Paco Carrascal

Francisco Carrascal es licenciado en Ciencias Biológicas por la Universidad de Sevilla, especialista en comunicación ambiental y medio ambiente. Es autor de los libros y poemarios: “Barra de arena, 22 relatos breves” (2011), Ediciones Padilla Libros, “Hacia todos los rincones del tiempo y diez relatos breves”, Tau Editores, colección Miscelánea (2016), “eMe” (2013), Ediciones Anaquel, “Entre pliegues” (2014), Ediciones Padilla Libros, “Amante infiltrada” (2015), Editorial Anantes, “árbol mudo” (2016), editorial Bucéfalo y “sota, caballo….reina” (2018), Editorial TAKARA.

Soledad… en la ciudadSoledad… de los sin techoSoledad… en la cola del paroSoledad… de la maltratada
Soledad… de la prostituta

La soledad… en la ciudad

La ciudad no es amable
ignora las sombras,
el hedor de sus charcos,
despelleja a los inocentes,
desangra a los amantes hasta secarlos,
no sabe de los jirones de piel cuando bucean por las alcantarillas.
No considera la resistencia de los huesos de sus viejos.
La ciudad no valora a sus mendigos,
la soledad de sus insectos,
cómo se pudren las naranjas en el suelo,
las flores muertas de los balcones,
ignora los cambios de color de sus semáforos,
las caras desencajadas de sus transeúntes,
los bordes afilados de sus adoquines,
la música escapada de las casas,
la algarabía de sus pájaros,
ignora a sus perros sin tumba
a sus gatos sin dueño,
no considera a los maniquíes tras los escaparates.

En la ciudad las esquinas saben los nombres,
saben sus caras, sus voces,
pasear por ella es un suicidio.

Es una ciudad gastada
huele a moho,
pintar sus paredes no resuelve su decadencia,
los edificios nuevos no reducen su mentira.

sus alcantarillas han digerido la lluvia
la lluvia se ha vuelto semen
semen eyaculado por sus árboles entre semillas
y maldiciones.

Gimen los árboles,
sus ramas cuentan relatos,
se aman entre habladurías,
sus raíces narran subterráneos secretos,
sus flores olfatean demonios sin reino,
exhalan la simiente mientras abren la ruta de la huida.

Se oye el rumor de los insectos cuando les roen sus entrañas,
los insectos los devoran con la excusa del hambre.

La ciudad no es amable,
a pesar de todo sabe cómo un árbol puede destrozar una acera
y engendrar cien mil semillas
cien mil resucitados

La soledad… de los sin techo

Su manta sabe de orines y vómitos,
de uñas sucias.

Es temprano,
hay gente por las calles,
el suelo le moja las piernas,
huesudo,
bien peinado,
habitado por hongos.

Le han traído un café caliente en un vaso de plástico,
a sorbos recoge la manta,
camina calle abajo

con la prisa de quien no tiene prisa,

veinte minutos más tarde se sienta,
mira al frente
se toca los párpados,
deja un cuenco vacío a su lado,
abre los ojos,
extiende la mano,
espera,
dos horas más tarde la guarda bajo la manta,
estira la otra mano llueve,
su cuenco -gota a gota- se llena.

La soledad le recuerda la boca ancha de las trampas.

La soledad… en la cola del paro

En la soledad del asiento pongo mis papeles de pobre en orden,
hace un mes a mi lado se sentó una gitana,
la pantalla del turno vociferó,
sus ojos se entornaron como los de un aguilucho
con la vista puesta en un ratón campestre oculto en la maleza.

Preguntaba a los de al lado ¡No sabía leer!

Al tercer interrogatorio le canté su nombre,
al segundo canto su cuello se giró hacia mi,
se llamaba Dolores,
una gitana de cola negrísima,
de pechos pequeños.

¡Su turno, Dolores!

Dos minutos después mi turno.

La humanidad del momento desaparece por culpa del funcionario
de la mesa 23,
espero que hoy me corresponda la mesa 32.

La soledad… de la maltratada

Mujer, frente en bruma,
tierra en garganta.

Amaneces con sábanas sin amante,
los cristales horadan tu carne,
amasada por las manos del enfermo.

Tu piel a pedazos se construye en silencio.

Te conozco
conozco tu nombre mujer.
Lo conozco y pronuncio desde la habitación de los ecos.

La soledad… de la prostituta

Flor nocturna,
sorbes su aliento mientras aprietas los dientes,
tus músculos obedecen a su furia.

Su animalidad se define entre espasmos,
sudor,
pago de plástico tragos con prisas.

Su semen se derrama sobre tu cuerpo,
oloroso, denso y caliente,
su semen en tus muslos, tu espalda,
tus pechos tu cara.

Al otro lado del mar una hija espera,
al otro lado del mar una madre-abuela sabe de lamentos,
sabe del orden en la cola del pan y los frijoles.

Entre ustedes un océano es puente,
entre ustedes un año es mano abierta.

En la planta de abajo otro alguien espera,
aguarda al comienzo del nuevo aullido,
el aliento que helará tu nuca y tus pétalos.