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LA ALEGRÍA (8)
Los ocho caminos del budismo
Por Juan Miguel Batalloso Navas
A estas alturas de mis reflexiones sobre la alegría como emoción que proporciona energía psíquica a todos nuestros comportamientos, me sigo preguntando si esta es solamente una emoción pasajera producto de la satisfacción de mis deseos y expectativas, o por el contrario es una emoción estable y duradera que puede formar parte de mi carácter. Mi respuesta, siempre en función de mi propia y singular experiencia, es bastante sencilla. La alegría es al mismo tiempo una emoción fugaz que puede transformarse en un estado de ánimo habitual, si trabajamos interiormente y en el mundo de nuestras relaciones interpersonales cultivando un conjunto de actitudes que propone el budismo y que se conocen como “El Noble octuple sendero“.
Por otro lado, sería enormemente ingenuo por mi parte creer y afirmar que podemos realmente disponer de un carácter absolutamente estable y alegre como si nada de lo que sucede a nuestro alrededor nos afectase y el único objetivo de nuestro desarrollo interior fuese exclusivamente gozar de calma y alegría. Y es que lo queramos o no, el dolor humano en todas sus vertientes y circunstancias existe, es algo real que nos afecta y que objetivamente impide nuestro bienestar emocional. En estos tiempos del genocidio de Gaza en el que han muerto asesinadas más de 35.000 personas, la mayoría de ellas mujeres y niños, buscar refugio en estados mentales de calma y alegría como si nada pasase, es sin duda una contradicción ética de primer orden. Disponer y disfrutar de un carácter alegre, no significa en ningún caso hacer oídos sordos al dolor humano e indignarse contra cualquier forma de injusticia que lesiones los Derechos Humanos Universales. A su vez, cuando estamos inmersos en estados de enfermedad, duelo, dolor físico o incapacidad para afrontar un trance o un accidente que nos hace daño y nos lesiona, tampoco es fácil reconstruir la alegría interior por mucho que lo intentemos a base de meditación.
¿Qué hacer entonces? Pues la verdad es que no dispongo de ninguna receta de aplicación general para cualquier persona, pero sí puedo decir que lo que particularmente a mí me ha funcionado es el famoso principio de los estoicos de diferenciar mentalmente entre aquellas cosas o problemas que dependen de mi voluntad y aquellas otras que no dependen de mis acciones. Claro que el problema está en saber con precisión dichas diferencias sobre todo si tenemos en cuenta que nuestra condición humana es compleja y nuestra realidad social, así como nuestro mundo de relaciones interpersonales también lo es. En cualquier caso, de lo que sí puedo dar testimonio es de que cuando aprendo a aceptar lo que me sucede como doloroso, dañino o lesivo en el sentido de comprender de que eso es lo que me toca en un determinado momento, siempre tengo una especie de sensación de tranquilidad e incluso de alivio aunque el dolor no haya desparecido.
En este sentido, es necesario aclarar que hay muchas personas que confunden el término “aceptación” con el de “conformidad” y desde luego para mí no son para nada lo mismo. Aceptar significa comprender y asumir la realidad natural y social o mi propia realidad personal, pero en ningún caso esto puede significar no hacer nada o permanecer pasivo y resignado ante la misma. Por el contrario, aceptar exige percibir lo más objetivamente posible la realidad interior y exterior, pero con el fin de trascenderla, superarla, recomponerla y mejorarla. La aceptación es pues una de las claves para tratar de transformarnos personalmente, pero también para incidir de manera efectiva mediante acciones colectivas, sociales y políticas en la solución de nuestros problemas y conflictos sociales. O, dicho de otra manera, si la aceptación no está ligada a la coherencia con unos principios éticos universales que exigen de nuestra responsabilidad, nuestras acciones y nuestro compromiso, todo lo que hagamos para favorecer nuestros estados de alegría o de ánimo, no tiene a mi juicio ningún sentido y si lo tiene, a lo único que nos conduce es a un individualismo egocéntrico indiferente y muy alejado de cualquier forma de compasión o de generosidad incondicional.
A partir de estas premisas, creo sinceramente que el “Noble óctuple sendero” del budismo es una excelente guía o mapa de orientación para ir construyendo paso a paso, poco a poco, un estado de ánimo más o menos permanente o habitual de alegría. Obviamente esto no quiere decir que confunda el “mapa” con el “territorio” sobre todo cuando tanto nuestros estados mentales y nuestra realidad social e interpersonal están permanentemente implicadas en procesos de cambio. Así pues, analicemos con detenimiento cuales son esos ocho caminos que nos propone el budismo para eliminar el sufrimiento, teniendo en cuenta siempre que el dolor es inevitable y que el sufrimiento es en gran medida opcional.
