lucha de la clase obrera por conseguir el peso político y social que le correspondía en base al lugar central que ocupaba en la estructura social. Como señala Sartorius, es la década del resurgimiento del movimiento obrero (SARTORIUS, N.; 1975) que se expresa en unos niveles de organización y conflictividad social y laboral desconocidos hasta entonces: una lucha dirigida a mejorar las condiciones más elementales de vida de los trabajadores y a hacer más equitativa la distribución de la riqueza y con la que se ponía de manifiesto el tremendo grado de desajuste existente entre la realidad socieconómica y la estructura política.

        No podemos olvidar aquí, que fue la clase obrera más consciente y particularmente las organizaciones clandestinas que comenzaron a crearse, como era el caso del nuevo sindicalismo que representaba las Comisiones Obreras, nacidas en 1957 en la mina “La Camocha” de Gijón, las que asumieron la mayor parte de la represión de aquellos años y de la que fueron muestras significativas, tanto el fusilamiento de Julián Grimau en 1962 como el famoso “Proceso 1001” contra sus dirigentes desarrollado en 1972. En aquellos años y tal como establecía el artículo 222 del Código Penal, la huelga era un delito de sedición; en 1959 se había dictado una nueva Ley de Orden Público; en 1960 se desarrolla el Decreto-Ley sobre Bandidaje y Terrorismo; en 1963 se crea el Tribunal de Orden Público en sustitución de la jurisdicción militar y del Tribunal Especial de la Masonería y el Comunismo y sin olvidar tampoco los “estados de excepción”, que entre 1968 y 1970 se implantaron en tres ocasiones. En consecuencia la conflictividad laboral en nuestro país hasta 1975 presenta unas especiales características que están asociadas a su naturaleza política, dadas las circunstancias de represión y de falta de libertades.

          El proceso de conflictividad obrera puede decirse que arranca el 7 de febrero de 1957, año en el que se produce el boicot a los transportes públicos en Madrid y el 14 de febrero en Barcelona, siendo el propio alcalde de Madrid, el que vendría a reconocer que el 50% de usuarios habían dejado de utilizarlos. No obstante un año anterior se habían producido las movilizaciones de febrero de los estudiantes, cuya causa inmediata hay que encontrarla en la prohibición del Congreso de Escritores Jóvenes y la anulación de las elecciones a delegados de curso, ganadas en varias facultades por candidatos antifalangistas.

          Los disturbios de 1956 de los universitarios madrileños, se materializaron en enfrentamientos físicos entre falangistas y estudiantes, siendo estos los que expulsaron materialmente a los falangistas de la universidad, ocupando al mismo tiempo la calle de San Bernardo y marchando en manifestación por la Gran Vía cantando un himno universitario, escena que era desconocida e insólita desde tiempos de la República. (SARTORIUS, N. y ALFAYA, J.; 1999: 56). Acontecimientos que estuvieron protagonizados, según Sartorius y Alfaya por estudiantes sin ideas políticas definidas, sino simplemente cansados del control que el régimen a través del SEU, ejercía en la Universidad, pero que sin embargo supusieron el inicio de una cierta esperanza para la lucha de oposición contra el régimen, esperanza que se concretó, tanto en el debilitamiento y pérdida de influencia del SEU, como en la aparición de nuevos grupos políticos, el Frente de Liberación Popular (FLP); la Agrupación Socialista Univesitaria (ASU); la Unión Democrática de Estudiantes (UDE) y la Nueva Izquierda Universitaria (NIU) tras la 1ª Asamblea de Estudiantes Libres, celebrada en Barcelona el 21 de febrero de 1957; el Partido de Acción Democrática, encabezado por Dionisio Ridruejo y también la aparición en la escena de los comunistas del PCE, que comienzan a establecer lazos con los antifranquistas del interior. (SARTORIUS, N. y ALFAYA, J.; 1999: 64).

          Como señala Roberto Mesa, los jóvenes universitarios madrileños del 56 se convirtieron «…en los constructores reales, día a día y codo con codo, de lo que luego se llamaría reconciliación nacional… por ello… no resulta superfluo insistir una vez más en que fueron el movimiento obrero y el movimiento universitario no sólo los que más denodadamente combatieron el franquismo, sino también los que salvaron el honor histórico y la responsabilidad colectiva del pueblo español. » (MESA, R., citado por SARTORIUS, N. y ALFAYA, J.; 1999: 65).

          Como es sabido, no fue hasta 1961, cuando efectivamente el despegue económico español no inicia su andadura, gracias entre otros factores a las buenas cosechas, a las bajadas de los tipos de interés y a la repercusión que el crecimiento europeo tuvo en nuestro país. Sin embargo y desde el año 1959, como anteriormente hemos señalado, en consonancia con los efectos del Plan de Estabilización, España vivió una etapa en la que se redujeron los salarios, aumentó considerablemente el paro reduciéndose la inversión y desapareciendo muchas pequeñas empresas, todo lo cual hizo que la clase obrera industrial fuese la que soportara las consecuencias más desagradables de esta crisis, lo cual va a generar a partir de estas fechas una reactivación muy importante del movimiento obrero industrial (SARTORIUS, N. y ALFAYA, J.; 1999: 89).

          En este proceso de reactivación del movimiento obrero habría que destacar entre otros acontecimientos, la huelga protagonizada por más de treinta mil mineros asturianos, a principios de marzo de 1958, movimiento que se extiende a los sectores industriales de Cataluña,  Guipúzcoa y Valencia y que incluso llega a los trabajadores de la construcción en Madrid, en junio de ese mismo año y a los del campo de las provincias de Córdoba, Sevilla, Jaén un año después. Sin embargo no será hasta 1962, cuando la lucha y las movilizaciones obreras no estallen con toda su potencia, de tal modo que a finales del mes de abril en Asturias, hubo más de 60.000 huelguistas, movilizaciones que terminarían por extenderse a diversos puntos del país como Vizcaya, Guipúzcoa, León, Jaén, Córdoba, Puertollano, la “Bazán” de Cádiz y también en Riotinto, en la que hubo una huelga de un día en Pozo Alfredo y en la que se reivindicaba el abono de la media hora de comida, puesto que así estaba reglamentado en los trabajos de jornada continuada.

          Sería un tremendo error histórico el ignorar que estas movilizaciones se producían en extremas condiciones de represión, lo cual y como consecuencia del estado de excepción en Asturias, Guipúzcoa y Vizcaya, todos estos conflictos acabarían por apagarse como consecuencia de las numerosas detenciones. Acostumbrados como estamos a la tecnocracia que valora únicamente los productos y resultados desconsiderando la importancia clave de los procesos y de los sujetos sociales, insistimos: en aquellos años la huelga era considerada un delito de sedición al que además del Código Penal podía aplicarse también para las movilizaciones, la Ley de Bandidaje y Terrorismo, lo que terminaría por completarse ya en 1963 con la creación del Tribunal de Orden Público. Con otras palabras: aquellos obreros y estudiantes que protagonizaron las movilizaciones de los sesenta y de los setenta, los que arriesgaron la propia piel y ofrecieron su sacrificio personal por conquistar mayores cotas de libertad y bienestar, son los auténticos protagonistas del cambio sociopolítico y de la transición democrática española.

          Las grandes movilizaciones mineras de Asturias de 1962 se prolongan en 1963 y 1964, extendiéndose a Euskadi y Cataluña, iniciándose así un crecimiento de la conflictividad en toda la década. Así por ejemplo y según datos de la Oficina Internacional de Trabajo, en 1963 hubo en España 169 conflictos que afectaron a un total de 39.572 trabajadores, mientras que en 1970, se produjeron 1.547 conflictos en los que estuvieron implicados un total de 440.114 trabajadores, año especialmente conflictivo en el que se triplica la cifra registrada en el año anterior. En este sentido, 1970 fue un año especialmente atípico de multiplicación de huelgas en las que destacan los conflictos de julio de la construcción en Granada y los de diciembre en Guipúzcoa. Por ello y de acuerdo con Tusell, es a partir de 1962, cuando se comienza a producir un cambio muy importante en la historia social española, en cuanto que la huelga no solamente forma parte de panorama habitual de las relaciones laborales, sino que también adquiere un valor político en la medida en que también es utilizada como medio para reivindicar las libertades democráticas, cambio social que será imparable, a pesar de las condiciones de represivas, hasta la aprobación de la Constitución en 1978 (TUSELL, J.; 1998: 392).

