Sobre la desobediencia y otros ensayos

Este libro es también uno de los que más ha marcado ideológica, ética y políticamente mi trayectoria personal y profesional. Lo leí por vez primera a mediados de los años 80 e incluso lo llegué a comprar dos o tres veces para regalarlo a mis amigos. Cuarenta años después lo sigo releyendo porque me parece que aparte del contexto histórico internacional de Guerra Fría en que está escrito, tiene una extraordinaria vigencia.  Está compuesto por todo un conjunto de artículos que fueron publicados originalmente en Estados Unidos a lo largo de toda la década de los 60 del pasado siglo. Este es su sumario

I. La desobediencia como problema psicológico y moral
II. La aplicación del psicoanálisis humanista a la teoría de Marx
III. Profetas y sacerdotes 
IV. El humanismo como filosofía global del hombre
V. Hagamos que prevalezca el hombre
VI. El socialismo humanista
VII. Los aspectos psicológicos del sueldo asegurado
VIII. Los argumentos en favor del desarme unilateral
¿Pero qué ocurrirá si funciona la disuasión? 
Beneficios y peligros de un desarme unilateral
Algunas consideraciones psicológicas 
IX. Contribución a la teoría y estrategia de la paz

Índice de citas de “SOBRE LA DESOBEDIENCIA y OTROS ENSAYOS”
El pecado original Obediencia y desobediencia Obediencia heterónoma y obediencia autónoma Conciencia autoritaria y conciencia humanística Autoridad irracional y autoridad racional
¿Por qué se inclina tanto el hombre a obedecer y por qué le es tan difícil desobedecer? Sapere aude y de omnibus est dubitandum Concepto de “carácter social El “homo consumens El inconsciente social
Profetas y sacerdotes Burocracia Capitalismo y alienación El propósito del socialismo El fin del socialismo y la educación
EL PECADO ORIGINAL

«…El “pecado original”,lejos de corromper al hombre, lo liberó; fue el comienzo de la historia. El hombre tuvo que abandonar el Jardín del Edén para aprender a confiar en sus propias fuerzas y llegar a ser plenamente humano (…) Como para el mito hebreo de Adán y Eva, también para el mito griego de Prometeo toda la civilización humana se basa en un acto de desobediencia. Prometeo, al robar el fuego a los dioses, echó los fundamentos de la evolución del hombre. No habría historia humana si no fuera por el “crimen” de Prometeo. Él, como Adán y Eva, es castigado por su desobediencia. Pero no se arrepiente ni pide perdón. Por el contrario, dice orgullosamente: “Prefiero estar encadenado a esta roca, antes que ser el siervo obediente de los dioses”.El hombre continuó evolucionando mediante actos de desobediencia. Su desarrollo espiritual sólo fue posible porque hubo hombres que se atrevieron a decir no a cualquier poder que fuera, en nombre de su conciencia y de su fe, pero además su evolución intelectual dependió de su capacidad de desobediencia -desobediencia a las autoridades que trataban de amordazar los pensamientos nuevos, y a la autoridad de acendradas opiniones según las cuales el cambio no tenía sentido…» (Pág. 9)

OBEDIENCIA y DESOBEDIENCIA

«…No quiero significar que toda desobediencia sea una virtud y toda obediencia sea un vicio. Tal punto de vista ignoraría la relación dialéctica que existe entre obediencia y desobediencia.Cuando los principios a los que se obedece y aquellos a los que se desobedece son inconciliables, un acto de obediencia a un principio es necesariamente un acto de desobediencia a su contra-parte, y viceversa. Antígona constituye el ejemplo clásico de esta dicotomía. Si obedece a las leyes inhumanas del Estado, Antígona debe desobedecer necesariamente a las leyes de la humanidad. Si obedece a estas últimas, debe desobedecer a las primeras. Todos los mártires de la fe religiosa, de la libertad y de la ciencia han tenido que desobedecer a quienes deseaban amordazarlos, para obedecer a su propia conciencia, a las leyes de la humanidad y de la razón. Si un hombre sólo puede obedecer y no desobedecer, es un esclavo; si sólo puede desobedecer y no obedecer, es un rebelde (no un revolucionario); actúa por cólera, despecho, resentimiento, pero no en nombre de una convicción o de un principio.…» (Págs. 10)

