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EL UNIVERSO AFECTIVO (0)
Recuerdos de mi interés por la Psicología
Por Juan Miguel Batalloso Navas
M i descubrimiento de la Psicología como disciplina científica se produjo exactamente en el año 1970, año en el que comencé a estudiar Magisterio en la Escuela Normal “Nebrija” de Sevilla. En aquel curso de 1970-1971, me dio clase una vieja profesora muy conservadora y religiosa de la que guardo, en general, buenos recuerdos. Era, la conocida “Doña Concha Moyano“, cuyos métodos no podían ser más antiguos, rutinarios y tradicionales. Sus clases eran siempre exactamente iguales. Jamás hubo, que yo recuerde, una novedad o algún cambio en su forma de desarrollar las clases. Como es habitual todavía en casi todas las instituciones formativas del mundo, sus clases duraban una hora y finalizaban al estricto toque general del timbre.
Durante la primera media hora, doña Concha seleccionaba y llamaba arbitrariamente a cualquier alumno para decir o recitar la lección del día o de la semana, lección que puntuaba secretamente y sin dar explicaciones a nadie. La misión de los alumnos consistía en recitar lo más fidedignamente posible todo el contenido de la lección. Se trataba de aprender de memoria pura y dura todo lo que el libro decía. No obstante Doña Concha nos permitía guiarnos del programa que el libro traía en el cual, venían especificados los epígrafes del tema. Era sin duda y a todas luces, un auténtico método antipedagógico, en el que la comprensión, la creatividad y los ejemplos no aparecían por ningún sitio. Pero curiosamente y, aun así, a pesar del terror que nos infundía ante la posibilidad de ser llamados un día por sorpresa a “decir la lección” y que nos cogiera en blanco recibiendo así el correspondiente cero, algo aprendíamos. Por lo menos aprendíamos a darnos cuenta de que para salir airoso en las notas de clase era necesario regalarle el oído al profesor, repitiendo algunas ideas de lo que este había dicho y recalcado el día anterior. Y de alguna manera, aprendíamos también a acostumbrarnos a estudiar todos los días Psicología, no fuese a ser que nos preguntara al día siguiente y no tuviésemos nada que decir.
A pesar de estas deficientes e insuficientes condiciones para interesarnos por la asignatura, al menos yo conseguí sobreponerme a ellas obedeciendo rigurosamente a lo que Doña Concha mandaba e interesándome por determinados temas del libro de texto de Cándida Velasco de Frutos, titulado “Psicología general y evolutiva“. Me gustaron muchísimo los temas relacionados con el Psicoanálisis de Freud, lo cual me llevaría más tarde a leer muchas de sus obras mientras hacía el servicio militar. La verdad fue que la fortuna me acompañó, aunque me obligó a mantener permanentemente un nivel de autoexigencia que me permitía satisfacer las demandas de Doña Concha.
La primera vez que me llamó al estrado para decir la lección, tuve una suerte inmensa porque aquella lección me la sabía de “pé a pá” y Doña Concha tuvo la ocurrencia de ponerme como ejemplo delante de toda la clase. Este acontecimiento, derivó en el hecho de que cada cierto tiempo, me llamase siempre para recitar las lecciones, lo cual me obligaba a mantener las expectativas que Doña Concha tenía conmigo. Y así con el tiempo aprendí a perder el miedo a hablar en público y a expresarme oralmente mejor. También he de decir en honor a su recuerdo y a su persona, que cuando me llamó por segunda vez y yo no fui capaz de decir la lección a plena satisfacción de ella, me llamó a su despacho para hablar personalmente conmigo, lo cual me dejó enormemente sorprendido. En aquella entrevista Doña Concha se interesó por mi familia, por donde y como vivía y cuáles eran mis preocupaciones. Obviamente, yo como un joven de tan solo 17 años pues le contesté a todo lo que me preguntó. Pero lo más impactante de todo para mí fue que me dijo que comprendía muy bien todas mis preocupaciones y que lamentaba que yo estuviese sufriendo tanto. Y efectivamente era así, porque en aquel curso del 70-71, mis dificultades económicas, de relación social y de enfado permanente conmigo mismo por no haber conseguido estudiar lo que yo quería, que era Medicina, pues fue para mí de una elevada angustia y ansiedad. Por todo esto, digo ahora con alegría y agradecimiento que Doña Concha me ayudó a encontrar el camino de mi bienestar emocional, camino que fue muy simple, pero muy productivo y fructífero. Se trataba solamente de estudiar, estudiar y estudiar, olvidándome de todo lo demás, lo cual me permitió obtener una beca al año siguiente. Ahora a mis años, comprendo perfefectamente aquella frase de un prestigioso téorico de la Educación que ahora no recuerdo que decía: “Al palacio de la desobediencia se accede mediante el camino de la obediencia“.
