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Exceso de banalidad y pérdida del pensamiento crítico en la sociedad moderna
Por Leandro Sequeiros San Román
Entre el ruido mediático y la fugacidad digital, el pensamiento crítico y la cultura profunda parecen desvanecerse. En su lugar, crecen la inmediatez, la trivialidad y el espectáculo. La excelencia intelectual ha sido reemplazada por la complacencia, y el saber por la apariencia. ¿Cómo llegamos a este punto? ¿Qué consecuencias tiene esta banalización cultural en nuestra forma de ser, crear y convivir? ¿Resistimos? ¿Despertamos?
La Banalización de la Excelencia: Crisis Cultural y Degradación del Espíritu en la Sociedad Contemporánea
Por Roberto Pereira, editor general de la Revista Literaria El Candelabro
La crisis de valores que atraviesa la sociedad contemporánea ha encontrado en la banalización de la excelencia uno de sus más preocupantes síntomas. Esta degradación sistemática de los parámetros superiores de calidad cultural, intelectual y espiritual representa no solo un fenómeno sociológico de primera magnitud, sino una amenaza existencial para la preservación de la condición humana en su dimensión más elevada.
El proceso de vulgarización cultural que caracteriza nuestra época se manifiesta como una inversión radical de los valores tradicionales, donde la mediocridad ha sido elevada al rango de virtud democrática y la búsqueda de la excelencia se percibe como elitismo anacrónico. Esta transformación encuentra sus raíces en la confluencia de múltiples factores: la democratización masiva de la cultura, la revolución tecnológica digital, la hegemonía del mercado sobre la producción simbólica y la pérdida de autoridad de las instituciones educativas y culturales tradicionales.
La industria cultural contemporánea, analizada magistralmente por Theodor Adorno y Max Horkheimer en su obra seminal “Dialéctica de la Ilustración”, ha perfeccionado los mecanismos de producción en serie de bienes simbólicos, sometiendo el arte y la cultura a la lógica implacable de la rentabilidad inmediata. Esta mercantilización ha provocado la estandarización de los contenidos culturales, privilegiando aquellos productos que garantizan el consumo masivo sobre aquellos que desafían, educan o elevan el espíritu humano.
El fenómeno de la atención fragmentada, exacerbado por las tecnologías digitales y las redes sociales, ha alterado profundamente los mecanismos cognitivos de procesamiento de la información. Nicholas Carr, en “The Shallows: What the Internet Is Doing to Our Brains”, documenta cómo la exposición constante a estímulos superficiales y discontinuos erosiona la capacidad de concentración prolongada, elemento indispensable para la apreciación de obras complejas y la cultivación del pensamiento profundo.
La velocidad como paradigma dominante de la experiencia moderna constituye otro factor determinante en la degradación de la excelencia. La aceleración social, descrita por Hartmut Rosa en sus estudios sobre la modernidad tardía, ha impuesto un ritmo de vida incompatible con los procesos lentos de maduración intelectual y espiritual que requiere la excelencia auténtica. La gratificación inmediata se ha convertido en el patrón de referencia para evaluar la validez de cualquier experiencia.
El relativismo cultural posmoderno, aunque bien intencionado en su crítica a los cánones tradicionales, ha contribuido paradójicamente a la erosión de criterios objetivos de valoración estética e intelectual. La afirmación de que “todo vale” ha desembocado en la imposibilidad práctica de distinguir entre lo excelente y lo mediocre, privando a la sociedad de herramientas conceptuales para orientar sus preferencias hacia formas superiores de cultura.
Las consecuencias de esta banalización trascienden el ámbito puramente cultural para afectar la estructura misma de la subjetividad contemporánea. La pérdida de la capacidad de asombro, la atrofia de la sensibilidad estética y la incapacidad creciente para sostener experiencias de profundidad constituyen síntomas de una mutilación antropológica que amenaza la esencia misma de lo humano.
La educación, otrora baluarte de la transmisión de la excelencia, ha sucumbido en gran medida a la lógica utilitarista y mercantil. La subordinación de los contenidos educativos a criterios de empleabilidad inmediata ha desplazado la formación humanística, relegando a un segundo plano la cultivación del juicio crítico, la sensibilidad estética y la profundidad intelectual que caracterizan a una educación auténticamente formativa.
El arte contemporáneo, lejos de cumplir su función histórica de elevación espiritual y cuestionamiento de lo establecido, se ha convertido frecuentemente en espectáculo mediático y objeto de especulación financiera. La obra de arte como mercancía ha eclipsado la obra de arte como experiencia transformadora, reduciendo la creación artística a la producción de efectos visuales impactantes diseñados para la reproducción viral en plataformas digitales.
La literatura, género por excelencia de la profundidad humana, enfrenta la competencia desigual de formatos narrativos simplificados que privilegian la acción sobre la reflexión, la superficie sobre la profundidad, la velocidad sobre la contemplación. La crisis de la lectura profunda, documentada por Maryanne Wolf en “Proust and the Squid”, refleja una transformación neurológica que afecta la capacidad misma de procesamiento de textos complejos.
La resistencia a esta banalización requiere un esfuerzo consciente y sistemático de rehabilitación de la excelencia en todos los ámbitos de la experiencia humana. Esto implica la recuperación de prácticas culturales que privilegien la calidad sobre la cantidad, la profundidad sobre la superficie, la permanencia sobre lo efímero. La lentitud, el silencio, la concentración y la paciencia deben ser reivindicados como valores fundamentales en la construcción de una subjetividad auténtica.
La excelencia no constituye un lujo accesorio sino una necesidad antropológica fundamental. Su cultivo representa un acto de resistencia contra la degradación generalizada de la experiencia humana y una afirmación de la posibilidad de trascendencia inherente a la condición humana. Solo mediante la recuperación de estándares elevados de calidad cultural e intelectual podrá la humanidad preservar aquello que la distingue de la mera supervivencia biológica: la capacidad de crear, contemplar y aspirar a formas superiores de existencia.
LEANDRO SEQUEIROS SAN ROMÁN nació en Sevilla en 1942. Es jesuita, sacerdote, doctor en Ciencias Geológicas y Licenciado en Teología. Catedrático de Paleontología (en excedencia desde 1989). Ha sido profesor de Filosofía de la Naturaleza , de Filosofía de la Ciencia y de Antropología filosófica en la Facultad de Teología de Granada. Miembro de la Academia de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales de Zaragoza. Asesor de la Cátedra Francisco Ayala de Ciencia, Tecnología y Religión de la Universidad Pontificia de Comillas. Presidente de la Asociación Interdisciplinar José Acosta (ASINJA).Es autor además, de numerosos libros y trabajos que se ofrecen gratuitamente en versión digital en BUBOK.En la actualidad reside en Granada continuando sus investigaciones y trabajos en torno a la interdisciplinaredad, el diálogo Ciencia y Fe y la transdisciplinariedad en la Universidad Loyola e intentando relanzar y promover la Asociación ASINJA que preside. Un nuevo destino después de haber trabajado solidariamente ofreciendo sus servicios de acompañamiento, cuidado y asesoramiento en la Residencia de personas mayores San Rafael de Dos Hermanas (Sevilla). Actualmente Lenadro ha sido destinado a Salamanca, ciudad en la que reside.
La persona de Leandro Sequeiros es un referente de testimonio evangélico, de excelencia académica, de honestidad y rigor intelectual de primer orden. Vaya desde aquí nuestro agradecimiento más sentido por honrar con sus colaboraciones este humilde sitio de KRISIS.