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EL UNIVERSO AFECTIVO (13) El apego a la perfección
Por Juan Miguel Batalloso Navas
D esde la más remota antigüedad la búsqueda de la perfección humana ha sido una de las grandes cuestiones que han preocupado a la Filosofía y a la Educación. Sin embargo, por mucho que los seres humanos han intentado ser perfectos nunca lo han conseguido y la prueba está, no solo en las muertes y tragedias que a lo largo de la Historia nos han precedido y continúan sin cesar en nuestro presente, sino también en el variado abanico de trastornos mentales cuya base está en la ansiedad y el sufrimiento provocado por buscar un ideal imposible y contradictorio con nuestras fortalezas y posibilidades. No cabe duda entonces, que el enfoque educativo centrado en idealismos ajenos a la realidad de la condición humana no ha producido los resultados esperados. Tal vez, la razón haya sido la desconsideración o la ignorancia de que la condición humana es realmente compleja, condición que lo mismo puede alumbrar las más excelsas, brillantes y bellas obras que los más execrables, oscuros y malévolos comportamientos.
La complejidad de la condición humana ha sido estudiada por la Filosofía, la Sociología, la Antropología, la Psicología y por las Ciencias Humanas en general. No obstante, y a mi juicio, una de las mejores contribuciones ha sido la realizada por el reconocido antropólogo, sociólogo, filósofo y epistemólogo Edgar Morín, el autor de la universal obra “Los siete saberes necesarios para la educación del futuro”. En esta obra, este gran Maestro de humanidad nos dice:
¿Quiere esto decir que los seres humanos debemos renunciar a perfeccionarnos o a mejorarnos en todas las dimensiones de nuestra existencia? Evidentemente no, aunque si no somos conscientes de nuestras limitaciones y errores sin que por ello generemos culpa, difícilmente podremos avanzar en el proyecto de alcanzar nuestra más plena humanidad. La Educación entonces, no puede consistir en perseguir ideales inalcanzables, sino más bien en proporcionarnos estrategias y procedimientos para que nos desarrollemos plenamente como humanos que somos. Precisamente, las actitudes perfeccionistas que a diario provocan desequilibrios y sufrimientos en las personas proceden de una “mala educación” que ha sido incapaz de proporcionarnos herramientas para autoconocernos y “aprender a ser”. 2 Ref.DELORS, Jacques et. al. La educación encierra un tesoro. Madrid: Santillana&Unesco, 1996.
Psicológicamente, el perfeccionismo puede ser definido como:
A mi juicio, el origen de las actitudes perfeccionistas y sus posibles consecuencias en la generación de sufrimiento psíquico, ansiedad, estrés y depresión hay que situarlo necesariamente en la salvaje cultura social de competitividad, excelencia y éxito que impulsa a los individuos a desear alcanzar las más altas cotas de perfección ignorando tanto sus debilidades y dificultades personales, como las circunstancias sociales que se lo impiden. Una cultura que obviamente se inscribe en la ideología del capitalismo depredador, consumista y creador de necesidades artificiales que lleva a los individuos a creer que hay que ganar y ser el primero a toda costa, cuando en realidad quienes ganan son siempre una absoluta minoría.
Esta ideología de la competitividad salvaje, al incrustarse en los sistemas escolares ha hecho que la Educación y la Formación se hayan convertido en una larga y duradera carrera de obstáculos que muchos individuos no pueden o no saben superar. De hecho, el denominado “fracaso escolar” no es tanto un fracaso individual y personalizado, sino más bien el fracaso de un sistema escolar incapaz de atender a la diversidad de los individuos y de proporcionar las ayudas necesarias para que cada persona pueda alcanzar un máximo de desarrollo conforme a sus posibilidades.