OBEDIENCIA HETERÓNOMA y OBEDIENCIA AUTÓNOMA

«…La obediencia a una persona, institución o poder (obediencia heterónoma) es sometimiento; implica la abdicación de mi autonomía y la aceptación de una voluntad o juicio ajenos en lugar del mío. La obediencia a mi propia razón o convicción (obediencia autónoma) no es un acto de su misión sino de afirmación. Mi convicción y mi juicio, si son auténticamente míos, forman parte de mí. Si los sigo, más bien que obedecer al juicio de otros, estoy siendo yo mismo; por ende, la palabra obedecer sólo puede aplicarse en un sentido metafórico y con un significado que es fundamentalmente distinto del que tiene en el caso de la “obediencia heterónoma”…» (Pág. 10)

CONCIENCIA AUTORITARIA y CONCIENCIA HUMANÍSTICA

«…La palabra conciencia se utiliza para expresar dos fenómenos que son muy distintos entre sí.Uno es la “conciencia autoritaria”, que es la voz internalizada de una autoridad a la que estamos ansiosos de complacer y temerosos de desagradar. La conciencia autoritaria es lo que la mayoría de las personas experimentan cuando obedecen a su conciencia. Es también la conciencia de la que habla Freud, y a la que llama superyó. Este superyó representa las órdenes y prohibiciones del padre internalizadas y aceptadas por el hijo debido al temor. Distinta de la conciencia autoritaria es la “conciencia humanística”; ésta es la voz presente en todo ser humano e independiente de sanciones y recompensas externas. La conciencia humanística se basa en el hecho de que como seres humanos tenemos un conocimiento intuitivo de lo que es humano e inhumano, de lo que contribuye a la vida y de lo que la destruye. Esta conciencia sirve a nuestro funcionamiento como seres humanos. Es la voz que nos reconduce a nosotros mismos, a nuestra humanidad. La conciencia autoritaria (superyó) es también obediencia a un poder exterior a mí, aunque este poder haya sido internalizado. Conscientemente creo que estoy siguiendo a mí conciencia; en realidad, sin embargo, he absorbido los principios del poder; justamente debido a la ilusión de que la conciencia humanística y el superyó son idénticos, la autoridad internalizada es mucho más efectiva que la que experimento claramente como algo que no forma parte de mi. La obediencia a la “conciencia autoritaria”, como toda obediencia a pensamientos y poderes exteriores, tiende a debilitar la “conciencia humanística”, la capacidad de ser uno mismo y de juzgarse a sí mismo…» (Pág. 10)

AUTORIDAD IRRACIONAL y AUTORIDAD RACIONAL

«…La sociedad capitalista También debe precisarse, por otra parte, la afirmación de que la obediencia a otra persona es ipso lacto sumisión, distinguiendo la autoridad “irracional” de la autoridad “racional”. Un ejemplo de autoridad racional es la relación que existe entre alumno y maestro; uno de autoridad irracional es la relación entre esclavo y dueño . Ambas relaciones se basan en el hecho de que se acepta la autoridad de la persona que ejerce el mando. Sin embargo, desde el punto de vista dinámico son de naturaleza diferente. Los intereses del maestro y del alumno, en el caso ideal, se orientan en la misma dirección. El maestro se siente satisfecho si logra hacer progresar al alumno; si fracasa, ese fracaso es suyo y del alumno. El dueño del esclavo, en cambio, desea explotarlo en la mayor medida posible. Cuanto más obtiene de él, más satisfecho está. Al mismo tiempo, el esclavo trata de defender lo mejor que puede sus reclamos de un mínimo de felicidad. Los intereses del esclavo y el dueño son antagónicos, porque lo que es ventajoso para uno va en detrimento del otro. La superioridad de uno sobre otro tiene una función diferente en cada caso; en el primero, es la condición de progreso de la persona sometida a la autoridad, y en el segundo es la condición de su explotación. Hay otra distinción paralela a ésta: la autoridad racional lo es porque la autoridad, sea la que posee un maestro o un capitán de barco que da órdenes en una emergencia, actúa en nombre de la razón que, por ser universal, podemos aceptar sin someternos. La autoridad irracional tiene que usar la fuerza o la sugestión, pues nadie se prestaría a la explotación si dependiera de su arbitrio evitarlo…» (Págs. 39 y 40)