          En Riotinto hubo en 1964 una huelga general de cuatro días de duración, organizada en solidaridad con la comenzada en Asturias y que terminó por extenderse a la mayoría de las minas del país. Aunque se organizó muy precipitadamente, en cuanto que no fueron percibidos muy claramente sus objetivos, la respuesta fue masiva, siendo realizada como protesta contra las condiciones inhumanas y de máxima explotación que tenía el trabajo minero[1]. Finalmente, aquella huelga terminó por agotamiento, dadas las imposibles condiciones legales, políticas y de represión para poder mantenerla, condiciones que permitieron a Empresa minera despedir a 73 trabajadores:

«…Cuando yo llego todavía está caliente la última huelga, que fue en el 64 y hubo un rebrote en el 68. Como resultado de aquella huelga, se acaba con un despido de 60 o de 70 trabajadores, o con un número de trabajadores importante y fracasan y vuelven al trabajo, y claro el núcleo que… es muy difícil en los pueblos la clandestinidad, unos se marchan a tiempo y otros los despiden, que luego en la amnistía he conocido a algunos de los que habían sido despedidos, que como generalmente ocurre en estos sucesos, se suele despedir a un número de gente y no tienen nada que ver con el papel que hubieran jugado, es un poco como escarmiento, este fuera, el otro fuera y allí hay una serie de intereses que no siempre coinciden con la gente que haya podido…»[2]

          Todos los testimonios recogidos de aquellas huelgas de la década de los sesenta en la cuenca minera coinciden en señalar que las condiciones de represión eran muy duras y que la repercusión de las mismas no actuaba solamente en la capacidad de lucha y movilización inmediata de los trabajadores, sino sobre todo en la configuración de ese carácter social de victimismo y fatalismo del que anteriormente hemos hablado. En este punto hay que anotar el papel de vigilancia y represión ejercido por la Guardia Civil, como vendrá a decirnos uno de los trabajadores de RTP: «…Pues que aquí hay que hablar también de la Guardia Civil, la “Benemérita”, hay que hablar porque precisamente yo no he visto en ningún lado que en menos de un kilómetro haya tres cuartelillos de la Guardia Civil. Tú vas a Riotinto y un cuartel de la Guardia Civil está frente de donde está el “muro de la vergüenza” y coges para el Alto de la Mesa y en el Alto de la Mesa había uno, después bajabas para Nerva y lo que era el pueblo de “La Mina” que eso ya ha desaparecido, allí había otro, es decir, en menos de un kilómetro había tres cuartelillos de la Guardia Civil y eso lo hemos conocido nosotros, y la presión que la Guardia Civil ejercía sobre la gente también …» En este mismo sentido y como activo elemento de disuasión de la acción movilizadora de los trabajadores de Riotinto en la primera mitad de la década de los sesenta, hay que situar también a la propia Iglesia parroquial, que a través del denominado boletín de “Villa-Aldea” se encargaba de desanimar y desautorizar, cuando no de atemorizar a toda la población con el fin de que no se sumase a las huelgas[3].

          Para el conjunto del país, la mayoría de los conflictos de esta década tienen su origen en las empresas de grandes dimensiones y en sectores siderometalúrgicos, concentrándose fundamentalmente en las grandes ciudades y en cuanto a las causas que los originaron, si nos referimos al emblemático año de 1970 según datos de la OIT, el origen político social se situó en un total de 687 conflictos, mientras los conflictos que se desarrollaron en el marco del convenio colectivo fueron 516, seguidos 122 para los de causas relacionadas con mejoras salariales (TEZANOS,J.F.; 1975: 141). En concreto y desde 1969 a 1972, coincidiendo con la Experiencia de nuestro estudio, hubo numerosas acciones de protesta en toda la cuenca minera, tanto de marchas lentas, como de pequeños paros en Corta Atalaya y Cerro Colorado, acciones que tenían como objeto reclamar mejoras en las condiciones laborales y salariales y que como era habitual, se desarrollaban al margen de las normas legales y del sindicato vertical:

«…Los conflictos de los años 69-73 son conflictos modestos, porque empezábamos, es decir se para toda la minería del cerro porque tal jefe… ha habido un accidente y quería que siguiéramos trabajando, entonces hemos parado. O empezamos con las primera manifestaciones porque hay una serie de muertes y empezamos a reivindicar un hospital nuevo, en julio del 73. El problema de las muertes por accidentes de trabajo es lo que va a tener más éxito a nivel de movilizaciones. Estábamos movilizándonos en Huelva diez mil trabajadores y entonces hemos dado con la tecla. No es una cosa económica, es una cosa de la solidaridad, es la defensa de la vida y bueno, le sacamos… hay un desarrollo en calidad en el movimiento obrero…»[4]

[1]     Ver el testimonio anteriormente ofrecido y recogido del Boletín Parroquial “Villa-Aldea”.

[2]     Venancio Cermeño Irisarri. Entrevista 26.10.2000

[3]     Sobre el papel disuasor que ejerció el boletín parroquial “Villa-Aldea” en los movimientos huelguísticos pueden verse los números 195, 202 y 237 respectivamente. Todos en la Hemeroteca Municipal de Sevilla.

[4]     Venancio Cermeño Irisarri. Entrevista 26.10.2000.


7.5.1.- La oposición política estudiantil

        Desde la perspectiva del movimiento estudiantil, hay que situar el 1965 como el más emblemático, en cuanto que será en este año en el que comience todo un conjunto de movilizaciones universitarias contra el régimen, que aunque ya venían gestándose en años anteriores en los que entraron en escena los sindicatos independientes de estudiantes, así como las nuevas organizaciones políticas universitarias de oposición ya mencionadas. La FUDE y la UED protagonizaron la lucha contra el SEU (Sindicato Español Universitario) que había nacido para controlar a la universidad y ser la cantera de los políticos del régimen (Martín Villa). Se pedía un sindicato autónomo, libertades de expresión y asociación, reforma de la universidad y fin del clasismo. Cinco mil estudiantes acompañados de sus catedráticos (Universidad Complutense de Madrid), fueron salvajemente reprimidos antes de que entregaran un escrito de peticiones al gobierno, los catedráticos eran, Aranguren, Tierno, García Calvo, Montero Díaz y García Vercher. Esta batalla duró años y al final el gobierno redujo el SEU a una Comisaría de carácter cultural y creó las Asociaciones Profesionales de Estudiantes. La protesta se extendió a todas las universidades españolas, celebrándose conferencias y asambleas de estudiantes.

          Así se llega a 1966, año en el que se produce en Barcelona la conocida como «Capuchinada», una asamblea de estudiantes celebrada en el convento de los capuchinos de Barcelona, en la que se estaba procediendo a la constitución del Sindicato de Estudiantes de la Universidad de Barcelona (SDEUB) y en la que intervienen conocidos personajes como Salvador Espriú, Aurelia Capmany, Agustín García Calvo, Pere Portabella y Narcís Serra entre otros. Hubo quinientos detenidos y el 30 de abril ordenó el cierre de toda la Universidad española.

          A partir de estos dos años el movimiento estudiantil se hace ya imparable, así por ejemplo el gobierno, en 1967,  autoriza la entrada de la policía en la universidad con lo que desaparece el fuero universitario de siglos, se decreta el estado de excepción en Vizcaya durante tres meses y se produce la detención de Marcelino Camacho, conocido líder fundador de las Comisiones Obreras, movimiento sindical clandestino que celebra numerosas asambleas en la parroquia del también conocido Padre Gamo en el barrio de Moratalaz de Madrid.

          Aunque las movilizaciones obreras seguían desarrollándose lentamente, la auténtica protesta, la que realmente ponía de manifiesto que el régimen estaba cuestionado y tenía una importante oposición fue la de los estudiantes y en este sentido el año 1968, al igual que sucedía en el resto del mundo aunque con sus singularidades, fue un año especialmente significativo ya que las Universidades de Madrid y Barcelona, así como la de otras provincias protagonizaron una lucha sin precedentes en la historia de la oposición al régimen.

          En este año se crea un cuerpo especial de policía universitaria autorizado para entrar y salir en todas las facultades y aulas, lo cual no impidió que se produjeran importantes acontecimientos como lo fueron la manifestación de mayo en Madrid y el asalto del Decanato de Filosofía protagonizado por más de mil estudiantes que protestaban por la prohibición de un homenaje a León Felipe, tras lo cual el Ministerio ordena un cierre de la Universidad de Madrid durante tres meses, cierre que se extiende también a otras provincias, al mismo tiempo que el gobierno decretaba ya en abril el estado de excepción en Guipúzcoa.

          Sin embargo, lo importante de este nuevo clima social que se comenzaba a respirar en todo el país a los efectos de comprender la naturaleza más íntima y profunda de lo sucedido con la Experiencia de Reforma educativa, es que estos nuevos aires reivindicativos, este nuevas exigencias democráticas que se van gestando en los estudiantes universitarios españoles, de alguna manera llegan también a Riotinto, no sólo por la presencia de curas y dirigentes obreros como veremos más adelante, sino también por el compromiso de profesores que se habían formado en Madrid y habían vivido y participado en todo el proceso de movilización estudiantil que comienza a consolidarse a partir de 1966 y que prácticamente no finaliza hasta la llegada de la Constitución en 1978[1].

          En su conjunto, para el periodo 1970-1975, como señala Juan Pablo Fusi (CARR, R. y FUSI, J.P. 1979), la conflictividad social presentaba en España a lo largo de estos años características tales como, continuidad de las movilizaciones y utilización de los actos públicos como una posibilidad para expresar la oposición; extensión progresiva a otros sectores de población que hasta entonces habían permanecido al margen, como serían los casos de la banca, sanidad, educación; represión especialmente dirigida al nuevo sindicalismo naciente representado por Comisiones Obreras y que se tradujo en la detención de sus dirigentes nacionales en 1972, represión, que a pesar de la aparente apertura del régimen a partir de 1969, desembocó en los asesinatos de Puig Antich y los del 27 de septiembre de 1975. Es en este periodo cuando se produjo el avance más importante en el número de jornadas perdidas por huelgas de todo el franquismo, aunque hubiese un decrecimiento en el ritmo de las mismas, de tal manera que en 1971 el número de jornadas perdidas representaban ya 7.000.000, en 1973 se estiman que fueron 9.000.000 y en 1974 y 1975 se alcanzó la cifra de 14.000.000, aumentando aún más en 1976, huelgas que tenían como rasgo distintivo común su motivación de solidaridad, lo cual venía a indicar que el régimen lejos de ser un elemento que garantizase la paz social, se convertía realmente en el obstáculo principal para la misma. (TUSELL, J.; 1998: 503-505).

