Encuentro de las mujeres con el Resucitado

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ENCUENTRO DE LAS MUJERES CON EL RESUCITADO. María Magdalena, el primer testigo

Por Juan José Tamayo Acosta

Queridas amigas de la Cátedra de Teología Feminista de la Universidad iberoamericana de Ciudad de México.

Buen día de Pascua de Resurrección. Respondo con este texto sobre el Encuentro de las Mujeres con el Resucitado a la invitación que me habéis hecho a grabar un video para compartir desde la Cátedra. La reflexión sobre dicho encuentro entre Jesús el Viviente y las mujeres que lo acompañaron me ha ayudado a mantener viva la esperanza y la creatividad, al menos mental, en esta larga noche de la pandemia y mirar al futuro, sabiendo que la resurrección  a una nueva vida no va a producirse al tercer día, sino que se prolongará al menos varios meses.

Seguro que el confinamiento traerá cambios importantes en nuestra vida personal y colectiva, y  ojalá que sean en dirección a la transformación de las estructuras injustas, a la lucha por la justicia, la práctica de la solidaridad, la experiencia del compartir y la convivencia fraterno-sororal. Son lecciones que esta vez sí tenemos que aprender y practicar las lecciones. En esa dirección van las reflexiones que siguen a continuación.

            Las distintas tradiciones evangélicas coinciden en presentar a las mujeres como las primeras personas que se encontraron con el Resucitado. Los sinópticos narran esta experiencia con distintos matices a cuál más ricos. Según Mateo, cuando las mujeres visitan el sepulcro el primer día de la semana, un ángel les comunica que el Crucificado ha resucitado y les pide que vayan a anunciar la noticia a los discípulos (Mt 28,2-8). Inmediatamente después es Jesús Resucitado quien les sale al encuentro y les hace la misma petición: «No temáis. Id, avisad a mis hermanos que vayan a Galilea; allí me verán» (Mt 28, 9-10). El matiz de Marcos es que el ángel manda a las mujeres que lo comuniquen «a sus discípulos y a Pedro» (Mc 16,7).

            Tradiciones divergentes coinciden en presentar a María Magdalena como la primera testigo del Resucitado. Parece tratarse de una tradición muy antigua. El «final de Marcos» (Mc 16, 9-20) -añadido tardío al evangelio- afirma que Jesús «se apareció primero a María Magdalena, de quien había echado siete demonios» (Mc 16,9). Es ella la que transmite la noticia a los discípulos que habían compartido su vida con él (Mc 16,10). La reacción de éstos ante el anuncio de María Magdalena es de incredulidad. El testimonio de las mujeres carecía de valor entonces. ¡Cuánto más en un asunto de tanta trascendencia!

            El Evangelio de Juan también presenta la aparición de Jesús a María Magdalena como la primera. La principal discípula y seguidora de Jesús se convierte en la persona que se encuentra con el Resucitado antes que los propios discípulos varones. El primer dato a tener en cuenta en este relato es que, al hallar el sepulcro vacío, Pedro y Juan se retiran, mientras que María Magdalena, según un sermón francés del siglo XVIII descubierto por el poeta Rainer María Rilke en 1911, «busca por doquier a su único, al único objeto de su amor, al único e inalterable apoyo de su corazón exánime«1 Ref.El amor de Magdalena. L’Amour de Madeleine. Sermón francés del siglo XVII, descubierto por Rilke, Herder, Barcelona 1996, 41.

En ese encuentro hay una tonalidad íntima que no aparece en el evangelio de Marcos. Jesús llama a María por su nombre. Ella lo reconoce al instante y le llama «Rabbonní», que es la forma de dirigirse los discípulos más cercanos al maestro (Jn 20,16-17). El breve diálogo que se entabla entre ambos brota de la confianza que había caracterizado sus relaciones anteriores. Como observa Schillebeeckx, entre María y Jesús sigue dándose la misma «comunicación vital» que mantuvieran en vida. Más aún: María experimenta a Jesús como Viviente, afirma 2 Ref.cf. E. Schilleeckx, Jesús. La historia de un Viviente, Ediciones Cristiandad, Madrid, 1981.

            Pero ahí no termina todo. Por indicación de Jesús, María comunica a los discípulos su experiencia del Resucitado: «He visto a Jesús» (Jn 20,18). Ella cumplió las tres condiciones para ser admitida en el grupo apostólico: haber seguido a Jesús desde Galilea (Lc 8, 2-3); haber visto a Jesús resucitado (Jn 20,18); haber sido enviada por él a anunciar la resurrección a sus hermanos (Jn 20,17).