¿POR QUÉ SE INCLINA TANTO EL HOMBRE A OBEDECER y POR QUÉ LE ES TAN DIFÍCIL DESOBEDECER

«…¿Por qué se inclina tanto el hombre a obedecer y por qué le es tan difícil desobedecer? Mientras obedezco al poder del Estado, de la Iglesia o de la opinión pública, me siento seguro y protegido. En verdad, poco importa cuál es el poder al que obedezco. Es siempre una institución, u hombres, que utilizan de una u otra manera la fuerza y que pretenden fraudulentamente poseer la omnisciencia y la omnipotencia. Mi obediencia me hace participar del poder que reverencio, y por ello me siento fuerte. No puedo cometer errores, pues ese poder decide por mí; no puedo estar solo, porque él me vigila; no puedo cometer pecados, porque él no me permite hacerlo, y aunque los corneta, el castigo es sólo el modo de volver al poder omnímodo. Para desobedecer debemos tener el coraje de estar solos, errar y pecar. Pero el coraje no basta. La capacidad de coraje depende del estado de desarrollo de una persona. Sólo si una persona ha emergido del regazo materno y de los mandatos de su padre, sólo si ha emergido como individuo plenamente desarrollado y ha adquirido así la capacidad de pensar y sentir por sí mismo, puede tener el coraje de decir “no” al poder, de desobedecer. Una persona puede llegar a ser libre mediante actos de desobediencia, aprendiendo a decir no al poder. Pero no sólo la capacidad de desobediencia es la condición de la libertad; la libertad es también la condición de la desobediencia. Si temo a la libertad no puedo atreverme a decir “no”, no puedo tener el coraje de ser desobediente. En verdad, la libertad y la capacidad de desobediencia son inseparables; de ahí que cualquier sistema social, político y religioso que proclame la libertad pero reprima la desobediencia, no puede ser sincero. Hay otra razón por la que es tan difícil atreverse a desobedecer, a decir “no” a la autoridad. Durante la mayor parte de la historia humana la obediencia se identificó con la virtud y la desobediencia con el pecado. La razón es simple: hasta ahora, a lo largo de la mayor parte de la historia, una minoría ha gobernado a la mayoría. Este dominio fue necesario por el hecho de que las cosas buenas que existían sólo bastaban para unos pocos, y los más debían conformarse con las migajas. Si los pocos deseaban gozar de las cosas buenas y, además de ello, hacer que los muchos los sirvieran y trabajaran para ellos, se requería una condición: que los muchos aprendieran a obedecer. Sin duda, la obediencia puede establecerse por la mera fuerza. Pero este método tiene muchas desventajas. Constituye una amenaza constante de que algún día los muchos lleguen a tener los medios para derrocar a los pocos por la fuerza; además, hay muchas clases de trabajo que no pueden realizarse apropiadamente si la obediencia sólo se respalda en el miedo. Por ello la obediencia que sólo nace del miedo de la fuerza debe transformarse en otra que surja del corazón del hombre. El hombre debe desear, e incluso necesitar obedecer, en lugar de sólo temer la desobediencia…» (Pág. 11)

SAPERE AUDE et OMNIBUS EST DUBITANDUM

«… La lucha contra la autoridad en el Estado y también en la familia era a menudo la base misma del desarrollo de una persona independiente y emprendedora. La lucha contra la autoridad era inseparable de la inspiración intelectual que caracterizaba a los filósofos del Iluminismo y a los hombres de ciencia. Esta “inspiración crítica” se traducía en fe en la razón, y al mismo tiempo en duda respecto de todo lo que se dice o piensa, en tanto se base en la tradición, la superstición, la costumbre, la autoridad. Los principios sapere aude y de omnibus est dubitandum -“atrévete a usar tu sensatez” y “hay que dudar de todo” -eran característicos de la actitud que permitía y promovía la capacidad de decir “no”…» (Pág. 12)

