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Este artículo es una continuación del anterior.
EL UNIVERSO AFECTIVO (1)
Concepto
Por Juan Miguel Batalloso Navas
La afectividad es definida por el Diccionario de la Real Academia Española de Lengua como el «Conjunto de sentimientos, emociones y pasiones de una persona» y también como la «Tendencia a la reacción emotiva o sentimental» y el «Desarrollo de la propensión a querer».
De acuerdo con esta definición, la afectividad, como fenómeno y acción de sentir, emocionarse, apasionarse y querer o amar ya sea a una persona, un objeto, un sueño, un recuerdo o un proyecto es, sin duda alguna, un fenómeno humano universal que también está presente de forma singular en algunas especies de animales. Es más, la vida de un ser humano no puede entenderse sin la satisfacción de sus necesidades afectivas y sin la necesidad de recibir, expresar o manifestar afectos. Nuestra vida, seamos o no conscientes de ello, está marcada, incluso desde nuestra etapa intrauterina, por los afectos, o mejor, por el cariño y el amor que nos proporcionó primero nuestra madre y posteriormente nuestro padre, familiares, educadores y amigos. No puede entenderse pues, una vida sin cariño, sin afecto, sin cuidado, sin ternura y todas las expresiones corporales y verbales que la acompañan. De hecho, una vida sin afectos no sería propiamente vida humana.
Por otro lado, la afectividad es una cualidad emocional y sentimental que colorea, impregna e incluso fundamenta y da sentido tanto a lo que pensamos, como a todo lo que hacemos y, en especial, a las relaciones e interacciones que, a diario, mantenemos con las demás personas. Puede decirse entonces que la afectividad es la energía que nos motiva y nos mueve a la acción, ya se trate de una afectividad positiva de atracción, placer, gozo, alegría y amor o de una afectividad negativa de repulsión, rechazo, dolor, odio y tristeza.
Este carácter universal de la afectividad que impregna la vida de cualquier ser humano y, a su vez, esa energía expansiva y transversal que se inserta en nuestros pensamientos, palabras y acciones, además de la extraordinaria diversidad de sentimientos y estados de ánimo, hacen que tengamos que hablar de lo que José Antonio Marina llama “Laberinto sentimental” y “Universo afectivo” 1 Ref.MARINA, José A. El laberinto sentimental. Madrid: Anagrama, 1996.;MARINA, José A.; LÓPEZ, Marisa. Diccionario de los sentimientos. Barcelona: Anagrama, 2001..
Para José Antonio Marina, el “Universo afectivo” está formado por un sistema de representaciones semánticas básicas, que proceden de la experiencia. Una experiencia que es el resultado de la codificación o interpretación de las vivencias, es decir, de las interacciones que todo ser vivo mantiene con su medio ambiente. Representaciones que se condensan casi siempre en palabras que:
Por otro lado, los sentimientos nunca aparecen ni se manifiestan en nosotros de un modo aislado. Si son el producto de nuestras experiencias, lo queramos o no, arrastran o cargan con una mochila de memoria emocional que hace que emerjan de una determinada manera y desencadenen nuevos sentimientos de forma singular. Pero, al mismo tiempo, los sentimientos obedecen a complejas influencias culturales, morales y comunicativas, que hacen que nazcan, se expresen y se mantengan de una forma específica. Cada palabra utilizada para definir un sentimiento encierra en sí misma una extraordinaria complejidad, ya que esa palabra juega un importante papel para:
Por tanto, el “Universo afectivo” expresa y está constituido por «…Deseos, sentimientos, actitudes, rasgos de personalidad y conductas…» 4 Ref.Marina; López, 2001, p. 18.
Siguiendo a José Antonio Marina, el “Universo afectivo” se caracteriza por estar inserto en permanentes procesos de cambio al mismo tiempo que está constituido por una heterogeneidad de significados y experiencias afectivas. Experiencias que están todas ligadas al verbo sentir, experimentar o afectar, es decir, a «…la capacidad de percibir las sensaciones o las alteraciones del propio organismo; pero también la capacidad de emocionarse, o de desear, y el acto de ser afectado por estímulos espirituales…» 5 Ref.Marina; López, 2001, p. 50
Para estos autores, la afectividad humana siempre se expresa y manifiesta, ya sea en forma exteriorizada o interiorizada, en cuatro dimensiones 6 Ref.Marina; López, 2001:
- Atracción/repulsión. Se trata de una dimensión dinámica que tiene un carácter activo, de movimiento, bien de acercamiento y cercanía al objeto emocional o bien de alejamiento y huida de este. Este dinamismo emocional incluye cuatro tipos de impulsos: 1) Impulso de ir hacia algo bueno: atracción; 2) Impulso de ir contra algo: agresión; 3) Impulso de separarse de algo: aversión y 4) Impulso de separar algo de mí: repugnancia. Esta dimensión afectiva tiene un carácter motivacional.
- Agrado/desagrado. Se trata del agrado o desagrado, o del placer o displacer que proporciona una experiencia. Está asociada a las experiencias de malestar o bienestar, siendo aquellas experiencias que no presentan ningún tipo de sensación dolorosa, displacentera o desagradable, sino que está caracterizada por tranquilidad, alegría, gozo y placer. En consecuencia, se trata de una dimensión afectiva de carácter hedónico.