            El evangelio de Lucas es especialmente significativo a este respecto, ya que mantiene una línea de continuidad en lo que se refiere a la actitud de las mujeres en tres momentos fundamentales y fundantes del movimiento de Jesús: durante la vida pública de Jesús, ante la cruz y en la resurrección. En relación a la presencia y participación de las mujeres en el movimiento de Jesús, leemos en Lucas: «Le acompañaban los Doce y algunas mujeres que habían sido curadas de espíritus malignos y enfermedades: María, llamada Magdalena, Juana, mujer de Cusa, un administrador de Herodes, Susana y otras que le servían con sus bienes» (Lc 8,3).

 Las mujeres siguen a Jesús también camino del Gólgota: «Le seguía una gran multitud del pueblo y mujeres que se dolían y lamentaban por él» (Lc 23,27). Las mismas mujeres que le habían acompañado desde Galilea asisten con José de Arimatea al entierro (Lc 23,55). El primer día de la semana, cuando van al sepulcro con aromas, reciben la noticia del ángel de que Jesús ha resucitado.

En la explicación de la noticia, el ángel les comunica la relación entre la cruz y la resurrección, apelando al propio testimonio de Jesús de Nazaret: «Es necesario que el Hijo del hombre sea entregado en manos de los pecadores y sea crucificado, pero al tercer día resucitará» (Lc 24,7). Como sucede en el «final de Marcos«, cuando las mujeres dan la noticia «a los Once y a todos los demás«, estos consideran su testimonio como desatino (Lc 24,11). 

            Según Schillebeeckx, «parece que las experiencias de estas mujeres contribuyeron a que la causa de Jesús se pusiera en movimiento«3 Ref.E. Schillebeeckx, Jesús. La historia de un Viviente, Cristiandad, Madrid 1981, 318. Opinión compartida y sólidamente fundamentada por la hermenéutica bíblica feminista 4 Ref.E. Schüssler Fiorenza, En memoria de ella, Desclée de Brouwer, Bilbao 1989. En concreto, el reconocimiento de María Magdalena como primera testigo del Resucitado explica su protagonismo en el cristianismo primitivo 5 Ref.Así lo muestra M. Hengel, «Maria Magdalena und die Frauen als Zeugen», en Varios (eds.), Abraham unser Vater. Juden und Christen im Gespräch über die Bibel, Brill, Leiden-Köln 1963, 243-256. Cf., también, C. Ricci, Maria di Magdala e le molte altre. Donne sulle cammino di Gesú, M. D’ Auria Editore, Nápoles 1991.  Hipólito de Roma le reconoce la condición de apostola apostolorum. Gregorio Magno la llama «nueva Eva» en cuanto anuncia la vida. León Magno la califica de persona Ecclesiae gerens.

            Sin embargo, en las cartas paulinas y otros escritos del Nuevo Testamento el testimonio de las mujeres sobre Jesús resucitado no aparece y María Magdalena es sustituida por Pedro. Ello se debe, cree Lorenzen, «a la situación jurídica, unida a una Iglesia bajo el dominio masculino que muy pronto comenzó a suprimir el importante puesto que Jesús dio a las mujeres«6 Ref.Th. Lorenzen, Resurrección y discipulado, Sal Terrae, Santander 1999, 189. 

            A pesar del silencio de Pablo y de otros escritos neotestamentarios, comenta con razón Suzanne Tunc, las mujeres constituyen el eslabón indispensable de la transmisión del mensaje evangélico, más aún, el eslabón esencial para la fe en Cristo resucitado y el nacimiento de la comunidad cristiana 7 Ref.S. Tunc, También las mujeres seguían a Jesús, Sal Terrae, Santander 1999, 75-76. Sin el testimonio de las mujeres quizá hoy no habría Iglesia cristiana. ¿Quién podría narrar en las primeras asambleas eucarísticas las experiencias de la muerte y de la resurrección de Jesús, sino las mujeres, sus principales testigos? Ellas fueron testigos de cómo una víctima era rehabilitada y el Crucificado vence a la muerte por la fuerza del Dios de la vida.   

¿Legitimación de la autoridad de los Doce?

            ¿Constituyen las apariciones una legitimación de la autoridad de aquellas personas a quienes se cita expresamente en los relatos y fórmulas de fe sobre la resurrección de Jesús?

            Varias y divergentes son las opiniones de los especialistas al respecto. A favor de considerar el encuentro con el Resucitado como reconocimiento de la autoridad de los responsables del movimiento de Jesús se definen autores como U. Wilckens, W. Marxsen y Th. Lorenzen. U. Wilckens cree que se trata de «fórmulas de legitimación» cuyo objetivo es mostrar que a través de las apariciones los dirigentes de la comunidad se sentirían legitimados desde el cielo8 Ref.U. Wilckens, La resurrección de Jesús. Estudio histórico-crítico del testimonio bíblico, Sígueme, Salamanca 1981, 27-28. Interpreta el anuncio de una aparición de Jesús «a sus discípulos y a Pedro«, que hace el ángel sentado sobre la tumba vacía (Mc 16, 7), como una llamada a predicar la Buena Noticia de la salvación. La misma intención descubre en el relato tardío de Jn 21, que narra la aparición en Galilea y el encargo a Pedro de apacentar «mis ovejas» (Jn 21,16-17).

