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Hay un momento en el año en que la tierra parece recordar que está viva. No llega de golpe, sino de puntillas, como quien no quiere despertar demasiado pronto a quien duerme. Es un susurro primero: un rayo de luz que dura un poco más que el día anterior, una temperatura que ya no muerde, sino que apenas roza, un pájaro que canta desde una rama todavía desnuda como si supiera algo que nosotros aún no sabemos. Ese momento es el umbral de la primavera, y quienes lo sienten por primera vez cada año —aunque lo hayan sentido toda la vida— comprenden sin necesidad de palabras que algo muy profundo está cambiando en el mundo y, con él, en su interior.
El invierno ha sido largo. No importa si ha sido suave o riguroso; siempre es largo en el alma. Los filósofos y los poetas han sabido siempre que el invierno no es sólo una estación climatológica sino una estación del espíritu, una de sus travesías más austeras y necesarias, pero también más exigentes.
Pero hay inviernos que no son de nieve ni de lluvia ni de cielos encapotados. Hay inviernos que son de odio, de murallas levantadas entre los seres humanos, de palabras que hieren más que el viento frío de enero. Hay inviernos de polarización, en que los pueblos se dividen en dos bandos que ya no se miran como semejantes sino como enemigos, en que la diferencia de opinión se convierte en motivo de desprecio, en que el otro —el que piensa distinto, el que viene de otro lugar, el que ora a otro dios o no ora a ninguno— deja de ser un ser humano de carne y corazón para convertirse en una categoría abstracta, en un adversario, en una amenaza. Hay inviernos de guerra, en que la violencia más primitiva y más devastadora irrumpe en la historia y convierte ciudades en ruinas y familias en cenizas y sueños en escombros. Hay inviernos de indiferencia, quizás los más peligrosos de todos, esos en que nos hemos acostumbrado tanto al sufrimiento ajeno que ya no lo vemos, o lo vemos y miramos hacia otro lado porque hemos aprendido la terrible lección de que el dolor del otro no es asunto nuestro. Y hay, también, inviernos de silencio impuesto: los de las dictaduras, los del miedo organizado desde el poder, los de quienes fueron represaliados, encarcelados, torturados y asesinados por defender simplemente el derecho a pensar libremente y a vivir en dignidad. Para todos estos inviernos, para todos estos fríos del alma que ningún termómetro registra pero que todos hemos sentido en algún momento de nuestra vida y de nuestra historia, también hace falta una primavera.
Por eso, cuando la primavera comienza a asomarse, ocurre algo que se parece mucho a una resurrección. No es metáfora gratuita: es una experiencia real, biológica y psicológica a la vez. El cuerpo lo percibe antes que la mente. Los ojos buscan más tiempo la luz del sol. Los pies apetecen la tierra. La piel quiere liberarse de capas y capas de ropa y respirar de nuevo el aire libre. Algo en el ser humano más primitivo y más verdadero reconoce el cambio y responde a él con una especie de júbilo que no se fabrica ni se fuerza, sino que simplemente emerge, como emergen las flores, desde adentro hacia afuera.
Y así como los árboles guardan bajo la corteza oscura del invierno la savia que necesitan para florecer, también el amor humano guarda bajo capas de miedo, de costumbre y de herida su capacidad de abrirse y de darse. El amor es, de todos los sentimientos humanos, el que más se parece a la primavera. No porque sea siempre alegre ni siempre fácil, sino porque tiene esa misma propiedad asombrosa de emerger desde adentro hacia afuera, de transformar lo que toca, de llenar de color y de fragancia espacios que antes eran grises y sin vida. El amor no se construye sólo: necesita un clima, una temperatura, una luz adecuada para manifestarse. Necesita primavera. Necesita ese ambiente de confianza y de apertura, de calidez y de encuentro, en que el corazón puede bajar las defensas que el frío le obligó a levantar y volver a ser lo que es en su más profunda naturaleza: un órgano de conexión, de entrega, de reconocimiento del otro como alguien que vale infinitamente. Las grandes historias de amor de la humanidad, las reales y las que vivieron sólo en la imaginación de los poetas, ocurren siempre en primavera o en algo que se le parece: en ese momento de apertura en que dos seres humanos se ven de verdad, sin las armaduras del invierno, y se reconocen.