EL CARÁCTER SOCIAL

«…El concepto de carácter social se refiere a la matriz de la estructura caracterológica común a un grupo Presume que el factor fundamental para la formación del “carácter social” es la práctica de la vida tal como es constituida por la forma de producción y por la estratificación social resultante. El “carácter social” es aquella estructura particular de energía psíquica que una sociedad dada plasma con el propósito de que resulte útil para el funcionamiento de esa misma sociedad dada. La persona media debe querer hacer aquello que debe hacer para desempeñarse en una forma que permita que la sociedad utilice sus energías para sus propios fines. En el proceso social la energía del hombre sólo se presenta parcialmente en forma de simple energía física (trabajadores que labran la tierra o construyen caminos); y parcialmente en formas específicas de energía psíquica. El miembro de un pueblo primitivo que depende del asalto y el saqueo de otras tribus, debe tener un carácter belicoso, apasionado por la guerra, la matanza y el pillaje. Los miembros de una tribu pacífica, agrícola, deben ser proclives a la cooperación en cuanto ésta se opone a la violencia. La sociedad feudal funciona correctamente sólo cuando sus miembros tienden a someterse a la autoridad y a respetar y admirar a aquellos que son sus superiores. El capitalismo sólo funciona con hombres ávidos por trabajar, disciplinados y puntuales, cuyo mayor interés consiste en el lucro monetario, y cuyo principio fundamental en la vida consiste en el beneficio económico que deriva de la producción y el intercambio. En el siglo XIX el capitalismo necesitaba de hombres partidarios del ahorro; a mediados del siglo XX necesita de hombres frenéticamente interesados en gastar y consumir. El carácter social representa la forma en que se moldea la energía humana para aprovecharla como fuerza productiva en el proceso social. El carácter social es reforzado por todos los medios de influencia accesibles a una sociedad: su sistema educativo, su religión, su literatura, sus canciones, sus chistes, sus hábitos y, por encima de todo, sus métodos familiares para criar a los niños. Este último aspecto es tan importante porque una gran parte de la estructura de carácter de los individuos se forma en los cinco o seis primeros años de vida. Pero la influencia de los padres no es esencialmente individual o accidental, como suponen los psicoanalistas clásicos; los padres son primordialmente los agentes de la sociedad, tanto por su propio carácter como por sus métodos educativos; se diferencian los unos de los otros sólo en grado mínimo. y generalmente estas diferencias no disminuyen la influencia que tienen en la creación de la matriz socialmente deseable del carácter social.…» (Pág. 15).

HOMO CONSUMENS

«…En una sociedad caracterizada por empresas gigantescas, y por desmesuradas burocracias industriales, gubernamentales y sindicales, el individuo, que no tiene control sobre las circunstancias de su trabajo, se siente impotente, solo, aburrido y angustiado. Al mismo tiempo, la necesidad de lucro de las grandes industrias de consumo recurre a la publicidad y lo transforma en un hombre voraz, un lactante a perpetuidad que desea consumir más y más, y para el que todo se convierte en artículos de consumo: los cigarrillos, las bebidas, el sexo, el cine, la televisión, los viajes, e incluso la educación, los libros y las conferencias. Se crean nuevas necesidades artificiales y se manipulan los gustos del hombre. (El carácter del homo consumens en sus formas más extremas constituye un conocidísimo fenómeno psicopatológico. Se encuentra en muchos casos de personas deprimidas o angustiadas que se refugian en la sobrealimentación, las compras exageradas o el alcoholismo para compensar la depresión y la angustia ocultas.) La avidez de consumir (una forma extrema de lo que Freud llamó el “carácter oral-receptivo’”) se está convirtiendo en la fuerza psíquica predominante de la sociedad industrial contemporánea. El homo consumens se sumerge en la ilusión de felicidad, en tanto que sufre inconscientemente los efectos de su hastío y su pasividad. Cuanto mayor es su poder sobre las máquinas, mayor es su impotencia como ser humano; cuanto más consume más se esclaviza a las crecientes necesidades que el sistema industrial crea y maneja. Confunde emoción y excitación con alegría y felicidad, y comodidad material con vitalidad; el apetito satisfecho se convierte en el sentido de la vida, la búsqueda de esa satisfacción, en una nueva religión. La libertad para consumir se transforma en la esencia de la libertad humana…» (Pág. 17).

