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Los Objetivos de Desarrollo del Milenio
Por Leandro Sequeiros San Román
En 1989 caía el muro de Berlín y acababa la Guerra Fría. Paradójicamente, el fin de la confrontación Este-Oeste no se comprendía como la mejor oportunidad para acabar con las diferencias Norte-Sur. Con el muro caían también en picado las cantidades que los estados miembros del CAD (Comité de Asistencia al Desarrollo) aportaban en Ayuda Oficial al Desarrollo (AOD): de una media del 0’33% del PIB en 1990 se pasó a un 0’23% en 2002.
A partir de 1990, la AOD perdió su utilidad como herramienta en la lucha de bloques, y probablemente los Estados no cambiarán sus políticas de ayuda hasta que no vuelvan a entender la AOD, como una herramienta, esta vez en la lucha contra el terrorismo.
En el nuevo tablero de juego internacional en el que el Sur valía, si cabe, aún menos y en el que África quedaba definitivamente a la deriva, desde la Secretaría General de Naciones Unidas el egipcio Butros Ghali propuso la celebración de una serie de cumbres internacionales para afrontar y poner remedio a los grandes problemas de la humanidad.
A día de hoy, 1.200 millones de personas subsisten con un dólar al día, otros 800 millones pasan hambre, 114 millones de niños en edad escolar no acuden a la escuela, de ellos, 63 millones son niñas. Al año, pierden la vida 11 millones de menores de cinco años, la mayoría por enfermedades tratables; en cuanto a las madres, medio millón perece cada año durante el parto o maternidad. El sida no para de extenderse matando cada año a tres millones de personas, mientras que otros 2.400 millones no tienen acceso a agua potable.
En este contexto, tras la celebración de dichas citas a lo largo de los noventa y con la pujanza de los movimientos antiglobalización, tuvo lugar en septiembre de 2000, en la ciudad de Nueva York, la Cumbre del Milenio. Representantes de 189 estados recordaban los compromisos adquiridos en los noventa y firmaban la Declaración del Milenio.
Los ocho objetivos
En la Declaración del Milenio se recogen ocho Objetivos referentes a la erradicación de la pobreza, la educación primaria universal, la igualdad entre los géneros, la mortalidad infantil y materna, el avance del vih/sida y la sostenibilidad del medio ambiente.
Para lograr estos objetivos, y en respuesta de aquellos que demandaban un cambio hacia posturas más sociales de los mercados mundiales y organizaciones financieras, se añade el Objetivo 8, ‘Fomentar una Asociación Mundial para el Desarrollo’. En otras palabras, el objetivo promueve que el sistema comercial, de ayuda oficial y de préstamo garantice la consecución en 2015 de los primeros siete Objetivos y, en general, un mundo más justo.
Cada Objetivo se divide en una serie de metas, un total de 18, cuantificables mediante 48 indicadores concretos. Por primera vez, la agenda internacional del desarrollo pone una fecha para la consecución de acuerdos concretos y medibles.
Los títulos de los ocho objetivos son:
- Objetivo 1: Erradicar la pobreza extrema y el hambre
- Objetivo 2: Lograr la enseñanza primaria universal
- Objetivo 3: Promover la igualdad entre los géneros y la autonomía de la mujer
- Objetivo 4: Reducir la mortalidad infantil
- Objetivo 5: Mejorar la salud materna
- Objetivo 6: Combatir el VIH/SIDA, el paludismo y otras enfermedades
- Objetivo 7: Garantizar la sostenibilidad del medio ambiente
- Objetivo 8: Fomentar una asociación mundial para el desarrollo
El único Objetivo que no está marcado por ningún plazo es el 8, lo que para muchos significa que ya debería estar cumpliéndose.
Críticas
Ahora mismo, los Objetivos constituyen la principal agenda del desarrollo y tanto las diferentes agencias de Naciones Unidas como las Organizaciones internacionales de crédito, las ONG y las agencias oficiales de cooperación focalizan su trabajo en el logro de los ODM.
No obstante, son muchas las críticas que les llueven a los Objetivos: hay quien los describe como una nueva declaración de Naciones Unidas que no se va a cumplir, se cuestiona su sostenibilidad, ya que tras 2015 no se va a movilizar la misma cantidad de recursos. Para otros, los ODM no son más que un revés en las políticas de desarrollo, ya que luchan contra las consecuencias y no contra las causas del subdesarrollo.