Por eso necesitamos primaveras. No sólo la que el calendario anuncia cada año con puntualidad astronómica, sino las primaveras que tenemos que construir entre nosotros, las que no vienen solas sino que exigen de nosotros un trabajo de jardineros pacientes y valientes. Necesitamos primaveras del diálogo, en que las palabras dejen de ser proyectiles y vuelvan a ser puentes. Necesitamos primaveras de la escucha, en que seamos capaces de oír al otro no para refutarlo sino para comprenderlo, de dejar que su realidad nos afecte de verdad, de descubrir en su diferencia no una amenaza sino una oportunidad de crecer más allá de nuestros propios límites. Necesitamos primaveras de la empatía, esa capacidad extraordinaria y frágil de ponerse en el lugar del otro, de habitarlo por un instante con la imaginación y el corazón, de sentir algo de lo que él siente y dejar que ese sentimiento nos cambie.
Y a veces la primavera no llega sólo del cielo o de los árboles. A veces llega del encuentro con un amigo. A veces llega de una tarde en que dos personas a las que la vida separó en el tiempo, pero nunca en el espíritu se vuelven a encontrar, se miran a los ojos y reconocen en el otro algo que el paso de los años no ha podido borrar: esa llama de quienes eligieron, en un momento difícil de la historia, ponerse del lado de la dignidad y de la libertad. Así ocurrió el 21 de marzo de 2026, primer día de esta primavera que nace, en Camas, ese pueblo sevillano que tiene la costumbre hermosa de no olvidar. Ese día, Roberto y Jesús —viejos amigos, compañeros de lucha y de compromiso por la democracia y los valores democráticos— nos reencontramos en un acto que era mucho más que un acto: era una primavera del recuerdo, una primavera de la justicia, una primavera de esas que no trae el sol, sino que construyen los seres humanos cuando deciden que la verdad merece ser dicha en voz alta y que quienes sufrieron merecen ser mirados con gratitud y con honor.
En ese día de 2026, primer día de esta primavera que nace, en Camas, la Asociación “Memoria, Libertad y Cultura Democrática”, con el apoyo y la cooperación del Ayuntamiento, celebró un Homenaje de Reconocimiento a las compañeras, a las mujeres, a las esposas de los represaliados políticos, de los encarcelados, de los torturados, de los asesinados por la dictadura franquista. A las que siempre son olvidadas. A las que sostuvieron todo cuando todo se derrumbaba. A las que criaron a los hijos con el miedo en el cuerpo y la dignidad intacta. A las que esperaron en las puertas de las prisiones con un paquete de comida y una esperanza que no tenían derecho a tener pero que se negaban a soltar. Nombrarlas, reconocerlas, honrarlas públicamente es ya en sí mismo un acto de primavera: la primavera de la justicia que llegó tarde, pero llegó, la primavera de una verdad que esperó demasiado tiempo pero que finalmente encontró el espacio que merecía.
Contra todos esos inviernos de odio, guerra, genocidio y destrucción. Contra esta crisis civilizatoria que amenaza lo más esencial de nuestra humanidad compartida, actos como el celebrado en Camas, son mucho más que un homenaje: son una declaración de principios, una afirmación de que hay valores que no se negocian, una demostración de que la memoria no es nostalgia sino justicia viva. La verdad, la justicia, la reparación, la no repetición y la reconciliación auténtica no son palabras de un programa político: son semillas de primavera, las condiciones sin las cuales ninguna sociedad puede florecer de verdad. Porque una sociedad que no ha hecho las paces con su pasado, que no ha nombrado lo que ocurrió, que no ha reparado a quienes fueron dañados, lleva dentro una herida sin curar, un frío interior que ninguna celebración superficial logra calentar del todo.
El Grupo de Camas de la Asociación “Memoria, Libertad y Cultura Democrática” existe desde 2011 y es, en sí mismo, un ejemplo vivo de lo que la primavera puede significar en términos humanos y colectivos. En él confluyen, convergen, conviven, colaboran y cooperan personas que estuvieron fuertemente comprometidas con la lucha por las libertades democráticas y contra el franquismo, junto a personas de las jóvenes generaciones que desde sus cargos como representantes municipales electos han sabido captar y hacer propio ese mensaje de verdad, justicia y reconciliación. Esa confluencia entre quienes pusieron el cuerpo en los momentos más difíciles y quienes reciben el legado y lo honran desde sus responsabilidades públicas es una primavera en sí misma: la primavera del compromiso democrático transmitido de mano en mano como una antorcha que nadie quiere que se apague. Y el Ayuntamiento de Camas, al apoyar y cooperar en este y muchos otros homenajes, hizo algo que los poderes públicos deberían hacer siempre y no siempre hacen: ponerse del lado de la memoria, de la dignidad y de la justicia histórica, reconociendo que la democracia no es sólo un sistema de gobierno sino una cultura que hay que cultivar, proteger y transmitir con el mismo cuidado con que se cuida un jardín que costó mucho plantar.