- Aprecio/desprecio. Esta dimension afectivas, al igual que las otras, se presentan en todas aquellas experiencias que han pasado por una evaluación emocional. Sin embargo, José A. Marina precisa que tienen un carácter más reflexivo, en cuanto que se auxilia de criterios morales y juicios de valor. No obstante, se puede apreciar a una persona en determinadas características y despreciarla en otras. En consecuencia, se trata de una dimensión evaluativa o de juicio.
- Activación/depresión. Hay emociones y sentimientos que tienen un carácter activador en cuanto que impulsan hacia la acción. En cambio, hay otras que tienen un carácter inhibidor o pasivo. La alegría, por ejemplo, es un sentimiento que estimula e impulsa acciones. Por el contrario, la tristeza, conduce a la apatía, la pasividad y la inhibición de acciones.
En este “Universo afectivo”, en el que la experiencia humana se desarrolla y en el que los sentimientos presentes varían en intensidad, duración y profundidad, presentándose siempre como un continuo, Marina distingue entre 7 Ref.Marina, 1996:
- Estados sentimentales: sentimientos duraderos, que permanecen estables, mientras cambian otros sentimientos simultáneos más efímeros. Estados que, a su vez, se pueden clasificar en hábitos sentimentales, que son los que tienen una influencia y un importante impacto en la configuración de nuestra personalidad formando parte de nuestro carácter. O también en estados de ánimo o humor que, aunque sean duraderos, tienen menos consistencia.
- Emoción: sentimiento breve de carácter inconsciente, de aparición normalmente abrupta y con manifestaciones físicas
- Pasión: sentimientos intensos, vehementes, tendenciales, con un influjo poderoso sobre el comportamiento.
Podría dar la sensación de que, al analizar así las experiencias y procesos afectivos, estos funcionan de forma independiente y aislada de los procesos racionales y cognitivos, cuando en realidad, esto no es de ningún modo así. Nuestros razonamientos, así como todos los procesos de aprendizaje y de construcción de conocimiento, no solo se producen de manera simultánea, sino que, además, es el pathos (el corazón) y no el logos (la razón) el que interviene antes. En consecuencia, son las emociones y los sentimientos los que fundamentan las motivaciones y estimulan las acciones. Algo por cierto de lo que ya nos informaba el padre de la epistemología genética Jean Piaget (1896-1980): «… Por el término afectividad entenderemos: 1) los sentimientos propiamente dichos, y en particular las emociones; 2) las diversas tendencias, incluso las “tendencias superiores” y en particular la voluntad…» 8 Ref.PIAGET, Jean. Inteligencia y afectividad. Buenos Aires: Aique, 2005., p. 18. Sin olvidar que el desarrollo de la inteligencia y el desarrollo de la afectividad son inseparables:
Por todo esto, el “Universo afectivo”, que caracteriza y colorea las experiencias de cada persona y que forma parte del carácter individual, es de una complejidad extraordinaria. No solo está constituido por numerosos elementos que interaccionan entre sí, sino que además está permanentemente sometido a las diferentes emergencias que resultan de las interacciones y recursiones que se realizan con el medio ambiente.
La complejidad de los procesos afectivos ha sido puesta de manifiesto de manera gráfica y sencilla por Edgar Morin al referirse a una de las características de la compleja condición humana. Así nos dice que toda experiencia humana se realiza y desarrolla a partir del bucle “razón-afecto-impulso”. Un bucle que está continuamente atravesando cualquier pensamiento o comportamiento que realicemos y que, por tanto, nuestro conocimiento nunca estará completamente libre de sesgos o errores, así como nuestra afectividad tampoco estará completamente libre de impulsos. 10 Ref.MORIN, Edgar. Los siete saberes necesarios a la educación del futuro. París. UNESCO, 1999.


Comentario de ÁNGELES TORRES AGEITOS vía FB
Creo que hay toda una reflexión psicológica y filosofía en el texto que anima a su lectura y posterior opinión. En todos mis años de profe, la experiencia delata actitudes y comportamientos que no están bien construidos pero generan una cierta disfunción en las relaciones que salen a la luz de las más variadas formas. En esto, estoy segura de que la afectividad juega un papel imprescindible en la educación infantil y ,de ahí un cierto equilibrio emocional, puede maniobrar con cierto éxito, en las etapas posteriores que no quedan por vivir. El afecto es algo parecido a un abrigo contra el frío, arropa, da calor y calidez, cualquiera que sea el sitio en el que estemos. Vacuna contra la intemperancia de lo que nos puede acontecer, fortalece las relaciones necesarias para la vida, jerarquiza la necesidad de afecto por encima de otras consideraciones, ofrece sin pedir, es el mayor gesto gratuito que más compensa, rompe barreras y esteriotipos, no tiene ninguna necesidad de justificarse, tampoco ninguna vergüenza en expresar lo que se siente, sabe administrar el sentido más cercano con los demás, porque dispone de una herencia de cariño que, lejos de agotarse, se crece cada vez que se da.