[1]     De los profesores que tenemos constancia de que estudiaron en Madrid y vivieron los procesos de movilización estudiantil  se encuentran Tomás Alberdi y Mari Carmen Lampaya.


7.5.2.- Un nuevo sindicalismo. El nacimiento de CC.OO. en la Cuenca

        Toda esta ebullición obrera y estudiantil tuvo también como hemos visto, su reflejo en la cuenca minera, de forma que fue el periodo 1969-1973, cuando comienzan a gestarse los cimientos de un nuevo tipo de sindicalismo, el sindicalismo representado por las Comisiones Obreras, un periodo que coincide exactamente con el comienzo, desarrollo y final de la Experiencia objeto de nuestro estudio.

          Se trataba de un nuevo tipo de sindicalismo porque, no solamente se constituyó en una nueva estructura organizativa paralela al sindicalismo vertical vigente, sino que además trataba de superar los viejos esquemas verticalistas, centralistas, y espontaneistas del sindicalismo de la Repúbica, para asumir un trabajo de reivindicación, movilización y negociación, muy pegado a los problemas concretos de los afectados y al protagonismo de los trabajadores y con un tipo de organización muy flexible y adaptada a las condiciones concretas de ilegalidad, en el sentido de que en cualquier momento la propia estructura de base podía desaparecer, ocultarse o multiplicarse y coordinarse, donde y como fuese necesario.

          En cualquier caso se trataba de un  sindicalismo nuevo porque era participativo, asambleario, democrático, de carácter sociopolítico, no solamente ligado a la pura reivindicación economicista y del corto plazo, un sindicalismo nada burocrático ni jerárquico, muy pegado al puesto de trabajo, a las relaciones humanas, al diálogo y a la movilización, a la cooperación y a la responsabilidad individual, y que en el caso de la cuenca minera de Riotinto tiene una singularidad muy especial: se trata de un sindicalismo que combina valores cristianos y valores sociales, pretendiendo estimular y desarrollar en los trabajadores, no solamente nuevas expectativas de cambio y esperanza activa, sino sobre todo una actitud de solidaridad y de transformación interior permanentes, valores que como veremos más adelante son idénticos a los desarrollados por la Experiencia:

«…Yo allí estoy en un grupo de tres, Daniel Vivián Cano y el de Zalamea. Poco a poco empiezan a organizarse más gente en relaciones de confianza de amistad y empiezan las reuniones, empiezan a organizarse en cada pueblo. Empezamos por los departamentos, luego en la otra mina, conectábamos con otra gente que algunos venían de la época anterior y entonces es cuando empezamos ya, pues estas son las Comisiones Obreras… en las que de alguna manera yo soy el promotor… en la anterior mina no había aparecido todavía por allí eso… Nosotros empezamos a editar desde el principio, porque ya teníamos contacto con Comisiones Obreras. Era un riesgo muy grande que nos decapitaran rápidamente. Entonces empiezan las primeras Comisiones Obreras. Todos los que después van a constituir la UGT también proceden de ese primer movimiento. Cuando nace la Experiencia de la SAFA, es cuando nacen de forma organizada las Comisiones Obreras. Los de la UGT, prácticamente no comienzan a aparecer hasta que no legalizan el PSOE, e inmediatamente empiezan a darle cuartelillo a la UGT y este era el temor de la Empresa. Traen a una asistente social boliviana y promocionó UGT, claro, en la Empresa, como ella previamente había promocionado UGT...» (CERMEÑO IRISARRI, V.; 2000).

«…Desde que llega aquí Venancio, nunca había habido aquí un líder, quizás nunca se había hablado a los trabajadores de la forma que él hablaba: de que tenían que abrir los ojos, de que luchando se podían cambiar las cosas, de que no había que conformarse con todo, yo creo que fue el primero que decía que con la Empresa se puede, y con la Empresa se puede y los podemos demostrar que se puede con la Empresa, habiendo una unidad, habiendo un colectivo, trabajando, y moviéndose y poniéndose enfrente, que se podía cambiar, y además si no se podía cambiar se podía frenar… El empieza a organizar las Comisiones Obreras, e indudablemente empieza en los trabajos cuando hay problemas, pues a rebelarse sobre toda esa serie de cosas que decía, y todos lo asumían, porque el les empezaba a hablar de los derechos de los trabajadores, de que las condiciones laborales había que mejorarlas, de los medios de seguridad que había que mejorarlos, de los salarios que había que mejorarlos, de los primeros convenios colectivos que se empiezan a hacer, de unos comités ya de empresa muy organizados, enlaza totalmente con gente del PCE, gente que estaba en la clandestinidad, pues hoy entra un amigo, hoy entra un compañero en el trabajo… …Para adherirse a las Comisiones nos preguntaban ¿Tú ves la necesidad de cambiar las condiciones laborales en la comarca? ¿Tú ves que esto es justo? ¿Tú ves que esto se puede cambiar? Pues nosotros, nos decían, creemos que estando organizados lo podemos hacer. Yo ni sabía que amigos míos pertenecían a esos grupos o ya estaban organizados y no lo sabía, primero por la clandestinidad y segundo porque indudablemente había que tener mucho cuidado ya que aunque fuéramos amigos podía ser que yo fuera totalmente contrario a eso…» (GARCÍA DOMÍNGUEZ, N.; 2000b).

          De esta nueva síntesis entre solidaridad, democracia y justicia, entre valores espirituales y sociales, o si se prefiere entre liberación como proceso de desarrollo y mejora de las condiciones materiales exteriores y como proceso de transformación y perfeccionamiento interior, no nos resistimos a ofrecer la magistral descripción realizada por el propio Venancio Cermeño, en una de las intervenciones realizadas a los trabajadores cuando tenía ya decidida su marcha de la cuenca:

«…Si nosotros no cambiamos, es decir si nosotros no comenzamos una pelea con las propias tendencias internas que se están manifestando en el comportamiento del conjunto de la plantilla y de todas las plantillas de España, y que lo constatamos los sindicatos, si no iniciamos la pelea con nosotros mismos por defender lo mejor de lo que tenemos, y sigo pensando que lo mejor de lo que tenemos es la solidaridad, y no sólo con los compañeros de trabajo, sino con esos otros sectores de la población, jóvenes y ancianos, que de alguna forma están necesitando de las fuerzas vivas de una solidaridad para poder seguir existiendo. Si nosotros no empezamos esta lucha, desde luego no hay cambio. Yo no encuentro las razones morales por las cuales yo le puedo reprochar a Río Tinto Minera que gane todo el dinero que quiera a costa nuestra, o al gobierno que lleve a cabo su política con los más poderosos, cuando yo estoy haciendo lo mismo en mi lugar de trabajo o en la calle en donde vivo, cuando la fe la tengo puesta en mi cuenta corriente y en pasármelo lo mejor que pueda…» (RUÍZ BALLESTEROS, E.; 1998: 180)

[1]     Venancio Cermeño Irisarri. Entrevista 26.10.2000.

[2]     Natalio García Domínguez. Entrevista 22.09.2000.


7.5.3.- Cristianismo y movimiento obrero. Un equipo de curas

Para explicar estas singularidades del movimiento obrero de la cuenca minera de Riotinto hay que volver a remontarse a los años cuarenta, década en la que nace en nuestro país, gracias al impulso de Guillermo Rovirosa[1] y a la permisividad del régimen con la Iglesia Católica, la Hermandad Obrera de Acción Católica, (HOAC), una organización apostólica en torno a la cual va fructificar una fecunda síntesis entre los valores cristianos y los valores de emancipación y de solidaridad del mundo obrero. Organización católica especializada que junto a otras como las Hermandades del Trabajo, (HH.TT.) y la Juventud Obrera Católica (JOC) harán posible no sólo la síntesis entre lo obrero y lo cristiano, sino además la intervención social y política de abierta oposición a la dictadura de sectores eclesiásticos que hasta ahora habían permanecido al margen, entre los que hay que destacar también a los jesuitas con sus Misiones Obreras, todo ello al hilo de las nuevas perspectivas adoptadas por la Iglesia a raíz del Concilio Vaticano II.

          En aquellos duros años de la década de los cuarenta, Rovirosa afirmaba «…A Cristo le reconocemos con la ropa de obrero, con las manos encallecidas, con la frente sudorosa, cansado del trabajo…», mensaje en el que iban implícitos los tres pilares fundamentales de la HOAC: la dignidad de la persona, la dignidad del obrero y una teoría de la acción pilares que como ahora veremos se pondrán nítidamente de manifiesto en la cuenca minera de Riotinto

          Paralelamente a la HOAC, en la década de los sesenta aparece también en la escena social, política y educativa, con un nuevo vigor, la Juventud Obrera Católica (JOC), un movimiento también de Acción Católica que nace en la segunda década del siglo XX en Bélgica, gracias a la iniciativa de Joseph Cardijn, sacerdote e hijo de obrero, muy sensibilizado por la evangelización, la educación y las condiciones sociales en las que vivía la juventud obrera de su tiempo, preocupación que le lleva a poner en marcha un método educativo original de evangelización que combinaba elementos de cambio personal y de transformación social.