También se han considerado demasiado generalistas o ambiciosos (varios pronósticos ya adelantan que no se lograrán los ODM). Y se han calificado como oportunistas, al utilizar algunos indicadores como porcentajes en vez de números absolutos o considerar que la pobreza extrema está situada en un dólar al día cuando, por ejemplo, el Banco Mundial utiliza los dos dólares diarios como límite de la extrema pobreza.
Movilizaciones
Desde Naciones Unidas, y para que los Objetivos se alcanzaran, se pusieron en marcha una serie de iniciativas de las que destacan, el Proyecto del Milenio y la Campaña del Milenio. El primero se trata de un grupo de expertos organizado en 10 foros temáticos formados por entre 10 y 15 especialistas cada uno. Su misión es recomendar las mejores estrategias para lograr los ODM, analizando costes, políticas y demás medidas a seguir.
En cuanto a la Campaña del Milenio, bajo el nombre de Sin Excusas hasta el 2015, pretende fomentar los ODM y el compromiso que garantice su cumplimiento, promoviendo la participación social y la voluntad política. En el Sur, y según reza la Declaración del Milenio, la campaña pretende fomentar la movilización de recursos internos, la priorización del gasto presupuestario hacia los ODM y fortalecer los derechos humanos y la democracia. En el Norte, Sin Excusas hasta el 2015 está diseñada a explicar la necesidad de una mayor cantidad y calidad de AOD dirigida a lograr los ODM, que se alivie el peso de la deuda y que se abran los mercados a productos del Sur.
En España, más de mil organizaciones se unieron en una plataforma llamada la Alianza Española contra la Pobreza que fundó la campaña Pobreza Cero, a través de la cual las entidades trabajan por la difusión y consecución de los ODM.

Cuando llegó el año 2015, el balance fue, como suele ocurrir con estas grandes ambiciones colectivas, agridulce. Hubo avances reales e innegables: el porcentaje de personas viviendo con menos de 1,25 dólares al día se redujo a más de la mitad entre 1990 y 2010, lo que significó que la primera meta del ODM 1 fue alcanzada antes de tiempo. También se logró reducir a la mitad el porcentaje de personas sin acceso al agua potable mejorada, y mejoró significativamente el acceso a tratamientos antirretrovirales para el VIH/SIDA.
Sin embargo, los fracasos fueron igual de llamativos. El objetivo que presenta un balance más desastroso y preocupante es el referido a los recursos naturales: en el período analizado se perdieron 13 millones de hectáreas de bosque y las emisiones de gases de efecto invernadero aumentaron casi un 50%. La mortalidad materna, la desigualdad de género en el acceso al empleo y la educación secundaria, y la erradicación del hambre en regiones como el África subsahariana también quedaron muy lejos de las metas. En América Latina, quedaron retos pendientes como las desigualdades regionales, especialmente en el Caribe, el medio ambiente y la mortalidad materna.
El gran ganador estadístico fue China, cuyo crecimiento económico espectacular influyó decisivamente en las cifras mundiales de reducción de pobreza, ocultando que en muchos países del Sur Global la situación apenas había mejorado o incluso había empeorado.
LAS CRÍTICAS MÁS AGUDAS
Las críticas al proyecto fueron numerosas, profundas y vinieron de muy distintas fuentes.
Desde una perspectiva académica y crítica, economistas como Thomas Pogge y Sanjay Reddy cuestionaron los propios criterios de medición de la pobreza. Argumentaron que fijar el umbral en 1,25 dólares diarios era una trampa estadística que permitía declarar victorias que no reflejaban la realidad vivida por centenares de millones de personas. Medir la pobreza en términos de consumo e ingresos, sin atender a la multidimensionalidad del fenómeno, era para ellos una reducción inaceptable.
Desde la economía del desarrollo, Jeffrey Sachs, promotor entusiasta de los ODM, fue contradecido por autores como William Easterly, quien en su obra The White Man’s Burden (2006) argumentó que los grandes planes de ayuda internacional diseñados desde arriba, sin participación real de las comunidades, tendían al fracaso porque ignoraban los contextos locales, las instituciones y la agencia de los propios pueblos.
Desde la perspectiva del Sur Global y la teoría crítica, autores como Arturo Escobar, desde la ecología política y el pensamiento decolonial, señalaron que los ODM reproducían la lógica del “desarrollo” como categoría impuesta por el Norte que convierte a los países empobrecidos en objetos de intervención, sin cuestionar las causas estructurales de la pobreza: el sistema financiero internacional, la deuda, el comercio desigual, o el extractivismo. Para Escobar y toda la corriente del posdesarrollo, los ODM eran una estrategia de modernización tardía disfrazada de solidaridad.