EL INCONSCIENTE SOCIAL

Otro aspecto importante de la psicología social analítica es lo que Freud llamó el inconsciente. Pero, en tanto que Freud se interesaba primordialmente por la represión individual, el estudioso de la psicología social marxista dedicará la mayor atención al “inconsciente socia1.” Este concepto se refiere a aquella represión de la realidad interior que es común a grandes grupos. Toda sociedad debe hacer los mayores esfuerzos para evitar que sus miembros (o los de una clase particular) tomen conocimiento de impulsos que, si fueran conscientes, podrían desembocar en ideas o actos socialmente “peligrosos”. La censura eficaz no es aquella que se manifiesta a nivel de la palabra impresa o hablada, sino aquella que incluso impide que los pensamientos se vuelvan conscientes, reprimiendo la sensibilidad peligrosa. Naturalmente, el contenido del inconsciente social depende de las muchas formas de estructura social, y puede implicar agresividad, rebeldía, subordinación, soledad, infelicidad, hastío, etc., para mencionar sólo unos pocos ejemplos. Es necesario reprimir constantemente y suplantar el impulso contenido recurriendo a ideologías que lo niegan o afirman su contrario. Al hombre aburrido, angustiado, infeliz de la sociedad industrial contemporánea se le enseña a pensar que es feliz y que rebosa de alegría. En otras sociedades, al hombre despojado de libertad de pensamiento y de expresión se le enseña a pensar que ha alcanzado prácticamente la forma más completa de libertad, aunque en ese momento sólo sus dirigentes hablen en nombre de dicha libertad…» (Pág. 19)