El “Noble óctuple sendero” o también “Óctuple sendero múltiple” procede de la 4ª noble Gran Verdad del budismo y señala los fundamentos de la práctica para liberarse del sufrimiento y de todas las emociones destructivas. Una práctica que como ya hemos dicho puede realizar cualquier persona independientemente de que se defina como atea o creyente de cualquier doctrina o religión. No se trata de ocho escalones o pasos para hacer frente al sufrimiento de las emociones destructivas, sino de ocho principios transversales que se aplican a cualquier experiencia, circunstancia o situación que estemos viviendo o en la que participemos. Este “Noble óctuple sendero” se conoce también como la “Triple vía” que incluye la ética, la meditación y la sabiduría.
Los principios del “Noble óctuple sendero” los budistas los representan simbólicamente mediante la conocida “Rueda del Dharma”. Tiene por tanto la misma función simbólica que la cruz en el cristianismo o la estrella de David en el judaísmo.
Geométrica y simbólicamente la representación de la “Rueda del Dharma” se compone de tres elementos:
El Borde: el Dharma o las enseñanzas de Buda son algo completo e integral que se asemeja a una rueda que está siempre en movimiento y goza de equilibrio.
Los Radios representan la conciencia y la meditación. Son como el pegamento o el elemento que une cada principio con el borde circular de la rueda y que hace que esta pueda sostenerse en equilibrio.
Y finalmente el Centro que representa la integridad del desarrollo y en nuestro caso el acceso a un estado de alegría permanente.
Desde mi punto de vista, este símbolo budista lo asimilo y me gusta compararlo con el timón de un barco, el barco de nuestro ser y de nuestra vida. En consecuencia, corresponde a cada ser humano, llevar el timón de su vida conforme a los principios que considere más adecuados para sí mismo que en mi caso, al igual que para los budistas son los que se corresponde con el “Noble óctuple sendero”.
Otro aspecto muy importante a considerar, es que los principios prácticos del óctuple camino representados en la Rueda del Dharma están fuertemente vinculados e interconectados entre sí. Cada uno de ellos remite y se funda en los demás de tal manera que no basta con desarrollarlos de forma aislada o secuencial, sino que por el contrario hay que practicarlos todos a la vez.

Así pues y dada la profundidad y la relevancia de estos ocho principios que constituyen para el budismo los ejes de las prácticas de vida necesarias para eliminar el sufrimiento y acceder a estados permanentes de alegría, me voy a permitir profundizar en cada uno de ellos en próximos artículos.
Continuará…
Juan Miguel Batalloso Navas, es Maestro de Educación Primaria y Orientador Escolar jubilado, además de doctor en Ciencias de la Educación por la Universidad de Sevilla, -España–.
Ha ejercido la profesión docente durante 30 años, desarrollando funciones como maestro de escuela, director escolar, orientador de Secundaria y formador de profesores.
Ha impartido numerosos cursos de Formación del Profesorado, así como Conferencias en España, Brasil, México, Perú, Chile y Portugal. También ha publicado diversos libros y artículos sobre temas educativos.
Ha sido miembro del Grupo de Investigación ECOTRANSD de la Universidad Católica de Brasilia y pertenece al Consejo Académico Internacional de UNIVERSITAS NUEVA CIVILIZACIÓN, donde ofreció el Curso e-learning: ‘Orientación Educativa y Vocacional’.
En la actualidad, casi todo su tiempo libre lo dedica a la lectura, escritura y administración del sitio KRISIS cuya temática general está centrada también en temas educativos y transdisciplinares. Su curriculum completo lo puedes ver AQUÍ
Hay situaciones que producen gran alegría o gran bienestar emocional. Una de ellas, entre otras, es obrar en conciencia y conseguir los retos que uno se proponga.
Comentario de Ángeles Torres Ageitos, vía Facebook:
Comparto la necesidad de un vitalismo que haga frente a los desafíos con la tranquilidad necesaria para afrontarlos, la capacidad para no dejarse llevar por el pesimismo ante situaciones que no podemos gestionar pero no desentenderse de ellas y no dar nunca por perdida ninguna batalla a nuestro favor, o al menos, pensar que todo puede empeorar si el miedo nos gana. Creo que requiere tiempo, constancia y una inteligencia emocional que nos permita comprender la importancia de las cosas, la subjetividad de las vivencias personales y el aprendizaje significativo de la relación de estas con lo que nos rodea. Un aprendizaje para el buen vivir, ayudado por cuántas técnicas podamos utilizar, es una motivación más, añadida al carácter singular de cada uno, para favorecer un ritmo vital lo más equilibrado posible para hacer frente a los avatares que se suceden y nos ponen a prueba de continuo.