Tmp. máx. lect.: 6 min.
Viene del post anterior

LA ALEGRÍA (12)
Acción correcta
Por Juan Miguel Batalloso Navas
Desde mi punto de vista, una acción correcta es aquella que es congruente o coherente con lo que sentimos, pensamos y decimos de tal forma que los medios, recursos y métodos o procedimientos para su realización sean también congruentes con la finalidad, objetivos y motivaciones que fundamentan nuestros actos. Por ejemplo: no podemos pretender educar para la paz o educar para la democracia si las actividades, los métodos, los recursos y el comportamiento de los educadores no es pacífico y democrático. Sin embargo, este principio para los budistas tiene un carácter más individual y personal en el sentido de que cualquier comportamiento o conducta debe ser la expresión y el fruto de nuestra visión correcta, nuestro pensamiento correcto y nuestro hablar correcto.
La práctica budista de este principio exige:
Para la práctica de la Acción Correcta, Thich Nhat Hanh nos sugiere los siguientes ejercicios de toma de conciencia (Hanh, 2018, p. 104-107):
Queda claro pues, al menos para mí, que “SER ALEGRE” o disponer de una actitud vital y existencial permanente de alegría, no es algo que pueda alcanzarse mediante la acumulación de momentos de euforia o de acontecimientos que nos producen alegría episódica. A su vez, desarrollar una actitud vital alegre, tampoco es algo que se consigue de la noche a la mañana en cuanto que requiere un proceso continuo de vigilancia y atención interior capaz de identificar aquellas insuficiencias, errores y omisiones de nuestras acciones. En todo caso y basándome en mi experiencia personal puedo afirmar con convicción que ese tipo de alegría como actitud vital está muy relacionada con la virtud del AGRADECIMIENTO. Cuando somos plenamente conscientes de todo lo que recibimos de la Naturaleza, de lo que nos regalaron nuestros padres y antepasados, de los testimonios que nos ofrecen aquellas personas bondadosas, humildes y generosas incondicionalmente, no solo nos sentimos capaces y motivados para afrontar las inevitables dificultades de la vida, sino también para comprender que nuestra vida es un regalo milagroso y misterioso.
Por otro lado, sentir que siempre podemos ir más allá de lo que se nos presenta como irresoluble, complejo e incluso imposible, nos acerca a percibir que la ESPERANZA no es un deseo, como tampoco un sueño celestial o terrenal, sino más bien la capacidad de afrontar retos y desafíos que demostramos con nuestras acciones, lo cual nos permite aprender que tanto nuestros objetivos como nuestras metas, no son lo más importante. Lo verdaderamente importante a mi juicio es el camino, el paso a paso que realizamos de una manera alegre a diario sabiendo que somos vulnerables, condicionados y estamos sometidos al principio de incertidumbre. Y esto evidentemente exige practicar y desarrollar un profundo sentido del humor, que no solo nos permita reírnos de nosotros y de nuestros afanes, sino también de esos esfuerzos ansiosos y estresantes que nos provocan siempre decepciones, tristezas, frustraciones e insatisfacciones.
En definitiva, no creo que exista y si existiera no sería útil, una fórmula, una creencia, un hábito o un procedimiento universal que nos permita permanentemente sentirnos alegres. Por el contrario, corresponde a cada ser humano en particular encontrar su propio camino original para acceder de forma autónoma a estados de alegría y transformarlos en una actitud vital. De aquí la importancia de rodearnos de personas que nos ayuden a encontrar ese camino que únicamente podemos hacer nosotros, huyendo, claro está de todas aquellas personas tóxicas, narcisistas, de pensamientos negativos o de acciones incorrectas que “sin querer” o “sin querer queriendo”, nos amargan la vida, los momentos y el gozo de mantener relaciones abiertas, transparentes y horizontales.