PROFETAS y SACERDOTES

«…Las ideas no influyen profundamente en el hombre cuando sólo se las enseña como ideas y pensamientos. Por lo común, cuando se las presenta de tal manera, hacen cambiar a otras ideas; nuevos pensamientos toman el lugar de los antiguos; nuevas palabras toman el lugar de las antiguas. Pero todo lo que ocurre es un cambio en los conceptos y las palabras. ¿Por qué debería ser de otra manera? Es extremadamente difícil que un hombre sea movido por ideas, y que capte una verdad. Para lograrlo, necesita superar resistencias de inercia profundamente arraigadas, vencer el miedo al error o a apartarse del rebaño. El mero familiarizarse con otras ideas no es suficiente, aunque éstas sean correctas y sólidas en sí mismas. Pero las ideas producen en verdad un efecto sobre el hombre si son vividas por quien las enseña, si son personificadas por el maestro, si aparecen encamadas. Si un hombre expresa la idea de humildad y es humilde, quienes lo oyen comprenderán qué es la humildad. No sólo comprenderán, sino que creerán que ese hombre está hablando acerca de una realidad, y no meramente pronunciando palabras. Lo mismo vale respecto de todas las ideas que un hombre, un filósofo o un instructor religioso traten de transmitir. A quienes anuncian ideas —y no necesariamente ideas nuevas— y a la vez las viven, podemos llamarlos profetas. Los profetas del Viejo Testamento hicieron precisamente eso: anunciaron la idea de que el hombre tenía que hallar una respuesta a su existencia, y que esa respuesta era el desarrollo de su razón, de su amor; y enseñaron que la humildad y la justicia estaban indisolublemente vinculadas con el amor y la razón. Vivieron lo que predicaban. No buscaron el poder, sino que lo evitaron.Ni siquiera el poder de ser profetas. No los impresionaban los poderosos, y dijeron la verdad aunque esto los llevara a la cárcel, el ostracismo o la muerte. No eran hombres que se apartaran y esperaran para ver lo que sucedía. Respondieron a sus congéneres porque se sintieron responsables. Lo que les ocurría a otros, les ocurría a ellos. La humanidad no estaba fuera, sino dentro de ellos (…)el hombre que se siente responsable no tiene otra elección que volverse profeta, sea que antes haya sido pastor de ovejas, viticultor o pensador y expositor de ideas. Es función del profeta mostrar la realidad, señalar alternativas y protestar; es su función hablar en voz alta, despertar al hombre de su rutinario entre sueño. Es la situación histórica lo que hace a los profetas, no el deseo de serlo de algunos hombres(…)A los hombres que hacen uso de la idea anunciada por los profetas, los llamaremos sacerdotes. Los profetas viven sus ideas. Los sacerdotes las administran a la gente que se adhiere a la idea. La idea ha perdido su vitalidad. Se ha transformado en una fórmula. Los sacerdotes declaran que es muy importante la manera en que se formula la idea; naturalmente, la formulación siempre se vuelve importante después que la experiencia ha muerto; ¿de qué otro modo podría uno controlar a la gente controlando sus pensamientos, a menos que haya una formulación “correcta”? Los sacerdotes utilizan la idea para organizar a los hombres, para controlarlos controlando la expresión exacta de la idea, y cuando los anestesiaron suficientemente, declaran que no son capaces de mantenerse despiertos y de dirigir su propia vida, y que ellos, los sacerdotes, obran por deber, o incluso por compasión, al cumplir la función de dirigir a los hombres que, si se los dejara librados a sí mismos, tendrían miedo de la libertad.Cierto es que no todos los sacerdotes han actuado de esta manera, pero la mayoría de ellos lo hicieron, especialmente los que manejaron e] poder. Hay sacerdotes no sólo en religión. Hay sacerdotes en filosofía y sacerdotes en política. Toda escuela filosófica tiene sus sacerdotes. A menudo son muy eruditos; su tarea consiste en administrar la idea del pensador original, impartiría, interpretarla, transformarla en un objeto de museo y así custodiaría. También hay los sacerdotes políticos; hemos visto bastantes en los últimos 150 años. Han administrado la idea de libertad, para proteger los intereses económicos de su clase social. En el siglo XX los sacerdotes han asumido la administración de las ideas del socialismo. Aunque esta idea tendía a la liberación e independencia del hombre, los sacerdotes declararon de una u otra manera que el hombre no era capaz de ser libre, o por lo menos que no lo sería por un largo tiempo. Hasta entonces, ellos estaban obligados a hacerse cargo, y a decidir cómo formular la idea, y quién era un creyente devoto y quién no lo era. Los sacerdotes confunden por lo común a la gente porque se proclaman sucesores del profeta y afirman que viven lo que predican. Sin embargo, aunque un niño podría ver que viven precisamente en forma opuesta a lo que enseñan, la gran masa de personas ha sufrido un efectivo lavado de cerebro y llega eventualmente a creer que si los sacerdotes llevan una vida espléndida lo hacen como sacrificio, porque tienen que representar la gran idea; o que si matan sin piedad sólo lo hacen por fe revolucionaria…» (Pág. 23-24).