          Este método lo desarrolla Cardijn por medio de la acción, cuyo protagonismo corresponde en exclusiva a los propios jóvenes mediante la reflexión acerca de la propia vida y de la propia acción realizada en el contexto social al que cada joven pertenece. Consecuentemente la JOC se plantea como objetivo general educar a la juventud obrera partiendo por una parte, del reconocimiento de su realidad de explotación y de la necesidad de un orden económico y social más justo que les permita su liberación y su desarrollo personal más humano y por otra, de su fidelidad al mensaje evangélico como portador de un mensaje de liberación plena.

          En este sentido la JOC opta decididamente por los jóvenes más desfavorecidos en lo económico-laboral, en lo cultural-educativo y en lo socio-político. Su metodología, de la que hemos sido testigos y partícipes y de la que guardamos inolvidables recuerdos, se basa en tres momentos:

  1. VER: significa un esfuerzo de observación, de análisis descriptivo tanto de la realidad, del contexto social, de las condiciones materiales de existencia de los seres humanos y de los jóvenes, de los acontecimientos sociales y políticos, como de un esfuerzo de autoobservación y de autoanálisis que implique una revisión de vida.
  2. JUZGAR: como todo juicio, no es más que la reflexión para comparar basándose en criterios de valor las situaciones, los hechos y los acontecimientos del medio social y de la propia persona identificados y analizados en la fase anterior con aquellos valores que se desprenden del mensaje evangélico de liberación. Es un momento no sólo de reflexión individual, sino también de reflexión compartida y de diálogo colectivo, lo cual hace del proceso un acontecimiento extraordinariamente enriquecedor desde el punto de vista educativo.
  3. ACTUAR: significa comprometerse, realizar acciones concretas precisas y planificadas dirigidas a conseguir el objetivo obtenido de la discrepancia entre lo que hemos visto y entre lo que queremos ver, acciones dirigidas a transformar la realidad personal y la realidad colectiva o social, de tal manera que dichas transformaciones tienen que estar íntimamente unidas, ya que desde la propia acción social transformadora se va operando la transformación y el cambio de la persona que la realiza.

          Todo este cúmulo de acontecimientos, cambios y nuevas formas de articulación entre lo sociopolítico y lo cristiano tiene su particular manifestación en la cuenca, con la aparición en 1966, de un grupo de curas obreros, que procedentes del Seminario de Huelva se fueron a la comarca con objeto de trabajar en equipo conforme a los nuevos planteamientos conciliares. En todos ellos había un deseo de cambio, de participación, de democracia, pero sobre todo de coherencia evangélica y de opción preferencial por los pobres. Motivaciones que les llevaron a trabajar manualmente en las más diversas ocupaciones, ya fuese de albañil, camionero o minero. Como el propio Antonio Rioja Bolaños[2], nos relata: «…Aparecí en la Cuenca sobre el año 1966, en el que un grupo de curas se fueron a la comarca para trabajar en equipo en el ambiente, cultural, eclesial y político de aquellos años. Había un deseo de reforma, el Concilio estaba terminándose ya y había una efervescencia en todos los ambientes, había un deseo de cambio, de renovación de democracia, de participación… entonces un grupo de Huelva nos fuimos a la cuenca, con el deseo también de que algunos se fueran a trabajar manualmente para romper el muro que históricamente había existido de separación entre la Iglesia y el mundo obrero…» (RIOJA BOLAÑOS, A.; 2000a)

          Este grupo de curas, vendrá a jugar un papel fundamental ya no sólo en la acción evangelizadora, cultural y juvenil de la comarca, sino sobre todo en la impregnación al movimiento obrero y ciudadano de la misma, de una serie estrategias y valores que forman parte ya de su acervo ético e ideológico y que van a configurar en la década de los setenta una singular forma de entender los procesos de intervención social en la que se mezclan en fructífera síntesis marxismo y cristianismo, estilo de acción que llega hasta nuestros días, aunque ya limitado por otras condiciones socioculturales.

          Básicamente estos curas perseguían poner en marcha todo un proceso pedagógico evangelizador de intervención social caracterizado por los elementos de la teoría de la acción de la HOAC y de la JOC. Se trataba de:

  1. Descubrir y asumir la historia y realidad de los habitantes de la comarca, sus valores, sus contradicciones, sus vicisitudes, sus condiciones de vida y trabajo, sus aspiraciones, sus luchas obreras. Dicho en otras palabras, se trataba de “encarnarse” en los hombres y mujeres de la cuenca minera, hacerse igual a ellos no para catequizarlos desde una posición superior o de poder, ni para adoctrinarlos desde el paternalismo, sino para hacer coherente una opción personal de fe.
  2. Vivir la fe como un proceso de amistad, de encuentro humano, situando el valor de la persona por encima de cualquier otro, compartiendo circunstancias, inquietudes, cultivando la amistad, las relaciones personales y todos aquellos valores afectivos y sociales que hacen posible el compromiso, la responsabilidad y la solidaridad. Como nos vendrá a decir Antonio Rioja: «…A mi el contacto con el mundo obrero, en el trabajo y en todas esas cosas, a mi me ha liberado enormemente, porque yo allí en Nervano soy un personaje, yo allí soy Antonio Rioja, al que la gente aprecia no por su cargo, lo aprecian porque es amigo de él. Yo iba a cenar una noche con un matrimonio de amigos y no me recibían como personaje, me reciben como persona, como amigo y a eso se llama exactamente estar encarnado…» (RIOJA BOLAÑOS, A.; 2000b)
  3. La toma de conciencia de la realidad exterior y de la realidad interior, descubriendo los mecanismos de dominación, de alienación y enajenación, de opresión y explotación que obstaculizan el desarrollo pleno de la persona y que impiden su liberación en el más amplio sentido del término, tanto en su sentido de denuncia de situaciones injustas y de anuncio de alternativas superadoras, como de reflexión profunda sobre las contradicciones y errores propios y de compromiso para su corrección, descubrir en suma que el origen último de las injusticias no sólo está en las condiciones socioeconómicas dadas y heredadas de antemano, sino también en el corazón mismo del ser humano que mediante su dependencia y su egoísmo se esclaviza a esas condiciones: «…No es ese el camino, estamos luchando para estar mejor, pero no es revolucionario solamente el que hace la revolución y es capaz de conseguir, mejor salario, mejores condiciones de trabajo, hay también una revolución interna de la persona y la revolución interna de la persona tiene que ir acompañada de la otra revolución. Y yo creo que esa revolución interna se transmitía en la Escuela, y no se puede hacer una revolución, o digamos transformar la sociedad si de verdad no está la revolución personal de uno. Uno no es revolucionario porque dice, yo soy revolucionario, no, tú tienes que demostrarlo día a día y no tienes que demostrarlo sólo en el trabajo, tienes que demostrarlo con tus amigos, tienes que demostrarlo con tu mujer, lo tienes que demostrar con tus hijos, pues lo tienes que demostrar en todos los aspectos. Un revolucionario no es el que dice, oye, que aquí yo soy capaz, soy más valiente y yo me pongo al frente de la policía, de la guardia, o si me meten en la cárcel y peleo, oye, pero si tú haces eso y después tú en tu casa, con tu mujer, eres autoritario, antidemocrático, pues tú no eres revolucionario, sino todo lo contrario, al menos esta es la idea que yo tengo…» (GARCÍA DOMÍNGUEZ, N.; 2000b).
  4. Hacer una pedagogía de la praxis, que combinase la teoría y la práctica en permanente proceso de creación: hacer visible lo pensado, apostar fuertemente por las convicciones al mismo tiempo que se hacía mental lo practicado. Obtener conocimiento de la práctica y devolverlo a la realidad en prácticas superadoras y desveladoras de la opresión. Una pedagogía de la praxis que se hace liberadora y profundamente política en la medida en que interviene no sólo con uno mismo en la búsqueda de coherencia, y también con los demás compartiendo aspiraciones e inquietudes, sino sobre todo que interviene en la sociedad cercana buscando y denunciando aquellos mecanismos que reproducen la esclavización y la explotación, apuntando a las estructuras generales de dominación que hacen posible la reproducción ampliada de un modelo de civilización que niega la vida y la igual dignidad de la persona como ser humano, una pedagogía en suma de la responsabilidad, de la coherencia y de la práctica del compromiso: «…¿Qué cosas teníamos que hacer, sólo manifestaciones, sólo huelgas, sólo conquistas? Pero, por mucho que se conquiste… ¿Qué tienes que hacer para que la gente esté dispuesta a asumir su responsabilidad? El problema no es fácil. O como un compañero que había seguido cursillos de sindicalismo, decía, éste me ha hecho polvo, porque yo antes vivía muy tranquilo, y ahora vivo peor. El nacimiento a la responsabilidad no siempre es saludado por las personas a las que las has puesto ante la realidad de una manera positiva…» (CERMEÑO IRISARRI, V.; 2000).