Por último, cuando actuamos correctamente haciendo posible la coherencia entre lo que sentimos, pensamos, decimos y hacemos, van poco a poco desarrollándose en nuestro interior una autoestima genuina y verdadera que nos genera sentimientos de autoconfianza, autocompetencia y de seguridad en nosotros mismos para afrontar cualquier tipo de dificultad, siendo conscientes, claro está, de nuestra vulnerabilidad y de que aunque comprendamos que más tarde o más temprano moriremos (cuanto más tarde, mejor), no hay ninguna razón para vivir atemorizados y con miedo.
Continuará…
Juan Miguel Batalloso Navas, es Maestro de Educación Primaria y Orientador Escolar jubilado, además de doctor en Ciencias de la Educación por la Universidad de Sevilla, -España–.
Ha ejercido la profesión docente durante 30 años, desarrollando funciones como maestro de escuela, director escolar, orientador de Secundaria y formador de profesores.
Ha impartido numerosos cursos de Formación del Profesorado, así como Conferencias en España, Brasil, México, Perú, Chile y Portugal. También ha publicado diversos libros y artículos sobre temas educativos.
Ha sido miembro del Grupo de Investigación ECOTRANSD de la Universidad Católica de Brasilia y pertenece al Consejo Académico Internacional de UNIVERSITAS NUEVA CIVILIZACIÓN, donde ofreció el Curso e-learning: ‘Orientación Educativa y Vocacional’.
En la actualidad, casi todo su tiempo libre lo dedica a la lectura, escritura y administración del sitio KRISIS cuya temática general está centrada también en temas educativos y transdisciplinares. Su curriculum completo lo puedes ver AQUÍ
Tomar conciencia de que estamos actuando correctamente es una de las mayores satisfacciones que nos ofrece la vida. Hacer lo correcto en cada momento del día supone tener una referencia de valores para acogernos a ellos y desarrollarlos durante el transcurso del día. Eso no quiere decir que haya momentos en los que nos apercibamos que no hemos actuado correctamente. ¿Qué hacer? Reparar en lo posible lo que se ha hecho incorrectamente y cambiar la conducta incorrecta por otra que consideremos correcta. Así es como lo expresa el poeta británico Alexander Pope : “Errar es de humanos, rectificar es de sabios”.
¿Pero cómo saber lo que es correcto?
Lo sabemos cuando actuamos de acuerdo con una escala de valores que hemos ido adquiriendo desde la infancia a través de la educación y de la experiencia. Ambas constituyen el faro que nos indica el camino correcto a seguir.
¿Qué hacer cuando alguien muestra una conducta incorrecta?
Hacérselo ver, para lo que se requiere tres condiciones: que exista una relación de confianza, ser asertivo y actuar con educación. Es una obligación moral corregir una conducta que nos parece incorrecta. Si la corrección va dirigida hacia nosotros hemos de comportarnos con humildad, aceptándola, reconociendo que no somos perfectos. Lo contrario sería optar por ser inabordable, lo que supone una dosis de orgullo al pensar que nadie cambiará nuestra forma de pensar y de comportarnos.
El orgullo es una venda en los ojos que impide reconocer que no siempre se piensa o se hace lo correcto. Es un serio obstáculo para aplicar la necesaria autocrítica y para aceptar la crítica de los demás. Pensar que uno siempre piensa y hace lo correcto es un error, ya que nadie es perfecto y es humano equivocarse.
La autocrítica
Además de la crítica que nos hacen otras personas sobre nuestros comportamientos incorrectos, debe considerarse también la autocrítica, que supone realizar un juicio personal sobre nuestra forma de pensar y de actuar para descubrir y reconocer nuestros errores y enmendarlos. De ese modo conseguiremos mejorar nuestra forma de ser.
La autocrítica da paso al autoconocimiento que supone responsabilizarnos de nuestra propia vida, lo que conduce a querernos y amarnos. Con ese poder podemos ir creciendo y desarrollándonos.
Una de las mejores formas de ejercer la autocrítica es la meditación. Gracias a ella podemos profundizar en nuestro interior, observar nuestros pensamientos y ver cómo influyen en nuestro comportamiento. Así aprendemos a discernir entre lo correcto y lo incorrecto para quedarnos con lo que nos aporta mayor paz y serenidad.