BUROCRACIA

«…Este siglo es la era de las burocracias jerárquicamente organizadas en el gobierno, las empresas y los sindicatos. Estas burocracias administran a las cosas y a los hombres como una unidad; siguen ciertos principios, especialmente el principio económico del balance, la cuantificación, la eficiencia máxima y el lucro, y funcionan esencialmente como lo haría una computadora electrónica que hubiera sido programada según estos principios. El individuo se transforma en un número, se convierte en una cosa. Pero justamente porque no hay una autoridad manifiesta, porque el individuo no está “forzado” a obedecer, se hace la ilusión de que actúa voluntariamente, de que sólo sigue a la autoridad “racional”. ¿Quién puede desobedecer lo “razonable”? ¿Quién puede desobedecer a la burocracia por computadora? ¿Quién puede desobedecer cuando ni siquiera se da cuenta de que obedece? En la familia y en la educación ocurre la misma cosa. La corrupción de las teorías de la educación progresista ha llevado a un método en que al niño no se le dice qué hacer, no se le dan órdenes ni se lo sanciona por el fracaso en ejecutarlas. El niño simplemente “se expresa a sí mismo”. Pero desde el primer día de su vida en adelante, está lleno del impío respeto a la conformidad, del temor de ser “diferente”, del miedo de alejarse del resto del rebaño. El “hombre-organización” educado de esta manera en la familia y en la escuela y completada su educación en la gran organización, tiene opiniones, pero no convicciones; se divierte, pero es desdichado; está incluso dispuesto a sacrificar su vida y la de sus hijos en la obediencia voluntaria a poderes impersonales y anónimos. Acepta el cálculo de muertes que se ha puesto tan de moda en las discusiones sobre la guerra termonuclear: la mitad de la población de un país muerta —“muy aceptable”—; dos tercios muertos —“quizás no” —. La cuestión de la desobediencia es de vital importancia en la actualidad. Mientras de acuerdo con la Biblia la historia humana comenzó con un acto de desobediencia —Adán y Eva—, mientras de acuerdo con el mito griego la civilización comenzó con el acto de desobediencia de Prometeo, no es improbable que la historia humana termine con un acto de obediencia a autoridades que a su vez obedecen a los fetiches arcaicos de la soberanía del Estado”, el “honor nacional”, la “victoria militar”, y que darán las órdenes de apretar los botones fatales a quienes les obedecen a ellos y a sus fetiches. La desobediencia es entonces, en el sentido que aquí le damos, un acto de afirmación de la razón y la voluntad. No es primordialmente una actitud dirigida contra algo, sino a favor de algo: de la capacidad humana de ver, de decir lo que se ve y de rehusarse a decir lo que no se ve. Para hacerlo así el hombre no necesita ser agresivo o rebelde; necesita mantener sus ojos abiertos, estar plenamente alerta y deseoso de asumir la responsabilidad de hacer abrir los ojos a quienes se hallan en peligro de perecer porque están amodorrados…» (Págs. 25-26).

CAPITALISMO y ALIENACIÓN

«…Aunque nuestro sistema económico ha enriquecido al hombre materialmente, lo ha empobrecido humanamente. No obstante toda la propaganda y los slogans acerca de la fe en Dios del mundo occidental, de su idealismo, su preocupación espiritual, nuestro sistema ha creado una cultura materialista y un hombre materialista. Durante sus horas de trabajo, el individuo es manejado como parte de un equipo de producción. Durante sus horas de ocio, es manejado y manipulado para que sea el perfecto consumidor al que le gusta lo que le dicen que le guste, pero teniendo la ilusión de seguir sus propios gustos. Todo el tiempo se lo martillea con slogans, sugestiones, voces de irrealidad que lo privan de la última pizca de realismo que aún pueda quedarle. Desde la niñez se desalientan las convicciones verdaderas. Hay poco pensamiento crítico, poco sentimiento real, y entonces la conformidad con el resto es lo único que puede salvar al individuo de un insoportable sentimiento de soledad y desorientación. El individuo no se experimenta como portador activo de sus propias capacidades y de su riqueza interior, sino como una “cosa” empobrecida, dependiente de poderes ajenos a él, en los cuales ha proyectado su sustancia viviente. El hombre está alienado de sí mismo y se inclina ante las obras de sus propias manos. Se inclina ante las cosas que él produce, ante el Estado y ante los líderes que él mismo ha construido. Su propio acto se le vuelve un poder ajeno, ubicado por encima de él y contra él, en lugar de ser dominado por él. Más que en cualquier momento anterior de la historia, la consolidación de nuestro propio producto convertido en una fuerza objetiva que está por encima de nosotros, que excede nuestra control, que defrauda nuestras expectativas, que aniquila nuestros cálculos, es uno de los principales factores determinantes de nuestro desarrollo. Los ídolos del hombre actual son sus productos, sus máquinas y el Estado, y esos ídolos representan las fuerzas de su propia vida en forma alienada (…)Como resultado, el hombre promedio se siente inseguro, solitario, deprimido, y sufre de falta de alegría en medio de la abundancia. Para él, la vida no tiene sentido; se da oscuramente cuenta de que el sentido de la vida no puede residir en ser sólo un “consumidor”. No podría soportar la falta de alegría y de significación de la vida si no fuera por el hecho de que el sistema le ofrece innumerables caminos de huida, desde la televisión hasta los tranquilizantes, que le permiten olvidar que está perdiendo cada vez más todo lo que es valioso en la vida.…» (Pág. 48).