El mismo Pablo confirma este planteamiento cuando reivindica su condición de apóstol en función de la visión de Jesús resucitado: «¿No soy yo apóstol? ¿Acaso no he visto yo a Jesús, Señor nuestro?» (1Cor 9,1). La dificultad surge a la hora de explicar la aparición a «más de 500 hermanos» (1Cor 15, 6). Pero Wilckens despeja la duda diciendo que parece tratarse de una noticia ofrecida de manera más libre y no de una fórmula acuñada definitivamente.

            Marxsen cree que la insistencia en presentar a Pedro como la primera persona a quien se le aparece Jesús resucitado (1Cor 15,5; Lc 24,34) pudo tener como objetivo el fundamentar su función directiva en la comunidad cristiana primitiva. Lo mismo puede decirse de la referencia explícita a la aparición a Santiago (1Cor 15,7)9 Ref.W. Marxsen, La resurrección de Jesús como problema histórico y teológico, Sígueme, Salamanca 1979, 39.

            Th. Lorenzen considera que algunas de las personas que vivieron la experiencia pascual adquirieron una categoría especial. Éste fue el caso de Pedro, Santiago, Pablo y los Doce, que vieron legitimadas así sus funciones de liderazgo y autoridad espiritual en la comunidad. En consecuencia, el silenciamiento, por parte de Pablo y de otras tradiciones neotestamentarias,  de la aparición de Jesús a María Magdalena y a otras mujeres supuso la exclusión de estas de los ámbitos de responsabilidad comunitaria.

Con la pronta instauración de estructuras patriarcales y de la teología androcéntrica en la vida y organización de la comunidad cristiana se interrumpieron las posibilidades y expectativas que se abrían con el reconocimiento de las mujeres como primeras testigos del Resucitado.

            Schillebeeckx indica a este respecto que los relatos evangélicos de las apariciones presuponen ya «una Iglesia ya jerárquica». Sólo los Doce, los jefes de las primeras comunidades cristianas son favorecidos con apariciones «oficiales». Al testimonio de las mujeres no se les da crédito hasta contar con el reconocimiento apostólico oficial.

     Otro es el parecer de H. Kessler, para quien las afirmaciones sobre las apariciones no pueden reducirse a meras «fórmulas de legitimación» literaria de quienes ejercían el poder en el cristianismo primitivo. Prueba de ello es que Pablo refiere la aparición a más de 500 hermanos (1Cor 15,6), que no parece ejercieran funciones directivas en la comunidad 10 Ref.Cf. H. Kessler, La resurrección de Jesús. Estudio bíblico, teológico y sistemático, Sígueme Salamanca 1989, 119.

            Moltmann introduce un matiz que me parece importante en la discusión: la expresión «Pedro y los Doce» utilizada en los relatos de las apariciones, «posee una significación meramente simbólica« 11 Ref. J. Moltmann, El camino de Jesucristo, o. c., 300.pues no parece que Pedro ejerciera una función rectora en la comunidad, y si la ejerció, quizá no fuera de forma duradera.  


  

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Juan José Tamayo Acosta es teólogo vinculado a la Teología de la Liberación. Director de la Cátedra de Teología y Ciencias de las Religiones “Ignacio Ellacuría”, de la Universidad Carlos III, en Madrid, y secretario general de la Asociación de teólogas y teólogos Juan XXIII. Conferencista nacional e internacional y autor de más de 70 libros. Articulista habitual en prestigiosos periódicos nacionales e internacionales, así como reconocidos sitios como Religión Digital.
Entre algunas de sus publicaciones se encuentran: San Romero de América, mártir por la justicia (Editorial Tirant, 2015);  Teologías del Sur. El giro descolonizador (Trotta, 2020, 2ª ed.)De la iglesia colonial al cristianismo liberador en América Latina (Tirant lo Blanc, 2019); ¿Ha muerto la utopía? ¿Triunfan las distopías?  (Biblioteca Nueva, 2020, 3ª ed.); Hermano islam (Trotta, 2019).Pedro Casaldáliga. Larga caminada con los pobres de la tierra; (Herder, noviembre 2020); ¿La Internacional del odio. ¿Cómo se construye? ¿Cómo se deconstruye? (Icaria, 2020).
Su última obra, editada por Fragmenta en 2021, es la titulada La compasión en un mundo injusto, que puedes adquirir como todas las demás, AQUÍ
        Este artículo ha sido publicado en Amerindia el pasado 17 de abril de 2022.
        Vaya desde aquí nuestro más sincero agradecimiento por honrar con sus colaboraciones este sitio.

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