Curiosamente muchas de las conductas perfeccionistas se aprenden, no solo en las familias, sino también en las escuelas, dado que el éxito escolar es considerado exclusivamente como la obtención de los primeros puestos en el ranking de unas evaluaciones puramente cuantitativas. En este sentido podría hablarse de lo que se conoce como el “síndrome del buen alumno”, que es aquel que provoca en quienes lo padecen conductas de frustración, desasosiego, estrés y ansiedad. Estos estados emocionales negativos y sin duda alguna destructivos, se generan como consecuencia de la aceptación incondicional de las evaluaciones de los demás, a los que se les concede el rol de autoridad absoluta y única. Y, por otro lado, de la tendencia a ver siempre defectos, insuficiencias e incorreciones en cualquier trabajo que realizan, lo que los lleva en muchas ocasiones o bien a procrastinar o a abandonar proyectos que podrían haber sido perfectamente valiosos y útiles, o a embarcarse en tareas que nunca dan por definitivamente terminadas.
En la familia sucede algo similar. El perfeccionismo se origina por lo general debido a las exigencias que los padres inculcan en sus hijos, exigencias que proceden de aquellos criterios y modelos culturales que se consideran admirables y de éxito. A su vez aquellos padres que por cualquier circunstancia no han conseguido materializar los objetivos y metas que se proponían en sus vidas y que los ha convertido en rehenes de complejos de inferioridad, tienden a proyectar en sus hijos sus frustraciones obligándolos a hacer aquello que ellos no fueron capaces de conseguir. En cualquier caso y desde la institución familiar, lo que podría ser un tratamiento educativo dirigido a estimular y animar la superación de dificultades a menudo se convierte en una obligación de los hijos que les impide desarrollar sus genuinas capacidades. De este modo los hijos interiorizan una autoexigencia que llevada a sus extremos, los imposibilita de por vida para analizar con serenidad y sin culpa sus errores y dificultades. Nada hay más pernicioso que unos padres exigentes, rigoristas y empeñados en que sus hijos sigan el camino que ellos no supieron o no pudieron culminar.
Las personas perfeccionistas son aquellas que se obsesionan con la perfección, la excelencia y nunca son capaces de disfrutar de la tarea o el trabajo realizado. Son incapaces de autogratificación al mismo tiempo que no toleran fallos y errores. Esta incapacidad para percibir objetivamente la realidad exterior y la suya propia, las lleva a repasar y repetir una y mil veces las tareas mostrándose incapaces de terminarlas y sintiendo además un miedo injustificado y enfermizo a las evaluaciones de los demás o en el caso de los estudiantes e incluso de autores reconocidos, un miedo a ser tachado de académicamente irrelevante o incorrecto. Así pues, son personas que, al perseguir una perfección imposible, siguen al pie de la letra las instrucciones y criterios sociales o académicamente instituidos y prescritos, no permitiéndose el gozo de generar libremente ideas dado que siempre necesitarán de muletas, apoyos y aprobaciones. De este modo se incapacitan para gozar del proceso de creación ya que solo piensan en los resultados y el juicio que los demás puedan hacer de su trabajo. De hecho, las actitudes perfeccionistas no solo merman el placer por el trabajo y la posibilidad de acceder a estados de flujo, sino que también obstaculizan los procesos de creatividad dado el temor que tienen a ser desautorizados.
Por otra parte, el perfeccionismo no solamente se refiere a la obsesión por la perfección en la realización de trabajos y proyectos, sino también a la actitud de controlar todos y cada uno de los detalles del proceso de trabajo con el fin de ser los campeones de la eficiencia y la eficacia. De este modo la obsesión por hacer las cosas perfectas en el menor tiempo posible y gastando un mínimo de energía, los sumerge en un ciclo interminable de ansiedad y estrés que paradójicamente hace que sus resultados no sean los esperados. Por intentar conseguir una perfección obsesiva terminan por encontrarse con una imperfección real, lo cual retroalimentará un ciclo dependiendo de los casos, bien de insatisfacción permanente, o de decepción, angustia y apatía.
Para el psicólogo Álvaro Amores, 4 Ref.Amores, 2017 las actitudes de perfeccionismo obsesivo están en la base de los estados depresivos y los trastornos psicopatológicos asociados, ya que se trata de individuos que:
- Tienen un deseo obsesivo focalizado en alcanzar la perfección en algún ámbito de su vida.
