Recordando a Ignacio Martín Baró (2): el concepto psicológico de carácter

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Montaje sobre el cuadro del pintor argentino Antonio Berni (1905-1981), titulado “Manifestación”, de 1934.

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Por Juan Miguel Batalloso Navas

El carácter de una persona, en lenguaje coloquial acostumbra a entenderse como “la forma de ser” permanente que cada individuo tiene, es decir, la manera de reaccionar, actuar y comportarse ante las diferentes situaciones que vivimos y en las relaciones que establecemos con los demás. Así, por ejemplo, acostumbramos a hablar de carácter impulsivo o tranquilo, activo o pasivo, agresivo o conciliador, ansioso o sereno, etc.

En Psicología el término “carácter” está asociado al de “personalidad” e incluso a menudo estos términos se utilizan de forma semejante. La personalidad se refiere al conjunto de todas las características y el comportamiento duraderos que comprenden la adaptación singular y única de una persona a la vida. Obviamente incluye los principales rasgos, intereses, impulsos, valores, autoconcepto, habilidades y patrones emocionales. En cambio, el carácter tiene más que ver con las diferentes formas de reacción emocional de cada individuo. Puede decirse entonces que el carácter forma parte de la personalidad, pero no es la personalidad.

También en Psicología se acostumbra a diferenciar el “carácter” del “temperamento”. Mientras el temperamento es algo innato y procedente de la herencia biológica, el carácter es algo aprendido o adquirido mediante las innumerables relaciones que cada individuo establece con los demás desde su nacimiento. Así, mientras el carácter es algo dinámico, que cambia en función de nuestras experiencias de aprendizaje, el temperamento es algo más fijo, estático y difícil de cambiar. No obstante, ambos son los que determinan y configuran la forma de ser o de actuar que cada individuo adopta ante las más diversas situaciones a las que se enfrenta y vive.

Para Martín-Baró el carácter de una persona puede ser conceptualizado y descrito como:

«…un conjunto de disposiciones permanentes que rigen a cada individuo en sus relaciones con el mundo exterior y consigo mismo y que le dan un estilo de reacción propio (característico) en las situaciones vividas (…) La existencia de un carácter exige que haya una constancia en la relación significativa del sujeto con su mundo, constancia que se va expresando posturalmente en el “estilo” de conducta, aunque no necesariamente en las mismas conductas…»1 Ref.BLANCO, Amalio (ed.). Psicología de la Liberación. Ignacio Martín-Baró. Valladolid: Trotta, 1998: 43-47

En consecuencia, para llegar a esta conceptualización o definición del carácter de una persona, es indispensable preguntarnos de dónde proceden nuestras creencias y nuestras singulares maneras de comportarnos ante la realidad y en la vida cotidiana, dado que ni nuestras creencias, ni nuestro carácter han nacido del vacío, como tampoco de las formulaciones supuestamente científicas de la caracterología. En este sentido, Martín-Baró nos dice:

«…¿Existe una caracterología, un esquema caracterológico universal? ¿Existen unas estructuras de carácter naturales y, por tanto, es posible formular unos caracteres básicos, universales en su significación, aplicables a los hombres en cualquier situación y circunstancia? ¿o más bien hay que aceptar la incidencia esencial de los factores concretos en la configuración estructural de los caracteres humanos y, por consiguiente, hay que reconocer que tiene que darse una variabilidad caracterológica básica en los diversos grupos sociales, de acuerdo con sus propios determinantes históricos? (…) El que hace ciencia sin con-ciencia de su situacionalidad y de su situación compromete su ciencia inconscientemente a la precariedad de la situacionalidad y a los intereses de la situación. Por ello, una Psicología que se quiera consciente debe examinar s1 no existen aspectos sociales e históricos en la concreción de la exiStencia humana que afecten esencialmente la estructura caracterológica y, por tanto, el sistema teórico mediante el cual se pretende captar y comprender esa estructura (…) De hecho, las más depuradas tipologías norteamericanas, alemanas o francesas nada dicen sobre nuestra historia o nuestra incardinación política y, a la postre, todo se queda en asunto de deficiencias genéticas -más o menos presupuestas- o de fatalidad te1nperamencal. Modo paladino e irónicamente aséptico de ocultar el ser de nuestro ser y de forzarnos a ser lo que ni somos ni debemos llegar a ser…»2 Ref.BLANCO, A. (ed.);1998: 40-42