Recuerdo vivamente con nostalgia que, en el año 1974, mientras hacía el servicio militar, además de las obras de Freud, uno de mis compañeros me prestó la obra del psiquiatra español Carlos Castilla del Pino (1922-2009) titulada “Un estudio sobre la depresión. Fundamentos de antropología dialéctica“, libro que me causó un gran impacto e hizo nacer mi interés por el estudio de las emociones y los sentimientos en relación con las condiciones materiales y existenciales de las personas. Comencé a mezclar, por tanto, marxismo y psicología, lo que me permitió adentrarme de lleno, años más tarde, en la obra de Erich Fromm (1900-1980), autor que ha sido y sigue siendo uno de mis grandes maestros de referencia.
También recuerdo, que cuando hice 1º de Medicina, tuve como profesor al catedrático de Psicología Médica Don Francisco Alonso-Fernández (1924-2020), cuya personalidad y sus clases me cautivaron de sobremanera. Todavía conservo su manual de texto titulado “Psicología médica y social” editado por “Paz Montalvo” en 1973. Un manual que me ha acompañado siempre y que he utilizado muchas veces para recordar y fijar conceptos. En realidad, puede ser considerado como una auténtica enciclopedia básica de todos los conocimientos de psicología existentes en España a comienzos de 1970.
Años más tarde, concretamente en 1978, recibí clases de Psicología General y Evolutiva en la Facultad de Ciencias de la Educación de Sevilla del conocido y prestigioso profesor e investigador don Jesús Palacios González. Un profesor por cierto, muy joven en aquel tiempo, que había obtenido su licenciatura en Psicología en 1974 en la Universidad de Barcelona y que inmediatamente consiguió como otros jóvenes licenciados, obtener una plaza como profesor en la Facultad de CC.EE. de Sevilla. Recuerdo también vivamente, que sus clases eran un no parar de explicar y explicar, llenando aquellas pizarras móviles del aula con numerosos esquemas e ideas. Para mí al menos era imposible mantener la atención a lo largo de toda la hora. Su conocimiento, desde luego era muy amplio y profundo y se notaba que dominaba a la perfección la materia. Sin embargo, allí los alumnos nunca participaban y su misión era escuchar, escuchar y tomar apuntes a la máxima velocidad posible. Se le notaba, o al menos yo así lo recuerdo, un tanto altivo, distante y presuntuoso, dado que su oratoria más que ayudarnos a comprender y a motivarnos por el estudio de la Psicología, consistía en demostrar que nosotros, los alumnos, no sabíamos absolutamente nada y que el único que lo sabía absolutamente todo era él. El manual de texto que utilizó aquel año fue “Desarrollo de la personalidad en el niño” de Mussen, Conger y Kagan, cuya primera edición de Trillas databa de 1971. Una obra, por cierto, monumental y de carácter enciclopédico que proporcionaba no solo conceptos, sino sobre todo abundantes ejemplos de investigaciones experimentales, obra que desde luego aun conservo. Aquella obra, fue la base de toda la asignatura y de las evaluaciones. Unas evaluaciones que eran siempre de pruebas objetivas de elección múltiple a las que yo nunca conseguí adaptarme recibiendo así el suspenso correspondiente. Recuerdo que el profesor tomaba algunas preguntas o items de las pruebas incluso de los títulos o leyendas de las fotografías del libro y así no había manera. Había que aprenderse exhaustivamente el manual y planear con previsión las posibles preguntas que podría hacer don Jesús lo cual era una tarea muy difícil para mí, cuando, además, pasado un mes lo había olvidado todo y por consiguiente tenía que volver a empezar. Consecuencia de todo esto fue que la Psicología Evolutiva y del Desarrollo no me interesó mucho, inclinándome más bien por la Psicología de la Personalidad, la Psicología Social y los Trastornos de Conducta. Recuerdo finalmente también, que en aquellos años de facultad manejé y trabajé un libro-manual de Psicología General impresionante que aun conservo como una joya de mi biblioteca personal. Me estoy refiriendo a la obra del insigne catedrático de Psicología don José Luis Pinillos titulada “Principios de Psicología” y editada por Alianza en 1975.