- Se sienten impotentes e incapacitados para realizar ese deseo.
- Anticipan el futuro de una forma negativa llegando a sentir que nunca serán capaces de conseguir sus deseos, manifestando así una alta incapacidad para mediatizarlos y secuenciarlos
- Como efecto de sentir esa impotencia e incapacidad, terminan por sumergirse en estados depresivos o apáticos.
Para la psicóloga argentina Lorena De Rosa, los factores que sostienen, mantienen y hacen posible la continuidad de las actitudes perfeccionistas son entre otras las siguientes 5 Ref.DE ROSA, Lorena. Perfeccionismo y autocrítica. Consideraciones clínicas. Revista Argentina de Clínica Psicológica.2012:
- Miedo a cometer errores. Las personas perfeccionistas sienten diversos grados de miedo o temor a cometer errores. Son intensamente autocríticas, lo cual las lleva a tener una imagen negativa de sí mismas: «…La razón por la cual se autoimponen estándares exigentes no es por que están motivados por el deseo de mejorar, si no por el miedo al fracaso…» (Rosa, 2012, p. 40)
- Cognitivamente funcionan a base de pensamiento dicotómico y absolutista, que es aquel que no admite términos medios o matices. Se trata de personas que razonan en términos absolutos de bueno-malo, perfecto-imperfecto, todo-nada; siempre-nunca, etc.
- Son personas obsesivas del autocontrol. Revisan todos los detalles de sus acciones y hasta que no consiguen autoevaluarlos positivamente permanecen estancadas o bloqueadas. Son incapaces de tolerar cualquier fallo por pequeño o insustancial que este sea y al mismo tiempo muestran incapacidad para obtener otras fuentes de autosatisfacción o placer que no sea el de conseguir el trabajo, el proyecto o la tarea perfecta, inmaculada e intachable.
- Están autoevaluando continuamente su propio rendimiento, no solo en los resultados de la tarea o el trabajo que realizan, sino también en el esfuerzo o la energía que gastan (obsesión por la eficiencia).
- Al no conseguir las metas que se proponen, las personas perfeccionistas tienden a evaluar de forma distorsionada sus metas, su rendimiento y su trabajo. Tienden a sobrevalorar sus fallos y errores y a minusvalorar sus logros y éxitos.


Juan Miguel Batalloso Navas, es Maestro de Educación Primaria y Orientador Escolar jubilado, además de doctor en Ciencias de la Educación por la Universidad de Sevilla, -España–.
Ha ejercido la profesión docente durante 30 años, desarrollando funciones como maestro de escuela, director escolar, orientador de Secundaria y formador de profesores.
Ha impartido numerosos cursos de Formación del Profesorado, así como Conferencias en España, Brasil, México, Perú, Chile y Portugal. También ha publicado diversos libros y artículos sobre temas educativos.
Ha sido miembro del Grupo de Investigación ECOTRANSD de la Universidad Católica de Brasilia y pertenece al Consejo Académico Internacional de UNIVERSITAS NUEVA CIVILIZACIÓN, donde ofreció el Curso e-learning: ‘Orientación Educativa y Vocacional’.
En la actualidad, casi todo su tiempo libre lo dedica a la lectura, escritura y administración del sitio KRISIS cuya temática general está centrada también en temas educativos y transdisciplinares. Su curriculum completo lo puedes ver AQUÍ
Referencia
No cabe duda de que debemos tender a mejorar en todas las dimensiones, y que nuestra personalidad está inacabada. En una tertulia literaria, una participante comentó que ya era suficientemente mayor para cometer errores. Yo le contesté diciéndole que los errores los arrastramos durante toda nuestra vida.
Ir consiguiendo un perfeccionamiento no debe convertirse en una tarea obsesiva para no caer en el estrés y en la ansiedad. Es normal cometer errores que indiscutiblemente tienen un valor pedagógico si se aprovechan para evitar cometer los mismos, al mismo tiempo que aceptar que surgirán otros, por lo que el ser perfecto no existe. No obsesionarse con la perfección es un acto de humildad.