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EL UNIVERSO AFECTIVO (24) El origen de la culpa
Por Juan Miguel Batalloso Navas
Como así señalan diferentes autores y mi propia experiencia de vida, no cabe ninguna duda de que el sentimiento de culpa es de carácter social y cultural. Si por ejemplo analizamos las sociedades autoritarias con una religiosidad fundamentalista y cerrada, habremos de convenir que se trata de sociedades que generan miedo en los individuos y por tanto culpa. Una culpa que se convierte en una especie de policía interior que vigila continuamente todo lo que sentimos, pensamos, decimos y hacemos para adecuarlo al orden social, cultural y moral establecido.
En este punto, las religiones y las iglesias como estructuras de poder ocupan a mi juicio un papel fundamental, dado que estas son las encargadas de inocular y adoctrinar a los individuos en creencias irracionales en forma de mitos, que les producen a la corta o a larga culpabilidad y sufrimiento. Ya hemos mencionado anteriormente el papel de las religiones en la conciencia del miedo, así y de la misma forma, la culpa se genera precisamente a través de esos miedos infundados de castigos eternos y expiaciones supuestamente exigidas. Así, por ejemplo, hoy podemos comprobar como en el rito de la misa católica, se sigue sin ningún cambio recitando el conocido “Confiteor” o en español “Yo confieso” o “Yo pecador”, un texto que procede nada menos que de la “Misa tridentina” que fue la reforma realizada por el papa Pío V del misal romano anterior al Concilio de Trento. En este “Confiteor”, que es una de las oraciones que se recitan en las misas de todas las iglesias católicas del mundo, textualmente se dice: “(Yo) Confieso ante Dios todopoderoso, y ante vosotros/ustedes, hermanos: que he pecado mucho de pensamiento, palabra, obra, y omisión; por mi culpa, por mi culpa, por mi gran/grandísima culpa”. Obviamente además de ser una creencia de autoculpabilización que ignora la complejidad multicausal de nuestros actos y que nada dice de los males sociales, provoca en muchos creyentes sentimientos de culpabilidad. Si bien, se trata de creyentes que no son capaces de diferenciar el lenguaje del mito del de la realidad, así como tampoco el carácter patriarcal, dominador y controlador de la conciencia de dicho mito. Esta es la razón por la que entiendo que enseñar estas creencias en la infancia, incapacita inicialmente a nuestros niños y niñas a ejercer su derecho a ser plenamente creativos, espontáneos y en definitiva felices, dado que su capacidad de juicio crítico no está suficientemente desarrollada.
Para el periodista y escritor argentino Martín Caparrós:
La culpa es precisamente una de las emociones que, junto al miedo, la ira y la insatisfacción son dañinas y destructivas para cualquier ser humano, dado que se trata de emociones muy poderosas que desestabilizan el equilibrio y la paz interior. En este sentido para la conocida maestra budista Thubten Chodron:2 Ref.CHODRON, Thubten. Dejar ir la culpa y la vergüenza. 2007. Disponible en: https://thubtenchodron.org/es/2007/08/loving-kindness-for-ourselves/99
Para el budismo este tipo de emociones se superan identificándolas, aceptándolas y dejándolas ir, ya que todo lo que nos sucede es siempre impermanente. Para el budismo, la culpa no es exactamente la conciencia de haber hecho un daño objetivo, sino más bien un autocastigo interior por no haber estado a la altura de nuestro ego. De aquí que para combatir los sentimientos de culpa sea necesario disponer de grandes dosis de pensamiento autocrítico o capacidad de discernimiento y aceptar que todo ser humano está siempre en un proceso permanente de aprendizaje y cambio.
Pero además de las religiones, la genealogía de la culpa se encuentra sin duda, tanto en los grupos, organizaciones e instituciones sociales, como en los sistemas de valores del orden cultural establecido. Los sentimientos de culpa nacen en primer lugar en la familia. Es en la familia donde los seres humanos aprendemos tanto las normas sociales como los valores y actitudes que dan sentido a nuestra conducta. Obviamente y según se trate de familias autocráticas, democráticas y de “laissez-faire”, los sentimientos de culpa aparecerán con mayor o menor intensidad.