En aquel tiempo y hasta algunos años después, la Psicología de la Afectividad o de las emociones, los sentimientos, las actitudes y los valores estaba muy poco desarrollada. No sería hasta 1983, con la aparición de la “Teoría de las Inteligencias Múltiples” (“Frames of Mind: The Theory of Multiple Intelligences” de Howard Gardner cuando comenzó a hablarse de “Inteligencia intrapersonal” (conocerse a sí mismo y reconocer nuestras emociones y sentimientos) y de “Inteligencia interpersonal” (conocer a los demás siendo capaces de mantener relaciones empáticas reconociendo sus emociones y sentimientos).
Las ideas de Gardner, las recogió y reformuló el periodista y psicólogo Daniel Goleman publicando en 1995 su famoso best-seller mundial “La inteligencia emocional” o capacidad de reconocer las emociones, tanto propias como ajenas, así como de gestionar nuestra respuesta a ellas.
Desde entonces nuevos modelos de Inteligencia Emocional han surgido y de los que ya tendremos oportunidad de hablar aquí. Y también se han producido numerosas investigaciones acerca de cómo se expresan y manifiestan las emociones en nuestro cerebro. (Neuropsicología).
La cuestión es, que desde aquellos primeros años de la década de los 70 del pasado siglo la Psicología de la Afectividad me ha interesado y me sigue interesando mucho. Este interés me permitió el año pasado ofrecer en el Centro Holístico de Desarrollo Personal AMARA de Camas (Sevilla), una serie de charlas dirigidas a explorar el mundo de las emociones y los sentimientos.
Así pues, y como resultado de esta evolución, voy a comenzar a presentar aquí toda una serie de artículos sobre el mundo interior de las emociones y los sentimientos, mundo que denomino “El Universo Afectivo” siguiendo el término adoptado por José Antonio Marina en sus obras “El laberinto sentimental” y “Diccionario de los sentimientos” que escribió en coautoría con la especialista en diccionarios y documentación Marisa López Penas.
Con la esperanza que estos artículos te gusten y te aporten algo para conocerte a ti mismo interiormente y agradeciéndote que hayas llegado hasta aquí, recibe un cordial saludo de:


En el artículo expones un notable interés por la Psicología en los aspectos de la afectividad, de los sentimientos y de las emociones. Son temas que hacen referencia a aspectos cruciales de nuestra vida, porque no somos robots, sino seres dotados de emociones y sentimientos muy relacionados con la afectividad hacia otras personas. En mis encuentros con otras personas, si hay empatía y la conversación es interesante, recibo un chute de endorfinas que me producen bienestar. Aprovechar, en la medida de lo posible, encuentros personales, me ocasionan un gran goce, lo que me demuestra la gran importancia que tienen las relaciones personales como seres sociales que somos. Procuro fomentar siempre que puedo esas relaciones, aunque sean efímeras y con desconocidos, sea en el lugar que sea. Un día fui a un súper, y al entrar estornudé por el aire acondicionado. Un empleado escuchó mi estornudo y exclamó:” ¡Jesús!”. Yo me dirigí hacia él y le dije que me llamaba José y no Jesús. Él lo encontró gracioso y le expliqué el origen de gritar ¡Jesús! cuando una persona cercana estornuda.
“Desde épocas muy remotas, el estornudo se consideraba como síntoma de una enfermedad infecciosa como la peste o el cólera. El cristianismo introdujo la expresión ¡Jesús! dirigida al que estornudaba, con el significado de ¡Jesús te cure!
Más tarde, se introdujo la expresión ¡Salud! con el significado de “Deseo que te cures pronto o de que no te pongas enfermo. Actualmente, se emplean las dos expresiones.
El empleado me agradeció la explicación que le había dado porque la encontró interesante y nos dimos la mano al despedirnos.
Muchísimas gracias, José por tu reconocimiento y seguimiento. Un gran abrazo y adelante siempre !!!
Seguiros a ti y a Pepe Melero y leer vuestras referencias y “ocurrencias” es un auténtico placer. Gracias a los dos, “Maestros de escuela”. Un abrazo.
Gracias a ti, Maestro y amigo Fernando. Adelante siempre !!!