          En el equipo de curas obreros de la cuenca, además de Antonio Rioja Bolaños, estaban también trabajando en la mina, Manuel Martín de Vargas[7] y Gregorio Arroyo Mantero, grupo al que se suma también Juan García Muñoz[8], que siendo aun seminarista aparece en la cuenca en el curso 1966-67 con objeto de trabajar en la aldea de La Naya, junto a Manuel Martín de Vargas: «…Allí paso un año con Manolo, trabajo y descubro tres o cuatro cosas que para mí siguen siendo esenciales en mi vida. Primero el mundo obrero y yo me hago obrero. Segundo la opción por los pobres. Tercero el estudio del Evangelio en profundidad y humanidad, para saber lo que hay detrás de cada Evangelio, quizás el Jesús humano de Marcos, más que el de Mateo. Total que allí durante ese año, lo paso haciendo esas actividades y yo vuelvo de vez en cuando al Seminario…» (GARCÍA MUÑOZ, J.; 2002)

          Aquel grupo de sacerdotes, inspirados en su mayoría por la “espiritualidad de El Prado”[10] se plantean básicamente las siguiente líneas de actuación:

  1. Pasar de la práctica tradicional de cura sacramental, dispensador de sacramentos y administrador de liturgias y ceremonias, a un concepto de lo que es una comunidad cristiana y sobre todo una comunidad cristiana comprometida con un pueblo, con objeto de desarrollar todas las posibilidades de ese pueblo, todo lo mejor de ese pueblo, no solamente de cara a su identidad, sino fundamentalmente a su liberación.
  2. Si las condiciones de vida en la que se desenvolvían los habitantes y trabajadores de la cuenca eran efectivamente calamitosas, en cuanto que sus derechos humanos básicos estaban realmente pisoteados en la mina, la cuestión de la evangelización no podía entenderse sin la encarnación, es decir, sin el compromiso vivo con los oprimidos, no “por” o “para” ellos sino “con” ellos, es decir, participando y comprometiéndose activamente en su situación, luchando con ellos para salir de las condiciones de opresión. No se trataba por tanto de quedarse encerrados en las sacristías, sino de estar en la calle al lado de los que sufren, para combatir y luchar con ellos contra el sufrimiento. «…Había habido un cambio y ese cambio lo facilitó el hecho de que muchos de los que morían de silicosis, a sus familias no les quedaba absolutamente nada. El médico de la Seguridad Social de aquella época firmaba la defunción como si fuera una afección pulmonar, entonces yo me fui a Sevilla y estuve a través del Partido Comunista y varias organizaciones sensibilizadas con este tema y ellos mandaron aquí dos o tres médicos que desenterraron a los fallecidos por silicosis, para certificar la muerte y le quedase así una pensión a la mujer. Yo precisamente estuve con el policía secreta que estaba como una sombra detrás de mí, y así estuve presenciando las autopsias. Recuerdo que uno de aquellos fallecidos me dijo antes de morir: “¿Qué va a ser de mi familia?” y yo le dije que no se preocupase porque allí lucharíamos hasta el final hasta que eso se aclarase…» (GARCÍA MUÑOZ, J.; 2002).
  3. Para llevar a cabo este doble objetivo de encarnación y liberación, no bastaba el compromiso personal y por tanto necesariamente había que organizarse, había que acudir a aquellos lugares en los que el pueblo convivía, había que participar en aquellas organizaciones populares que luchaban por la justicia y por mejores condiciones de vida y había que asumir también los costos y riesgos que tal actitud de fidelidad evangélica suponía: «…Hay que tener en cuenta que el ambiente que había en Nervahasta que llegó el equipo de curas, era un ambiente anticlerical total. Yo entraba en las tabernas y la gente se callaba, y eso que iba siempre en pantalones vaqueros, me decían “el cura de los vaqueros” y en las tascas, por ejemplo en la tasca de Silva, en la que repartían las consignas del Partido Comunista, pues todo el mundo se callaba. Allí cerraban las puertas y yo me quedaba dentro y me enteraba de todo. Allí dejaban los obreros los canastos y el Silva les metía los papeles…» (GARCÍA MUÑOZ, J.; 2002).
  4. Se trataba en suma de poner la Iglesia al servicio de las causas obreras y de los más necesitados, siguiendo tanto la espiritualidad pradosiona de humildad, caridad y sacrificio, pero utilizando una metodología dialéctica basada en el Ver, Juzgar y Actuar: «…. En mi parroquia, la parroquia de San Bartolomé de Nerva, por ejemplo Cáritas era auténticamente el Socorro Rojo. Ese detalle, para mí es básico, es decir que el apoyo a las huelgasque había entonces de Soloviejo, de Mina Concepción y allí en Mina Concepción había otro compañero que estaba en el equipo. Por ejemplo, allí nacieron los sindicatos de Comisiones Obreras con Venancio y toda esa gente. Allí, en los salones de mi parroquia… Otro detalle importante fue que cuando se produjeron las reconversiones y hubo traslados de numerosas familias, pues yo fui a Galdácano y a Sallent, a ver como iban a vivir allí los trabajadores de la cuenca trasladados…» (GARCÍA MUÑOZ, J.; 2002).

          Encarnación, liberación, organización, opción por los pobres, metodología dialéctica, elementos en suma que configuraban una singular síntesis entre compromiso social, reflexión cristiana y análisis concreto de la realidad en concreta, síntesis cuyas raíces eran profundamente evangélicas, proféticas y educativas, porque aquel equipo de curas no tuvo nunca reparos para denunciar las injusticias sociales que afectaban a las gentes de la cuenca, como a proclamar abiertamente el anuncio de liberación del mensaje evangélico.

          Su compromiso y coherencia eran manifiestas, ya no solo por su actitud permanente de servicio, de entrega y testimonio diario de vida junto a los más necesitados de la cuenca, sino también por sus valentía al denunciar abiertamente en sus iglesias la situación de represión a que estaba siendo sometido el pueblo español y en particular el movimiento obrero en aquellos primeros años de la década de los setenta, denuncia de la que es una buena muestra la homilía que hicieron el domingo anterior al 1º de mayo de 1973 y cuyo contenido, dado su valor ético, testimonial e histórico, no nos resistimos a transcribir: 

«Homilía para el domingo anterior al 1º de mayo.

Hechos 5, 27-32 y 40-41. Apocalipsis 5, 11-14. Juan 21, 1-14.

Introducción: los textos leídos fueron palabra de Dios para la experiencia creyente de los primeros cristianos, la tradición de la iglesia nos los ha transmitido a nosotros, y son hoy para nosotros una palabra que orienta y suscita una nueva audición. En esta serie de domingos que siguen a la celebración de la Pascua cristiana y en especial hoya ante el 1º de Mayo, fecha histórica del movimiento obrero, nuestra fe cristiana está llamada a renovar y a expresar de nuevo su convicción en la Resurrección de Jesús como lo expresaron estos textos.

1.- Pesan sobre la clase obrera y el pueblo una serie de prohibiciones formales y reales, desde la  prohibición de no tener esperanza por otra cosa que no sea los 14 aciertos de la quiniela dominical, hasta la prohibición de “enseñar en nombre de Jesús”. Vivimos rutinariamente sometidos a un conjunto de prohibiciones.

          Prohibidas las asociaciones populares, de vecinos, de cabezas de familia, de amas de casa. Prohibida la sindicación libre, las reuniones obreras y el que quede tiempo siquiera para ellas; prohibida la huelga y la manifestación. Prohibida la libertad de expresión. Prohibida la elección de representantes. Prohibidas las asociaciones y organizaciones políticas. Prohibido un salario mínimo que no tenga que ser complementado con cuatro horas extras y con sistemas de destajo o rendimiento o primas de producción. Prohibida la contratación de convenios en los que sienten en la mesa la patronal y la laboral con un mínimo de igualdad de condiciones. Prohibido el acceso del pueblo al poder y por supuesto la conmemoración del 1º de Mayo.

          Prohibido en fin tener escuelas y el acceso a la Universidad. Prohibido el acceder a la cultura y no sólo al escalafón de categoría. Prohibido señalar con el dedo la violencia establecida y prohibido perder los estribos violentamente cuando se dan largas a las necesidades del pueblo.

          Prohibido ajustar los precios a los salarios y no los salarios a los precios manteniendo siempre aquellos por debajo del nivel de crecimiento para incitar el estímulo de producción al mismo tiempo que se ofrece el consumo.

          Prohibido estar más de unos minutos en la consulta de nuestra Seguridad Social. Prohibido a unos: tener posibilidades de piso a la hora de constituir una familia; y prohibido prohibir a otros: que tengan más de dos pisos o especular con nuestro suelo.

          Prohibido enseñar en nombre de Aquel que “vino a redimir a los cautivos, a dar vista a los ciegos,,,” (Isaías 61,1 y Lucas 4) o que llamó bienaventurados a los pobres.

2.-      ¿Es posible creer en la Resurrección de Jesús y proclamarla si no se toma una postura como la de los Apóstoles de obedecer a Dios antes que a los hombres?

