La Naturaleza no perdona nunca

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Naturaleza

La Naturaleza no perdona nunca

Por Leandro Sequeiros San Román

“Dios perdona siempre; los humanos perdonamos algunas veces; la
Naturaleza no perdona nunca”

E sta frase se atribuye al naturalista Félix Rodríguez de la Fuente (fallecido en trágico accidente en 1980). Si la frase no es suya, podría serlo porque refleja su mentalidad.

Los que hemos dedicado una parte de nuestra vida al estudio, la investigación y la docencia en Ciencias de la Tierra y Filosofía de la Naturaleza percibimos la hondura y certeza de esa frase. Pero puede ser ilustrativa una reflexión sobre qué es lo que se entiende en el mundo de la filosofía por “Naturaleza”. Y eso es fundamental para poder entender que
“la Naturaleza no perdona nunca”.

Las personas que no han tenido la fortuna de tener una adecuada “alfabetización científica”, cuando intentan describir lo que es la Naturaleza, asocian esta palabra con las plantas, los animales, el aire que respiramos. Y
tienen parte de razón. Algunos, incluso, la asocian con el sistema solar y con el universo. Y no les falta parte de razón.

Pero la palabra “Naturaleza” (y aquí por influencia de Pierre Teilhard de Chardin, la escribimos con letra mayúscula) es mucho más compleja y ambiciosa. Tiene su origen en la filosofía griega de hace 2.500 años. Para aquellos viejos pensadores, la “Physis” (de la que deriva la palabra “Física”) es el estudio de la parte de la realidad no controlada por el ser humano. Alude al “origen” de todas las cosas, a un “orden” de realidades (de ahí la palabra “cosmos” = orden) que escapan a nuestro control (como era el ciclo del día a la noche, o las estaciones del año).

Pero la palabra “Naturaleza”, a lo largo de la historia del pensamiento humano, ha evolucionado, ha madurado. Hoy, la palabra “natural” se contrapone a lo “artificial”, e incluso a lo “cultural” y más modernamente a “lo virtual”.

Los humanos nos vivimos y dependemos de un complejo sistema de factores naturales (no controlables por el ser humano) y que nos permiten, en interacción con ellos, sobrevivir en un universo hostil. Después de una larga aventura que se estima en 14 mil millones de años, la masa informe del universo se fue condensando en átomos, en materia, en galaxias, en sistemas y en planetas. Y en uno de ellos, muy apartado del centro de nuestra galaxia, la Via Láctea, surgió hace unos 4 mil millones de años una extraña propiedad de unos sistemas materiales a la que hemos llamado “la vida”. Y hace unos dos millones de años, unos rudimentarios mamíferos comenzaron a caminar, construir herramientas y a vivir en sociedad y a comunicarse. Ahora les llamamos “humanos”. Pero este largo camino (cuya
antigüedad nos es inimaginable) solo ha sido posible porque todo el conjunto ha constituido un “sistema” enormemente complejo, contingente (no azaroso), con propiedades emergentes que han propiciado un proceso al que desde la ciencia y la filosofía se ha denominado como “Evolución”. Y hace casi cien años, el biólogo Theodosius Dobzhanky sentenció que “nada se explica en el Universo si no es bajo el prisma de la Evolución”.

En la actualidad, la palabra “Naturaleza” no se puede separar de la palabra “Evolución”. En un universo enigmático como el nuestro, los seres humanos dependemos continuamente de las propiedades evolutivas y emergentes del sistema natural. Existimos porque existen las famosas cuatro fuerzas físicas universales que dan estabilidad a la realidad. ¿Qué sería de nosotros si se alterase la fuerza de la gravedad?

Un amigo me decía que “vivimos de milagro”. Es verdad. La supervivencia de la vida sobre la Tierra (y por ende la vida humana) depende de la estabilidad de una serie compleja de variables. Por eso, los intentos –muchas veces movidos por el dinero– de determinados grupos de poder de querer presionar tanto a cambios en la Naturaleza, de modo que los efectos colaterales sean irreversibles, deben ser frenados. El cambio climático (del que nadie puede dudar) es uno de los efectos colaterales perversos. Pero hay otros muchos.

Sin caer en histerias conspiranoicas, es necesario movilizarse. Es una tarea prioritaria de la sociedad civil el presionar sin violencia a los gobiernos y corporaciones (con más poder que muchos gobiernos) para evitar el deterioro trepidante de la armonía de la humanidad con la realidad natural. Y recordemos que la “Naturaleza” es incontrolable y que, además, no perdona nunca.

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LEANDRO SEQUEIROS SAN ROMÁN nació en Sevilla en 1942. Es jesuita, sacerdote, doctor en Ciencias Geológicas y Licenciado en Teología. Catedrático de Paleontología (en excedencia desde 1989). Ha sido profesor de Filosofía de la Naturaleza , de Filosofía de la Ciencia y de Antropología filosófica en la Facultad de Teología de Granada. Miembro de la Academia de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales de Zaragoza. Asesor de la Cátedra Francisco Ayala de Ciencia, Tecnología y Religión de la Universidad Pontificia de Comillas. Presidente de la Asociación Interdisciplinar José Acosta (ASINJA).Es autor además, de numerosos libros y trabajos que se ofrecen gratuitamente en versión digital en BUBOK.
    En la actualidad reside en Granada continuando sus investigaciones y trabajos en torno a la interdisciplinaredad, el diálogo Ciencia y Fe y la transdisciplinariedad en la Universidad Loyola e intentando relanzar y promover la Asociación ASINJA que preside. Un nuevo destino después de haber trabajado solidariamente ofreciendo sus servicios de acompañamiento, cuidado y asesoramiento en la Residencia de personas mayores San Rafael de Dos Hermanas (Sevilla).
    La persona de Leandro Sequeiros es un referente de testimonio evangélico, de excelencia académica, de honestidad y rigor intelectual de primer orden. Vaya desde aquí nuestro agradecimiento más sentido por honrar con sus colaboraciones este humilde sitio de KRISIS.

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