Hacerse un niño

Hace tiempo que vengo sintiendo la necesidad de recordar mi infancia y de experimentar de nuevo el asombro, la sorpresa, la curiosidad y la necesidad de conocer las cosas por dentro, de descubrir cómo funcionan y de sentir el misterio, la magia y los milagros. ¿Será esto la vejez? Posiblemente, pero el tiempo que me quede me voy a plantear hacerme de nuevo un niño desaprendiendo todo aquello que me ha impedido vivir plena e intensamente el presente. Y hoy como está lloviendo me ha dado por observar, contemplar, sentir y pensar la lluvia, pero no con los ojos de la cabeza, sino con los ojos del corazón ya que como dijo El Principito: “los esencial es invisible a los ojos”. Y es que la lluvia empieza casi sin avisar. Primero un murmullo tenue, como si el cielo dudara. Luego el sonido se hace más claro, más rítmico, y cada gota encuentra su lugar en el mundo: el tejado, la hoja, el suelo, el cristal. Escuchar la lluvia es asistir a una conversación antigua, una lengua que no necesita traducción porque el cuerpo la entiende antes que la mente.

Hay como una especie de serenidad extendida en esa monotonía de la lluvia de la que nos hablaba D. Antonio Machado: «Una tarde parda y fría de invierno. Los colegiales estudian. Monotonía de lluvia tras los cristales»

Hay algo en el sonido de la lluvia que despierta memorias antiguas y profundas. No recuerdos precisos, sino sensaciones: la curiosidad de asomarse a la ventana, el impulso de salir a mirar cómo el agua transforma todo, la fascinación de ver cómo el mundo cambia sin pedir permiso, el chapoteo de pisadas en los charcos o el inconfundible olor de la tierra mojada por las primeras gotas. En la lluvia vuelve el niño que fuimos, ese que no preguntaba para qué servía nada, porque bastaba con que estuviera ocurriendo. Y simplemente con eso disfrutaba, se alegraba y gozaba el presente sin cargas del pasado ni expectativas futuras.

La lluvia agranda la Naturaleza. No por su fuerza, sino por su constancia. Nos recuerda que no somos el centro, que hay ritmos que no dependen de nosotros y, sin embargo, nos incluyen. Frente a ella, algo se aquieta. El ego baja la voz. Aparece una forma humilde de grandeza: la de sabernos parte de algo inmenso que no necesita demostrarse.

Los sentidos, entonces, se vuelven puertas abiertas. El oído acoge el caer del agua. La vista se deja envolver por el gris vivo del cielo. El olfato recibe la tierra mojada como un regalo ancestral. Y nace la gratitud, no como idea, sino como experiencia: estar aquí, ahora, vivos, sintiendo. No se necesita más.

Son tantos los años que hemos pasado proyectando, programando, controlando y afanados en tener, acumular y hacer, que hemos ido perdiendo sin darnos cuenta el ser y el estar aquí y ahora sintiendo, jugando, riendo y soñando despiertos. Hemos perdido nuestra capacidad de asombro, de curiosidad, de experimentar y de vivir en suma cada instante como si fuese el único.

Por eso observar la lluvia sin prisa es un acto contemplativo. No se trata de analizarla ni de pensarla, sino de dejarse tocar por ella. En esa observación sin apropiación aparece la serenidad. El corazón se desacelera. La mente deja de anticipar. La paz no llega porque todo esté resuelto, sino porque, por un momento, no luchamos contra lo que es y aceptamos.

Pero la lluvia también enseña otra cosa. No basta con mirarla desde detrás del cristal. Hay momentos en los que vivir exige mojarse. Salir. Aceptar la incomodidad. Sentir el frío, el peso del agua en la ropa, la dificultad del camino resbaladizo. Evitar la lluvia no la hace desaparecer. Atravesarla, en cambio, nos vuelve más verdaderos.

Así ocurre con las dificultades de la vida. No se superan solo observándolas de lejos, ni negándolas, ni esperando que escampen solas. Hay que entrar en ellas, con cuidado y con coraje, aceptando que no saldremos intactos, pero sí más vivos. Mojarse es comprometerse. Es no vivir siempre protegido.

Y aquí, de nuevo, aparece el niño. El niño que no teme ensuciarse, que no rehúye el charco, que aprende caminando, cayendo, levantándose. El niño que no separa la experiencia del aprendizaje. Hacerse un niño no es retroceder; es reconciliarse con esa forma honesta de estar en el mundo.

Porque el niño sabe algo esencial: que la vida no se contempla solo desde la seguridad, sino desde la participación y la experimentación. Que hay que mirar, sí, pero también entrar. Que hay belleza en la lluvia y sentido en mojarse. Que el asombro no es ingenuidad, sino una manera profunda de respetar la realidad.

Defender el valor de hacerse un niño es defender una humanidad más abierta, más sensible, más coherente. Es reivindicar la capacidad de asombrarse, de confiar, de sentir sin cinismo. Es recordar que la madurez no consiste en endurecerse, sino en conservar el corazón permeable, tierno y abierto. Cómo la tierra bajo la lluvia. Como el niño que escucha, mira, se moja…y da gracias por estar vivo.

Por todo esto, Jesús el hijo del carpintero dijo que «Si no os convertís y os hacéis como niños, no entraréis en el Reino de los Cielos. El que se haga pequeño como este niño, ese es el más grande en el Reino de los Cielos» (Mateo 18,3-4) Y ese Reino, está aquí, ahora y en este instante. Por tanto, demos gracias.

Me encantaría que hicieras un comentario. Muchas gracias.

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