Y en ese jardín, las raíces más profundas y esenciales tienen nombre de mujer. Ernesto Sabato escribió que únicamente nos salvamos por las mujeres. Es una frase que, cuanto más se piensa, más verdad contiene. Porque si hay algo que la historia confirma, aunque no siempre lo cuente con la misma elocuencia con que cuenta las guerras y los imperios, es que en los momentos en que la humanidad estuvo al borde del derrumbe, fueron las mujeres quienes sostuvieron el tejido de la vida: las que cuidaron a los heridos, las que alimentaron a los hijos en los tiempos de escasez, las que guardaron la memoria cuando el poder quería borrarla, las que sembraron sin garantía de cosecha porque sabían que si ellas no lo hacían, nadie lo haría. Las mujeres homenajeadas en Camas son exactamente eso: raíces que alimentaron un mundo mejor, raíces que hicieron posible que la democracia floreciera porque ellas, en los años más oscuros del invierno franquista, se negaron a dejar que la semilla muriera. No con grandes gestos históricos sino con la paciencia cotidiana del cuidado, con la dignidad silenciosa de quien sabe que lo que defiende merece ser defendido, aunque nadie lo reconozca todavía.
Por eso el futuro, o es feminista o no será. No porque el feminismo sea una ideología entre otras, sino porque la única salida de los inviernos que amenazan nuestra civilización pasa necesariamente por incorporar al proyecto común aquello que la cultura patriarcal sistemáticamente devaluó: el cuidado, la empatía, la cooperación, la atención a la vida concreta y vulnerable, el rechazo de la lógica del dominio y de la destrucción. Un mundo que aprenda a cuidar será un mundo más parecido a la primavera que cualquier modelo que siga midiendo el éxito en términos de poder y de acumulación. Las flores que abren, la tierra que fecunda, el agua que nutre: todo lo que en la naturaleza produce y sostiene la vida tiene ese carácter generoso e incansablemente fértil que las culturas más antiguas atribuyeron a lo femenino no para limitarlo sino para honrarlo. Y honrar a las mujeres que sostuvieron la resistencia democrática en los tiempos más oscuros es, también, un acto feminista: el acto de devolver a la historia lo que la historia les debe.
La compasión y la misericordia son flores de primavera. La memoria honrada es una flor de primavera. La fraternidad entre generaciones es una flor de primavera. Y cuando una asociación, un ayuntamiento y una comunidad se unen para decir en voz alta que las mujeres olvidadas no estaban olvidadas del todo, que su sacrificio tenía testigos, aunque tardaran en hablar, que su historia forma parte de la historia común y que nadie tiene derecho a borrarla: en ese momento está naciendo una primavera. No, la que anuncia el calendario con puntualidad astronómica, sino la que elegimos construir juntos, gesto a gesto, con la terquedad amorosa de quienes han decidido que prefieren florecer a helarse, que prefieren el encuentro a la trinchera, que prefieren la esperanza —esa locura hermosa y necesaria— a la resignación que se disfraza de realismo.
Hoy, en Camas, mientras los naranjos de nuestra tierra perfuman el aire y la luz dura ya un poco más que ayer, algo floreció que no estaba en el pronóstico meteorológico pero que era más necesario que cualquier cambio de temperatura: la memoria honrada, la gratitud dicha en voz alta, el compromiso renovado entre quienes lucharon y quienes heredaron esa lucha. Eso también es primavera. Eso, quizás, es la primavera más importante de todas. Y las primaveras, cuando empiezan, tienen una costumbre hermosa e irresistible: la de extenderse.
Todavía es posible la primavera. Sólo hay que tener el valor de plantarla.
Es una reflexió que surge del corazón y que va màs allà del pensamiento. Me ha hecho pensar en como debería ser nuestro comportamiento y poder ayudar a ese mundo para mejorarlo. Yo desde la educacion lo intento.
Michas gracias