          Un teólogo moderno acaba de afirmar en un diario de la capital que “la fe es un derecho del pueblo” ¿Podrá expresar esa fe un pueblo cuyos mandatarios en las Cortes aplauden durante 23 segundos lo que puede ser una requisitoria de silencio para “no hablar en nombre de Jesús” hecha por el presidente del Gobierno?

          La iglesia se define a sí misma como sacramento, signo de salvación y de liberación de los pueblos ¿Podrá ser inteligible este signo a los hombres cuando el nivel, no de principios, sino de realidades se dan posturas de conciliación y pactos, instrumentalización d ela Fe y la Esperanza en el orden del más allá.

3.- Los apóstoles y muchos otros compañeros del trabajo y del vivir cotidiano han respondido a estas preguntas con palabras y con hechos, porque a pesar de todo el Plan de Dios en Cristo, Jesús es la liberación total de los hombres y de los pueblos.

          A pesar de todo, Dios resucitó a Jesús, a quien nuestras prohibiciones, nuestras sumisiones, nuestros pactos, mataron colgándolo de un madero.

          A pesar de todo, no puede ser verdad que el que se mete a redentor sale escarmentado.

          A pesar de todo la resurrección es una esperanza, que no solo nos remite al “más allá” en el terreno de la historia, sino que nos hace comprometidos y acreedores en la tarea transformadora de nuestras realidades del “más acá”. Esperanza audaz que sobrepasa los cálculos prudentes, las sumisiones instaladoras a costa de los que nos son cercanos. Esperanza luchadora contra todas las ideologías, las sabidurías de “este mundo”, contra el escepticismo y la resignación.

          A pesar de todo, la diestra de Dios lo exaltó haciéndolo Señor y Salvador sin reducir las posibilidades de futuro personales y estructurales a las dimensiones del pasado.

4.- Cercanos a esta resurrección de Jesús y al recuerdo de las luchas y víctimas del Movimiento Obrero, podemos afrirmarnos solidarios y sin vacilaciones ante esta actitud del “a pesar de todo”

son un hecho las víctimas de Chicago de 1886.

Son un hecho las víctimas de la represión en España.

Son un hecho los más de 150 años de cárcel en el proceso 1001.

Son un hecho las 300 detenciones políticas en los primeros 100 días de nuestro actual gabinete gubernamental.

Son un hecho las amenazas, las coacciones y detenciones para los que enseñan en nombre de Jesús.

Son un hecho que minetras las “comisiones de empresarios” celebran sesiones con representantes de nuestro Gobierno en importantes hoteles y restaurantes de Madrid acerca de nuestra situación económica, los primeros cálculos de tal situación ponen en un 20 % el aumento real del coste d ela vida para finales de año. Mientras, el pueblo tendrá que soportar ese aumento con una ridícula acomodación de su salario y con nuevas vejaciones de impuestos municipañles indirectos.

5.- Pero este es el día del “a pesar de todo” porque como dice San Juan en su lenguaje simbólico.proféstico del Apocalipsis “digno es el cordero degollado de rewcibir el poder, la sabiduría, el honor…”.

en la medida en que cada uno nos comprometamos en esta tarea transformadora pervivirá nuestro esfuerzo aun después del fracaso y seremos dignos de recibir lo que en Jesús se nos da como primicia y anticipo. » [14]

          A aquel grupo de curas, se sumó también nada más llegar a la cuenca, Venancio Cermeño Irisarri[15] en 1969, personaje que terminaría por ser uno de los líderes sociales más carismáticos de la historia social de la cuenca minera en la 2ª mitad del siglo XX, y que aunque no era sacerdote sí tenía unas raíces profundamente cristianas, como así nos lo confirma Antonio Rioja: «…En aquel grupo, estaba yo, estaban esos dos curas, Manolo Martín y Gregorio Arroyo y estaba Venancio, pero Venancio no era religioso, es de origen y de raíces cristianas. Toda su evolución, su toma de conciencia y la opción por el mundo obrero, por el pueblo y todas esas cosas, Venancio tiene una raíz, más qué…iba a decir religiosa, pero no es religiosa es evangélica, lo cual me parece un matiz muy importante ya que mientras que la religiosidad es por así decirlo un instinto más o menos espontáneo de los pueblos sencillos, donde el componente de magia, de irracionalidad es muy importante, donde los mitos, las fórmulas míticas, las fórmulas cultuales intervienen mucho, el evangelio, no tiene nada de mito, sino que es un análisis de la condición humana y del valor del ser humano y donde todo el componente ese, mágico, de un poder trascendente, poderoso y que decide y manipula el destino, todo eso se derrumba, en el evangelio eso no aparece por ningún lado…» (RIOJA BOLAÑOS, A.; 2000b).

          La importancia que Venancio Cermeño tiene, tanto en la configuración de un nuevo tipo de liderazgo en la cuenca, como en la conformación de esa nueva mentalidad que procedente en sus raíces de la HOAC y de la JOC, sintetiza marxismo y movimiento obrero de un lado con cristianismo y revolución interior por otro, recogiendo a su vez todas las nuevas corrientes de  la teología de la liberación que habían surgido en América Latina, la hemos podido verificar con numerosos testimonios, los cuales nos ponen de manifiesto que su figura no sólo es comparable con las de Tornet, Egocheaga o Lunar desde la perspectiva del liderazgo obrero y popular como ya hemos señalado anteriormente, sino que su significado va mucho más allá del liderazgo formal, en cuanto que ejerce una influencia mucho más profunda, que dará lugar al nacimiento de una nueva forma de hacer sindicalismo, a una nueva forma de trabajar socialmente y de servir a los demás e incluso de hacer política, una nueva forma en suma, basada en unos valores que son la expresión de un desarrollo interior, o si se prefiere de un crecimiento espiritual que está en permanente dialéctica con las exigencias de la realidad:

«…Yo admiro a Venancio, y me emociono al hablar de él, porque yo he aprendido tanto de ese hombre…De Venancio he aprendido la plena dedicación, la honradez ante todo, el trabajar y darlo todo sin a cambio nada. Por eso, porque él al final se marcha y piensa que después de tantas luchas, que hemos sido digamos, en esta comarca, pionera en el movimiento obrero, vanguardista en la lucha obrera, pues algo debe de quedar en los obreros, que no sea después que aprovechándote tú, de esas luchas o de esas conquistas, tú vayas después y tú sólo sin darte cuenta, o dándote cuenta, te vayas posicionando en cuestiones burguesas, en cuestiones de decir, yo quiero más, yo quiero ganar más dinero, y yo quiero esto y yo quiero lo otro…» (GARCÍA DOMÍNGUEZ, N.; 2000B)

«…Cuando llegó Venancio a la Cuenca era como un mito porque la gente veía que se desenvolvía bien en todos los ambientes y era capaz de mantener una reunión con un jefe o cuando había que plantear algo él era capaz de dar la cara y de comportarse de esa forma, de tratarlo de igual a igual, y claro eso le hacía ver a la gente… y eso para mí era también una admiración. A Venancio lo quiere mucha gente en la Cuenca, aunque para todos los gustos, porque después ya se hace Comisiones y luego empiezan las historias de Comisiones con los convenios y como ocurre con todo, de cara a algunas personas pues se deteriora un poco la imagen, pero yo creo que ha sido una persona importantísima en todo el movimiento de la Cuenca Minera, por su forma de ser, por su comportamiento, por la valentía que tuvo…» (BERMEJO NAVARRO, M.; 2000)

          En igual sentido hemos podido recabar otros testimonios que dejan bien patente que la importancia de la figura de Venancio Cermeño Irisarri no está probada solamente por los testimonios de sus propios compañeros, sino también por la de sus adversarios políticos y sindicales, testimonios de los que nos da cuenta Esteban Ruíz Ballesteros:

«…Dentro de la mediocridad general respecto a los liderazgos en la Cuenca habría que señalar a un hombre por su esfuerzo, que es Venancio Cermeño, hay que reconocerlo. (Alcalde de Nerva. PSOE y UGT).

No he tenido nunca problemas en la empresa, una vez tuve un pequeño problema en un accidente de trabajo que la empresa no quería reconocer como tal y me lo arregló Venancio. Venancio dijo que no me preocupara y me solucionó el problema en cuestión de horas… Si por alguien me inclinara, alguien que haya desarrollado una labor de cambio de mentalidad en la zona, es Venancio Cermeño. Ha sido una persona que ha influido mucho. (Concejal de Nerva. PSOE y UGT).

Pero digamos que mi maestro fue Venancio Cermeño, para mi conocerlo en un momento de mi vida fue conocer a una bellísima persona, una gran persona que lo ha dado todo por los demás, luego políticamente hemos sido dos grandes contrincantes, hemos estado siempre en contra, yo he estado en contra de Venancio en todo… Venancio ha sido una de las personas que más ha dejado su vida y su piel en esta comarca y que ha hecho que suene la Cuenca a nivel político y sindical. Venancio es para mi el padre de la Cuenca Minera hoy en día. (Funcionario en Nerva)…» (RUÍZ BALLESTEROS, E; 1998: 177)

          Por último, este panorama no estaría completo si no considerásemos la centralidad e importancia del personaje al que se debe la puesta en marcha de la Experiencia de la SAFA, y al que tampoco podemos dejar de expresar aquí el importante impacto que causó en los profesores y alumnos de la Escuela Profesional, ya no sólo por sus valores, idénticos por otra parte a los del conjunto del equipo de curas, sino sobre todo por sus dotes de brillante inteligencia crítica, dialéctica y reflexiva, capacidades que hemos conocido a través de numerosos testimonios, pero también gracias a la experiencia de convivencia mantenida con él a lo largo de todo el proceso de realización del presente estudio, lo que nos ha permitido introducirnos, gracias a su inestimable ayuda, en lo que actualmente consideramos el mayor y mejor proceso de aprendizaje de nuestra vida. Nos estamos refiriendo sin duda, a Miguel Ángel Ibáñez Narváez, director de las Escuela Profesional SAFA de Riotinto desde 1970 a 1973 y promotor de la Experiencia que nos ocupa.