EL PROPÓSITO DEL SOCIALISMO

«…El propósito del socialismo era promover la individualidad, no la uniformidad; estimular la liberación de la servidumbre económica, no convertir los fines materiales en la principal preocupación de la vida; facilitar la experiencia de la plena solidaridad de todos los hombres, no la manipulación y el dominio de un hombre por otro. El principio del socialismo era que cada hombre es un fin en sí mismo y nunca debe ser el medio de otro hombre. Los socialistas deseaban crear una sociedad en que cada ciudadano participara activa y responsablemente en todas las decisiones, y en la cual un ciudadano pudiera participar porque era una persona y no una cosa, porque tenía convicciones, y no opiniones fabricadas en serie. Para el socialismo no sólo la pobreza es un vicio social, también lo es la riqueza. La pobreza material priva al hombre de la base necesaria para una vida humanamente rica. La riqueza material, como el poder, corrompe al hombre. Destruye el sentido de la proporción y de las limitaciones inherentes a la existencia humana; crea un sentimiento no realista y casi insano de “singularidad” de un individuo, haciéndole creer que no está sometido a las mismas condiciones básicas de existencia que sus congéneres. El socialismo desea que el confort material se utilice para los verdaderos fines de la vida; rechaza la riqueza individual como un peligro para la sociedad y para el individuo. En verdad, su oposición al capitalismo se relaciona con este mismo principio. Por su lógica intrínseca, el capitalismo tiende a una riqueza material sin cesar creciente, mientras que el socialismo apunta a lograr una productividad, una vitalidad y una felicidad humanas cada vez mayores, y sólo persigue el confort material en la medida en que conduzca a esos fines humanos La pobreza material priva al hombre de la base necesaria para una vida humanamente rica. La riqueza material, como el poder, corrompe al hombre. Destruye el sentido de la proporción y de las limitaciones inherentes a la existencia humana; crea un sentimiento no realista y casi insano de “singularidad” de un individuo, haciéndole creer que no está sometido a las mismas condiciones básicas de existencia que sus congéneres. El socialismo desea que el confort material se utilice para los verdaderos fines de la vida; rechaza la riqueza individual como un peligro para la sociedad y para el individuo. En verdad, su oposición al capitalismo se relaciona con este mismo principio. Por su lógica intrínseca, el capitalismo tiende a una riqueza material sin cesar creciente, mientras que el socialismo apunta a lograr una productividad, una vitalidad y una felicidad humanas cada vez mayores, y sólo persigue el confort material en la medida en que conduzca a esos fines humanos…» (Pág. 44)

EL FIN DEL SOCIALISMO Y LA EDUCACIÓN

«… De acuerdo con sus principios básicos, el fin del socialismo es la abolición de la soberanía nacional, la supresión de toda clase de fuerzas armadas, y el establecimiento de una comunidad de naciones. En la esfera de la educación, los fines principales son ayudar a desarrollar la capacidad crítica del individuo y proveer la base para la expresión creativa de su personalidad —en otras palabras, nutrir el desarrollo de hombres libres que serán inmunes a la manipulación y a la explotación de su credibilidad para placer y beneficio de otros—. El conocimiento no debe ser una mera masa de información, sino el medio racional de comprensión de las fuerzas subyacentes que determinan los procesos materiales y humanos. La educación debe abarcar no sólo la razón sino también las artes. El capitalismo, al producir alienación, ha divorciado y rebajado tanto la comprensión científica del hombre como su percepción estética. El fin de la educación socialista es devolver al hombre al pleno y libre ejercicio de ambas. Busca hacer del hombre no sólo un espectador inteligente sino también un participante bien equipado, tanto en la producción de bienes materiales como en el goce de la vida. Para neutralizar los peligros de la intelectualización alienada, la instrucción fáctica y teórica debe complementarse con la formación en el trabajo manual y las artes creativas, combinando a ambas en la artesanía (la producción de objetos útiles de arte) en la educación primaria y secundaria…» (Pág. 50).