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Cristóbal Colón y el descubrimiento de América (3)
Colón en el monasterio de La Rábida (Huelva)
C olón abandona Portugal, bajo un hábito de franciscano, con su hijo Diego, niño aún. En las forjas de su mula lleva la Historia FERUM del papa Pío II. Y en una hoja en blanco va su tesoro: el mapa de Toscanelli y algunos datos copiados de sus libros en que apoyar sus argumentos. Había conocido la amargura del fracaso. Ahora tenía que buscar aires nuevos, una nueva patria donde empezar a vivir otra vez- a vivir o a soñar-. Se dirigió a la Rábida, ¿por qué? Algunos cronistas cuentan que fue allí en busca de unos parientes con intención de dejarles a su hijo Diego y proseguir así la búsqueda de apoyos e influencias para su empresa. En el condado de Niebla, así se llamaba entonces la actual provincia de Huelva, vivían dos parientes de su mujer. Ellos podían hacerse cargo del pequeño. Esta fue al menos la explicación que dio Colón en su diario. Es posible también que hubiera llegado a él la fama del sabio franciscano fray Antonio de Marchena, cosmógrafo y monje en el convento de la Rábida. La costa de Huelva era además tierra de navegantes. Los marineros de Palos recorrían las costas de África en rivalidad con los portugueses hasta llegar a Canarias. Lo cierto es que allí se dirige.

Escena primera: Colón y su hijo Diego llegan al convento de Santa María de la Rábida (Huelva), siendo bien recibidos y acogidos por los monjes
El monasterio- aún hoy en pie, admirablemente conservado- situado a corta distancia del puerto de Palos de Moguer. Acude a su llamada el prior fray Juan Pérez, cordial y hospitalario. Uno de los monjes tenía fama de astrónomo, fray Antonio de Marchena. Colón, rodeado de amigos, debió sentir cómo renacían sus esperanzas. Fray Antonio conocía los libros de mayor novedad y admitía, como Colón, que la Tierra era redonda. El prior le habló de la corte de Cádiz. ¿Quién iba a ayudarle con más entusiasmo que la reina Católica, que acababa de dar con su matrimonio con Fernando de Aragón el primer paso para la unificación de los reinos hispánicos?
Corría el año 1485 y España se aprestaba a acabar con el dominio musulmán; las naves de la Corona de Aragón dominaban el Mediterráneo. Llegar a la India – en aquel tiempo era inimaginable que se interpusiera otro continente- por el oeste suponía dar a España ventaja cierta sobre Portugal.
Se hallaban los reyes en Sevilla – los reyes no tenían un corte fija, sino itinerante –. Colón llevaba cartas de recomendación de Fray Juan Pérez, hombre apreciado en la corte, donde había sido confesor de la reina. Pero Colón prefirió no dirigirse inmediatamente a los monarcas y ganarse antes la protección de algún noble influyente. Uno de estos era el duque de Medinasidonia, el hombre más poderoso de España después de los Reyes, y prácticamente rey de Andalucía. Toda la costa sur de España, desde Gibraltar a la desembocadura del Guadiana, era su feudo. Colón pensaba que su ayuda sería inapreciable. Y que quizá si los reyes no querían ocuparse de su empresa podría el duque hacerlo con sus propios recursos, que casi igualaban a los de los monarcas. Conoció también en Sevilla al duque de Medinaceli, que ere un apasionado del mar y tenía astilleros propios en el puerto de Santa María. También es presentado al primado de España, el arzobispo de Toledo, don Pedro González de Mendoza, ministro universal de los Reyes Católicos. Pero, de momento, elude ser presentado a los Reyes. El duque de Medinaceli, en un principio, inició en sus astilleros la construcción de las carabelas, pero luego renunció a la empresa. Pensó quizá que, de triunfar la empresa, la corona reivindicaría todas las ventajas del éxito y para él serían los gastos.
De nuevo se tuerce la fortuna. El cronista de los Reyes, Andrés Bernáldez, nos lo cuenta así :” En nombre de Jesucristo, Salvador y Redentor del mundo, a 15 de abril de 1485, sacó el famoso rey don Fernando su hueste muy grande, e muy maravillosa, e muy hermosa, de Castilla, para ir a hacer guerra a los moros.” Quedaban los barcos en los astilleros del duque con su armazón pudriéndose bajo las lluvias de primavera. La campaña contra el moro derriba de un golpe todas las ilusiones de Colón.
Los reyes llaman al duque. En Córdoba se reúnen todos los nobles de Castilla dispuestos a expulsar de España a los últimos musulmanes establecidos en Granada. La empresa exige la movilización de todos los recursos del reino: no hay lugar para otra hazaña. El duque de Medinacelli pondrá a su disposición de la Reyes toda su hacienda y la de sus vasallos.
Colón asiste a la aventura. Toma parte en la campaña en el séquito del duque de Medinaceli. Caen uno tras otro los pueblos dominados por los moros: Cártama, Coín, Ronda, Marbella. Los reyes, desde Córdoba, dirigen la campaña. Aparece un arma nueva, la artillería, que pronto acabará con aquel modo caballeresco de guerrear. De nada sirve el ciego heroísmo de los jinetes árabes ante la técnica despiadada de los artilleros. La guerra deja de ser oficio de caballeros y se convierte en una técnica precisa. Sólo quedan aisladas las guarniciones que defienden los castillos, punto de partida de la próxima campaña de primavera.
Colón, antes de dar el salto que le propiciará el encuentro con los Reyes, explica a los monjes de la Rábida, ante la mirada atenta y entusiasta de fray Antonio de Marchena, sus teorías acerca de la redondez de la Tierra y la posibilidad de viajar hacia el oeste hasta llegar a Oriente y así evitar los ataques de los turcos que les acosaban en la ruta terrestre.

Escena segunda: Colón explica su teoría a los monjes de la Rábida.
Antes de que los Reyes reemprendieran la campaña contra los musulmanes del reino de Granada, Colón desea entrevistarse con ellos. Sabe que con esta campaña las posibilidades que tiene son pocas, ya que los gastos del ejército absorben todos los recursos del reino. El cronista Hernández del Pulgar nos dice: “Todo lo que se cogía de la cruzada y de las penas que se ponían a los que habían judaizado y se reconciliaban con la Iglesia, y de las otras rentas, ordinarias y de todas partes de donde se podían haber dineros, mandaban los Reyes distribuirlo en las cosas de la guerra.”
Al fin consigue Colón la primera entrevista con los Reyes en Córdoba.
Continuará…

JOSÉ MELERO PÉREZ, nació en Madrid el 15 de septiembre de 1941. Está licenciado en Psicología y en Geografía e Historia por la Universidad de Barcelona. Profesor jubilado. Actualmente escribe en su blog OJO CRÍTICO; en la sección “Entre Todos” de El Periódico. y en la revista electrónica “Religión Digital” a la que pertenece este artículo.
Vaya desde aquí mi más sincero agradecimiento por participar en este humilde sitio que es KRISIS.
Excelente narración. Enhorabuena.
Muchas gracias, Rafael.
José Melero