Si estamos ante familias controladoras, restrictivas, impositivas y autoritarias necesariamente los sentimientos de culpa fluirán e incluso pueden arrastrarse durante toda la vida. En el caso de familias sin normas o con una escasez de ellas, directa o indirectamente se estará influyendo en la creación de personalidades profundamente egocéntricas y sin sentido de la responsabilidad. Unas personalidades, cuyo carácter social aprendido los capacita para hacer uso del chantaje y los más diversos procedimientos de autojustificación y autolegitimación con tal de obtener siempre lo que desean. Personalidades, en suma, proclives al autoritarismo, al dogmatismo y con muy escasa capacidad para la empatía. Por el contrario, si los ambientes educativos familiares están basados en el respeto y el reconocimiento, así como en el diálogo abierto y sincero, además de en la expresión de amor incondicional y el fomento de la reflexión crítica y autocrítica, los sentimientos de culpabilidad tendrán menos posibilidades de aparecer.
Mencionar por último, el papel fundamental que en la emergencia de los sentimientos de culpa tienen las instituciones escolares y formativas. Si la permanencia de los individuos en los centros escolares es bastante larga en el transcurso de su vida, estando sometidos a juicios y evaluaciones continuas de su conducta y de sus resultados escolares, necesariamente serán también ambientes proclives para desarrollar sentimientos de culpa. En este sentido, el papel, las competencias y la formación humana, psicológica y social del profesorado es de una importancia trascendental. De aquí que no pueda entenderse la función docente y las relaciones entre profesor y alumno sin actitudes de respeto, empatía, cuidado y en definitiva de aceptación y amor incondicional.


Juan Miguel Batalloso Navas, es Maestro de Educación Primaria y Orientador Escolar jubilado, además de doctor en Ciencias de la Educación por la Universidad de Sevilla, -España–.
Ha ejercido la profesión docente durante 30 años, desarrollando funciones como maestro de escuela, director escolar, orientador de Secundaria y formador de profesores.
Ha impartido numerosos cursos de Formación del Profesorado, así como Conferencias en España, Brasil, México, Perú, Chile y Portugal. También ha publicado diversos libros y artículos sobre temas educativos.
Ha sido miembro del Grupo de Investigación ECOTRANSD de la Universidad Católica de Brasilia y pertenece al Consejo Académico Internacional de UNIVERSITAS NUEVA CIVILIZACIÓN, donde ofreció el Curso e-learning: ‘Orientación Educativa y Vocacional’.
En la actualidad, casi todo su tiempo libre lo dedica a la lectura, escritura y administración del sitio KRISIS cuya temática general está centrada también en temas educativos y transdisciplinares. Su curriculum completo lo puedes ver AQUÍ
Referencia
El sentimiento de culpa es de carácter religioso, social y cultural. Cuando la culpa insertada en nuestra mente es irracional y absurda destruye nuestra autoestima, creando un sentimiento de infelicidad. No somos perfectos, por eso cometemos actos que nos perjudican a nosotros mismos o a los demás, o que son contrarios a las normas de convivencia establecidos democráticamente. Ejemplos de actos que crean un sentimiento sensato de culpa son: el abuso del alcohol, fumar, llevar una vida sedentaria, los comportamientos machistas , utilizar con los demás un vocabulario ofensivo, saltarse las normas de tráfico, no cumplir con Hacienda, etc. Los caminos para salir del sentimiento de culpa es cambiando el estilo de vida y la reparación con la ayuda de la meditación y reflexión. Son las formas de librarse de la culpa , de restablecer la autoestima y de ser felices.
El gran problema de la religión es la extremada cantidad de actos pecaminosos que condenan al creyente a vivir permanentemente en pecado , por mucho que se confiese. Un ejemplo histórico hace referencia al rey Felipe V que ,antes de irse a dormir, llamaba a su confesor personal para confesarse de los pecados cometidos ese día, y de esa manera recuperar la inocencia y sobre todo librarse de ir al infierno si moría esa noche en pecado. Al día siguiente no le importaba sentir culpa por los mismos y otros pecados, porque la confesión le devolvía la inocencia perdida sin ningún pesar por sus actos pecaminosos.
Creo que aún es más grave los que creen a pies juntillas que no cometen ningún acto del que sentirse culpable. Se sienten inmunes e impunes sin necesidad de cambiar su comportamiento y de que nadie los juzguen a pesar del inconmensurable daño que se hacen a sí mismos o a los demás. Son conocidos los casos de Trump, Putin y Netanyahu, por citar solo los mayores enemigos de la humanidad.
Muchísimas gracias, José. Tus excelentes comentarios me animan cada vez más a seguir con este humilde proyecto. Un fuerte abrazo.