Pedagogía del oprimido

 

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Esta  es la segunda obra de Paulo Freire porque la primera fue “La Educación como práctica de la libertad“. La escribió en 1969 y se editó por vez primera en 1970 . Aunque yo ya tenía referencias de esta extraordinaria y magistral obra desde 1972 cuando estudiaba en la Escuela Normal de Magisterio de Sevilla , no pude leerla entera hasta 1974, gracias a la generosidad y el esfuerzo de mi gran amigo Antonio Rodríguez Galindo que me la pasó clandestinamente haciendo un gran esfuerzo en teclearla entera utilizando el conocido “papel de cebolla” y el “papel de calcar Kores” y usando su máquina de escribir  “Olivetti-Lettera-22“. ¡Qué tiempos aquellos, en los que las computadoras y las fotocopiadoras no eran accesibles para ningún estudiante!. Y sin embargo, aprendíamos con entusiasmo, dedicación y sobre todo con atención, concentración y firme voluntad. En España, se editó por vez primera en 1975 por Siglo XXI. En cuanto a su contenido y el impacto que me causó, simplemente decir que esta obra me ha acompañado siempre, en todo momento y en todo lugar, ya que gracias a ella comprendí que la Educación es de naturaleza netamente política en el doble sentido de que nos libera de las opresiones de nuestras condiciones de existencia material y espiritual, al mismo tiempo que nos ayuda a mejorar y a cambiar el metro cuadrado que cada ser humano pisa. Por eso decía Freire, que los opresores nunca van a estar interesados en que los oprimidos se liberen y por tanto se eduquen. La obra completa puedes leerla o descargarla en este enlace: PEDAGOGÍA DEL OPRIMIDO. Y ahora os dejo con algunas citas fundamentales.
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ÍNDICE DE CITAS

La “sombra” del opresor La enajenación de los oprimidos El adoctrinamiento Contra la educación bancaria Nadie educa a nadie Confianza y coherencia Condiciones para el diálogo

«…Los oprimidos que introyectando la “sombra” de los opresores siguen sus pautas, temen a la libertad, en la medida en que ésta, implicando la expulsión de la “sombra”, exigiría de ellos que “llenaran” el “vacío” dejado por la expulsión, con “contenido” diferente: el de su autonomía. El de su responsabilidad sin la cual no serían libres…» (Pág. 43)

«…Existe, en cierto momento de la experiencia existencial de los oprimidos, una atracción irresistible por el opresor. Por sus patrones de vida. Participar de estos patrones constituye una aspiración incontenible. En su enajenación quieren a toda costa, parecerse al opresor, imitarlo, seguirlo. Esto se verifica, sobre todo, en los oprimidos de los estratos medios, cuyo anhelo es llegar a ser iguales que el “hombre ilustre” de la denominada “clase superior”…» (Pág. 63)

«…La educación como práctica de la dominación, al mantener la  ingenuidad de los educandos, lo que pretende, dentro de su marco ideológico, es indoctrinarlos en el sentido de su acomodación al mundo de la opresión…» (Pág. 87)

«…La educación liberadora, problematizadora, ya no puede ser el acto de depositar, de narrar de transferir o de transmitir “conocimientos” y valores a los educandos, meros pacientes, como lo hace la educación bancaria, sino ser un acto cognoscente. Como situación gnoseológica, en la cual el objeto cognoscible, en vez de ser el término del acto cognoscente de un sujeto, es el mediatizador de sujetos cognoscentes, educador por un lado; educandos por otro, la educación problematizadora antepone, desde luego, la exigencia de la superación de la contradicción educador-educandos… De este modo el educador ya no es sólo el que educa, sino aquel que en tanto educa es educado a través del diálogo con el educando, quien al ser educado, también educa» (Pág. 89 y 90)

«…Ahora ya nadie educa a nadie,así como tampoco nadie se educa a sí mismo, los hombres se educan en comunión mediatizados por el mundo….» (Pág. 90)

«…La confianza implica el testimonio que un sujeto da al otro de sus intenciones reales y concretas. Decir una cosa y hacer otra, no tomando la palabra en serio, no puede ser estímulo a la confianza…» (Pág. 109)

«…¿Cómo puedo dialogar, si alieno la ignorancia, esto es, si la veo siempre en el otro, nunca en mí? ¿Cómo puedo dialogar si me admito como un hombre diferente, virtuoso por herencia, frente a los otros, meros objetos en quienes no reconozco otros “yo”? ¿Cómo puedo dialogar, si me siento participante de un “ghetto” de hombres puros, dueños de la verdad y del saber, para quien todos los que están fuera, son “esa gente” o son “nativos inferiores”?¿Cómo puedo dialogar, si parto de que la pronunciación del mundo es tarea de hombres selectos y que la presencia de las masas en la historia es síntoma de su deterioro, el cual debo evitar? ¿Cómo puedo dialogar si me cierro a la contribución de los otros, la cual jamás reconozco y hasta me siento ofendido con ella?…» (Pág. 107)