Coincido pues con Martín-Baró, en que efectivamente el carácter de una persona está constituido por las tendencias a comportarse de una determinada manera y constituye una de las bases a partir de las cuales se construyen las actitudes. Sin embargo, como señala Martín-Baró, el carácter no es una suma de contenidos psicológicos estáticos e inconexos, sino más bien una estructura “humoral” o anímica 3 Ref.La estructura anímica puede ser definida como el conjunto de los diferentes elementos que componen la mente humana, como los pensamientos, los sentimientos, las sensaciones, los deseos, los recuerdos, etc. Esta estructura está caracterizada por lo que conocemos como “estados de ánimo” que son las sensaciones subjetivas que se mantienen en el tiempo y que influyen en nuestra forma de pensar, sentir y actuar. Los estados de ánimo pueden ser positivos, negativos o neutros, dependiendo de si nos generan bienestar, malestar o indiferencia. También pueden variar en su intensidad, duración y frecuencia, según los factores internos y externos que los configuran. En general, la estructura anímica de una persona es la que hace posible que sintamos con mayor o menor frecuencia e intensidad sentimientos como la alegría, la tristeza, el miedo, la sorpresa, la ira, el odio, el aburrimiento, etc. y de posibilidades comportamentales y por tanto puede decirse que, si la conducta es en gran medida la expresión del carácter, lo es porque este es una estructura de disposiciones que cada individuo ha construido a partir de su situación histórica y existencial concreta.

En suma, el carácter personal, aunque sea una realidad propia de cada individuo que forma parte de su personalidad, es también y sobre todo un producto social, ya que como señala Erich Fromm:

«…el carácter se forma esencialmente por las experiencias de la persona y, en especial, por las de su infancia y es modificable hasta cierto punto por el conocimiento de uno mismo y por nuevas experiencias…» 4 Ref.FROMM, Erich. Ética y psicoanálisis. México DF: Fondo de Cultura Económica. 1953: 65.

Así pues y dado que el ser humano es un ser histórico en permanente interacción con su medio social, será la estructura sociohistórica concreta (económica, política e ideológica), la que configure el carácter, ya sea posibilitando su formación o influyendo, condicionándolo e incluso determinándolo.

Desde esta perspectiva, para Martín-Baró, una de las finalidades de la Psicología de la Liberación será precisamente la de conocer y comprender como la estructuras sociohistóricas, económicas, políticas e ideológicas determinan el carácter. Lo cual implica al mismo tiempo descubrir, como los individuos ejerciendo su acción sobre estas estructuras, posibilitan condiciones y circunstancias nuevas que pueden transformar el carácter. Dicho en palabras de Fromm:

«…son los modos específicos de relación de la persona con el mundo en el proceso de su vida, adquiriendo y asimilando objetos y relacionándose con otras personas (y consigo mismo), proceso de asimilación el primero y proceso de socialización el segundo…» 5 Ref.FROMM, Erich; 1953: 72.

En consecuencia, el carácter de una persona se forma, emerge y expresa a partir de los procesos de socialización y enculturación 6 Ref.La enculturación es el proceso mediante el cual los individuos conocen, aprenden e incorporan a su conducta las normas, creencias, tradiciones y costumbres de la cultura a la que pertenece. Proceso que se realiza en la familia, la escuela, mediante el influjo de los medios de comunicación, así como de diferentes organizaciones sociales entre las que se encuentran las religiosas y eclesiásticas.. Mediante estos procesos, los individuos adquieren los recursos psicológicos necesarios para adaptarse y actuar razonablemente y de forma ajustada a la realidad. Recursos que incluyen la selección de aquellas ideas y valores que mejor se adaptan a su experiencia y sobre todo las que son más eficientes para satisfacer su necesidad de protección y de pertenencia a un grupo o a una comunidad determinada.

Juan Miguel Batalloso Navas, es Maestro de Educación Primaria y Orientador Escolar jubilado, además de doctor en Ciencias de la Educación por la Universidad de Sevilla, -España–.
Ha ejercido la profesión docente durante 30 años, desarrollando funciones como maestro de escuela, director escolar, orientador de Secundaria y formador de profesores.
Ha impartido numerosos cursos de Formación del Profesorado, así como Conferencias en España, Brasil, México, Perú, Chile y Portugal. También ha publicado diversos libros y artículos sobre temas educativos.
Ha sido miembro del Grupo de Investigación ECOTRANSD de la Universidad Católica de Brasilia y pertenece al Consejo Académico Internacional de UNIVERSITAS NUEVA CIVILIZACIÓN, donde ofreció el Curso e-learning: ‘Orientación Educativa y Vocacional’.
En la actualidad, casi todo su tiempo libre lo dedica a la lectura, escritura y administración del sitio KRISIS cuya temática general está centrada también en temas educativos y transdisciplinares. Su curriculum completo lo puedes ver AQUÍ

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