[1]     Guillermo Rovirosa Albert, nació en Villanueva y Geltrú (Tarragona) el 30 de agosto de 1897. Cursó estudios de ingeniería industrial y química. Tras su conversión al cristianismo realizó los cursos del Instituto de Cultura Religiosa Superior. Al finalizar la Guerra Civil es encarcelado y procesado por haber presidido el Comité Obrero de su empresa, cargo que ocupó por elección unánime de sus compañeros a pesar de no haber pertenecido a ningún partido político ni sindicato. En 1946 forma parte del grupo iniciador de la Hermandad Obrera de Acción Católica (HOAC) de la que, desde el principio, sería su gran inspirador y de la que sería excluido en los sesenta. Colabora, poco después, al lanzamiento de la “Editorial ZYX”, de la que sería su primer presidente. Su entrega militante a la promoción de los pobres fue total. Su esposa se retiró de su vida, sin contar con él, para  no estorbar su entrega militante. Su capacidad científica era de tal calidad que llamó la atención de personalidades como Albert Einstein..

      (En http://www.gobcan.es/santalucia/paginas/CiudadSolidaria/cmsolidaridad1.htm)

[2]     Antonio Rioja Bolaños además de haber sido y seguir siendo un cura obrero, es también uno de los estudiosos de la cuenca minera, especialmente de su movimiento obrero y sus luchas sociales . Nacido en Jabugo en 1936, estudia en el Seminario Diocesano de Huelva, haciendo Teología en la Universidad de Comillas y participando del movimiento de “Curas de El Prado”, iniciado en Francia por Monseñor Ansel. Se instala en la cuenca en 1966 como párroco de El Campillo y participando constantemente en todo tipo de actividades evangelizadoras , sindicales, sociales y políticas, creando junto a otros compañeros de sacerdocio el conocido en toda la comarca como “Equipo de Curas”. A él entre otros, hay que atribuir también, el fortalecimiento del nuevo tipo de sindicalismo representado por las Comisiones Obreras y la dinamización de todo tipo de actividades dirigidas reivindicar derechos humanos, políticos y sociales. Comprometido política y socialmente llegó a ser concejal de Nerva en la listas del Partido Comunista de España, realizando también las más diversas ocupaciones, desde chófer, hasta albañil y profesor de Religión en la propia Escuela SAFA, en los tiempos de Gil Varón. Actualmente, ya jubilado de sus ocupaciones profesionales sigue ejerciendo su vocación sacerdotal en Almonater la Real (Huelva), población de la que procede toda su familia y en la que permanece hasta su jubilación a finales de los años noventa.

[3]     Antonio Rioja Bolaños. Entrevista 10/08/00

[4]     Antonio Rioja Bolaños. Entrevista 28.12.2000.

[5]     Natalio García Domínguez. Entrevista 22.09.2000.

[6]     Venancio Cermeño Irisarri. Entrevista 26.10.2000.

[7]     Manuel Martín de Vargas, que sigue actualmente de sacerdote en Huelva como responsable diocesano de la Misiones, fue uno de los primeros que llegó a la cuenca después de haber estudiado Teología y haber abandonado una prometedora carrera como abogado. Durante muchos años estuvo trabajando en la mina y su trayectoria biográfica está jalonada de compromiso y encarnación evangélica con los más pobres de los pobres, habiendo estado de misionero en Perú durante más de ocho años, además de en Cuba y en África. A su liderazgo personal y evangélico, se debe en gran medida el impulso transformador, liberador y de testimonio que se vivió en toda la cuenca a lo largo de casi una década.

[8]    Juan García Muñoz, nace en 1946, y según él mismo nos relata ingresó en el Seminario a una edad muy temprana, a los diez años, porque en los años cincuenta, el Seminario era un forma de estudiar y de prosperar para las familias pobres y humildes. Posteriormente estudia filosofía en Huelva, incorporándose a la cuenca en 1966, sin embargo y tras las dificultades y objeciones que le puso el obispo para la culminación de sus estudios de Teología y su posterior ordenación como sacerdote, decide marchar a Francia en 1968, país en el que completar sus estudios en la Universidad Católica de Lyon, al mismo tiempo que realiza los más humildes trabajos ya fuera lavando platos o en una fábrica de cemento junto a emigrantes de otras nacionalidades y al amparo del movimiento de curas obreros liderado por Monseñor Ancel, o lo que se denomina como “espiritualidad pradosiana”. Posteriormente vuelve a la cuenca en 1971, siendo ordenado en la parroquia de S. Bartolomé de Nerva en la que ejerció como coadjutor y como profesor de Religión en el Instituto hasta 1975, fecha en la que pasa a trabajar en la creación junto a Martín de Vargas, de una nueva parroquia en Huelva, ciudad en la que realiza los más diversos trabajos como taxista, repartidor de pan o conductor de autobús, para finalmente secularizarse en 1980, aunque sin abandonar su activismo cristiano y social.

[9]    Juan García Muñoz. Entrevista de 10.08.2002.

[10] La conocida como “espiritualidad de El Prado” tiene su origen en la ciudad de Lyon en 1856, gracias a la obra del Padre Antonio Chevrier, beatificado en 1986. Sus biógrafos nos dan noticia de que trabajando como coadjutor en un barrio de Lyon que sufrió una tremenda inundación por el Ródano, realizó verdaderos actos de heroísmo para salvar a los damnificados, tras lo cual obtuvo su “conversión”, decidiendo seguir a Cristo con un nuevo enfoque, es decir, partiendo de su amor por el hombre, de su humildad, su desprendimiento y su amor a la pobreza. Básicamente, Chevrier será uno de los pioneros del apostolado social en el siglo XIX. Con esta opción preferencial por los más humildes y desheredados, adquiere una sala de baile llamada “El Prado”, en la que fundó la Providencia del Prado, en la que atendía a jóvenes marginados y obreros. Fue párroco durante un corto tiempo y de él sabemos que no cobraba los derechos parroquiales, lo cual no era bien visto por sus propios compañeros. Finalmente, dejó la parroquia y se dedicó íntegramente al mundo obrero. De esta forma, se le unieron otros sacerdotes con el mismo espíritu, fundando la “Sociedad de los Sacerdotes del Prado”, hoy extendida en 34 países, y que trabajan, sobre todo en suburbios, y también como obreros. Su miembro más conocido actualmente es Monseñor Ancel. La espiritualidad del Prado se basa en tres pilares: el Pesebre, la Cruz y la Eucaristía. “Pobres y despojados como Jesús en el Pesebre, crucificados como Jesús en la Cruz, comidos como Jesús en la Eucaristía”.

[11]   Juan García Muñoz. Entrevista 10.08.2002

[12]   Juan García Muñoz. Entrevista 10.08.2002

[13]   Juan García Muñoz. Entrevista 10.08.2002

[14]   Homilía del domingo anterior al 1º de Mayo de 1973. Equipo de Curas de la cuenca minera de Riotinto. Archivo provado de Antonio Rioja Bolaños.

[15] Venancio Cermeño llega a la cuenca minera en 1969 procedente de París, ciudad en la que había estado estudiando Sociología en Nanterre, en la Universidad de La Sorbona. De su estancia como estudiante en París en el emblemático 1968, guarda vivos recuerdos de grandes intelectuales como Raymond Aaron o Louis Althuser, o Roger Garaudy, a los que conoció y escuchó en persona. Seguidor y participante del movimiento cristiano internacional de Taizé, decide junto a otros compañeros de estudio abandonarlo todo y dedicarse al compromiso, la actividad y la militancia social, con la idea en un principio de marcharse a África o a América Latina, aunque finalmente decide venirse a España. En los cinco años que estuvo en Francia, conoce a muchos españoles del exilio, especialmente en el centro de estudios Garaudy, en el que se celebraban encuentros permanentes de diálogo entre marxistas y cristianos, encuentros a los que asiste y participa, sirviéndole este contacto con los españoles como motivación para volver a España, con la idea de buscar también puntos de convivencia, diálogo y democracia. Con esta motivación y compromiso recorre toda Andalucía buscando trabajo en el campo, trabajo que no encuentra, hasta que por fin recala en Riotinto, lugar en el que consigue su primer trabajo tras la vuelta , concretamente como conductor, en la Empresa minera Río Tinto Patiño, no sin dificultades. Como él mismo nos cuenta: «…Yo entré en la empresa por casualidad, tenía un debate con un tal Ducló, hermano de la Teresa Ducló, que es pintora también y un debate porque yo decía que no había cambiado nada, que eso era una farsa. Claro, había hecho un examen para peón y no me aceptan, otro examen para chófer y no me aceptan y le dije, ¿Aquí que pasa? ¿Qué tenéis universitarios? Porque a mí me lo han dicho algunos colegas infiltrados, que aquí a los peones no le pasan tests, entonces vino un ingeniero y dijo, oye, tengo que colocar al novio de mi criada porque si no, se me va de casa y no se qué…oye pues esto es un cachondeo, no, pues a este chico también lo metes, o sea que entré en la empresa de carambola…»

[16]   Antonio Rioja Bolaños. Entrevista 28/12/00

7.6.- CONCLUSIONES

        Anteriormente hemos señalado que el propio nacimiento de la Escuela responde a las características de un contexto socioeconómico y sociopolítico en el que una empresa que desea mostrar que no es menos que sus antecesoras está necesitada de una formación profesional para sus trabajadores del tal manera que estos puedan adecuarse a las nuevas exigencias tecnológicas de la expansión industrial, y en el que toda la población la comarca percibe dicha formación como un factor muy importante de ascenso y privilegio social, y todo en un marco político dictatorial, en el que su gobierno pretende crear una imagen de modernidad y autosuficiencia.