Desde organizaciones de la sociedad civil, como Médicos Sin Fronteras o la propia red de ONGs de cooperación internacional, las críticas apuntaron a la falta de financiación real: los ODM fueron criticados por ser minimalistas, reduccionistas, por no poner suficiente atención a la pobreza y la desigualdad, por enfocarse en objetivos sin guía sobre los recursos y las políticas para lograrlos, así como por una atención insuficiente ante los problemas clave del desarrollo como el empleo productivo, la seguridad o la gobernabilidad. En particular, el Objetivo 8, el único que comprometía a los países ricos a aportar recursos, nunca tuvo un plazo concreto ni mecanismos de rendición de cuentas: los países donantes incumplieron sistemáticamente sus compromisos de ayuda oficial al desarrollo, sin consecuencia alguna.
Desde la perspectiva de género, diversas académicas y redes feministas señalaron que los ODM instrumentalizaban a las mujeres como medios para alcanzar otros fines (reducir la mortalidad infantil, por ejemplo), sin abordar las relaciones de poder patriarcales que están en la raíz de la desigualdad.
LO QUE QUEDÓ: los O.D.S.
En 2015, al concluir el plazo, la comunidad internacional sustituyó los ODM por los 17 Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS) de la Agenda 2030, aprobados igualmente por la ONU. Los ODS son más ambiciosos en número y en alcance, incorporan la dimensión ambiental con mucho mayor peso, hablan de desigualdad dentro de los países (no sólo entre países) y reconocen que el desarrollo sostenible debe aplicarse también a los países del Norte. Sin embargo, las críticas estructurales persisten: siguen sin cuestionar el modelo de crecimiento económico capitalista, y tampoco disponen de mecanismos vinculantes para obligar a los estados a cumplir sus compromisos.
BALANCE GENERAL
Los ODM fueron, al mismo tiempo, un experimento histórico valioso y una operación ideológica ambigua. Demostraron que cuando existe voluntad política y recursos coordinados, es posible mejorar indicadores concretos de bienestar humano a escala global. Pero también evidenciaron que los problemas de fondo, la desigualdad estructural, la deuda del Sur, el deterioro ambiental, o las relaciones de poder entre países, no se resuelven con metas tecnocráticas y declaraciones solemnes firmadas cada quince años.
Como señalan los analistas más lúcidos, los ODM se convirtieron fundamentalmente en un instrumento de legitimación del discurso oficial sobre el desarrollo, útil para la retórica política pero insuficiente como palanca de transformación real. El planeta llegó a 2015 con millones de personas algo menos pobres según los índices oficiales, y con el medio ambiente notablemente más deteriorado. Un balance que, en sí mismo, es una lección profunda sobre las contradicciones del modelo de civilización que sigue dominando el mundo.

CONTINUARÁ…
LEANDRO SEQUEIROS SAN ROMÁN nació en Sevilla en 1942. Es jesuita, sacerdote, doctor en Ciencias Geológicas y Licenciado en Teología. Catedrático de Paleontología (en excedencia desde 1989). Ha sido profesor de Filosofía de la Naturaleza , de Filosofía de la Ciencia y de Antropología filosófica en la Facultad de Teología de Granada. Miembro de la Academia de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales de Zaragoza. Asesor de la Cátedra Francisco Ayala de Ciencia, Tecnología y Religión de la Universidad Pontificia de Comillas. Presidente de la Asociación Interdisciplinar José Acosta (ASINJA).Es autor además, de numerosos libros y trabajos que se ofrecen gratuitamente en versión digital en BUBOK.En la actualidad reside en Granada continuando sus investigaciones y trabajos en torno a la interdisciplinaredad, el diálogo Ciencia y Fe y la transdisciplinariedad en la Universidad Loyola e intentando relanzar y promover la Asociación ASINJA que preside. Un nuevo destino después de haber trabajado solidariamente ofreciendo sus servicios de acompañamiento, cuidado y asesoramiento en la Residencia de personas mayores San Rafael de Dos Hermanas (Sevilla). Actualmente Lenadro ha sido destinado a Salamanca, ciudad en la que reside.
La persona de Leandro Sequeiros es un referente de testimonio evangélico, de excelencia académica, de honestidad y rigor intelectual de primer orden. Vaya desde aquí nuestro agradecimiento más sentido por honrar con sus colaboraciones este humilde sitio de KRISIS.