          La Escuela nace en 1959 en este contexto, pero no puede olvidarse que se trataba de un contexto en el que nuestro país vivía en un tiempo de reducción de salarios, aumento del paro, reducción de la inversión, lo cual permitió que su creación se percibiera durante gran parte de la década como un importante logro y privilegio de bienestar social en toda la comarca. No obstante esta percepción no es uniforme. Sutilmente comienza a cambiar a partir de los tres o cuatro primeros años de funcionamiento, sobre todo por dos razones, la primera porque las expectativas de empleo y bienestar generadas por la Escuela no se cumplían y la segunda porque la selectividad de los alumnos era muy fuerte y realmente eran pocos los beneficiados

 en los primeros años.

          Como hemos visto, la década en la que la Escuela inicia su andadura es también la década de la emigración, del éxodo rural, de la explotación de bajos salarios y horas extraordinarias, de la inexistencia de infraestructuras en los pueblos y fundamentalmente de la pérdida continua de puestos de trabajo en la Empresa minera, trabajo que por otra parte se realizaba en unas condiciones laborales infrahumanas y contra las que no te podías rebelar, dado que la huelga y cualquier tipo de movilización eran consideradas un delito. Y si a esto se une el pesimismo y el conformismo del carácter social de un pueblo secularmente dominado, obviamente las expectativas acerca de la Escuela comenzaron a ir poco a poco cambiando, hasta el punto, como ya tendremos oportunidad de comprobar, de que la desmotivación y el desinterés del alumnado alcanzaron cotas realmente muy preocupantes al final de la década.

          Al mismo tiempo en que se producía esta especie de desencantamiento de las posibilidades de la Escuela, aunque seguía siendo demandada dada la progresiva conciencia que la población iba adquiriendo de lo imprescindible de una formación profesional para obtener un empleo presente o futuro, conciencia por otra parte que procedía de la tradicional percepción que se tenía de que los habitantes de la comarca constituían un pueblo culto, lo cierto fue que en el panorama social, tanto a nivel internacional como nacional, las cosas comenzaron a cambiar muy profundamente y de forma muy significativa en el movimiento obrero, las concepciones religiosas y el movimiento estudiantil.

          En el reducido espacio geográfico y social de la cuenca minera de Riotinto por tanto, se cruzaban entonces muchas cosas que producían una mezcla muy singular, de condiciones sociales de bienestar muy deficientes y de desesperanza aprendida por un lado, pero por otro una incipiente percepción de que las cosas podían comenzar a ser distintas y así muy poco a poco la comarca comienza a despertar de su letargo y de su fatalismo, despertar que comenzó a hacerse cada vez más visible a partir de 1966 con la llegada del equipo de curas, y ya completamente perceptible en el periodo 1969-1973, periodo en el que coinciden paradigmáticamente, un nuevo tipo de Empresa, la representada por RTP, el nacimiento del nuevo sindicalismo representado por las Comisiones Obreras, el desarrollo de un nuevo tipo de religiosidad animada por el equipo de curas y la realización de la Experiencia de Reforma educativa. Cuatro acontecimientos que se dan unidos en el tiempo y que están bastante relacionados entre sí en cuanto que hay una muy fluida comunicación y significativas coincidencias entre los personajes que ejercían el liderazgo de los mismos: Fernando Plá, Venancio Cermeño, Miguel Ángel Ibáñez y todo el equipo de curas.

          Al mismo tiempo que se inicia a partir de 1966 con el equipo de curas, todo un clima renovación y esperanza que es el producto también de una “década prodigiosa” y de todo un proceso nacional de movilizaciones obreras y estudiantiles que no terminan ya prácticamente hasta 1977 (el año 1970 fue el que más conflictos laborales por motivaciones políticas produjo), se va produciendo también un proceso lento, aunque progresivo tanto de la atención que la Empresa minera prestaba a la Escuela como del desencantamiento de la educación por parte del alumnado, puesto que ya no es ese tipo de alumnos selectos, interesados por el aprendizaje y el estudio, disciplinados y que consideraban la Escuela como un privilegio, procesos que alcanzan su punto más álgido en el año 1970, el año en que comienza la Reforma educativa.

          En consecuencia, y de la misma manera que la creación de la Escuela no fue algo fortuito, sino que fue el resultado de la aplicación de unas medidas para satisfacer varias necesidades, la realización de la Experiencia, fue algo parecido, en cuanto que resultó ser la síntesis de los deseos y aspiraciones de cambio y transformación del director de la Escuela, y de todo un ambiente social que despertaba

a la responsabilidad y la esperanza, pero también de la exigencia educativa y ética de todo un grupo de profesores que tuvieron el coraje de afrontar el compromiso de responder a las necesidades que manifestaba explícita o implícitamente el alumnado.

          Por tanto es coherente afirmar que la Experiencia de Reforma educativa, no fue en ningún caso el producto de un voluntarismo ingenuo, como nos han dicho algunos de sus testigos de la misma, sino que más bien fue el resultado de un esfuerzo colectivo destinado a resolver unas necesidades educativas únicas, en un clima social único, en el que se vivían unos valores que no solamente eran compatibles con los que se fomentaban en la Escuela, sino que constituían la esencia de toda la actividad educativa de la misma: responsabilidad, autonomía, libertad, actividad, compromiso, conciencia, sensibilidad, diálogo, cooperación, solidaridad, eran en suma los mismos valores por los que estaban trabajando tanto el equipo de curas como los líderes de las recién nacidas Comisiones Obreras. En este sentido vale la pena transcribir aquí un texto presumiblemente confeccionado en 1972, de uno de los artículos de un Boletín Obrero elaborado por las aquel entonces ilegales y perseguidas CC.OO.:

«…¿Qué es Unión?

¿Qué es la Unión? Una pregunta para hacer una encuesta entre todos los trabajadores de la cuenca, y cuantas respuestas nos darían. Porque unión, no es ir al trabajo en el mismo autobús. Porque unión, no es el ponerle la zancadilla al compañero, cuando necesita alternar un sábado y tú quieres también descansar. Porque unión, no es dejar un trabajo pendiente para que lo hágale compañero que te releve. Por unión, no es chivarse de lo que hace o piensa el compañero. Porque unión, no es reírse del compañero cuando trata de hacer valer sus derechos ante el jefe y no se sabe explicar. Porque unión, es el que cuando hagas algo, sepas que los compañeros te están respaldando. Porque unión, es el que cuando veas a un compañero en apuros le eches una mano. Porque unión, es el cigarrillo que echas con ese compañero en un momento difícil para él. Porque unión, es que cuando traten de inculpar a un compañero de una negligencia de un jefe, sepas ser valiente para que resplandezca la verdad. Porque unión, es que si hay media hora de comida, hagas uso de ella[1]

          Como puede verse el trasfondo ético de este nuevo tipo de sindicalismo traspasa las fronteras de las reivindicaciones puramente materiales, para jugar un papel eminente pedagógico y educativo. Si como nos ha confirmado el propio Venancio Cermeño, la “Pedagogía del Oprimido” no solamente era su libro de cabecera, sino que era además fue en una de las fuentes de inspiración de todo el activismo social y político de aquellos años, como así nos ha señalado igualmente Juan García Muñoz, no hay dudas de que la innovación que supuso la Experiencia educativa, no solamente se vio animada por las características de un nuevo clima social que comenzaba a respirarse, sino también por una convergencia de finalidades y objetivos: de un lado el movimiento obrero organizado de las CC.OO. y el equipo de curas perseguían la toma de conciencia, la encarnación en el pueblo, la lucha contra las situaciones de injusticia, la promoción de la solidaridad y la responsabilidad, pero de otro la Experiencia pretendía exactamente lo mismo, por eso no hay que extrañarse que gran parte de su éxito, a pesar de su corta duración, se deba también a esa confluencia de un esfuerzo colectivo en torno a unas aspiraciones de libertad, justicia y solidaridad comunes a la Escuela y a los grupos sociales más dinámicos de la cuenca minera.

[1]     Boletín informativo de la “1ª Campaña de seguridad con Higiene Mental en el Trabajo”. Archivo central de la SAFA en úbeda. Carpeta ASRT3

7.7.- REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS

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